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title: "La imagen de Milei entra en zona de desgaste: las encuestas muestran que el ajuste ya no se discute solo en la economía, sino en la confianza política"
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description: "El último mes dejó una señal común en varias encuestas nacionales: Javier Milei conserva un núcleo duro competitivo, pero su imagen dejó de estar blindada por la expectativa de cambio. La baja de la inflación sigue siendo el principal activo del Gobierno, aunque el costo social del ajuste, las internas libertarias, el caso Adorni y la sensación de deterioro económico empiezan a transformar la paciencia inicial en una pregunta electoral: cuánto tiempo más puede sostenerse el sacrificio sin una mejora visible en la vida cotidiana."
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date_published: "2026-05-23T13:36:00-03:00"
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  - "Argentina"
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  - "Imagen"
  - "Milei"
author_name: "Alejandro Cabrera"
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category_name: "Política"
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category_description: "Novedades de la Política Argentina y sus principales actores en las esferas del poder. Casa Rosada y Congreso."
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# La imagen de Milei entra en zona de desgaste: las encuestas muestran que el ajuste ya no se discute solo en la economía, sino en la confianza política

La imagen de Javier Milei atraviesa un momento de inflexión. No se trata todavía de un derrumbe irreversible ni de una ruptura completa con su base electoral, pero sí de un cambio claro en el clima político: el Presidente ya no es evaluado solamente como el dirigente que heredó una crisis y aplica un ajuste inevitable, sino como el responsable directo de una etapa que empieza a acumular costos concretos sobre salarios, consumo, expectativas, empleo, tarifas, endeudamiento familiar y confianza institucional.

El compendio de encuestas del último mes muestra una tendencia que se repite con distintos números, metodologías y muestras: la imagen negativa del Presidente se mantiene alta, la aprobación de gestión se ubica en una zona de minoría intensa y la expectativa económica dejó de funcionar como cheque en blanco. Zuban Córdoba registró una desaprobación de la gestión de Milei de 64,5% y una aprobación de 34,3% en su informe nacional de mayo, elaborado sobre 2.000 casos entre el 25 de abril y el 1° de mayo.

Giacobbe Consultores, una firma que suele ser mirada con atención por sectores del oficialismo, también detectó deterioro: ubicó la imagen negativa presidencial en 53,9% y la positiva en 35,9%, además de registrar un empeoramiento en las expectativas económicas y en la percepción sobre la situación del país.

AtlasIntel, en otro relevamiento difundido durante el mismo período, ubicó a Milei con 36% de imagen positiva y 62% de imagen negativa, en un ranking donde el Presidente ya no aparece como el dirigente más competitivo de la escena nacional y donde incluso Patricia Bullrich lo supera dentro del universo oficialista.

VOZNA, por su parte, midió a Milei con 57,9% de rechazo, una cifra que lo coloca por encima de Cristina Fernández de Kirchner en imagen negativa, algo políticamente fuerte porque durante años el antikirchnerismo funcionó sobre la idea de que Cristina era el techo de rechazo del sistema político argentino.

## El dato central: Milei todavía conserva poder, pero perdió excepcionalidad

El primer error sería leer estas encuestas como si el Gobierno estuviera terminado. No lo está. Milei conserva una base propia, intensa, ideológica y emocionalmente comprometida. Todavía tiene capacidad de marcar agenda, ordenar al oficialismo alrededor de su figura y explicar el ajuste como un sacrificio necesario. Además, la desaceleración inflacionaria sigue siendo un activo político real: sin ese dato, la erosión probablemente sería más profunda.

Pero el segundo error sería minimizar la tendencia. El problema para Milei no es solo que haya encuestas malas. El problema es que empiezan a coincidir consultoras de perfiles distintos en una misma descripción: el Presidente ya no flota por encima del desgaste. La promesa de futuro sigue existiendo, pero se volvió más discutible. La sociedad ya no evalúa únicamente la herencia recibida; empieza a evaluar también la administración del presente.

Ese cambio es decisivo. Durante buena parte de su mandato, Milei logró sostener una defensa política eficaz: el dolor actual era culpa del pasado, el ajuste era inevitable, la inflación bajaría, la recuperación llegaría después y quienes criticaban el rumbo eran parte del sistema que había llevado al país al colapso. Ese relato todavía funciona en su núcleo duro. Pero empieza a perder alcance entre votantes periféricos, independientes, sectores medios y trabajadores que no rechazan la idea de ordenar la economía, pero sí empiezan a preguntarse cuándo aparece el alivio.

La imagen de Milei entró así en una zona nueva: dejó de ser la imagen de un outsider que prometía dinamitar un sistema agotado y pasó a ser la imagen de un Presidente que gobierna, decide, sostiene funcionarios, se pelea con aliados, administra internas y debe responder por los resultados concretos.

## El ajuste como prueba de paciencia social

El eje que atraviesa todas las mediciones es el ajuste. La economía sigue siendo el centro de la evaluación pública. Milei no llegó al poder para administrar normalidad, sino para producir una ruptura. Su legitimidad se construyó sobre una promesa extrema: hacer lo que nadie se animaba a hacer. Pero esa legitimidad tiene una condición: que el costo se transforme en resultado antes de que el cansancio se convierta en rechazo electoral.

La baja de la inflación le dio al Gobierno una herramienta defensiva poderosa. Caputo y Milei pueden mostrar que la dinámica de precios se desaceleró y que el shock fiscal produjo efectos macroeconómicos. Pero el votante no vive solamente en la macro. Vive en el supermercado, en el alquiler, en la tarifa de luz, en el transporte, en la deuda de la tarjeta, en el sueldo que no alcanza, en el comercio que vende menos y en el familiar que no consigue recomponer ingresos.

Ahí aparece la tensión que las encuestas empiezan a capturar. No es que toda la sociedad rechace el orden fiscal. De hecho, una parte importante sigue creyendo que el desequilibrio anterior era insostenible. El problema es que la adhesión al diagnóstico no garantiza adhesión indefinida al tratamiento. Una cosa es aceptar que había que ajustar. Otra cosa es sostener el apoyo cuando el ajuste se vuelve rutina y la mejora todavía no se siente de manera clara.

El Gobierno necesita que la recuperación aparezca como experiencia social, no solo como indicador financiero. Si el salario real, el consumo, la actividad y el empleo no empiezan a acompañar la baja de la inflación, el riesgo es que la narrativa oficial quede atrapada en una contradicción: técnicamente puede haber estabilización, pero políticamente puede crecer la sensación de deterioro.

## De “esperanza” a sospecha: el problema simbólico

La caída de imagen no se explica solo por economía. También hay un deterioro simbólico. Milei construyó su liderazgo sobre tres pilares: anticasta, transparencia y autenticidad. No era solamente un economista de shock; era el dirigente que decía no pertenecer al sistema. Por eso cada episodio que lo acerca a las prácticas tradicionales pesa más que en otros gobiernos.

El caso Adorni, las acusaciones patrimoniales, las internas entre Santiago Caputo, Karina Milei y los Menem, las denuncias por afiliaciones partidarias, los cruces con la prensa y el desgaste de la guerra digital empiezan a dañar una dimensión clave del mileísmo: la idea de pureza política. Reuters ya había señalado que las acusaciones de corrupción y controversias como $LIBRA y el caso Adorni golpearon la popularidad presidencial y afectaron el discurso anticorrupción del Gobierno.

Ese punto es central porque Milei puede tolerar críticas por dureza económica si logra sostener que está haciendo un sacrificio necesario contra un sistema corrupto. Lo que le resulta mucho más costoso es que empiece a instalarse la percepción de que su propio gobierno reproduce lógicas de poder, blindajes, silencios, internas, privilegios o negocios parecidos a los que denunciaba.

Una encuesta de TresPuntoZero difundida en los últimos días mostró algo interesante en términos cualitativos: cómo fue cambiando la palabra asociada a Milei desde su irrupción pública hasta el presente, con una mutación desde ideas de curiosidad, esperanza o ruptura hacia conceptos vinculados al desencanto y la sospecha.

Eso no significa que todos los votantes hayan cambiado de opinión. Pero sí muestra una pelea simbólica muy relevante. El Gobierno ya no solo debe sostener números económicos; debe cuidar el sentido de su identidad política. Si Milei deja de ser percibido como ruptura y empieza a ser leído como un poder más, pierde una parte de su diferencial competitivo.

## El núcleo duro resiste, pero el votante prestado empieza a mirar alrededor

La política argentina de los próximos meses puede definirse por una distinción muy simple: el núcleo duro de Milei no es lo mismo que su mayoría electoral. El núcleo duro puede justificar casi todo en nombre del rumbo. La mayoría electoral, en cambio, fue más heterogénea. Incluyó libertarios ideológicos, antikirchneristas duros, desencantados del macrismo, jóvenes sin representación previa, trabajadores informales, sectores medios castigados por la inflación y votantes que no necesariamente querían un proyecto libertario completo, sino una salida al fracaso anterior.

Ese votante prestado es el que hoy aparece más sensible. No necesariamente se volvió opositor. Pero empieza a exigir resultados. Y cuando las encuestas muestran imagen positiva en torno a los 35 o 36 puntos, lo que están marcando es que el Presidente conserva una base relevante, aunque insuficiente para garantizar hegemonía si no logra recuperar sectores de apoyo blando.

El problema es que, al mismo tiempo, la oposición tampoco logra ordenar una alternativa nítida. Axel Kicillof aparece competitivo en varias mediciones, Cristina mantiene centralidad pero también rechazo alto, el peronismo discute liderazgos y Mauricio Macri volvió a marcar distancia de Milei con críticas al estilo presidencial, al liderazgo emocional y a la falta de implementación.

Ese escenario le da al Gobierno una oportunidad: puede perder imagen sin perder automáticamente poder. La fragmentación opositora, el recuerdo del fracaso económico anterior y la falta de una alternativa claramente confiable funcionan como dique de contención. Pero ese dique no es eterno. Si la economía real no mejora, si las internas libertarias siguen escalando y si los casos sensibles se multiplican, el desgaste puede encontrar canal electoral.

## La comparación con Macri y el miedo al déjà vu

La reaparición crítica de Mauricio Macri agrava el cuadro porque toca una fibra sensible: la comparación entre Milei y Cambiemos. Luis Caputo salió a decir que el gobierno actual no es solo distinto al de Macri, sino “opuesto”. La frase busca cortar una asociación peligrosa para el oficialismo: que Milei sea leído como una segunda versión, más dura y más ideológica, de un experimento económico que terminó en crisis y derrota.

El problema es que las sociedades no comparan programas en abstracto. Comparan experiencias. Si el votante percibe baja de inflación pero no mejora en ingresos, si ve orden fiscal pero no ve alivio cotidiano, si siente sacrificio prolongado y observa internas en la cima del poder, la comparación con experiencias fallidas puede aparecer aunque los funcionarios expliquen diferencias técnicas.

Macri, además, empezó a correrse de una posición de acompañamiento silencioso. Al cuestionar el liderazgo emocional de Milei y advertir sobre la necesidad de implementación, el expresidente busca recuperar un lugar propio en el universo no peronista. Esa jugada también revela que una parte del PRO ve en la caída de imagen presidencial una oportunidad para volver a discutir liderazgo.

Para Milei, eso abre un frente complejo. Si se pega demasiado al PRO, pierde parte de su identidad rupturista. Si se despega demasiado, puede quedar sin estructura territorial suficiente. Si el PRO percibe que el Presidente se debilita, tendrá incentivos para condicionar más. Si Milei logra recuperar imagen, podrá disciplinarlo. Las encuestas son, entonces, no solo una medición social, sino una herramienta de negociación política.

## La imagen presidencial y el problema de la gobernabilidad

La imagen de un presidente no es solo un número de consultora. Es capital de gobernabilidad. Cuando la imagen es alta, ordena aliados, disciplina legisladores, contiene internas y obliga a la oposición a medir sus movimientos. Cuando cae, todos empiezan a recalcular. Los aliados se vuelven más caros. Los propios se vuelven más inquietos. La oposición se anima a probar límites. Los medios amplifican contradicciones. Los mercados miran con más atención el riesgo político.

Eso ya empieza a verse. La interna libertaria dejó de ser un rumor. Las peleas entre el sector de Karina Milei y los Menem, por un lado, y Santiago Caputo y el ecosistema digital, por otro, se volvieron parte de la agenda. El País describió esta semana un Gobierno afectado por conflictos internos y distanciamiento de aliados, con el enfrentamiento Caputo-Menem, el caso Adorni y la reaparición de Macri como elementos que opacan los logros económicos recientes.

El dato es relevante porque el Gobierno necesita que la economía ordene la política, pero la política empieza a interferir en la economía. Si la imagen presidencial cae, cada medida se vuelve más difícil de explicar. Si las internas crecen, la sensación de control se debilita. Si aparecen sospechas de corrupción o privilegios, el ajuste pierde legitimidad moral. Y si el ajuste pierde legitimidad moral, ya no alcanza con decir que era necesario.

Milei tiene todavía un recurso poderoso: la confrontación. Puede intentar convertir cada crítica en prueba de que el sistema quiere frenarlo. Ese recurso le funcionó muchas veces. Pero cuando las críticas vienen de encuestas, aliados, votantes afectados e incluso sectores que lo acompañaron, la explicación conspirativa empieza a rendir menos.

## La paradoja: el Gobierno puede mejorar la macro y empeorar la política

El punto más interesante del momento actual es que el Gobierno podría estar frente a una paradoja: conseguir algunos avances macroeconómicos mientras pierde imagen política. No sería la primera vez en Argentina. La política económica puede mostrar indicadores de estabilización sin que eso se traduzca inmediatamente en bienestar percibido.

La inflación baja, pero los precios ya subieron demasiado.

El dólar puede estar contenido, pero el salario sigue golpeado.

El riesgo país puede mejorar, pero el comercio del barrio vende menos.

Las reservas pueden recuperarse, pero la familia sigue endeudada.

El Gobierno puede decir que evitó una hiperinflación, pero el ciudadano puede responder que no llega a fin de mes.

Esa distancia entre macro y vida cotidiana es el mayor riesgo para Milei. Su discurso depende de que la gente crea que el dolor tiene dirección. Si esa creencia se mantiene, puede atravesar la tormenta. Si se rompe, el ajuste deja de ser sacrificio y pasa a ser castigo.

## El mapa que dejan las encuestas

El resumen del último mes permite trazar una conclusión razonable: Milei no está fuera de juego, pero perdió el centro emocional que lo protegía. Las encuestas muestran un Presidente con una base todavía fuerte, pero cada vez más encerrada en su núcleo propio. La imagen positiva ronda en varios estudios la zona media de los treinta puntos. La negativa aparece entre los cincuenta y altos cincuenta, e incluso supera el sesenta en algunas mediciones. La aprobación de gestión queda por debajo del rechazo de manera consistente.

Eso no define por sí solo una elección. Falta mucho para 2027 y la política argentina puede cambiar rápido. Pero sí define una etapa: el Gobierno entró en modo defensivo. Ya no le alcanza con prometer futuro. Tiene que mostrar transición hacia algo mejor. Ya no le alcanza con culpar al pasado. Tiene que administrar el presente. Ya no le alcanza con denunciar a la casta. Tiene que demostrar que no se parece a ella.

La imagen de Milei se convirtió en el termómetro de una pregunta más grande: si la sociedad sigue dispuesta a acompañar un proyecto de transformación cuando el costo ya no es una abstracción, sino una experiencia cotidiana.

El Presidente todavía tiene tiempo, centralidad y enemigos útiles. También conserva un activo económico relevante si la inflación sigue bajando. Pero las encuestas del último mes dejaron una advertencia clara: la paciencia social ya no es infinita, la épica libertaria ya no cubre todos los problemas y el capital político que llevó a Milei al poder empieza a depender menos de la promesa y más de los resultados.

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