Colombia llega a las presidenciales con una elección partida entre la continuidad de Petro y una derecha que promete mano dura

La campaña colombiana entra en su tramo final con tres figuras que resumen el clima político del país: Iván Cepeda, el candidato de izquierda que busca heredar el ciclo de Gustavo Petro; Abelardo de la Espriella, el abogado millonario y excéntrico que promete orden, seguridad y ruptura; y Paloma Valencia, la dirigente uribista que intenta reagrupar a la derecha tradicional. La elección del 31 de mayo aparece marcada por la violencia, la corrupción, el desgaste del Gobierno y la pregunta de fondo: si Colombia seguirá el camino progresista iniciado en 2022 o girará hacia una respuesta conservadora más dura.
Mundo25 de mayo de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Colombia llega a la elección presidencial del 31 de mayo con una campaña cargada de tensión, polarización y una disputa que ya no se ordena solamente entre izquierda y derecha, sino entre continuidad, reacción y hartazgo. Gustavo Petro no puede buscar la reelección inmediata, pero su Gobierno atraviesa toda la contienda: sus reformas, sus conflictos, su política de “paz total”, sus choques con las élites y el deterioro de la seguridad dejaron el terreno listo para una pelea feroz por la sucesión. En ese escenario aparecen tres nombres centrales: Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, cada uno como expresión de un país distinto y de un modelo de poder en disputa.

Iván Cepeda llega como el candidato de la izquierda y del Pacto Histórico, con una trayectoria marcada por la defensa de los derechos humanos, la denuncia del paramilitarismo y la confrontación histórica con el uribismo. Su figura representa la posibilidad de prolongar el ciclo político abierto por Petro, aunque con un estilo más parlamentario, menos volcánico y más vinculado a una idea de justicia social, lucha contra la corrupción y continuidad de las reformas. Según reportes internacionales sobre el cierre de campaña, Cepeda lidera de manera estrecha las encuestas de primera vuelta, aunque los sondeos también advierten que podría enfrentar dificultades en un balotaje frente a candidatos de derecha.

Abelardo de la Espriella ocupa el lugar del outsider de derecha dura. Abogado, empresario, millonario, mediático y provocador, construyó una candidatura que combina discurso de seguridad, baja de impuestos, defensa de la inversión energética y una promesa de ofensiva militar contra grupos ilegales. Su figura conecta con sectores que consideran que el proyecto de Petro debilitó el orden, agravó la inseguridad y dejó al país más vulnerable frente al crimen organizado. También arrastra cuestionamientos por su pasado profesional, incluido su rol como defensor de figuras controversiales, pero eso no le impidió convertirse en uno de los nombres más fuertes de la campaña.

Paloma Valencia, por su parte, representa a la derecha tradicional y al uribismo que intenta volver al centro del tablero. Respaldada por Álvaro Uribe, busca reagrupar a un espacio que sigue siendo potente, pero que ya no tiene la hegemonía automática de otros años. En su cierre de campaña en Bogotá, ante unas 12.000 personas en el Movistar Arena, llamó a la unidad de la derecha y defendió una fórmula más amplia con Juan Daniel Oviedo como compañero, en un intento de mostrar que puede combinar firmeza ideológica con una coalición plural.

Tres candidatos para tres Colombias

La elección colombiana muestra una fractura profunda. Cepeda habla a la Colombia que todavía cree que el ciclo progresista debe continuar, que las reformas sociales quedaron incompletas y que la paz no puede abandonarse aunque haya producido frustraciones. Su discurso insiste en la lucha contra la corrupción, la inclusión de sectores populares y la defensa de una política social que no vuelva al esquema anterior a Petro. En su cierre de campaña en Barranquilla, eligió un acto austero, popular y con fuerte carga simbólica, diferenciándose de sus rivales de derecha y presentándose como continuidad crítica, no como ruptura absoluta.

De la Espriella expresa otra Colombia: la que está cansada de la inseguridad, rechaza la “paz total”, exige mano dura contra guerrillas, disidencias y bandas criminales, y mira con simpatía un liderazgo más personalista, emocional y confrontativo. Su estilo tiene algo de fenómeno regional: un candidato que no se presenta como administrador moderado, sino como castigo a un sistema político que considera agotado. Su fortaleza no está solo en sus propuestas, sino en el tono. Habla como alguien dispuesto a romper consensos y eso, en una sociedad atravesada por el miedo y la violencia, puede ser electoralmente eficaz.

Valencia intenta ocupar un tercer lugar: la derecha con estructura, experiencia y memoria de poder. No tiene la novedad de De la Espriella ni la épica de Cepeda, pero cuenta con una base política más reconocible, con el respaldo del uribismo y con una narrativa de orden institucional. Su problema es que la derecha colombiana ya no es un bloque disciplinado. Está dividida entre quienes quieren una candidatura tradicional, quienes buscan una salida más radical y quienes prefieren una opción de centro que evite los extremos.

El centro, de hecho, aparece debilitado. Sergio Fajardo, Claudia López y otras figuras buscan mantener un espacio alternativo, pero la campaña parece ordenarse cada vez más alrededor de una polarización entre continuidad progresista y reacción conservadora. Las elecciones colombianas suelen tener sorpresas, pero el clima de cierre muestra una tendencia clara: la conversación pública está dominada por seguridad, corrupción, economía, reformas y miedo al desorden.

La herencia de Petro como campo de batalla

Aunque Petro no compite, todos compiten contra o a favor de su legado. Para Cepeda, el desafío es defender el impulso transformador sin cargar con todo el desgaste del Gobierno. Debe convencer a votantes progresistas de que la experiencia no terminó, pero también a sectores moderados de que puede gobernar con más orden, más previsibilidad y menos choque permanente. Esa es una tarea difícil porque el petrismo conserva una base movilizada, pero también enfrenta críticas por la inseguridad, la conflictividad institucional y la dificultad para convertir promesas de cambio en resultados estables.

Para la derecha, Petro es el gran adversario organizador. De la Espriella y Valencia, aunque compiten entre sí, coinciden en presentar al Gobierno saliente como una etapa de deterioro. El discurso de ambos conecta con la idea de recuperar autoridad, reconstruir seguridad, frenar el avance de grupos armados y revisar el rumbo económico. La diferencia está en el envase: De la Espriella ofrece ruptura, Valencia ofrece restauración con partido y estructura.

La política de “paz total” es uno de los puntos más vulnerables del oficialismo. Petro apostó a negociar con distintas organizaciones armadas, pero el deterioro de la seguridad en varias regiones, la persistencia del ELN, las disidencias de las FARC, el Clan del Golfo y otras estructuras criminales dejaron a la izquierda expuesta a una crítica dura: que el Estado dialogó más de lo que controló. Valencia prometió terminar con esa política y reforzar la respuesta militar contra grupos ilegales.

La corrupción también atraviesa la campaña. Cepeda intentó apropiarse de ese eje con un discurso frontal en Barranquilla, prometiendo que no habrá intocables y que caerá quien tenga que caer. Es una estrategia lógica: para sostener la continuidad de la izquierda, necesita demostrar que no será una continuidad complaciente. Pero la derecha también usa la corrupción como arma contra el ciclo de Petro, especialmente para erosionar la confianza en el proyecto progresista.

Barranquilla, el Caribe y la disputa por el poder territorial

El cierre de campaña en el Caribe colombiano no fue casual. Barranquilla se convirtió en una escena clave porque allí se cruzan poder regional, maquinarias políticas, clanes locales, voto popular y disputa nacional. Cepeda, De la Espriella y Valencia pasaron por la ciudad en el tramo final, cada uno con una puesta en escena distinta. Cepeda buscó raíces populares y mensaje social; De la Espriella intentó proyectar fuerza personal y distancia de los políticos tradicionales, aunque con apoyos regionales velados; Valencia se movió entre la derecha tradicional y alianzas locales que generaron cuestionamientos.

El Caribe tiene un valor especial en Colombia porque puede inclinar elecciones y porque allí las estructuras regionales pesan tanto como los discursos nacionales. La disputa entre clanes, liderazgos locales y candidaturas presidenciales muestra que la elección no se decidirá únicamente por televisión, redes o debates ideológicos. También se definirá por organización territorial, alianzas, capacidad de movilización y control de electorados regionales.

Ese punto es clave para entender los límites de las encuestas. Cepeda puede liderar la primera vuelta, De la Espriella puede aparecer como favorito en un eventual balotaje y Valencia puede estar tercera, pero la dinámica territorial y los acuerdos de último momento pueden cambiar el mapa. Colombia tiene una historia electoral donde el voto regional, las maquinarias locales y la capacidad de unir sectores en segunda vuelta pueden ser tan importantes como el clima nacional.

La posibilidad de una segunda vuelta polarizada aparece como el escenario más probable. Reuters señaló que Cepeda lidera de manera ajustada en los sondeos de primera vuelta, pero que las proyecciones muestran dificultades para derrotar en junio a sus rivales de derecha. Eso abre una pregunta decisiva: si la izquierda logra llegar primera, ¿podrá ampliar hacia el centro o quedará encerrada en el voto duro del petrismo?

Seguridad, economía y miedo al futuro

El próximo presidente colombiano heredará un país con problemas urgentes. La seguridad aparece como una de las principales preocupaciones, junto con la corrupción, la estabilidad fiscal, la pobreza y la formalización laboral. La campaña, sin embargo, parece cada vez más dominada por ataques personales y por una polarización agresiva que puede dejar poco espacio para discutir políticas públicas de fondo.

En seguridad, el próximo gobierno deberá decidir si mantiene canales de negociación con grupos armados, si endurece la ofensiva militar o si intenta una combinación de ambas cosas. En economía, deberá responder a un país que necesita inversión, empleo formal, reducción de pobreza y estabilidad fiscal. En política social, la pregunta será si se profundizan las reformas de Petro o si se corrige el rumbo hacia un modelo más conservador. En institucionalidad, el desafío será gobernar un país dividido y con un Congreso que puede condicionar cualquier programa.

Cepeda, De la Espriella y Valencia ofrecen respuestas muy distintas a ese dilema. Cepeda propone continuidad social con una promesa de austeridad republicana y combate a la corrupción. De la Espriella promete orden, autoridad, baja de impuestos y una política de seguridad mucho más agresiva. Valencia ofrece una derecha con experiencia, respaldo partidario y agenda de reducción del Estado, fortalecimiento militar y revisión del sistema de salud.

La elección no será solo sobre candidatos. Será sobre el balance del primer gobierno de izquierda en la historia reciente de Colombia. Será también sobre el miedo a la violencia, el cansancio con la corrupción y la búsqueda de una conducción capaz de estabilizar un país que no termina de resolver su relación con la guerra, la desigualdad y el Estado.

Colombia votará entre la continuidad de un proyecto progresista que todavía promete cambios pendientes y una derecha que busca capitalizar el desgaste de Petro con discursos de orden, autoridad y ruptura. Cepeda, De la Espriella y Valencia son más que nombres en una boleta: son tres respuestas posibles a una misma ansiedad nacional. El resultado dirá si el país le da una segunda oportunidad al ciclo de la izquierda o si decide que llegó la hora de un giro fuerte hacia la seguridad, el mercado y la mano dura.

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