China avanza sobre Egipto y disputa terreno a Estados Unidos: Xi selló acuerdos estratégicos y la pelea ya llegó a la inteligencia artificial

 
La visita de Xi Jinping a El Cairo dejó acuerdos en seguridad, centros de datos, semiconductores, minerales críticos y comercio en monedas locales. Egipto sigue recibiendo US$1.300 millones anuales de ayuda militar estadounidense, pero profundiza una estrategia de equilibrio entre Washington y Beijing. La nueva frontera de esa competencia es tecnológica: Huawei quiere construir los centros de inteligencia artificial egipcios y Estados Unidos prepara una contraoferta.
Mundo04 de septiembre de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La visita de Xi Jinping a Egipto terminó siendo bastante más que una celebración diplomática por los 70 años de relaciones entre Beijing y El Cairo. El presidente chino llegó al país por primera vez en una década y salió con una ampliación de la cooperación económica, tecnológica y militar con uno de los aliados históricos más importantes de Estados Unidos en Medio Oriente. Egipto no rompió con Washington ni parece dispuesto a hacerlo, pero el viaje confirmó un movimiento que viene acelerándose: Abdel Fattah el-Sisi quiere dejar de depender exclusivamente de una potencia y China encontró allí una oportunidad excepcional para avanzar sobre un territorio estratégico del sistema de alianzas estadounidense.

El dato más novedoso apareció después de la cumbre. La competencia entre Washington y Beijing ya no se limita a puertos, ferrocarriles, inversiones o venta de armamento: llegó directamente a la inteligencia artificial. Huawei presentó una propuesta para participar en la construcción de los centros de datos de IA de Egipto mediante dos grandes clusters de computación. Según documentos conocidos en las últimas horas, la empresa china ofreció más de 2.000 procesadores de su familia Ascend, entre ellos 1.408 Ascend 950 destinados al entrenamiento de modelos de inteligencia artificial, con un plazo proyectado de construcción de aproximadamente doce meses.

La importancia del proyecto excede ampliamente a un negocio tecnológico. Esos centros podrían utilizarse para tareas estatales, vigilancia, procesamiento masivo de información e incluso aplicaciones militares, lo que convierte al proveedor de la infraestructura en un actor con enorme capacidad de influencia sobre el futuro digital egipcio. Estados Unidos entendió rápidamente el alcance de la disputa: según información conocida este viernes, el Departamento de Estado trabaja en una alternativa que involucraría tecnología de Nvidia, AMD y Microsoft para evitar que Huawei se quede con una pieza central de la infraestructura informática del país.

De los ejercicios militares a los chips

La inteligencia artificial es apenas una parte del nuevo vínculo. Xi y El-Sisi acordaron profundizar la cooperación en centros de datos, semiconductores, cadenas de suministro de minerales críticos, seguridad y lucha contra el terrorismo. También se planteó ampliar la utilización de las monedas de ambos países en operaciones comerciales y de inversión, otro elemento que encaja dentro de la estrategia china de reducir gradualmente la dependencia internacional del dólar.

En paralelo, la relación militar comienza a mostrar señales que hasta hace pocos años habrían resultado mucho más difíciles de imaginar. En agosto, China y Egipto realizaron los ejercicios aéreos conjuntos “Eagles of Civilization”, en los que cazas chinos J-16 operaron junto con los Rafale franceses de la Fuerza Aérea egipcia. Fue una demostración particularmente sensible porque Egipto es uno de los mayores receptores de asistencia militar norteamericana del mundo: Washington le entrega alrededor de US$1.300 millones por año y durante décadas utilizó esa ayuda como uno de los pilares de su influencia sobre El Cairo.

Xi aprovechó además su visita para avanzar sobre un terreno todavía más incómodo para Estados Unidos: la arquitectura de seguridad regional. El mandatario chino sostuvo que los países de Medio Oriente deberían convertirse en “dueños de su propio destino”, reclamó una estructura regional de seguridad menos dependiente de actores externos y ofreció cooperación china para proteger las rutas marítimas. El mensaje fue pronunciado en un momento especialmente delicado por las alteraciones del tráfico comercial provocadas por el conflicto con Irán y por los problemas en el estrecho de Ormuz y Bab el-Mandeb.

Ahí aparece una de las razones principales por las que Egipto resulta tan atractivo para Beijing. El país controla el canal de Suez, una de las arterias fundamentales del comercio mundial y, en el actual escenario de inestabilidad, una ruta todavía más valiosa para conectar Asia con Europa. Para China, cuya economía depende enormemente del comercio marítimo y de las importaciones energéticas, mantener una relación privilegiada con quien controla Suez no es únicamente una cuestión comercial: es una necesidad geopolítica.

La expansión china ya puede medirse en cifras. El comercio bilateral alcanzó aproximadamente US$20.700 millones en 2025 y China se convirtió en el principal socio comercial de Egipto en bienes no petroleros. Sólo durante el primer semestre de 2026, las importaciones egipcias provenientes de China superaron los US$10.000 millones. En comparación, el intercambio comercial entre Estados Unidos y Egipto había alcanzado unos US$15.700 millones durante 2025. Beijing, además, acumula inversiones superiores a US$10.000 millones en territorio egipcio.

Una parte especialmente importante de esas inversiones se concentra alrededor de Suez. La Zona Económica del Canal recibió cerca de US$4.000 millones de capital chino y las autoridades egipcias anunciaron durante la visita de Xi nuevos planes para ampliar el área industrial desarrollada con empresas de ese país. A esto se agregó un acuerdo preliminar de la compañía china ZC Rubber Group para analizar la construcción de un complejo de producción de neumáticos por unos US$500 millones. El patrón es cada vez más claro: China intenta transformar a Egipto no sólo en un mercado donde colocar productos chinos, sino también en una plataforma industrial y logística para acceder a África, Medio Oriente y Europa.

Egipto no abandona a Estados Unidos: juega con los dos

Sin embargo, interpretar el acercamiento como un simple cambio de bando sería exagerado. El-Sisi definió su política exterior como una estrategia de “equilibrio estratégico”: conservar la relación militar y política con Estados Unidos mientras amplía simultáneamente los vínculos con China, Rusia, Europa y las potencias emergentes. Egipto ingresó además al bloque BRICS y busca utilizar su posición geográfica y diplomática para evitar depender completamente de Washington.

La paradoja es que Estados Unidos continúa siendo difícil de reemplazar en materia de defensa, asistencia militar, inteligencia y diplomacia regional, mientras China ofrece algo diferente: infraestructura, financiamiento, manufactura, tecnología y acceso a cadenas productivas sin exigir necesariamente el mismo nivel de alineamiento político. Para El Cairo, entonces, la estrategia consiste en utilizar la rivalidad entre las dos grandes potencias para aumentar su margen de maniobra. Para Beijing, en cambio, cada acuerdo firmado demuestra que un aliado histórico de Washington puede mantener una asociación militar estadounidense mientras incorpora progresivamente capital, infraestructura y tecnología china.

La batalla por los centros de inteligencia artificial resume mejor que cualquier discurso esa nueva etapa. Durante décadas, la competencia por Medio Oriente se medía en bases militares, petróleo, armas y tratados de seguridad. Ahora también se mide en procesadores, nubes digitales, centros de datos y capacidad para controlar grandes volúmenes de información. Si Huawei logra quedarse con la infraestructura de IA egipcia, China habrá conseguido introducir una de sus tecnologías más sensibles dentro de un Estado estrechamente vinculado al aparato militar estadounidense. Si Washington consigue bloquearla con una propuesta encabezada por Nvidia, AMD y Microsoft, habrá demostrado que todavía conserva capacidad para condicionar las decisiones tecnológicas de sus aliados.

Y esa disputa tiene una dimensión todavía mayor. Xi viajará a Washington el próximo 24 de septiembre para reunirse con Donald Trump, en una cumbre en la que comercio, tierras raras, tecnología y restricciones económicas volverán a ocupar el centro de la relación bilateral. Es decir que Beijing avanza sobre espacios tradicionalmente vinculados a Estados Unidos al mismo tiempo que negocia directamente con la Casa Blanca las reglas de convivencia entre las dos superpotencias. Egipto es una pieza de esa partida, pero no una pieza menor: combina el canal de Suez, más de 110 millones de habitantes, peso político en el mundo árabe, acceso a África y una relación militar histórica con Washington.

Por eso, el saldo de la visita de Xi no está en una ruptura espectacular ni en una alianza formal contra Estados Unidos. Está en algo más gradual y probablemente más importante: Washington conserva a Egipto como aliado, pero ya no dispone del terreno en exclusividad. China está ocupando espacios en infraestructura, industria, defensa y ahora inteligencia artificial. El-Sisi intenta jugar con ambos gigantes y obtener ventajas de los dos. Y Beijing parece dispuesto a demostrar que la disputa por el orden internacional también se libra allí donde durante décadas casi nadie discutía el liderazgo norteamericano.

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