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title: "Trump confirmó que volverá a reunirse con Kim Jong-un y lanzó una cifra inquietante: “Tiene 57 armas nucleares”"
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description: "El presidente de Estados Unidos aseguró que mantiene una buena relación con el líder norcoreano y anunció que planea encontrarse con él antes de fin de año. Sus palabras llegaron después de ordenar una reducción abrupta de las maniobras militares conjuntas con Corea del Sur, en un intento por reabrir una negociación nuclear que fracasó durante su primer mandato."
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date_published: "2026-08-19T15:02:00-03:00"
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  - "Armas Nucleares"
  - "Kim"
  - "Trump"
author_name: "Alejandro Cabrera"
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category_description: "Información sobre los principales acontecimientos del país Estados Unidos y del Presidente Donald Trump"
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# Trump confirmó que volverá a reunirse con Kim Jong-un y lanzó una cifra inquietante: “Tiene 57 armas nucleares”

Donald Trump confirmó este miércoles 19 de agosto que tiene previsto reunirse nuevamente con Kim Jong-un y sorprendió al atribuirle a Corea del Norte un arsenal de “57 armas nucleares muy poderosas”. El mandatario estadounidense evitó revelar si está intercambiando cartas con el líder norcoreano, pero defendió su relación personal con uno de los gobernantes más herméticos del mundo.

“Me llevo bien con él. Y el hecho de que me lleve bien con él es algo bueno, no algo malo”, sostuvo Trump durante una conversación con periodistas en la Casa Blanca. Inmediatamente después, incorporó una cifra que hasta ahora Washington nunca había confirmado públicamente: “Tiene 57 armas nucleares muy poderosas. Nunca deberían haber permitido que eso sucediera. Yo no lo habría permitido, pero las tiene”.

Consultado sobre la posibilidad de un encuentro antes de finalizar 2026, el presidente respondió afirmativamente. No proporcionó una fecha, una sede ni una agenda, aunque su administración pretende organizar una cumbre durante los próximos meses, posiblemente aprovechando alguno de los viajes que Trump realizará por Asia.

La declaración fue mucho más que una nueva muestra del estilo personalista con el que el republicano conduce la política exterior. Al mencionar una cantidad concreta de armas, Trump pareció reconocer públicamente una realidad que Estados Unidos se resiste a aceptar de manera formal: Corea del Norte no solamente desarrolló explosivos nucleares, sino que ya habría consolidado un arsenal capaz de amenazar a Corea del Sur, Japón, las bases estadounidenses en el Pacífico y potencialmente al territorio continental norteamericano.

La cifra mencionada por Trump no fue respaldada por un informe oficial de inteligencia. Sin embargo, coincide aproximadamente con las evaluaciones más recientes del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, que calcula que Pyongyang podría haber ensamblado alrededor de 60 ojivas y contar con material fisible suficiente para fabricar, al menos, otras 30. Una estimación citada anteriormente por el Congreso estadounidense ubicaba el arsenal en alrededor de 50 armas, con capacidad material para alcanzar hasta 90.

No existe una forma independiente de establecer la cantidad exacta. Los inspectores internacionales fueron expulsados del país en 2009 y desde entonces el programa solamente puede ser observado mediante imágenes satelitales, información de inteligencia y los anuncios cuidadosamente administrados por el régimen.

## Un gesto de Trump hacia Kim que inquietó a Corea del Sur

Las palabras de Trump estuvieron precedidas por una decisión de enorme sensibilidad para el equilibrio militar de la península coreana. El mandatario ordenó al Pentágono reducir sustancialmente la participación estadounidense en Ulchi Freedom Shield, el principal ejercicio militar anual desarrollado junto con Corea del Sur.

Las maniobras habían comenzado el 17 de agosto y debían extenderse hasta el día 27, pero terminarán el 21. Su duración se redujo de once a cinco días, se canceló buena parte de la segunda fase —que contemplaba la simulación de un contraataque contra Corea del Norte— y algunos ejercicios de campo fueron eliminados o reemplazados por simulaciones.

Trump calificó las maniobras como costosas, provocativas y portadoras de un mensaje “totalmente inapropiado y hostil” hacia un país que, según su interpretación, se había mostrado respetuoso mientras él ocupaba la Casa Blanca. El Pentágono afirmó que los cambios no afectarán los objetivos centrales de preparación militar, pero la determinación sorprendió al gobierno surcoreano y reabrió las dudas sobre la confiabilidad del compromiso defensivo de Washington.

Kim Yo-jong, hermana de Kim Jong-un y una de las figuras más influyentes del régimen, desestimó rápidamente la concesión. Afirmó que reducir la duración y la escala de los ejercicios no altera su carácter “provocador y agresivo”. También sostuvo que desconoce la existencia de comunicaciones recientes entre los dos presidentes, contradiciendo parcialmente a Trump, quien había asegurado que Kim respondió a sus intentos de acercamiento.

La posición norcoreana combina dos mensajes. Por un lado, Pyongyang conserva el recuerdo de la relación personal entre Trump y Kim y evita atacarlo directamente. Por otro, advierte que esa relación no será suficiente si Estados Unidos mantiene las sanciones económicas, la presencia de tropas en Corea del Sur y la exigencia de una desnuclearización completa.

Corea del Norte considera los ejercicios conjuntos como ensayos para una invasión. Washington y Seúl sostienen que son operaciones defensivas destinadas a garantizar la capacidad de respuesta ante un eventual ataque. La reducción ordenada por Trump fue recibida favorablemente por el presidente surcoreano, Lee Jae-myung, como una posibilidad para reabrir el diálogo, pero generó críticas entre sectores conservadores que temen que Estados Unidos conceda ventajas estratégicas sin obtener nada concreto a cambio.

La preocupación no se limita a las maniobras. Trump introdujo la posibilidad de negociar directamente con Kim sin consultar previamente todos los detalles con Seúl, reproduciendo la lógica de su primer mandato: decisiones de alto impacto tomadas a partir del vínculo entre líderes, con las instituciones diplomáticas y los aliados intentando adaptarse posteriormente.

## Del “fuego y furia” a las cartas personales y una negociación fallida

La relación entre Trump y Kim atravesó transformaciones extremas. En 2017, durante el primer año del republicano en la Casa Blanca, ambos protagonizaron una escalada verbal que acercó a la península coreana a una crisis militar.

Trump amenazó a Corea del Norte con “fuego y furia” y llamó “pequeño hombre cohete” a Kim Jong-un. Ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, llegó a advertir que Estados Unidos podría “destruir totalmente” al país si se veía obligado a defenderse. Kim respondió calificándolo de “viejo estadounidense mentalmente trastornado” y aseguró que disponía de un botón nuclear.

Ese mismo año, ya durante la presidencia de Trump, Corea del Norte realizó su sexta y más potente prueba nuclear. Pyongyang afirmó haber detonado una bomba de hidrógeno y avanzó con misiles balísticos intercontinentales capaces, al menos en teoría, de alcanzar ciudades estadounidenses. Por esa razón, la afirmación de Trump de que él “no habría permitido” la creación del arsenal omite que una parte decisiva del desarrollo norcoreano también ocurrió durante su primera administración.

La confrontación dio paso inesperadamente a la diplomacia. Trump y Kim celebraron su primera cumbre en Singapur en junio de 2018. Fue el primer encuentro de la historia entre un presidente estadounidense en funciones y un líder de Corea del Norte. Ambos firmaron una declaración en la que Pyongyang expresó su compromiso con la “desnuclearización completa de la península coreana”, pero el documento no fijó plazos, mecanismos de inspección ni una definición compartida sobre el significado de esa frase.

Para Washington, desnuclearizar significaba que Corea del Norte debía abandonar de manera verificable e irreversible sus armas. Para Pyongyang, el concepto también incluía reducir la amenaza militar estadounidense, revisar el despliegue de activos estratégicos y modificar la alianza de defensa con Corea del Sur.

La segunda cumbre, celebrada en Hanói en febrero de 2019, terminó abruptamente y sin acuerdo. Corea del Norte ofreció desmantelar parte del complejo nuclear de Yongbyon a cambio de un amplio levantamiento de las sanciones. Estados Unidos consideró insuficiente la propuesta porque no incluía otras instalaciones nucleares ni garantizaba la entrega de todo el arsenal.

Trump y Kim volvieron a encontrarse brevemente en junio de 2019 en la Zona Desmilitarizada. Allí, el republicano se convirtió en el primer presidente estadounidense en ejercicio que ingresó a territorio norcoreano. Las imágenes tuvieron un enorme impacto simbólico, pero las negociaciones técnicas posteriores volvieron a fracasar.

Durante ese período, los dos dirigentes intercambiaron decenas de cartas que Trump describió como “hermosas”. Incluso afirmó que ambos se habían “enamorado”, una expresión que utilizó para resaltar el valor de la química personal. Sin embargo, detrás de la retórica y las fotografías, Corea del Norte nunca entregó una lista completa de sus instalaciones, no aceptó inspecciones internacionales y no suspendió definitivamente la producción de material fisible.

Los encuentros redujeron temporalmente el nivel de tensión y Pyongyang dejó de realizar pruebas nucleares, pero no consiguieron frenar estructuralmente el programa. Corea del Norte aprovechó los años siguientes para fabricar más material, perfeccionar sus misiles, desarrollar combustibles sólidos y avanzar en sistemas de menor alcance destinados a superar las defensas de Corea del Sur y Japón.

## Por qué las “57 armas” cambian el sentido de la negociación

El dato proporcionado por Trump resulta verosímil, aunque no está confirmado. El Organismo Internacional de Energía Atómica observa una expansión sostenida de las actividades en Yongbyon y Kangson. Durante 2026 detectó señales de funcionamiento del reactor de cinco megavatios de Yongbyon, actividad en el laboratorio radioquímico y operaciones vinculadas con instalaciones de enriquecimiento de uranio.

Kim Jong-un visitó además una nueva fábrica dedicada a la producción de materiales nucleares y ordenó expandir el arsenal “exponencialmente”. El sitio de pruebas de Punggye-ri continúa preparado para una eventual séptima detonación, aunque Corea del Norte no realiza un ensayo nuclear confirmado desde septiembre de 2017.

El régimen no se limita a acumular ojivas. También busca diversificar los medios para transportarlas. Desarrolló misiles intercontinentales, proyectiles de alcance intermedio, armas tácticas para atacar objetivos cercanos, sistemas lanzados desde submarinos y misiles con trayectorias maniobrables concebidos para dificultar su interceptación. Durante 2025 exhibió y probó el Hwasong-20, un misil intercontinental de combustible sólido que podría ser preparado y disparado con mayor rapidez que los modelos tradicionales de combustible líquido.

La doctrina nuclear norcoreana también se endureció. Una ley aprobada en 2022 permite el empleo preventivo de armas nucleares bajo determinadas circunstancias y establece una respuesta automática si el liderazgo o el sistema de mando nuclear son atacados. En 2023, la condición de potencia nuclear fue incorporada a la Constitución. Pyongyang sostiene que ese estatus es irreversible y que abandonar las armas equivaldría a renunciar a su soberanía y a su supervivencia.

Esta evolución reduce prácticamente a cero la posibilidad de que Kim acepte una desnuclearización completa. El objetivo norcoreano ya no parece ser cambiar todo el arsenal por inversiones, alimentos o alivio de sanciones. Pretende que Estados Unidos lo reconozca como una potencia nuclear de hecho y que cualquier negociación se concentre en limitar, congelar o administrar sus capacidades, en lugar de eliminarlas.

Trump todavía no reconoció formalmente a Corea del Norte como Estado poseedor de armas nucleares. Su administración mantiene, al menos oficialmente, la exigencia de desnuclearización. No obstante, al decir públicamente que Kim tiene 57 armas y que “estará bien” si Estados Unidos cuenta con un presidente inteligente, acepta implícitamente que el problema debe ser gestionado mediante una relación política, no resuelto únicamente mediante sanciones o amenazas.

La comparación con Irán refuerza esa impresión. “No se puede permitir que Irán tenga un arma nuclear”, afirmó Trump inmediatamente después de reconocer que Corea del Norte ya posee decenas. La diferencia es estratégica: Irán no demostró haber fabricado ni probado una bomba, mientras que Corea del Norte cruzó ese umbral hace dos décadas, soportó las sanciones y construyó una fuerza con capacidad de represalia.

El mensaje involuntario para otros países es delicado. Un Estado que todavía no tiene armas nucleares puede ser atacado, sancionado o presionado para abandonar su programa. Uno que logra fabricar suficientes bombas y misiles termina siendo tratado como un interlocutor inevitable y obtiene reuniones directas con el presidente de Estados Unidos.

A este escenario se suma la alianza entre Corea del Norte y Rusia. Pyongyang proporcionó proyectiles, misiles y tropas para apoyar a Moscú en la guerra de Ucrania, mientras que Vladimir Putin profundizó la cooperación política y militar con Kim. Esa relación le otorga al régimen norcoreano recursos, respaldo diplomático y una alternativa frente al aislamiento occidental, reduciendo los incentivos que podría ofrecer Washington.

Por eso, una nueva cumbre enfrentará condiciones mucho más complejas que las de 2018. Kim llega con un arsenal mayor, misiles más sofisticados, una doctrina nuclear más agresiva y el apoyo de Rusia. Trump, en cambio, vuelve a apostar por su vínculo personal y por la posibilidad de alcanzar el acuerdo que no consiguió durante su primera presidencia.

El anuncio abre una oportunidad para reducir el peligro de una confrontación, restablecer canales de comunicación y negociar límites al programa. Pero también encierra un riesgo: que Estados Unidos vuelva a ofrecer concesiones militares y reconocimiento político a cambio de promesas imprecisas, sin inspecciones ni compromisos verificables.

La próxima reunión, si finalmente ocurre, no enfrentará a un presidente estadounidense con un dirigente que podría construir armas nucleares en el futuro. Será un diálogo con un gobernante que probablemente ya controla cerca de 60 ojivas, tiene capacidad para producir más y considera que ese arsenal constituye la garantía fundamental para conservar su régimen. Esa es la realidad que Trump terminó reconociendo, quizá sin proponérselo, cuando habló de las “57 armas nucleares muy poderosas” de Kim Jong-un.

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