Marcelo Gallardo después de Madrid: cuando la grandeza empezó a volverse soberbia

El muñeco se juega la última bala de credibilidad contra Banfield. Mientras el malestar de la gente se dirige hacia el plantel pero si algo demostró el tiempo es que no hay intocables. ¿Es el final de la era Gallardo en River y en paralelo de Riquelme en Boca?  
Deporte23 de febrero de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Marcelo Gallardo construyó uno de los ciclos más extraordinarios en la historia del fútbol argentino. Eso no está en discusión. Transformó a River en un equipo temido, competitivo, obsesivo en los detalles y casi implacable en las copas. Pero después de Madrid, algo cambió. No solo en el equipo. También en él.

La final del 9 de diciembre de 2018 no fue un título más. Fue la obra cumbre. El entrenador que había eliminado a Boca una y otra vez terminó de esculpir su estatua. El problema es que, desde entonces, comenzó a hablar como alguien que ya no necesitaba demostrar nada. Y ese tono, con el paso del tiempo, empezó a jugarle en contra.

Gallardo siempre fue frontal. Siempre defendió a sus jugadores y marcó límites. Pero el Gallardo post Madrid empezó a mostrar una versión más rígida, menos permeable a la autocrítica pública. Las derrotas dejaron de ser análisis futbolístico y empezaron a convertirse en explicaciones cargadas de contexto, arbitrajes, factores externos o “momentos del proceso”.

Cada eliminación en Libertadores fue acompañada por discursos que buscaban relativizar el golpe. El equipo ya no dominaba como antes, pero el entrenador seguía hablando desde la autoridad de quien había conquistado todo. El tono se volvió más distante. Más desafiante. Más incómodo.

En varias conferencias, su relación con la prensa se tensó. Respuestas cortantes. Gestos de fastidio. Miradas que transmitían que la pregunta era irrelevante. Esa postura, que en el pico del éxito podía leerse como carácter fuerte, empezó a sentirse como soberbia cuando los resultados ya no respaldaban con la misma contundencia.

El Gallardo que en 2015 era el joven técnico brillante pasó a ser, después de Madrid, el conductor intocable. Y en el fútbol, cuando un entrenador empieza a mostrarse impermeable, el desgaste se acelera.

Hubo frases que quedaron flotando. Declaraciones donde minimizaba críticas o donde sugería que el análisis externo no comprendía la dimensión de su trabajo. Es cierto: su ciclo fue extraordinario. Pero el problema no fue lo que había hecho, sino cómo empezó a pararse frente a lo que ya no funcionaba igual.

River post Madrid dejó de ser esa máquina voraz. Perdió presión alta constante, perdió frescura, perdió contundencia en las áreas. Sin embargo, el discurso seguía apelando a la épica del pasado. Como si el crédito acumulado fuera suficiente para sostener el presente.

Ahí aparece el núcleo del declive: la dificultad para aceptar que el ciclo necesitaba una reinvención profunda. Gallardo intentó retoques, cambios de nombres, variantes tácticas. Pero nunca dio la sensación de revisar el modelo desde la raíz. Y cuando el entrenador cree demasiado en su fórmula, el margen para el error se reduce.

No fue un derrumbe. Fue algo más complejo. Una mezcla de desgaste emocional, pérdida de energía colectiva y una conducción que, en lugar de flexibilizarse, se volvió más cerrada. Más defensiva. Más autorreferencial.

El liderazgo fuerte es una virtud cuando está acompañado por autocrítica. Sin ella, corre el riesgo de transformarse en autosuficiencia. Y la autosuficiencia, en el alto rendimiento, es peligrosa.

Después de Madrid, Gallardo ya no competía contra Boca ni contra Flamengo. Competía contra su propia leyenda. Y cada conferencia lo mostraba más consciente de esa presión. Más protector de su legado. Más cuidadoso de que nadie relativizara lo que había logrado.

El fútbol argentino es despiadado con los procesos largos. Pero también es implacable con las posturas rígidas. Cuando el equipo empezó a mostrar grietas, la actitud del entrenador dejó de interpretarse como convicción y empezó a verse como soberbia.

Quizás el gran error no fue perder. Fue no aceptar públicamente que ya no se estaba en la cima.

Gallardo seguirá siendo el técnico que cambió la historia reciente de River. Eso es indiscutible. Pero el tramo post Madrid deja una enseñanza incómoda: incluso los ciclos más brillantes pueden opacarse cuando el liderazgo se vuelve inflexible.

Porque en el fútbol, como en la vida, la grandeza no solo se mide por lo que se conquista. También por cómo se transita el declive.

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