Los gazatíes miran al futuro con pesimismo: entre las promesas de Trump y las ruinas de una paz inconclusa

Tras el alto el fuego y los anuncios de mediación impulsados por Donald Trump, la población de Gaza enfrenta un futuro incierto. Con ciudades devastadas, escasez crónica y un trauma social profundo, muchos temen que el nuevo plan internacional repita los errores del pasado: reconstruir sin justicia, prometer sin cumplir y hablar de paz sin incluir a los que la padecen.
Medio Oriente15 de octubre de 2025Alejandro CabreraAlejandro Cabrera
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Gaza

La tregua trajo silencio, pero no alivio. Las calles de Gaza —repletas de edificios colapsados, cables eléctricos sueltos y tiendas improvisadas— parecen un retrato detenido del desastre. A pocos días del acuerdo impulsado por Donald Trump para detener la guerra y promover un proceso de reconstrucción, los habitantes de la Franja observan el futuro con una mezcla de escepticismo, fatiga y miedo. Nadie espera milagros. La frase más repetida en las conversaciones callejeras es una sentencia seca: “Las cosas volverán a ser como antes o incluso peor”.

La mediación estadounidense, presentada como un paso hacia la “normalización regional”, no genera entusiasmo. Para muchos gazatíes, cada promesa internacional se parece demasiado a la anterior: grandes titulares, conferencias de prensa y, después, un regreso al olvido. La ayuda humanitaria llega con cuentagotas, la electricidad apenas cubre unas horas al día y el acceso al agua potable sigue dependiendo de tanques móviles. Las heridas materiales y las emocionales se superponen en una sociedad que ya ha vivido demasiados comienzos que no empezaron.

Una tregua sin esperanza de reconstrucción inmediata

El acuerdo firmado bajo auspicio estadounidense puso fin a las hostilidades más graves, permitió la entrada limitada de insumos básicos y prometió un plan de reconstrucción financiado por donantes árabes y europeos. Pero en Gaza, las promesas de reconstrucción son casi una rutina: cada guerra deja un nuevo ciclo de ruinas, donaciones y decepciones.

Los organismos locales advierten que los fondos comprometidos no alcanzan ni para cubrir un tercio de las viviendas destruidas. Miles de familias viven entre escombros o en refugios improvisados, sin certezas sobre cuándo podrán regresar a sus barrios. Los hospitales, saturados y con escasez de medicamentos, funcionan con generadores intermitentes. La población vive bajo un cansancio estructural: reconstruye lo que ya había reconstruido antes, mientras observa cómo los líderes internacionales discuten desde lejos.

Los más jóvenes, en particular, expresan una frustración que roza la desesperanza. No confían en los políticos, ni propios ni extranjeros. Los que pueden se marchan; los que no, sobreviven. En los campamentos y escuelas, la palabra “futuro” suena hueca. Y cada anuncio de “paz duradera” se recibe como una ironía.

El plan de Trump y las dudas sobre su verdadera intención

La intervención de Donald Trump, que en las últimas semanas logró articular un cese del fuego y la liberación de los rehenes israelíes, promete extenderse hacia una nueva fase: la reconstrucción integral de Gaza y un esquema de seguridad supervisado por fuerzas internacionales. Sin embargo, en los barrios gazatíes, esa propuesta genera sospechas más que esperanza.

Para buena parte de la población, el plan no busca mejorar la vida cotidiana de los palestinos sino consolidar un equilibrio favorable a Israel. El temor es que la reconstrucción venga acompañada de controles militares más estrictos, desplazamientos encubiertos y una dependencia financiera que perpetúe la fragilidad económica del enclave. Los gazatíes temen ser espectadores de su propio destino, otra vez.

Las organizaciones locales reclaman un enfoque distinto: no solo levantar edificios, sino reconstruir derechos. Piden participación en la toma de decisiones, acceso directo a los fondos de ayuda y garantías internacionales que eviten represalias o bloqueos. Pero sus voces, como tantas veces, parecen diluirse entre comunicados diplomáticos.

Una población atrapada entre la miseria y el cálculo político

Gaza vive una paradoja cruel: su reconstrucción depende de los mismos actores que durante años definieron las reglas de su asfixia. Cada cargamento de cemento o combustible debe pasar por controles, permisos y condiciones. Y cada paso en falso puede traducirse en nuevos cierres de frontera.

Las familias desplazadas cargan con más que pérdidas materiales: arrastran una memoria de guerras cíclicas y promesas rotas. Los niños, que constituyen la mayoría de la población, crecen entre ruinas y discursos que hablan de paz mientras sobreviven en un entorno de desconfianza. Las ONG locales denuncian una crisis de salud mental sin precedentes, marcada por ansiedad, insomnio y trauma.

El desempleo, que supera el 70 % entre los jóvenes, convierte la reconstrucción en una urgencia económica tanto como humanitaria. Pero el flujo de fondos internacionales sigue atado a negociaciones políticas que avanzan más lento que las necesidades de la gente. Gaza se encuentra, una vez más, suspendida entre la devastación y la espera.

Memoria, política y la fatiga de la ayuda internacional

A lo largo de los últimos veinte años, los habitantes de Gaza han visto desfilar delegaciones de la ONU, diplomáticos europeos, mediadores árabes y enviados de Washington. Cada uno dejó un plan, una promesa o una foto; ninguno dejó estabilidad. El resultado es una sociedad que ya no confía en las soluciones importadas.

La ayuda humanitaria, aunque vital, también genera dependencia. Muchas familias viven gracias a las raciones del Programa Mundial de Alimentos o a subsidios eventuales, pero la falta de un horizonte político real los condena a la precariedad perpetua. La llamada “paz económica” que promueve Trump se percibe como un eufemismo: se trata de administrar la miseria, no de resolver la causa.

En las calles de Khan Younis o Rafah, la palabra “reconstrucción” despierta más desconfianza que entusiasmo. Quienes la escucharon demasiadas veces saben que reconstruir sin soberanía equivale a preparar la próxima destrucción.

Una paz que se parece demasiado a la rutina

El pesimismo gazatí no es cinismo, sino experiencia acumulada. Los adultos recuerdan los procesos de Oslo, los planes de Bush, los anuncios de Obama, las promesas de la UE y ahora las de Trump. Todos ofrecieron variaciones del mismo guion: tregua, ayuda, conferencia y, luego, una nueva guerra. Por eso, cuando los líderes extranjeros hablan de “nuevo comienzo”, muchos en Gaza simplemente bajan la mirada.

Las expectativas son mínimas: poder dormir sin bombardeos, conseguir medicamentos, recuperar la electricidad. Nadie habla ya de independencia ni de soberanía plena; esas palabras suenan demasiado grandes para una vida que se mide en litros de agua y horas de luz.

Y sin embargo, debajo del cansancio, persiste una forma silenciosa de resistencia: la rutina diaria, la educación de los hijos, el cuidado de los ancianos. Esa obstinación cotidiana, más que cualquier discurso político, es lo que mantiene viva la identidad palestina.

El futuro, dicen en Gaza, dependerá menos de los planes de Trump que de la capacidad del mundo para mirar la Franja no como un campo de operaciones, sino como un territorio humano. Mientras eso no ocurra, las cosas —como temen muchos— volverán a ser como antes, o incluso peor.

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