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title: "La interna libertaria ya no se disimula: el caso Adorni, la guerra Caputo-Menem y el poder que se pelea dentro del propio Gobierno"
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description: "El Gobierno atraviesa una escalada interna que combina denuncias por el caso Manuel Adorni, disputas entre Santiago Caputo y Martín Menem, ataques en redes, memes, trolls, explicaciones oficiales y la aparición de actores externos como Pablo Toviggino. La tensión dejó de ser una discusión subterránea: ahora expone una pelea por poder, control político, comunicación, candidaturas y liderazgo dentro de La Libertad Avanza."
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date_published: "2026-05-18T20:29:00-03:00"
date_modified: "2026-05-18T20:33:31-03:00"
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  - "Caputo"
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author_name: "Alejandro Cabrera"
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category_name: "Política"
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category_description: "Novedades de la Política Argentina y sus principales actores en las esferas del poder. Casa Rosada y Congreso."
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# La interna libertaria ya no se disimula: el caso Adorni, la guerra Caputo-Menem y el poder que se pelea dentro del propio Gobierno

La interna libertaria volvió a quedar a cielo abierto en el peor momento posible para el Gobierno. La preocupación dentro de la Casa Rosada ya no pasa solamente por la crisis política alrededor de Manuel Adorni, sino por la forma en que esa crisis terminó acelerando una guerra interna que involucra a Santiago Caputo, Martín Menem, Karina Milei, sectores del armado digital libertario, trolls, operadores, legisladores y dirigentes que empiezan a moverse como si el oficialismo ya estuviera discutiendo el poder posterior a la primera etapa del gobierno de Javier Milei.

El episodio tiene varias capas. En la superficie aparece el caso Adorni, con las investigaciones y cuestionamientos por su patrimonio, propiedades, viajes, declaraciones ante la Oficina Anticorrupción y explicaciones públicas que no lograron cerrar la discusión. Pero por debajo de ese expediente se mueve algo más profundo: una pelea por el control del relato oficialista y por la conducción política de La Libertad Avanza.

Santiago Caputo y Martín Menem quedaron nuevamente enfrentados en una batalla que ya no se libra solamente en despachos. Se pelea en X, en capturas, en cuentas militantes, en memes, en acusaciones cruzadas y en operaciones digitales que muestran hasta qué punto el universo libertario convirtió las redes en un campo de disputa interna. Lo novedoso no es que haya tensión. Lo novedoso es que esa tensión ya se exhibe con una intensidad que empieza a inquietar incluso a funcionarios que hasta ahora preferían minimizar el conflicto.

La explicación oficial intenta ordenar el ruido: se habla de malentendidos, de cuentas que no representan institucionalmente a nadie, de usuarios que sobreactúan pertenencias y de una militancia digital difícil de disciplinar. Pero el problema es que esa explicación ya no alcanza. Cuando las cuentas cercanas a un sector del oficialismo atacan a figuras del propio oficialismo, cuando los memes apuntan hacia adentro y cuando los principales nombres del poder libertario aparecen vinculados a acusaciones cruzadas, la frontera entre militancia espontánea y operación política se vuelve demasiado difusa.

## El caso Adorni como acelerador de la crisis

Manuel Adorni pasó de ser uno de los rostros más eficaces de la comunicación libertaria a convertirse en un problema político de primera línea. Durante mucho tiempo, su lugar fue claro: vocero, traductor del Presidente, figura de orden en la conferencia de prensa y defensor permanente del relato oficial. Pero la acumulación de cuestionamientos sobre su patrimonio, sus viajes, sus propiedades y sus declaraciones obligó al Gobierno a cerrar filas en un momento de fuerte exposición.

El problema para la Casa Rosada no es solo judicial. Es político y comunicacional. Adorni es una pieza central del dispositivo oficial. Si el Gobierno lo sostiene, queda obligado a defender explicaciones que todavía generan dudas públicas. Si lo corre, reconoce la gravedad de una crisis que intentó presentar como ataque mediático u operación opositora. Esa es la trampa: dejarlo implica desgaste; sacarlo implica admitir daño.

Milei eligió sostenerlo. Karina Milei también cerró filas. Pero la ratificación política no resolvió el problema. En una gestión que hizo de la denuncia contra “la casta”, la transparencia y la superioridad moral frente al sistema tradicional una parte central de su identidad, cualquier sospecha patrimonial golpea con más fuerza. El votante libertario no solo esperaba eficiencia económica: también esperaba una ruptura ética con las prácticas que el propio oficialismo denunció durante años.

Ahí aparece el nerviosismo interno. La crisis de Adorni no ocurre en un vacío. Se suma a otros frentes de desgaste, a tensiones con la prensa, a preguntas sobre la administración del poder, a disputas legislativas y a la necesidad de sostener una narrativa de orden cuando el propio oficialismo muestra fisuras. En ese contexto, cualquier interna deja de ser un problema de palacio y se convierte en un problema de gobernabilidad.

## Santiago Caputo contra Martín Menem: una pelea que ordena bandos

La guerra entre Santiago Caputo y Martín Menem no es nueva, pero ahora entró en una fase más visible. Caputo representa el corazón estratégico y comunicacional del mileísmo originario: la construcción simbólica, la batalla cultural, la lectura del clima digital, el vínculo con las Fuerzas del Cielo y una idea del poder basada en intensidad, relato y control de agenda. Menem, en cambio, representa otra lógica: el armado institucional, el vínculo legislativo, la organización partidaria, la construcción territorial y el manejo de espacios concretos de poder.

Esa diferencia no es menor. Caputo opera sobre la narrativa. Menem opera sobre la estructura. Caputo necesita que el oficialismo mantenga épica y disciplina comunicacional. Menem necesita que La Libertad Avanza se convierta en una maquinaria electoral, parlamentaria y territorial. Ambos pueden convivir mientras el poder crece. Pero cuando aparecen costos, candidaturas, internas y crisis, esa convivencia se vuelve más difícil.

El conflicto digital de los últimos días mostró esa fractura. Las cuentas alineadas con el universo caputista salieron con fuerza contra Menem. Aparecieron memes, ironías, acusaciones y mensajes destinados a erosionar su imagen dentro del propio mundo libertario. La discusión tuvo un tono de “fiesta troll”, pero el contenido fue político: quién opera contra quién, quién filtra, quién controla cuentas, quién maneja la militancia digital y quién busca quedarse con la conducción real del espacio.

La aparición del nombre de Pablo Toviggino agregó otro condimento. Su mención en la trama no se explica solamente por una pelea de redes, sino por el modo en que ciertos actores externos, con peso económico, deportivo o territorial, empiezan a ser leídos como parte de alianzas o influencias dentro del mundo libertario. La interna ya no es pura: mezcla comunicación, política, vínculos empresariales, deporte, redes y construcción de poder.

## Karina Milei, el vértice silencioso de la disputa

En toda esta historia hay un nombre que ordena buena parte del tablero: Karina Milei. La secretaria general de la Presidencia no siempre aparece hablando, pero su influencia atraviesa la interna. Karina controla el vínculo más directo con Javier Milei, administra parte del armado político, define lealtades, bendice candidatos, ordena accesos y funciona como filtro dentro del poder libertario.

Martín Menem es parte del dispositivo karinista. Su peso en Diputados, su rol institucional y su lugar dentro del armado de La Libertad Avanza lo conectan directamente con esa estructura. Por eso los ataques contra Menem no son leídos solamente como una crítica personal. También son interpretados como un mensaje hacia Karina y hacia quienes buscan consolidar el partido bajo su conducción.

Santiago Caputo, en cambio, nunca dejó de ser una figura central para Milei, pero su relación con el dispositivo partidario de Karina es más compleja. Caputo tiene ascendencia sobre la comunicación, la estrategia, la batalla simbólica y sectores de la militancia digital, pero no necesariamente controla la lapicera partidaria. Esa diferencia genera roces inevitables.

La pregunta de fondo es quién conduce el mileísmo después de la victoria. Durante la campaña, la épica podía ordenar a todos. En el Gobierno, el poder se reparte en cargos, presupuestos, candidaturas, sellos partidarios, alianzas y lugares en listas. Ahí las diferencias se vuelven materiales. La guerra digital es apenas la superficie de una disputa mucho más concreta.

## Los trolls como síntoma, no como anécdota

Sería un error leer la guerra de memes como una simple pelea de usuarios fanáticos. En el ecosistema libertario, las redes no son un accesorio. Son parte del método político. Milei creció en buena medida por su capacidad de instalar agenda digital, romper mediaciones tradicionales, construir comunidad, atacar adversarios y convertir cada discusión en una batalla identitaria. El problema aparece cuando esa herramienta se vuelve contra el propio Gobierno.

Las cuentas libertarias que antes funcionaban como defensa coordinada del Presidente ahora también participan en disputas internas. Eso genera un efecto peligroso: el oficialismo pierde monopolio sobre su propia narrativa. El enemigo ya no está solamente afuera. Puede estar adentro, en una cuenta aliada, en una captura, en un meme, en una acusación filtrada o en una operación atribuida a otro sector del mismo espacio.

La lógica troll tiene una ventaja: instala rápido, golpea fuerte y baja línea sin pasar por canales institucionales. Pero tiene un costo: es difícil de controlar. Una vez que la militancia digital se acostumbra a operar con violencia simbólica, ironía permanente y sospecha constante, no resulta sencillo pedirle prudencia cuando el blanco pasa a ser un dirigente propio.

Eso explica parte de la preocupación oficial. No se trata solo de que haya memes contra Menem o acusaciones vinculadas a Caputo. Se trata de que el Gobierno empieza a exhibir la misma dinámica de guerra total que antes usaba contra sus adversarios. Y cuando esa guerra se vuelve interna, erosiona autoridad.

## El silencio de Milei y el problema de arbitrar

Javier Milei aparece en el centro del conflicto, incluso cuando no interviene de manera directa. Su liderazgo sigue siendo el principal ordenador de La Libertad Avanza, pero también es cierto que muchas internas se explican por la competencia para influir sobre él. Caputo, Karina, Menem, Bullrich, Adorni y otros actores del oficialismo no pesan de la misma manera, pero todos orbitan alrededor del Presidente.

El silencio de Milei ante algunos cruces puede funcionar como estrategia. A veces no intervenir permite que los sectores se desgasten, se midan o se ordenen solos. Pero también puede ser leído como falta de arbitraje. Cuando un líder no corta una interna a tiempo, la interna empieza a marcarle la agenda.

Milei enfrenta un dilema. Si respalda de manera tajante a un sector, agrava la fractura con el otro. Si intenta equilibrar, puede parecer que no controla a nadie. Si minimiza, el conflicto sigue creciendo por abajo. Y si interviene tarde, tal vez ya no alcance con una orden presidencial para recomponer confianza.

El Presidente siempre fue más eficaz confrontando hacia afuera que administrando diferencias hacia adentro. Su estilo político está construido sobre la polarización, la épica contra el enemigo, la denuncia y la ruptura. Gobernar, sin embargo, exige también arbitrar, contener, negociar y evitar que las internas devoren la gestión.

## El deterioro del relato de orden

La Libertad Avanza llegó al poder prometiendo terminar con la política tradicional. Pero la interna actual se parece cada vez más a las peleas que el propio mileísmo denunciaba: operaciones, filtraciones, disputa de cajas simbólicas, acusaciones entre sectores, control de listas, armado territorial, guerra de egos y uso de medios o redes para condicionar al adversario interno.

Ese es el punto más sensible. El problema no es que un gobierno tenga internas. Todos los gobiernos las tienen. El problema es cuando el oficialismo que prometió ser distinto empieza a reproducir prácticas similares a las que condenaba, pero con una estética nueva, más digital, más agresiva y más desordenada.

La crisis por Adorni golpea el relato ético. La guerra Caputo-Menem golpea el relato de orden. La pelea de trolls golpea el relato de disciplina. Y la preocupación dentro del Gobierno muestra que ya no se trata solo de ruido externo: la conducción libertaria sabe que la acumulación de frentes puede terminar afectando la autoridad presidencial.

En política, las internas son manejables mientras no bloquean decisiones ni contaminan la agenda pública. Pero cuando una interna se vuelve noticia permanente, obliga al Gobierno a responder sobre sí mismo en lugar de hablar de gestión. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.

## El factor Adorni y la pregunta por el costo de sostener

El caso Adorni funciona como un test de cohesión. El Gobierno decidió defenderlo, pero esa defensa tiene costos. Cada nuevo dato, cada explicación parcial, cada presentación ante organismos de control y cada pregunta sobre su patrimonio reabre la discusión. El oficialismo puede denunciar operaciones, pero no logra evitar que el tema siga instalado.

Dentro del Gobierno hay quienes temen que el sostén absoluto termine atando a Milei a un desgaste innecesario. Otros creen que soltar a Adorni sería una señal de debilidad y abriría la puerta a una cacería contra otros funcionarios. Esa diferencia de diagnóstico también alimenta la interna.

La discusión de fondo es si el Gobierno debe cerrar filas siempre o si necesita producir gestos de control interno para preservar su bandera anticorrupción. Hasta ahora, Milei optó por la defensa política. Pero cuanto más se extiende la crisis, más difícil se vuelve evitar que el caso contamine al conjunto del oficialismo.

Adorni no es un funcionario menor. Es el jefe de Gabinete y fue durante mucho tiempo el rostro más visible de la comunicación oficial. Por eso cualquier daño sobre su credibilidad afecta al Gobierno de manera directa. No es un problema periférico: toca el corazón de la maquinaria narrativa libertaria.

## Una interna que se cruza con el armado electoral

La disputa también debe leerse en clave electoral. La Libertad Avanza necesita ordenar candidaturas, sellos provinciales, acuerdos, liderazgos y estrategia territorial. Allí Martín Menem tiene un rol importante por su vínculo con el armado partidario. Santiago Caputo, por su parte, conserva influencia sobre el clima político, la comunicación y la capacidad de instalar o destruir figuras.

Las listas futuras son parte del conflicto aunque no siempre aparezcan mencionadas. Quién define candidatos, quién controla provincias, quién negocia con aliados, quién decide los lugares expectantes y quién conserva la bendición presidencial son preguntas que atraviesan cada pelea interna.

El oficialismo ya no es un movimiento insurgente que pelea desde afuera. Es gobierno, tiene cargos y reparte poder. Eso cambia todo. Lo que antes podía resolverse con épica ahora se resuelve con lapicera. Y donde hay lapicera, hay conflicto.

La interna Caputo-Menem anticipa esa discusión. No es solo una pelea de estilos. Es una disputa por el formato futuro del mileísmo: un movimiento digital, vertical y emocional conducido desde el relato, o un partido territorial, institucional y electoral conducido desde la estructura. Milei necesita ambas cosas, pero sus operadores parecen competir por cuál de las dos domina.

## El Gobierno frente a su propia criatura

La Libertad Avanza construyó una maquinaria comunicacional extremadamente eficaz para destruir adversarios, condicionar debates y marcar agenda. Pero ahora esa maquinaria muestra su costado más riesgoso: puede volverse difícil de contener cuando los adversarios están dentro del propio espacio.

Los memes, los trolls y las cuentas militantes son útiles mientras obedecen a un objetivo común. Cuando empiezan a operar por facciones, el ecosistema se fragmenta. Cada sector tiene sus cuentas, sus capturas, sus periodistas amigos, sus influencers, sus grupos de WhatsApp y sus relatos. Esa fragmentación es muy difícil de revertir porque ya no depende solo de una orden desde arriba.

El Gobierno enfrenta entonces una paradoja. La misma cultura digital que ayudó a Milei a llegar al poder puede convertirse en un factor de desorden si no hay conducción política. Las redes sirven para combatir, pero gobernar exige algo más que combate. Exige jerarquía, disciplina, institucionalidad y una estrategia común.

## El riesgo de que la interna tape la gestión

La escalada ocurre en un momento donde el Gobierno necesita mostrar resultados económicos, ordenar la agenda legislativa, sostener apoyo social y administrar casos delicados. La interna consume energía, distrae funcionarios, alimenta versiones, debilita vocerías y le da a la oposición un argumento sencillo: el oficialismo no puede ordenar ni siquiera su propia casa.

Ese argumento puede ser injusto o exagerado, pero políticamente funciona. En una sociedad cansada de conflictos, la imagen de un gobierno peleado consigo mismo erosiona confianza. Y la confianza es un activo clave para cualquier administración que pide paciencia, sacrificio y acompañamiento.

La Casa Rosada todavía tiene margen. Milei conserva centralidad, el oficialismo mantiene capacidad de marcar agenda y la oposición no siempre logra capitalizar los errores libertarios. Pero las internas acumuladas pueden producir desgaste por goteo. No hacen caer a un gobierno de un día para otro, pero van perforando autoridad.

El caso Adorni, la pelea Caputo-Menem y la guerra digital no son episodios separados. Forman parte de una misma tensión: el Gobierno intenta sostener un relato de orden mientras sus principales terminales de poder se disputan influencia, protección, territorio y futuro.

## El punto de fondo

La crisis actual muestra que La Libertad Avanza entró en una etapa nueva. Ya no alcanza con ganar la discusión pública ni con responder a cada crítica acusando operaciones. El oficialismo debe demostrar que puede gobernar, controlar sus internas, explicar sus casos sensibles y ordenar una estructura política que creció más rápido que su capacidad institucional.

Adorni es el síntoma ético y comunicacional.

Caputo y Menem son el síntoma político.

Los trolls son el síntoma cultural.

Y Karina Milei aparece como el vértice de un poder que todos reconocen, pero que no todos aceptan de la misma manera.

El Gobierno todavía puede ordenar la situación si logra establecer reglas internas claras, bajar la intensidad de la guerra digital y separar la defensa política de funcionarios de la necesidad de dar explicaciones consistentes. Pero si la interna sigue escalando, el riesgo es que el mileísmo empiece a parecerse demasiado a aquello que prometió reemplazar: un poder encerrado en sus propias peleas mientras la sociedad mira desde afuera y empieza a preguntarse quién está realmente conduciendo.

La guerra ya no está solo contra la oposición.

Está dentro del propio oficialismo.

Y esa es la parte que más preocupa en la Casa Rosada.

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