Los 33 millones que no votaron: por qué la abstención puede decidir la presidencia de Brasil

Flávio Bolsonaro terminó la primera vuelta 2,2 millones de votos por encima de Lula, pero más de 33 millones de brasileños directamente no fueron a votar. A cinco días del balotaje, ese enorme grupo se convirtió en uno de los principales objetivos de las dos campañas.
Mundo20 de octubre de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Brasil tiene 158,7 millones de personas habilitadas para votar, pero en la primera vuelta solamente unas 125,2 millones concurrieron a las urnas. La abstención llegó al 21,08%, con 33,4 millones de potenciales electores que decidieron quedarse en casa. La diferencia entre ambos candidatos, Lula y Flavio Bolsonaro quedó alrededor de los 2,2 millones de votos.

La comparación explica rápidamente por qué la abstención se convirtió en una cuestión central de la segunda vuelta: la cantidad de ciudadanos que no participó fue alrededor de quince veces superior a la diferencia que separó a los dos candidatos.

Eso no significa que los 33 millones formen un bloque electoral homogéneo ni que su participación beneficiaría automáticamente a uno de los dos. Pero significa que pequeñas variaciones en el nivel de asistencia pueden producir un efecto enorme en una elección tan cerrada.

LO QUE TENÉS QUE SABER

  • 33,4 millones de brasileños no votaron en la primera vuelta y la abstención alcanzó el 21,08%.
  • Flávio Bolsonaro terminó primero con 47,03%, frente al 45,16% de Lula.
  • La diferencia entre ambos fue de aproximadamente 2,2 millones de votos.
  • Las últimas encuestas muestran una segunda vuelta competitiva y diferencias dentro del margen de error en algunos sondeos.
  • Lula convirtió la movilización de quienes no participaron en una parte central de su estrategia.
  • La campaña de Flávio Bolsonaro también intenta evitar la desmovilización de su propio electorado.
  • Entre quienes no votaron, aparecen motivos muy diferentes: viajes, problemas de salud, trabajo, dificultades logísticas y también desinterés político.
  • No haber votado en la primera vuelta no impide votar el 25 de octubre, siempre que la situación electoral se encuentre regular.
  • La participación puede resultar especialmente importante en São Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais, tres grandes distritos donde la abstención fue elevada.
  • En una disputa polarizada, conseguir que un simpatizante vaya efectivamente a votar puede ser tan importante como conquistar un nuevo elector.

Una elección separada por 2,2 millones frente a 33,4 millones de ausentes

El contraste entre ambas cifras es probablemente uno de los datos políticos más importantes de la elección brasileña.

Flávio Bolsonaro sorprendió en la primera vuelta y terminó por delante de Lula. Sin embargo, la diferencia representa apenas una fracción del universo que no participó.

Brasil registró 33,4 millones de ausentes, frente a una ventaja del candidato del Partido Liberal cercana a los 2,2 millones.

Eso transforma completamente la estrategia de segunda vuelta.

Convencer a un votante fuertemente identificado con Lula de que vote por Bolsonaro resulta extremadamente difícil. Lo mismo sucede en sentido inverso. Después de años de polarización entre lulismo y bolsonarismo, una porción importante del electorado ya tiene posiciones bastante consolidadas.

Por eso las campañas comenzaron a mirar hacia otro lugar: quién simpatiza con su candidato pero no fue a votar.

Lula necesita convertir movilización en votos

La estrategia es particularmente importante para el presidente.

Después de quedar segundo en la primera vuelta, Lula intensificó actos públicos, movilización territorial y actividad digital. El PT intenta especialmente aumentar la participación entre jóvenes, sectores populares y electores que históricamente acompañaron al partido pero no concurrieron el 4 de octubre. 

El desafío es considerable porque una movilización visible en las calles no necesariamente se traduce automáticamente en mayor participación electoral.

Las encuestas pueden preguntar por intención de voto, pero medir quién finalmente irá hasta el centro de votación es bastante más complicado.

En el último Datafolha disponible antes de esta semana, Flávio aparecía con 51% de los votos válidos frente a 49% de Lula, una diferencia dentro del margen de error del estudio. La propia medición señalaba que una de las grandes incógnitas era precisamente si la movilización lulista conseguiría recuperar parte de quienes no votaron en la primera vuelta. 

Bolsonaro también tiene un problema de participación

La abstención no es exclusivamente un problema de Lula.

La campaña de Flávio Bolsonaro también intensificó su trabajo territorial en la última semana, especialmente en el Sudeste, y sus dirigentes reconocen que conservar la ventaja conseguida en primera vuelta requiere evitar cualquier relajamiento entre sus simpatizantes. 

En una elección ajustada, un candidato puede perder incluso sin que grandes cantidades de ciudadanos cambien de opinión.

Alcanza con que una parte del electorado propio decida no participar mientras el adversario moviliza mejor al suyo.

Esta diferencia entre intención de voto y participación efectiva explica por qué ambos espacios dedican cada vez más recursos a actos, WhatsApp, redes sociales, militancia territorial y llamados directos a concurrir a las urnas.

El Sudeste puede volver a ser determinante

La geografía de la abstención también aporta algunas pistas.

En la primera vuelta, algunos de los mayores índices se registraron en Mato Grosso do Sul, con 23,87%; Río de Janeiro, con 23,32%; Minas Gerais, con 22,79%; y São Paulo, con 22,54%. Flávio Bolsonaro terminó primero en esos cuatro estados. 

Eso no permite concluir que los ausentes fueran mayoritariamente votantes de Lula.

Pero sí significa que existe un volumen enorme de ciudadanos sin contabilizar en regiones decisivas.

São Paulo es especialmente importante por tratarse del mayor colegio electoral del país. Flávio obtuvo allí 51,93% de los votos válidos frente a 38,20% de Lula, aunque el presidente ganó dentro de la capital paulista. 

Cualquier modificación significativa en la participación del estado puede representar cientos de miles de votos adicionales.

¿Por qué 33 millones de brasileños no fueron a votar?

La explicación tampoco es única.

Un relevamiento de Datafolha realizado después de la primera vuelta preguntó a quienes no participaron cuáles habían sido sus motivos.

El 19% mencionó estar viajando o fuera de su ciudad; 18% señaló problemas de salud; 13% dijo directamente que no tenía interés en la elección, en los candidatos o que no encontraba una opción que lo representara. Otro 9% afirmó que se encontraba trabajando, 7% mencionó problemas con documentación y 6% dificultades relacionadas con la distancia hasta el lugar de votación. 

Las respuestas muestran que sería incorrecto interpretar toda abstención como una decisión política.

Una parte importante responde a cuestiones prácticas.

Pero existe también un núcleo de electores que decidió no participar porque no se siente representado.

Y ese grupo puede resultar particularmente difícil de movilizar en una segunda vuelta protagonizada por dos candidatos con niveles importantes de rechazo.

Hay electores que no quieren elegir entre ninguno de los dos

La polarización brasileña produce una paradoja.

Lula y el bolsonarismo poseen núcleos de apoyo muy movilizados, pero también generan un rechazo considerable entre sectores del electorado.

Una encuesta BTG/Nexus difundida antes del balotaje encontró que 85,9% decía estar seguro de participar en la segunda vuelta. La proporción llegaba al 95% entre lulistas convencidos y al 91,6% entre bolsonaristas firmes.

Entre quienes rechazaban a ambos candidatos, en cambio, solamente 70,9% aseguraba que iría a votar. 

Esa diferencia ayuda a entender el problema.

Quienes tienen una identidad política fuerte tienen muchos más incentivos para participar. El gran interrogante está entre los menos ideologizados, los decepcionados y quienes consideran que ninguna de las opciones los representa.

La corrupción puede aumentar la desmovilización

Ese rechazo aparece además en un contexto marcado nuevamente por investigaciones y acusaciones de corrupción.

El tema dominó buena parte del primer debate entre Lula y Flávio Bolsonaro. Los dos candidatos intentaron vincular al adversario y a sus familiares con investigaciones judiciales y cuestionamientos sobre el manejo de fondos.

Especialistas consultados por Associated Press señalaron que la preocupación por corrupción podría tener un efecto diferente del habitual: en lugar de trasladar votos entre candidatos, puede empujar a algunos ciudadanos a no votar por ninguno.

En una elección tan polarizada, la desconfianza generalizada hacia el sistema político puede terminar expresándose mediante abstención, votos blancos o votos nulos.

Por eso el desafío de las campañas no consiste exclusivamente en convencer a los indecisos.

También necesitan convencerlos de que vale la pena participar.

El voto es obligatorio, pero la abstención sigue creciendo

Brasil mantiene el voto obligatorio para la mayoría de los ciudadanos entre 18 y 70 años.

Sin embargo, eso no impidió que la abstención alcanzara niveles elevados.

En 2026 llegó al 21,08%, por encima del 20,79% registrado en la primera vuelta de 2022. La tendencia del no comparecimiento viene aumentando desde mediados de la década de 2000, aunque en la segunda vuelta de 2022 se produjo una pequeña reducción producto de la enorme movilización generada por la competencia entre Lula y Jair Bolsonaro. 

La obligatoriedad tampoco implica sanciones suficientemente elevadas como para garantizar la presencia de todo el electorado.

Además, existen grupos para los cuales votar es voluntario, como los mayores de 70 años y los jóvenes de 16 y 17.

Esto convierte la movilización en una variable electoral permanente incluso dentro de un sistema formalmente obligatorio.

Hay una información clave: quien faltó puede votar ahora

Una parte de los electores puede creer erróneamente que no haber participado en la primera vuelta les impide hacerlo en la segunda.

No es así.

El Tribunal Superior Electoral aclaró que cada turno es considerado una elección independiente. Quien no votó el 4 de octubre puede votar normalmente el domingo 25, siempre que su título electoral no se encuentre cancelado o suspendido. Tampoco es necesario haber justificado previamente la ausencia de la primera vuelta para poder participar de la segunda.

Esa información tiene una importancia política evidente.

Los 33,4 millones de ausentes no están excluidos del balotaje.

Prácticamente todos aquellos que mantienen su situación electoral regular pueden reaparecer el próximo domingo.

También existen obstáculos logísticos

El TSE modificó 442 secciones electorales para la segunda vuelta, una decisión que afecta a unos 126.670 votantes. En la primera ronda los cambios fueron considerablemente mayores: 6.588 secciones habían sido modificadas, afectando a alrededor de 1,9 millones de electores. 

Las autoridades electorales reforzaron por eso la recomendación de verificar anticipadamente el lugar de votación mediante el sitio del TSE o la aplicación e-Título.

El objetivo es evitar que dificultades puramente logísticas terminen aumentando nuevamente el ausentismo.

En una elección definida por diferencias pequeñas, incluso problemas administrativos que afecten a una fracción reducida del padrón adquieren una relevancia mayor.

Las encuestas tampoco pueden resolver completamente esta incógnita

Las encuestas electorales enfrentan un desafío adicional cuando la participación se convierte en una variable central.

Una persona puede responder que votará por Lula o Bolsonaro y finalmente no concurrir. Otra puede afirmar que no participará y cambiar de opinión durante los últimos días.

Además, existe una tendencia conocida a que las personas sobredeclaren su intención de votar.

Un análisis publicado este martes señaló precisamente esa diferencia: antes de la primera vuelta, mediciones mostraban niveles declarados de participación cercanos al 96%, pero el resultado real terminó siendo cercano al 79%. 

Eso ayuda a explicar por qué el resultado del primer turno sorprendió a varios institutos.

No alcanza con medir hacia dónde se orientan las preferencias.

También hay que estimar quién efectivamente depositará su voto.

La diferencia entre las campañas puede estar en quién moviliza mejor

Con cinco días por delante, Lula y Flávio Bolsonaro tienen márgenes relativamente pequeños para convertir grandes cantidades de adversarios.

La competencia se desplaza entonces hacia tres grupos: indecisos, electores de candidatos eliminados y abstencionistas.

Para los dos primeros, la estrategia consiste en persuadir.

Para los abstencionistas, muchas veces se trata simplemente de movilizar.

Eso modifica el mensaje electoral. Los actos territoriales, los contactos personales, los grupos de WhatsApp, las redes sociales y las estructuras partidarias adquieren un peso enorme durante la última semana.

Un simpatizante convencido pero desmovilizado vale electoralmente lo mismo que un opositor: cero votos.

La participación puede modificar incluso el mapa regional

Las diferencias territoriales hacen que la cuestión sea todavía más compleja.

Lula mantiene fortalezas importantes entre votantes de menores ingresos, católicos, mujeres y el Nordeste. Flávio Bolsonaro muestra mejores números en buena parte del Sudeste, entre evangélicos y en el Sur. 

No alcanza entonces con observar qué candidato lidera dentro de cada grupo.

También importa cuál de esos segmentos participa en mayor proporción.

Un aumento de participación entre jóvenes urbanos puede tener un efecto diferente de una movilización adicional entre evangélicos del Sudeste. Lo mismo ocurre con adultos mayores, trabajadores informales o electores de ciudades periféricas.

La composición del electorado efectivo puede ser tan importante como su tamaño.

El domingo puede ganar también quien consiga que menos gente se quede en casa

El balotaje brasileño llega a sus últimos días con una competencia muy ajustada y una enorme cantidad de electores todavía fuera de la ecuación.

Flávio Bolsonaro parte del dato concreto de haber terminado primero el 4 de octubre. Lula intenta alterar esa relación movilizando sectores que, según su campaña, participaron menos de lo esperado.

Ambos enfrentan además un mismo problema: una parte de la sociedad muestra cansancio con la polarización y niveles elevados de rechazo hacia los dos candidatos.

Por eso los 33,4 millones de ausentes se transformaron en mucho más que una estadística electoral.

Representan un universo quince veces mayor que la diferencia que separó a Lula y Bolsonaro en la primera vuelta.

El próximo 25 de octubre no será necesario que todos ellos regresen a las urnas para alterar el resultado. En una elección separada por poco más de dos millones de votos, basta con que una pequeña parte cambie su comportamiento para modificar completamente la composición del electorado que finalmente decidirá quién gobernará Brasil. 

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