POBREZA EN BAJA, CRISIS EN ALZA: EL CONTRASTE QUE EXPONE LA NUEVA FRAGILIDAD SOCIAL EN ARGENTINA

El índice oficial marca una caída al 28,2% a fines de 2025, el nivel más bajo en años. Pero detrás del dato emerge otra realidad: endeudamiento creciente, más personas en situación de calle y un mercado laboral que vuelve a deteriorarse.
 
31 de marzo de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La cifra parece contundente. La pobreza en Argentina descendió al 28,2% hacia el cierre de 2025, marcando el nivel más bajo en varios años y consolidando una tendencia de mejora respecto al pico registrado durante la crisis inflacionaria previa. El dato, celebrado por el Gobierno como un indicador de recuperación, instala sin embargo una tensión que empieza a aparecer con fuerza en la calle.

Porque mientras el número baja en los informes, la percepción social muestra otra cosa: familias que no llegan a fin de mes, hogares que se endeudan para consumir y un aumento visible de personas en situación de vulnerabilidad extrema. El contraste no es menor. Es, de hecho, uno de los principales interrogantes de la actual etapa económica.

La pobreza baja… pero el ingreso sigue siendo insuficiente

El descenso de la pobreza se explica, en gran medida, por la desaceleración inflacionaria y cierta recomposición de ingresos en términos reales. Sin embargo, esa mejora no alcanza para revertir el deterioro acumulado de los últimos años.

La canasta básica sigue siendo elevada en relación a los ingresos promedio, y muchas familias que estadísticamente dejaron de ser pobres continúan en una situación extremadamente frágil. Es lo que distintos analistas llaman “pobreza borderline”: hogares que están apenas por encima de la línea, pero que ante cualquier shock —una suba de tarifas, un gasto imprevisto, una caída del ingreso— vuelven a caer.

En este contexto, el dato del 28,2% empieza a mostrar sus límites. Porque mide una foto, pero no necesariamente refleja la estabilidad de esa mejora.

El fenómeno del endeudamiento: consumir para sobrevivir

Uno de los factores clave para entender esta aparente contradicción es el crecimiento del endeudamiento de los hogares.

En los últimos meses se registró un fuerte aumento en el uso de tarjetas de crédito, créditos personales y financiamiento informal. Muchas familias logran sostener niveles de consumo que las sacan estadísticamente de la pobreza, pero lo hacen a costa de asumir deudas que comprometen su futuro inmediato.

El mecanismo es claro: ingresos que no alcanzan, gastos que no se pueden recortar y una red de crédito que funciona como parche. El problema es que ese parche se vuelve estructural.

El resultado es una economía doméstica cada vez más tensionada. Hogares que “no son pobres” según la medición oficial, pero que viven al límite, con cuotas acumuladas, refinanciaciones constantes y un riesgo creciente de caer en mora.

Más gente en la calle: el rostro extremo de la crisis

Otro dato que tensiona el relato de mejora es el aumento de personas en situación de calle en distintas ciudades del país.

En el Área Metropolitana de Buenos Aires, organizaciones sociales y relevamientos independientes detectaron un crecimiento sostenido de personas sin techo o en condiciones habitacionales muy precarias. Este fenómeno no siempre aparece reflejado en las estadísticas de pobreza tradicionales, pero es uno de los indicadores más crudos de deterioro social.

La explicación vuelve a ser estructural: alquileres que suben por encima de los ingresos, contratos informales, desalojos y una red de contención estatal más limitada.

Así, mientras la pobreza medida por ingresos puede caer, la exclusión habitacional avanza.

El desempleo vuelve a presionar

A este escenario se suma un factor clave: el deterioro del mercado laboral.

Luego de una etapa de relativa estabilidad, los últimos meses mostraron un repunte del desempleo y, sobre todo, de la informalidad. Sectores vinculados al consumo interno, la construcción y la industria comenzaron a mostrar señales de enfriamiento, con menor generación de empleo y ajustes en plantillas.

Esto tiene un impacto directo sobre la pobreza futura. Porque si bien el indicador actual refleja una mejora, la dinámica del empleo anticipa tensiones hacia adelante.

Menos trabajo o empleos más precarios implican ingresos más inestables, lo que vuelve a empujar a muchas familias hacia la vulnerabilidad.

La nueva pobreza: menos visible, más inestable

Lo que emerge de este cuadro es una transformación del fenómeno de la pobreza en Argentina.

Ya no se trata únicamente de grandes bolsones estructurales, sino de una capa cada vez más amplia de población que entra y sale de la pobreza de manera constante. Una pobreza más dinámica, más volátil y, en muchos casos, menos visible en los indicadores tradicionales.

Es la pobreza del trabajador informal que hoy llega y mañana no. Del asalariado que completa ingresos con crédito. Del hogar que deja de ser pobre en la estadística, pero sigue ajustando cada gasto al extremo.

Un dato que abre más preguntas que certezas

El 28,2% marca un hito en términos estadísticos. Pero también abre una discusión de fondo sobre cómo se mide el bienestar y qué tan representativos son esos indicadores frente a la realidad cotidiana.

La baja de la pobreza existe. Pero convive con un entramado social frágil, sostenido en deuda, con tensiones en el empleo y con signos visibles de exclusión creciente.

La pregunta que empieza a instalarse no es solo cuántos pobres hay, sino cuán estable es la salida de la pobreza en la Argentina actual.

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