---
canonical_url: "https://newsba.com.ar/contenido/4281/la-imagen-de-milei-entra-en-zona-de-desgaste-las-encuestas-muestran-que-el-recha"
title: "La imagen de Milei entra en zona de desgaste: las encuestas muestran que el rechazo ya supera con claridad al apoyo"
article_type: "Article"
description: "Los últimos sondeos nacionales muestran una tendencia que empieza a consolidarse: Javier Milei conserva un núcleo duro importante, pero su imagen negativa ya se ubica muy por encima de la positiva. El dato no aparece aislado: se combina con malestar económico, fatiga social, conflictos internos, escándalos de gestión y una oposición que empieza a leer el clima público como una oportunidad."
main_image: "https://newsba.com.ar/download/multimedia.grande.ba325dd27abedeaa.Z3JhbmRlLndlYnA%3D.webp"
date_published: "2026-06-07T18:07:00-03:00"
date_modified: "2026-06-07T18:26:00-03:00"
tags:
  - "Encuesas"
  - "Imagen"
  - "Milei"
author_name: "Alejandro Cabrera"
author_url: "https://newsba.com.ar/usuario/2/alejandro-cabrera"
---

# La imagen de Milei entra en zona de desgaste: las encuestas muestran que el rechazo ya supera con claridad al apoyo

La imagen pública de Javier Milei atraviesa uno de sus momentos más sensibles desde que llegó a la Casa Rosada. Las últimas encuestas nacionales muestran un deterioro sostenido de la valoración presidencial y un dato que empieza a repetirse con distintas metodologías: el rechazo al Presidente ya supera con claridad al apoyo. La medición de Giacobbe correspondiente a fines de mayo y comienzos de junio marca una señal política fuerte: Milei registra 34,2% de imagen positiva, 55% de imagen negativa, 9,1% regular y apenas 1,6% de desconocimiento o indecisión. En términos simples, por cada argentino que hoy lo mira favorablemente, hay una proporción mucho mayor que expresa una evaluación negativa.

El dato importa no solo por la fotografía del momento, sino por la curva. Milei había construido buena parte de su potencia política sobre una combinación singular: voto antisistema, discurso de ruptura, promesa de orden económico, confrontación con la “casta” y una identidad muy fuerte entre sus seguidores. Durante el primer tramo de su gobierno, esa identidad logró amortiguar costos económicos, justificar el ajuste y sostener la expectativa de que el sacrificio tenía un sentido. Pero ahora las encuestas sugieren que esa paciencia empieza a encontrar límites.

La caída no significa que Milei haya perdido todo su capital político. Ese sería un diagnóstico apresurado. El Presidente conserva un núcleo duro relevante, probablemente cercano a un tercio del electorado, que sigue identificándose con su discurso, su estilo y su programa económico. El problema para la Casa Rosada es que ese núcleo ya no alcanza para construir mayoría social si el resto de la sociedad se aleja, se cansa o empieza a percibir que el rumbo no mejora su vida concreta.

El Gobierno sigue teniendo poder, agenda, capacidad de polarización y una oposición fragmentada. Pero la imagen presidencial es una variable central porque funciona como termómetro de gobernabilidad. Cuando un presidente acumula rechazo, cada conflicto se vuelve más costoso, cada ajuste necesita más explicación, cada error comunica más daño y cada escándalo encuentra una sociedad menos dispuesta a otorgar beneficio de la duda.

## El quiebre entre expectativa y bolsillo

La economía aparece como el primer factor de desgaste. Milei ganó prometiendo una transformación profunda, con la idea de que la Argentina debía atravesar un shock para salir de décadas de decadencia. Ese relato logró instalar que el dolor inicial era parte de una cura necesaria. Pero toda promesa de sacrificio tiene una condición: en algún momento debe empezar a verse una mejora. Si la mejora no llega al bolsillo cotidiano, la épica se vuelve cada vez más difícil de sostener.

El Gobierno exhibe datos macroeconómicos que considera positivos: equilibrio fiscal, baja de la inflación respecto de los picos previos, ordenamiento de algunas variables, recuperación parcial de ciertos sectores y mayor previsibilidad para inversiones. Pero la sociedad no mide la política económica solo por el balance fiscal. La mide en el supermercado, en el alquiler, en el salario, en la changa, en la tarjeta de crédito, en la cuota del colegio, en la prepaga, en la nafta, en el transporte y en la sensación de llegar o no llegar a fin de mes.

Ahí aparece el desacople. Una parte de la ciudadanía puede reconocer que la inflación bajó respecto del descontrol anterior y, al mismo tiempo, sentir que su vida sigue siendo más difícil. Puede admitir que había que ordenar el Estado y, al mismo tiempo, rechazar que ese ordenamiento recaiga siempre sobre jubilados, trabajadores, familias endeudadas o sectores que no tienen margen para esperar. Ese punto es clave: no alcanza con que el Gobierno diga que la economía está mejorando si una mayoría todavía no percibe esa mejora como experiencia personal.

Las encuestas capturan ese cambio de humor. Ya no se trata solo de una discusión entre mileístas y opositores. Empieza a aparecer una franja de votantes que acompañó o toleró el ajuste, pero que hoy se pregunta cuánto tiempo más debe esperar. Esa franja no necesariamente se hizo kirchnerista, ni peronista, ni opositora activa. Puede ser simplemente una zona de fatiga: ciudadanos que siguen sin encontrar una alternativa clara, pero que dejaron de darle al Presidente el crédito inicial.

La imagen negativa de Milei crece en ese terreno. No necesariamente porque todos rechacen su ideología, sino porque muchos empiezan a evaluar resultados. La promesa libertaria fue enorme: terminar con la decadencia, destruir privilegios, abrir una etapa de prosperidad, sacar al país del estancamiento y devolverle libertad a una sociedad asfixiada. Cuando la promesa es tan grande, la vara también sube. Y cuando la vida diaria sigue siendo dura, el relato empieza a perder potencia.

## Del liderazgo disruptivo al desgaste de gestión

Milei fue elegido, en buena medida, por no parecerse a un político tradicional. Su estilo agresivo, disruptivo, exagerado y provocador era parte de su atractivo. Decía lo que otros no se animaban a decir, insultaba a la dirigencia, prometía romper todo y convertía cada entrevista en un acto de combate. Ese personaje funcionó muy bien como candidato y también como presidente en sus primeros meses, cuando la sociedad todavía le atribuía frescura, valentía y decisión.

Pero gobernar desgasta de una manera distinta. El mismo estilo que en campaña parecía autenticidad puede empezar a leerse como soberbia cuando los problemas se acumulan. La misma épica de “el mejor gobierno de la historia” puede sonar desconectada si la gente siente que su economía personal no mejora. La misma violencia verbal que entusiasma al núcleo duro puede cansar a quienes esperan gestión, diálogo y soluciones.

En ese sentido, Milei enfrenta una transición difícil: pasar de líder de ruptura a administrador de resultados. Su comunicación sigue funcionando sobre la lógica de la pelea permanente, pero la sociedad empieza a pedir respuestas menos ideológicas y más concretas. El Presidente puede ganar discusiones en redes, pero la imagen se juega en otro plano: en la capacidad de convencer a sectores moderados de que el rumbo vale la pena.

Las últimas semanas sumaron además conflictos que dañan esa transición. La interna libertaria, los cruces entre figuras del oficialismo, los casos que afectan a funcionarios, las discusiones por declaraciones juradas, los episodios vinculados a pliegos judiciales y las sospechas de uso discrecional del poder erosionan el discurso original contra la casta. Milei llegó prometiendo una diferencia moral con todo lo anterior. Cada vez que el Gobierno aparece envuelto en prácticas parecidas a las que denunciaba, el golpe simbólico es mayor.

El problema no es solo judicial ni administrativo. Es narrativo. El mileísmo necesita sostener la idea de que representa algo distinto. Si la sociedad empieza a percibir que también hay privilegios, conflictos de interés, rosca, opacidad o protección de los propios, el discurso anticasta pierde fuerza. Y cuando ese discurso pierde fuerza, el Gobierno queda más expuesto a ser evaluado por los resultados materiales, que todavía son insuficientes para una mayoría.

Esa combinación explica parte del deterioro. No es una sola causa. Es economía más estilo, ajuste más fatiga, escándalos más internas, promesa moral más sospechas, expectativas demasiado altas más resultados todavía desiguales.

## Las encuestas empiezan a coincidir

La encuesta de Giacobbe que circuló en las últimas horas es especialmente dura porque muestra un 55% de imagen negativa contra 34,2% de positiva. La diferencia entre ambas categorías supera los veinte puntos y marca un deterioro visible frente a los mejores momentos del Presidente. Además, el gráfico histórico muestra que la imagen negativa viene subiendo mientras la positiva retrocede desde el pico de apoyo que Milei llegó a tener durante los primeros meses de gestión.

El informe previo de la misma consultora ya había mostrado una señal parecida: Milei aparecía con 35,9% de imagen positiva y 53,9% de negativa. En esa medición, Patricia Bullrich lo superaba en imagen positiva dentro del universo de dirigentes evaluados. Ese dato no es menor. Bullrich es parte del oficialismo ampliado, pero su mejor posicionamiento puede indicar que una parte del electorado de derecha busca figuras con un perfil de orden más tradicional, menos expuestas al desgaste cotidiano de la Presidencia o más capaces de despegarse de algunos conflictos del Gobierno.

AtlasIntel también mostró una desaprobación mayoritaria, aunque con una leve mejora respecto de mediciones anteriores. Su relevamiento ubicó la desaprobación de Milei en 58,3% y la aprobación en 39,9%. Es decir, incluso cuando aparece una recuperación parcial frente a un pico de rechazo, el saldo sigue siendo negativo. Esa es la clave: puede haber oscilaciones, pero la tendencia general indica que el Presidente perdió el clima de excepción que lo protegía.

CB Consultora, en su ranking regional, también mostró a Milei con 34,8% de imagen positiva y 63% de negativa, ubicándolo entre los mandatarios con peor valoración de la región. Esa comparación internacional puede ser discutible por metodologías y contextos distintos, pero sirve para una lectura política: el fenómeno Milei, que durante un tiempo fue presentado como una experiencia exportable de derecha radical y ajuste económico, también enfrenta límites de popularidad cuando la administración concreta empieza a pesar más que la promesa ideológica.

Distintas consultoras pueden tener números diferentes, pero el patrón es coincidente: Milei conserva un piso, pero perdió techo. Su base sigue viva, pero el rechazo crece. La polarización lo mantiene en el centro de la conversación, pero ya no necesariamente lo favorece. El Presidente sigue siendo el actor principal del sistema político, aunque ahora lo es con más desgaste y menos margen.

## El núcleo duro todavía sostiene, pero no expande

La gran fortaleza de Milei sigue siendo su núcleo duro. Ese tercio de la sociedad que lo acompaña no es menor. En un sistema político fragmentado, un apoyo de ese tamaño puede sostener poder, garantizar competitividad electoral y ordenar a aliados. El Presidente no está políticamente liquidado ni mucho menos. Tiene militancia digital, identidad ideológica, sectores económicos que lo respaldan, votantes antikirchneristas que todavía lo prefieren como barrera contra el regreso del peronismo y una oposición que no termina de construir una alternativa nacional clara.

Pero el núcleo duro tiene un límite: no alcanza para gobernar cómodamente si el rechazo se vuelve mayoritario. Milei necesita ampliar, moderar resistencias o al menos recuperar credibilidad en sectores que hoy aparecen en duda. Para eso necesita mostrar resultados concretos. La comunicación ya no alcanza sola. El insulto a la oposición no paga alquileres. La pelea con el periodismo no mejora salarios. La promesa de un segundo mandato paradisíaco no resuelve la angustia del presente.

El riesgo para el Gobierno es quedar atrapado en una lógica de repliegue identitario. Cuando un liderazgo empieza a perder apoyo por los bordes, suele hablarle cada vez más a los convencidos. Endurece el discurso, culpa a enemigos, denuncia operaciones, acusa a la prensa, señala a la oposición y convierte todo cuestionamiento en conspiración. Esa estrategia puede consolidar a los propios, pero aleja a los moderados.

Milei ya mostró tendencia a esa dinámica. Frente a críticas económicas, responde con épica. Frente a escándalos, responde con ataque. Frente a encuestas adversas, suele relativizar o denunciar intereses. Ese estilo puede funcionar mientras la realidad cotidiana no contradiga demasiado el relato. Pero cuando la imagen negativa crece, negar el problema puede agrandarlo.

La pregunta central es si el Presidente está dispuesto a corregir algo o si interpretará el deterioro como una simple batalla cultural más. La política argentina tiene muchos ejemplos de gobiernos que confundieron núcleo duro con mayoría social. Esa confusión suele ser cara.

## La oposición empieza a mirar el mapa

El deterioro de la imagen de Milei también modifica el ánimo opositor. Hasta hace no mucho, buena parte de la dirigencia no libertaria actuaba como si el Presidente tuviera una fuerza social difícil de desafiar. El miedo era quedar del lado de “la casta” contra un líder todavía protegido por la expectativa popular. Pero cuando las encuestas muestran mayoría de rechazo, la oposición empieza a moverse distinto.

El peronismo, especialmente, lee el desgaste como una oportunidad. Axel Kicillof aparece en varios sondeos como una figura competitiva dentro del universo opositor, aunque también con niveles altos de rechazo. Cristina Kirchner conserva centralidad, pero también un techo negativo muy marcado. Sergio Massa sigue como actor disponible. Gobernadores, intendentes y sectores del PJ discuten cómo construir una alternativa que no dependa solo de la nostalgia ni del rechazo a Milei.

El problema opositor es que el deterioro presidencial no se traduce automáticamente en adhesión a otro proyecto. La sociedad puede estar cansada de Milei y, al mismo tiempo, no querer volver al pasado. Puede rechazar el ajuste, pero desconfiar del peronismo. Puede pedir más Estado, pero no necesariamente querer el Estado que conoció. Esa es la dificultad: el malestar abre una puerta, pero no define quién la cruza.

Para Milei, esa fragmentación opositora sigue siendo una ventaja. Mientras no aparezca una alternativa clara, el Presidente puede sostener la idea de que, incluso con costos, él representa el único rumbo posible frente al fracaso anterior. Esa comparación con el pasado fue central para su triunfo y todavía puede funcionar. Pero pierde eficacia si el presente se vuelve demasiado pesado.

La oposición, por su parte, necesita evitar la tentación de leer las encuestas como una victoria propia. Hoy muestran caída de Milei, no necesariamente recuperación plena de sus adversarios. El rechazo al Presidente puede transformarse en abstención, apatía, voto bronca, dispersión o apoyo a figuras nuevas. Nada está cerrado.

## La imagen como advertencia de gobernabilidad

La imagen presidencial no es solo un dato electoral. Es una variable de poder. Un presidente con imagen positiva alta puede imponer costos, resistir conflictos, ordenar aliados y negociar desde la fortaleza. Un presidente con imagen negativa creciente empieza a encontrar resistencias en todos lados: Congreso, gobernadores, sindicatos, empresarios, Justicia, medios, calle y hasta dentro de su propia coalición.

Cuando la imagen cae, los aliados se vuelven más caros. Los legisladores dudan más. Los gobernadores negocian con otra firmeza. Los funcionarios empiezan a cuidar su propio futuro. Los empresarios preguntan si el plan tiene sostenibilidad política. Los mercados miran si la sociedad tolerará el ajuste. La oposición se anima a confrontar. Y el ciudadano común empieza a sentir que no está solo en su descontento.

Ese es el punto delicado para Milei. Su programa económico requiere tiempo, disciplina y capacidad de aguante social. Pero las encuestas muestran que la paciencia no es infinita. Si el Presidente quiere sostener el rumbo, necesita recomponer confianza. Y la confianza no se recompone solo con discurso. Se recompone con resultados, transparencia, orden interno y sensibilidad política.

El Gobierno suele despreciar la palabra sensibilidad porque la asocia con debilidad. Pero en política, sensibilidad no significa abandonar el rumbo. Significa entender cuándo una sociedad está llegando al límite. Significa leer que una parte del apoyo inicial se basaba en una esperanza que no puede ser maltratada indefinidamente. Significa saber que incluso los votantes que aceptan reformas duras necesitan sentir que el sacrificio está distribuido con justicia.

Si el mileísmo no registra ese cambio, puede profundizar su desgaste. Si lo registra a tiempo, todavía tiene margen para intentar una recuperación. La caída de imagen no es irreversible, pero sí es una advertencia.

## El Presidente frente a su propia promesa

Milei llegó al poder prometiendo una refundación. No prometió apenas administrar mejor. Prometió terminar con la casta, ordenar la economía, liberar al país, transformar la historia argentina y convertir su gobierno en una bisagra. Esa dimensión grandilocuente fue parte de su atractivo, pero ahora se vuelve una carga. Cuanto más alta es la promesa, más evidente resulta la distancia con la vida cotidiana.

Las encuestas muestran que esa distancia se está ampliando. La sociedad ya no evalúa solamente la intención. Evalúa el resultado. Y cuando el resultado todavía no aparece en el bolsillo, cuando los escándalos contradicen el discurso moral, cuando la confrontación permanente cansa y cuando el Gobierno parece hablarle más a sus fanáticos que a la mayoría, la imagen se deteriora.

El Presidente todavía puede apoyarse en una idea poderosa: la Argentina venía mal antes de él. Ese argumento es cierto en términos históricos y sigue teniendo peso político. Pero no alcanza eternamente. En algún momento, todo gobierno deja de ser juzgado por la herencia y empieza a ser juzgado por su propia administración. Milei está entrando en esa etapa.

El dato de Giacobbe, sumado al de AtlasIntel, CB y otros relevamientos, muestra que el país político está ante un nuevo momento. Ya no se trata de discutir si Milei conserva apoyo. Lo conserva. La pregunta es si puede volver a expandirlo. Si la respuesta es sí, deberá hacerlo con gestión, resultados y una comunicación menos encerrada en la guerra permanente. Si la respuesta es no, el gobierno puede quedar cada vez más dependiente de su núcleo duro y más expuesto a una mayoría social que empieza a mirar el rumbo con desconfianza.

La imagen presidencial funciona como una alarma temprana. Todavía no define una elección, no anticipa automáticamente un final político y no convierte a la oposición en alternativa. Pero marca un cambio en el clima. El apoyo incondicional se achicó, la tolerancia social se volvió más exigente y el rechazo dejó de ser patrimonio de los opositores tradicionales.

Milei sigue siendo el centro de la política argentina. Pero ya no mira el tablero desde el mismo lugar. La encuesta muestra que el Presidente que llegó para capitalizar el enojo ahora empieza a enfrentar el enojo que produce gobernar. Y esa es, quizás, la prueba más difícil para cualquier líder antisistema: descubrir que, una vez sentado en el poder, también él puede convertirse en el destinatario del malestar que prometía representar.

---

*Contenido creado y optimizado para IA con [Medios CMS](https://medios.io)* — Plataforma profesional para la gestión de medios digitales y portales de noticias.
