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title: "El Gobierno festeja el 1,7% de inflación, pero la canasta que define la pobreza subió 2,6% y una familia está muy lejos de ser clase media con $1,6 millones"
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description: "Agosto dejó el IPC más bajo de los últimos 14 meses y el oficialismo lo convirtió rápidamente en una victoria política. Sin embargo, el mismo día el INDEC informó que las canastas de indigencia y pobreza aumentaron bastante más que el promedio. La comparación con los datos de la Ciudad muestra además una distancia incómoda: superar estadísticamente la pobreza con $1,6 millones está muy lejos de alcanzar un ingreso asociado con la clase media."
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date_published: "2026-09-11T13:04:00-03:00"
date_modified: "2026-09-11T13:12:06-03:00"
tags:
  - "Argentina"
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  - "Inflación"
  - "MIlei"
author_name: "Alejandro Cabrera"
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category_name: "Economía"
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# El Gobierno festeja el 1,7% de inflación, pero la canasta que define la pobreza subió 2,6% y una familia está muy lejos de ser clase media con $1,6 millones

“VAAAAAAAAMOOOOOO TOTO...!!!”. Javier Milei no necesitó demasiadas palabras para festejar el dato de inflación de agosto. El INDEC acababa de informar una suba mensual de **1,7%**, el registro más bajo de 2026 y el menor de los últimos 14 meses, y el Presidente felicitó inmediatamente a Luis Caputo. El ministro de Economía destacó que se trató además del agosto con menor inflación desde 2017; Federico Sturzenegger afirmó que, si Argentina mantiene políticas económicas “de país normal”, terminará teniendo una inflación “de país normal”; funcionarios, dirigentes y buena parte del universo comunicacional libertario trasladaron enseguida el número a redes y streams como demostración de que la estabilización finalmente está entrando en otra etapa. Y hay una parte de esa celebración que tiene fundamentos: pasar de los niveles explosivos heredados a una inflación mensual inferior al 2% constituye un avance macroeconómico significativo.

El problema aparece cuando el **1,7% se transforma de dato estadístico en descripción completa de cómo viven los argentinos**. Apenas unos minutos después de informar el IPC, el propio INDEC publicó otro número bastante menos celebrado: tanto la Canasta Básica Alimentaria como la Canasta Básica Total aumentaron **2,6% durante agosto**, casi un punto porcentual por encima de la inflación promedio. Para una familia de cuatro integrantes utilizada como ejemplo por el organismo, superar la línea de indigencia requirió $726.469 y quedar por encima de la pobreza demandó **$1.605.497 mensuales**. En los primeros ocho meses del año, la canasta alimentaria acumuló 23,2% y la total 22,7%, también por encima del 21,3% acumulado por el IPC general.

Ese contraste modifica considerablemente el festejo. El índice general bajó porque representa un promedio de cientos de bienes y servicios consumidos por hogares muy distintos. En agosto ayudó especialmente la caída del **0,9% de los precios estacionales** y una reducción del 0,6% en indumentaria y calzado. Pero aquello que difícilmente una familia pueda postergar siguió aumentando por encima del promedio: vivienda, agua, electricidad y combustibles subieron 2,8%; educación, 2,5%; salud, 2,4%; comunicaciones, 2,3%; y los precios regulados, 2,2%. La inflación núcleo, que intenta eliminar precisamente algunos componentes volátiles, fue del 1,8%. El 1,7% es real; también lo es que muchos gastos esenciales subieron más.

Por eso existe una diferencia fundamental entre decir que **la inflación bajó** y decir que **el costo de vida dejó de ser un problema**. Lo primero está respaldado por los datos. Lo segundo, bastante menos. Una familia no consume “el IPC”: paga un alquiler o una cuota hipotecaria, electricidad, gas, transporte, supermercado, medicamentos, colegio si corresponde, ropa, impuestos y eventualmente deudas. Dependiendo de la composición del hogar, esos gastos pueden moverse muy distinto del promedio nacional. El resultado es una situación perfectamente compatible con una inflación de 1,7% y con hogares que sienten que sus gastos aumentaron bastante más.

## Los $1,6 millones no significan que una familia pueda vivir cómodamente: significan que estadísticamente dejó de ser pobre

Ahí aparece uno de los problemas más importantes de la discusión pública. Durante las últimas horas se repitió que una familia de cuatro integrantes necesita alrededor de **$1,6 millones para “no ser pobre”**. La frase es técnicamente correcta dentro de la metodología del INDEC, pero puede inducir fácilmente a una conclusión equivocada: que un hogar que supera apenas ese ingreso ya dispone de condiciones materiales similares a las de una familia integrada a la clase media. No significa eso.

La Canasta Básica Total es **un umbral estadístico de pobreza**, no un presupuesto de bienestar ni una definición de clase media. El INDEC parte de una canasta alimentaria que cubre determinados requerimientos nutricionales y después la expande mediante la inversa del coeficiente de Engel para incorporar una estimación de gastos no alimentarios como transporte, salud, educación, vestimenta y otros servicios. Además, el monto cambia según la edad y el sexo de los integrantes mediante el sistema de “adultos equivalentes”. El propio organismo explica que esos valores sirven para determinar qué hogares quedan por debajo de la línea de pobreza, no para establecer cuánto necesita una familia determinada para mantener determinado estándar de vida.

Es una distinción enorme. Una familia puede ganar **$1.610.000** y técnicamente quedar unos pocos miles de pesos por encima de la línea de pobreza. Eso no significa que tenga capacidad de ahorro, vacaciones, automóvil, vivienda propia, educación privada, cobertura médica adicional, capacidad para afrontar un electrodoméstico roto o siquiera suficiente margen para absorber una suba brusca del alquiler. Significa únicamente que, de acuerdo con la metodología oficial y la composición estándar utilizada, sus ingresos superaron por muy poco el valor monetario que separa estadísticamente a pobres de no pobres.

Los datos de la Ciudad de Buenos Aires permiten observar con mucha mayor claridad la distancia que existe entre **“no pobre” y “clase media”**. Para agosto, el Instituto de Estadística y Censos porteño calculó que una familia compuesta por dos adultos económicamente activos y dos niños necesitó **$1.651.798** para superar la línea de pobreza. Pero para ingresar formalmente al sector medio denominado “clase media” necesitó **$2.603.556 mensuales**. Entre ambos números existe una diferencia cercana al millón de pesos.

Y todavía hay un detalle mucho más importante: el hogar utilizado por la Ciudad para esa clasificación es **propietario de su vivienda**. Es decir, esos $2,6 millones representan el piso de clase media para una familia que no tiene que afrontar un alquiler mensual. La estadística porteña divide incluso ese espacio intermedio: entre aproximadamente $1,65 millones y $2,08 millones aparecen hogares que ya no son pobres pero siguen siendo vulnerables; entre $2,08 millones y $2,60 millones aparece el denominado “sector medio frágil”; recién desde $2,60 millones comienza la categoría que el organismo denomina específicamente “sector medio-clase media”.

Esto vuelve particularmente engañosa cualquier lectura que convierta los **$1,6 millones nacionales en una especie de salario familiar suficiente**. En CABA, un hogar muy parecido con ese ingreso ni siquiera alcanza a superar completamente la línea de pobreza porteña. Y si además alquila, su situación económica real es muchísimo más exigente que la del hogar propietario utilizado como referencia. El IDECBA registró durante el segundo trimestre alquileres publicados de tres ambientes que rondaban **$1,17 millones mensuales en promedio**, y relevamientos de agosto continúan ubicándolos alrededor de ese nivel. No significa que cada familia pague esa cifra, pero muestra por qué la tenencia de vivienda modifica radicalmente lo que significa ganar dos o tres millones de pesos.

La distancia entre la pobreza estadística y la experiencia cotidiana de la clase media ayuda también a explicar una paradoja política. El Gobierno puede mostrar una reducción importante de la inflación y, sin embargo, amplios sectores sociales pueden responder que **“no les alcanza”**. Las dos cosas pueden ser ciertas simultáneamente. La inflación mide la velocidad a la que aumentan los precios; no mide si esos precios ya eran altos respecto de los ingresos disponibles. Si un producto pasó de $100 a $200 durante una etapa inflacionaria y después aumenta sólo 1,7% hasta $203,40, la inflación se desaceleró enormemente, pero el producto no volvió a $100. La estabilización frena la velocidad del deterioro; no recompone automáticamente todo el poder adquisitivo perdido anteriormente.

Esto se vuelve particularmente importante después de años de inflación muy alta. El Gobierno heredó una economía que terminó 2023 con una inflación superior al 200% anual y consiguió reducir brutalmente ese ritmo. Es un logro que cualquier evaluación seria debe reconocer. Pero el precio político de la estabilización estuvo asociado también con una pérdida inicial muy fuerte del ingreso disponible, correcciones tarifarias, caída del consumo y un mercado interno que todavía muestra dificultades. La industria cayó 5% mensual en julio y la construcción 4,6%, mientras distintos indicadores de consumo permanecen débiles. **La inflación es una parte central de la economía, pero no es toda la economía.**

El salario ofrece otra referencia útil. El RIPTE —que mide remuneraciones imponibles de trabajadores formales estables y no debe confundirse con el salario promedio de toda la economía— llegó en julio a **$1.946.028 brutos**. Eso significa que incluso una remuneración formal estable cercana a dos millones de pesos queda por debajo del piso de $2,6 millones que la Ciudad utiliza para considerar de clase media a una familia propietaria con dos hijos. Un hogar con dos ingresos puede superar ampliamente esa barrera; uno sostenido por un solo trabajador puede quedar muy lejos.

## El 1,7% es una victoria macroeconómica; convertirlo en una victoria social completa es otra cosa

El discurso oficial tiene razones para celebrar. Agosto marcó la inflación más baja desde junio de 2025, el índice interanual bajó al **33,5%** y la media móvil de los últimos tres meses quedó cerca del 1,9%. Después de décadas en las que Argentina naturalizó tasas de inflación absurdamente elevadas, conseguir registros mensuales inferiores al 2% no debería minimizarse. Si el proceso continúa, los beneficios sobre crédito, ahorro, inversión y previsibilidad pueden ser enormes.

Pero el festejo oficial también necesita ser puesto frente a sus propias expectativas. Milei había dicho reiteradamente que para agosto de 2026 la inflación minorista debía **“arrancar con cero”** una vez limpiados los rezagos monetarios. No ocurrió. Agosto dio 1,7%. El Presupuesto había trabajado además con una inflación anual cercana al 10%, mientras que solamente en los primeros ocho meses ya se acumuló 21,3%. Las consultoras que participan del REM esperan ahora un número anual cercano al 30%. Eso no convierte al 1,7% en un fracaso, pero sí obliga a distinguir entre la mejora real y las metas mucho más ambiciosas que el propio Gobierno había planteado.

Hay otra cuestión todavía más incómoda. La canasta básica que más afecta a los sectores pobres volvió a crecer **2,6% por segundo mes consecutivo**. Para una familia de bajos ingresos, no importa demasiado que determinados bienes importados o prendas de vestir bajen si la comida, los servicios y otros gastos indispensables absorben una proporción enorme del presupuesto. Es precisamente por eso que las mediciones de pobreza y las del IPC no tienen que confundirse: un mismo índice promedio puede ocultar experiencias muy diferentes según el nivel de ingresos.

El ecosistema político y comunicacional del Gobierno tiende a convertir cada indicador favorable en una prueba totalizante de que el programa económico funciona. La reacción al 1,7% siguió ese patrón: celebraciones presidenciales, mensajes de ministros y una multiplicación en redes de comparaciones con los dos dígitos mensuales de la administración anterior. La comparación histórica es legítima. Argentina estaba muchísimo peor en términos inflacionarios. Pero si ese contraste se utiliza para descalificar cualquier discusión sobre salarios, consumo, pobreza o costo de vida, la estadística deja de ayudar a comprender la realidad y empieza a funcionar exclusivamente como propaganda.

Porque **1,7% de inflación no quiere decir que los precios bajaron 1,7%**. Significa que continuaron aumentando, sólo que a un ritmo mucho menor. Tampoco significa que todos los precios subieron exactamente eso: la vivienda aumentó 2,8%, la salud 2,4%, los regulados 2,2% y las canastas de pobreza e indigencia 2,6%. Y mucho menos significa que un hogar que gana $1,6 millones haya entrado en la clase media.

Precisamente ahí se encuentra uno de los grandes problemas de comunicación económica de la Argentina actual. La línea de pobreza se convirtió demasiadas veces en una especie de frontera entre “estar mal” y “estar bien”, cuando estadísticamente sólo separa dos niveles de insuficiencia o suficiencia mínima. Entre el hogar pobre y una familia capaz de ahorrar, alquilar sin destinar medio ingreso, mantener un auto, pagar actividades de sus hijos y enfrentar un gasto imprevisto existe un espacio enorme que la palabra “no pobre” oculta.

Los datos porteños lo muestran de manera casi brutal: **$1,65 millones para no ser pobre; $2,08 millones para salir de la vulnerabilidad; $2,60 millones para comenzar a ser considerado clase media, siempre suponiendo vivienda propia.** El problema no es que una medición sea correcta y la otra falsa. Miden cosas diferentes. El error comienza cuando se presenta la primera como si describiera la segunda.

Por eso el 1,7% merece dos lecturas simultáneas. Una macroeconómica: **la desaceleración inflacionaria es real, significativa y probablemente el principal éxito económico del Gobierno de Milei**. Y otra social: el costo de los bienes esenciales sigue presionando, las canastas básicas aumentaron más que el promedio y la distancia entre escapar estadísticamente de la pobreza y vivir efectivamente como clase media es enorme.

Un Gobierno puede celebrar haber dejado atrás la inflación de dos dígitos mensuales. Lo que no debería hacer es confundir esa victoria con el final del problema económico de las familias. **Una sociedad no se vuelve próspera porque la inflación baja a 1,7%; se vuelve próspera cuando esa estabilidad consigue transformarse en salarios reales mayores, empleo, consumo sostenible, capacidad de ahorro y una clase media que no esté a una factura, un alquiler o una enfermedad de volver a caer.**

Y ahí está el verdadero examen que empieza después del festejo. La batalla contra la inflación puede estar avanzando. **La batalla para que $1,6 millones no sean apenas la frontera estadística entre pobreza y no pobreza está muchísimo más lejos de haberse ganado.**

Puedo seguir este dato mes a mes y avisarte cuando salgan juntos **inflación, canasta de pobreza y piso de clase media**, para ver si esa brecha empieza realmente a cerrarse.

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