¿Quién gobierna Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro?

La detención del presidente venezolano por parte de Estados Unidos abrió una situación inédita en la historia reciente del país. Con el jefe del Estado fuera del territorio y bajo custodia extranjera, el poder quedó atrapado entre la letra de la Constitución, la lógica interna del chavismo y la presión internacional. El resultado es un gobierno sin rostro único y un Estado que funciona por inercia, lealtades cruzadas y control territorial.
Mundo03 de enero de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera
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Imagen Ilustrativa

La captura de Nicolás Maduro no produjo, al menos en las primeras horas, un colapso institucional inmediato. Tampoco derivó en una transición clara. Lo que emergió fue una zona gris: un país con mando formal discutido, poder real fragmentado y una estructura estatal que sigue operando sin anunciar cambios drásticos, como si la ausencia del presidente fuera apenas un dato incómodo y no un quiebre histórico.

Desde Caracas hacia afuera, el interrogante es uno solo:s¿quién gobierna Venezuela hoy?


La Constitución venezolana establece que, ante la falta absoluta del presidente, la conducción del Ejecutivo recae en la vicepresidencia. En ese esquema, la figura que aparece de manera inmediata es Delcy Rodríguez, actual vicepresidenta ejecutiva. En términos estrictamente normativos, ella debería asumir la jefatura del Estado de manera provisoria y convocar a elecciones si la falta se considera definitiva.

Sin embargo, el chavismo nunca funcionó únicamente bajo reglas constitucionales formales. El poder real siempre estuvo distribuido en una red de liderazgos políticos, militares y económicos que exceden los cargos escritos. Por eso, aunque Delcy Rodríguez es la heredera institucional, su autoridad efectiva depende del respaldo de otros actores clave.

En paralelo, aparece la figura del presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, hermano de Delcy y uno de los principales operadores políticos del régimen. Su rol no es secundario: controla el Parlamento, domina el discurso político y articula el relato de resistencia frente a lo que el oficialismo define como una agresión extranjera.

La sucesión, entonces, existe en los papeles, pero no se traduce automáticamente en control total del poder.

El chavismo sin Maduro: continuidad, no vacío

La narrativa oficial del chavismo evitó cuidadosamente hablar de “vacancia” o “ausencia definitiva”. Para el núcleo gobernante, Maduro sigue siendo el presidente legítimo, aun detenido fuera del país. Esa definición no es simbólica: permite sostener la idea de continuidad y bloquear cualquier intento de transición interna que pueda interpretarse como claudicación.

En ese marco, la vicepresidenta y el presidente del Parlamento actúan más como administradores del día a día que como sucesores plenos. No se proclamó un nuevo liderazgo ni se modificó la estructura de mando. El mensaje fue claro: el Estado sigue funcionando, las Fuerzas Armadas continúan leales y el proyecto político no se altera.

El chavismo aprendió, tras años de sanciones, protestas y crisis, a operar en contextos de excepcionalidad. La captura de su líder no fue leída como un final, sino como un episodio más de confrontación.

Si hay un factor que explica la estabilidad relativa tras la captura de Maduro, es el comportamiento de las Fuerzas Armadas. No hubo pronunciamientos de ruptura, ni movimientos visibles de rebelión, ni señales de fractura en la cadena de mando. La cúpula militar se mantuvo alineada con el núcleo político del chavismo.

Dentro de ese esquema, sobresale la figura de Diosdado Cabello, uno de los hombres más poderosos del régimen. Sin ocupar formalmente la presidencia ni la vicepresidencia, Cabello concentra influencia sobre sectores militares, estructuras partidarias y redes territoriales. Su peso político funciona como garantía de continuidad y como freno a cualquier intento de desplazamiento interno.

En la práctica, el poder se ejerce de manera colegiada: decisiones compartidas, control distribuido y una lógica de defensa del régimen antes que de reorganización institucional.

Uno de los datos más relevantes de las horas posteriores a la captura fue la normalidad administrativa. Ministerios abiertos, servicios públicos operativos, fuerzas de seguridad desplegadas y medios estatales transmitiendo con programación habitual. Esa continuidad no es casual: busca transmitir la idea de que no hay vacío de poder.

El mensaje hacia la población es doble. Por un lado, tranquilidad: el Estado sigue ahí. Por otro, disciplina: no hay espacio para disputas internas ni para escenarios de transición impulsados desde afuera.

En las calles, la reacción fue de cautela. Menos movilización espontánea que en otras crisis, más expectativa que euforia. El recuerdo de fracasos opositores anteriores y el control territorial del chavismo pesan más que la novedad del hecho.

Estados Unidos planteó la captura como el inicio de una etapa de “transición”, pero esa definición choca con la realidad interna venezolana. Sin control efectivo del territorio, sin respaldo unánime internacional y sin un liderazgo opositor consolidado dentro del país, la influencia externa tiene límites claros.

Para el chavismo, la detención de Maduro refuerza su discurso histórico: la idea de un enemigo externo que busca imponer un cambio de régimen. Esa narrativa, lejos de debilitarlo, tiende a cohesionar a sus cuadros y justificar el endurecimiento político.

La ausencia de un reconocimiento internacional claro de una nueva autoridad venezolana también juega a favor del statu quo. Sin un actor alternativo legitimado, el poder sigue donde estaba.

La pregunta sobre quién gobierna Venezuela no tiene una respuesta única. Formalmente, la vicepresidenta ejecutiva ocupa el lugar central. Políticamente, el poder se reparte entre figuras clave del chavismo. Militarmente, la estructura sigue respondiendo al mismo comando. Y simbólicamente, Maduro continúa siendo presentado como presidente.

Más que un reemplazo, lo que existe es una suspensión. El sistema funciona sin redefinirse, esperando que el escenario internacional y judicial termine de aclarar el destino del líder capturado.

En ese interregno, el chavismo apuesta a resistir, administrar y ganar tiempo. La oposición, fragmentada y debilitada, no logró capitalizar el hecho. Y la población observa, una vez más, cómo una crisis histórica se transforma en una continuidad tensa.

Venezuela no tiene hoy un nuevo presidente en sentido pleno. Tiene, en cambio, un poder que se sostiene por inercia, lealtades internas y control territorial, mientras el desenlace final todavía se escribe fuera de sus fronteras.

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