
¿De qué lado de la historia está Donald Trump? De Putin a Dodik, una política exterior que rompe con el Estados Unidos que construyó Occidente
Alejandro CabreraLa noticia podría pasar inadvertida entre guerras, elecciones y grandes disputas geopolíticas, pero contiene algo mucho más importante que el viaje de dos consultores políticos. Chris LaCivita y James Blair, dos figuras estrechamente relacionadas con el universo de Donald Trump, viajaron a la República Srpska, una de las dos entidades que integran Bosnia-Herzegovina, para asesorar políticamente al entorno de Milorad Dodik durante las elecciones bosnias.
No viajaron enviados oficialmente por la Casa Blanca y esa diferencia es importante. Se trata de una actividad privada y remunerada. Sin embargo, tampoco hablamos de dos consultores desconocidos: LaCivita fue una de las figuras centrales de la campaña presidencial de Trump en 2024 y Blair continuó ocupando un lugar relevante dentro de la estructura política del trumpismo.
Cuando trascendió la información, Trump aseguró primero que los apartaría si comprobaba que existía un conflicto con los intereses estadounidenses. Después de analizar el caso, cambió el tono y sostuvo que no veía esa incompatibilidad.
Ese movimiento abre una discusión mucho más interesante que el contrato de dos asesores: ¿por qué colaborar con el movimiento político de Milorad Dodik ya no parece incompatible con el universo político de Donald Trump?
Las claves para entender el caso
Chris LaCivita y James Blair, dos figuras cercanas al trumpismo, viajaron a Bosnia para colaborar con el entorno político de Milorad Dodik.
Dodik mantiene desde hace años una relación estrecha con Vladímir Putin y defendió posiciones separatistas para la República Srpska.
Durante años, Estados Unidos lo consideró una amenaza para la estabilidad bosnia y aplicó sanciones contra él y personas de su entorno.
La administración Trump posteriormente levantó parte de esas sanciones tras una negociación que incluyó retrocesos en algunas iniciativas separatistas.
Bosnia-Herzegovina continúa dividida entre sectores que buscan profundizar su integración con la Unión Europea y fuerzas que defienden una mayor autonomía serbobosnia.
El episodio vuelve a mostrar una transformación más profunda en la política exterior estadounidense: Trump parece mucho más dispuesto que sus antecesores a relacionarse con dirigentes nacionalistas, soberanistas o cercanos a Moscú si considera que existe una oportunidad política o estratégica.
Para entender la contradicción hay que volver a 1995
Bosnia-Herzegovina no es simplemente otro pequeño país europeo. Es uno de los territorios donde Estados Unidos desempeñó un papel decisivo en la construcción del orden internacional posterior a la Guerra Fría.
Entre 1992 y 1995, la guerra de Bosnia dejó alrededor de 100.000 muertos y millones de desplazados. El conflicto terminó mediante los Acuerdos de Dayton, negociados bajo un liderazgo determinante de Washington y convertidos desde entonces en la arquitectura política que sostiene al Estado bosnio.
El sistema nacido de aquellos acuerdos está lejos de ser sencillo. Bosnia quedó organizada alrededor de una Federación bosniocroata y una República Srpska predominantemente serbia, además de una presidencia colectiva y un Alto Representante internacional encargado de supervisar el cumplimiento del acuerdo.
Puede parecer una estructura excesivamente complicada, pero consiguió un objetivo fundamental: detener una guerra que había convertido a los Balcanes en uno de los principales focos de violencia de Europa.
Durante décadas, Washington sostuvo que preservar la integridad territorial de Bosnia y evitar una nueva fractura étnica formaba parte de los intereses estratégicos occidentales. Y es precisamente ese sistema el que Dodik cuestionó repetidamente.
Quién es Milorad Dodik y por qué genera tanta preocupación
Dodik no es solamente un dirigente conservador con buenas relaciones con Moscú. Durante años defendió la posibilidad de que la República Srpska se separe de Bosnia-Herzegovina y promovió decisiones destinadas a reducir la autoridad de las instituciones nacionales.
Su espacio impulsó leyes para limitar el alcance de organismos centrales, cuestionó al Tribunal Constitucional y rechazó la autoridad del Alto Representante internacional. En 2025 fue condenado y posteriormente inhabilitado durante seis años para ejercer cargos públicos por desafiar decisiones vinculadas con ese esquema institucional.
La Oficina del Alto Representante llegó a advertir que determinadas iniciativas promovidas desde la República Srpska podían conducir hacia una secesión de facto. Estados Unidos compartió durante años buena parte de esas preocupaciones y sancionó a Dodik y a miembros de su entorno al considerar que estaban amenazando la estabilidad construida después de Dayton.
Por eso resulta tan significativo que personas centrales del ecosistema político de Trump aparezcan ahora trabajando alrededor de ese mismo movimiento.
Trump cambió la relación con Dodik
Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca comenzó una transformación importante. En 2025, Washington retiró sanciones contra Dodik y varios integrantes de su entorno después de que el Parlamento de la República Srpska anulara algunas de las normas separatistas que habían provocado la crisis.
Existe una interpretación favorable a esa decisión. Trump puede argumentar que utilizó presión y negociación para conseguir una concesión concreta y que, una vez obtenido ese retroceso, mantener indefinidamente las sanciones hubiera dejado de tener sentido. Desde esa perspectiva, no estaríamos frente a una capitulación estadounidense sino ante una aplicación clásica de diplomacia transaccional.
El problema aparece después. Dodik continuó teniendo una enorme influencia política, mantuvo su relación con Putin y su espacio volvió a demostrar capacidad electoral. Pocos días antes de las elecciones había visitado nuevamente Moscú y, al mismo tiempo, operadores directamente asociados con el movimiento de Trump colaboraban con su entorno.
Es ahí donde la noticia deja de ser simplemente bosnia.
Trump y Putin no necesitan ser aliados para coincidir
Una simplificación frecuente consiste en presentar cualquier coincidencia entre Trump y Putin como prueba de una alianza. La realidad es más compleja.
Estados Unidos y Rusia continúan teniendo intereses profundamente enfrentados. Washington sigue siendo la principal potencia de la OTAN, mantiene tropas desplegadas en Europa y conserva una capacidad militar diseñada en buena medida para contener a Rusia.
Sin embargo, Trump y Putin pueden favorecer, por motivos distintos, el debilitamiento de algunas estructuras del orden europeo tradicional.
Putin busca reducir la influencia de la Unión Europea y de la OTAN porque ambas organizaciones limitan el poder ruso sobre su entorno regional. Trump cuestiona parte de esas mismas estructuras porque considera que Estados Unidos asumió durante décadas costos económicos y militares excesivos para sostenerlas.
Los objetivos finales son diferentes, pero determinadas consecuencias pueden coincidir. Y esa coincidencia se vuelve especialmente relevante cuando aparecen dirigentes europeos capaces de relacionarse simultáneamente con Washington y Moscú.
El adversario de Trump no siempre parece ser Rusia
Durante buena parte de la Guerra Fría y de las décadas posteriores, la política exterior estadounidense veía a Moscú como el principal desafío estratégico europeo. Trump modificó significativamente esa jerarquía de prioridades.
En numerosos discursos, algunas de sus críticas más duras estuvieron dirigidas contra aliados europeos, organismos multilaterales, instituciones internacionales y gobiernos occidentales a los que acusa de beneficiarse durante años de la protección estadounidense.
Su movimiento suele presentar a Bruselas no solamente como el centro administrativo de una alianza estratégica, sino también como una estructura burocrática capaz de limitar la soberanía nacional de los Estados.
Esa mirada permite entender por qué dirigentes como Dodik encuentran puntos de contacto con el trumpismo. El líder serbobosnio también cuestiona estructuras supranacionales, denuncia la intervención de organismos internacionales y reivindica el derecho de su comunidad a recuperar poder frente a instituciones centrales.
No significa que ambos proyectos sean idénticos. Significa que utilizan un lenguaje político que empieza a parecerse mucho: soberanía, identidad, fronteras, autonomía y rechazo a estructuras internacionales consideradas demasiado poderosas.
La palabra clave es soberanía
Existe una idea que atraviesa buena parte de la nueva derecha internacional. Trump la resume con America First; Viktor Orbán la desarrolla mediante su enfrentamiento con Bruselas; Dodik la utiliza para reclamar mayores competencias para la República Srpska.
Para sus defensores, esa reivindicación implica devolver poder a comunidades y gobiernos elegidos democráticamente, limitando la influencia de burocracias que nadie votó directamente. Para sus críticos, puede transformarse en una herramienta destinada a debilitar precisamente aquellas instituciones creadas para impedir abusos de poder, conflictos étnicos o rupturas territoriales.
Bosnia lleva ese dilema hasta el extremo porque su sistema institucional no nació de una discusión administrativa, sino de una guerra. Dayton puede ser imperfecto, lento y burocrático, pero fue diseñado para evitar que las disputas nacionales volvieran a convertirse en violencia.
Por eso cualquier cuestionamiento al equilibrio bosnio tiene una sensibilidad histórica que no existe en otros lugares.
Entonces, ¿de qué lado de la historia está Trump?
La pregunta tiene una dificultad evidente: la historia no entrega por adelantado un manual que indique cuál será finalmente su lado correcto.
Durante los años posteriores a la caída del Muro de Berlín parecía existir una certeza: el futuro pertenecería a democracias liberales, mercados globalizados, integración europea y organismos multilaterales cada vez más poderosos. Tres décadas después, esa convicción está seriamente cuestionada.
Trump representa justamente una de las principales fuerzas políticas que discuten aquel consenso. Su planteo sostiene que el orden posterior a la Guerra Fría produjo instituciones demasiado poderosas, alianzas demasiado costosas y burocracias demasiado alejadas de la voluntad de los ciudadanos.
Su propuesta es recuperar soberanía, fronteras, capacidad de negociación nacional y poder estatal.
Desde esa perspectiva, acercarse a dirigentes incómodos como Dodik puede presentarse como realismo político: Estados Unidos negocia con quienes controlan poder efectivo y deja de intentar rediseñar sociedades extranjeras según valores propios.
Esa es probablemente la defensa más sólida de la estrategia trumpista.
El problema aparece cuando Estados Unidos deja de defender las reglas que creó
Existe, sin embargo, una lectura mucho más crítica. Durante décadas, Estados Unidos utilizó su influencia para sostener reglas internacionales incluso cuando eso significaba enfrentarse a gobiernos nacionalistas o aliados incómodos.
Bosnia es particularmente simbólica porque Washington fue protagonista directo de la creación del sistema que todavía mantiene unido al país. Después, cuando consideró que Dodik estaba intentando desmontarlo, aplicó sanciones y presión diplomática.
Ahora, figuras centrales del movimiento político del presidente estadounidense pueden colaborar con su entorno sin que Trump considere necesariamente que exista una contradicción con los intereses de Washington.
Ahí aparece el verdadero cambio.
Los acuerdos internacionales no desaparecen únicamente cuando alguien decide romperlos. También pueden comenzar a desaparecer cuando quienes garantizaron su existencia dejan de considerarlos esenciales.
Ese podría ser uno de los giros históricos más importantes de la era Trump.
Una internacional de nacionalistas
Existe además una paradoja llamativa. Los movimientos nacionalistas defienden la recuperación de soberanía frente a organismos internacionales, pero al mismo tiempo están construyendo una red política transnacional cada vez más intensa.
Consultores trumpistas asesoran campañas extranjeras, dirigentes europeos viajan a Washington, partidos nacionalistas intercambian estrategias electorales y líderes como Viktor Orbán mantienen vínculos políticos tanto con Trump como con Putin.
Dodik encaja perfectamente en ese ecosistema. Mantiene una relación estrecha con Moscú, pero también busca abrir canales con el trumpismo estadounidense.
No existe una organización formal que reúna a todos estos movimientos. Sin embargo, comparten temas, adversarios y discursos: críticas al progresismo, resistencia frente a organismos supranacionales, defensa de fronteras, cuestionamientos a la inmigración y reivindicación de Estados nacionales más fuertes.
El nacionalismo contemporáneo está construyendo, paradójicamente, su propia red internacional.
La pregunta fundamental: ¿qué gana Estados Unidos?
Ese es quizá el interrogante más importante.
Si Washington consigue estabilizar Bosnia, reducir la influencia rusa, garantizar acuerdos energéticos y evitar una nueva crisis territorial, Trump podrá presentar su estrategia como una demostración de pragmatismo.
Estados Unidos tiene además intereses concretos en la región, incluidos proyectos energéticos destinados a reducir la dependencia europea del gas ruso.
Pero si el resultado termina siendo un Estado bosnio más débil, una Unión Europea con menor capacidad de influencia y una República Srpska cada vez más cercana a Moscú, entonces aparecerá una contradicción mucho más difícil de explicar.
Trump podría terminar debilitando instituciones occidentales pensando que simplemente está liberando a Estados Unidos de obligaciones heredadas.
Trump está rompiendo también con una tradición republicana
La ruptura no se produce solamente con los demócratas. También existe una distancia considerable respecto de buena parte de la política exterior republicana del último medio siglo.
Ronald Reagan consideraba la alianza atlántica una herramienta fundamental frente a la Unión Soviética. George H. W. Bush administró el final de la Guerra Fría intentando preservar una Europa integrada. Bill Clinton convirtió a Estados Unidos en protagonista central de los acuerdos de Dayton y George W. Bush impulsó la ampliación de la OTAN hacia Europa oriental.
Incluso gobiernos posteriores mantuvieron una premisa común: una Europa estable, democrática e integrada formaba parte del interés nacional estadounidense.
Trump cuestiona esa idea, no necesariamente porque quiera destruir Occidente, sino porque posee una definición diferente de qué significa Occidente y cuáles deben ser las responsabilidades de Estados Unidos dentro de él.
Dos ideas distintas de Occidente
Una concepción de Occidente está basada principalmente en instituciones: OTAN, Unión Europea, tratados internacionales, democracias liberales, tribunales, reglas multilaterales y cooperación entre Estados.
La otra pone el énfasis en civilización, soberanía nacional, fronteras, identidad cultural, poder estatal y capacidad de cada país para decidir sin interferencias externas.
Trump se aproxima claramente más a esta segunda concepción.
Eso ayuda a entender por qué puede encontrar afinidades ideológicas con dirigentes nacionalistas europeos que formalmente pertenecen a países mucho menos importantes para Washington que los tradicionales aliados de Estados Unidos.
También explica por qué algunas capitales europeas miran con creciente preocupación la evolución de la política exterior estadounidense.
La historia todavía no terminó
Preguntar hoy si Donald Trump está “del lado correcto de la historia” probablemente sea imposible de responder con certeza. Pero sí podemos identificar con bastante claridad cuál es la apuesta que está realizando.
Trump considera que el mundo construido después de 1945 y ampliado después de 1989 necesita una profunda renegociación. Prefiere Estados nacionales fuertes antes que instituciones internacionales fuertes, acuerdos transaccionales antes que compromisos automáticos y soberanía antes que integración política.
También está dispuesto a negociar con dirigentes que durante décadas fueron tratados como amenazas al orden occidental si considera que existe un beneficio concreto para Estados Unidos.
El caso de Milorad Dodik condensa perfectamente esa transformación.
Hace treinta años, Washington utilizó buena parte de su poder diplomático para crear el sistema que terminó con la guerra de Bosnia. Hoy, figuras relevantes del movimiento político del presidente estadounidense trabajan alrededor de un dirigente que durante años desafió precisamente esa arquitectura institucional.
Tal vez esa sea la verdadera pregunta que deja la política exterior de Donald Trump: no solamente de qué lado de la historia está, sino qué historia quiere terminar y cuál pretende comenzar.


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