La ONU frente a una crisis histórica: el multilateralismo en tensión y el sistema global en disputa

El sistema internacional atraviesa una etapa de fragmentación creciente y pone en cuestión el rol de la ONU como árbitro global. Las tensiones entre potencias, las guerras activas y la falta de consensos desafían la capacidad del organismo para sostener el orden multilateral.
 
Mundo06 de abril de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La crisis no es silenciosa ni técnica, sino estructural y visible, y atraviesa al corazón mismo del sistema internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial, porque la Organización de las Naciones Unidas enfrenta hoy una combinación de factores que erosionan su capacidad de intervención, desde la parálisis del Consejo de Seguridad hasta la creciente desconfianza entre las grandes potencias, en un escenario donde el multilateralismo deja de ser un mecanismo efectivo de resolución de conflictos para convertirse, muchas veces, en un espacio de bloqueo y disputa.

La acumulación de guerras abiertas, crisis humanitarias y enfrentamientos geopolíticos sin resolución pone en evidencia los límites de un sistema que fue diseñado para evitar precisamente este tipo de escenarios, pero que hoy aparece tensionado por dinámicas que lo superan y lo obligan a redefinir su rol en un mundo donde el equilibrio de poder ya no responde a las reglas que lo originaron.

Un sistema diseñado para otro mundo

La ONU nació en un contexto histórico muy distinto, con la intención de establecer un marco de cooperación que evitara nuevos conflictos globales, apoyándose en un esquema donde las grandes potencias, a través del Consejo de Seguridad, tenían la capacidad de garantizar ese equilibrio.

Sin embargo, ese mismo diseño es hoy uno de sus principales límites, porque el poder de veto de países como Estados Unidos, Rusia y China convierte muchas decisiones en imposibles, generando una parálisis que se hace evidente cada vez que surge un conflicto en el que alguna de estas potencias tiene intereses directos.

El resultado es un organismo que, en muchos casos, observa más de lo que actúa, en un contexto donde la capacidad de resolución se ve bloqueada por la lógica de confrontación entre los actores centrales del sistema internacional.

Guerras activas y pérdida de influencia

Los conflictos actuales, desde Medio Oriente hasta Europa del Este, muestran con claridad esa pérdida de influencia, ya que las decisiones clave no pasan por la ONU sino por acuerdos bilaterales, coaliciones militares o acciones unilaterales que dejan al organismo en un rol secundario.

En ese escenario, la capacidad de la ONU para mediar, imponer sanciones o generar soluciones se ve limitada, lo que alimenta la percepción de que el sistema multilateral ya no tiene el peso que supo tener en otras etapas.

Esta dinámica no solo debilita al organismo, sino que también reconfigura la forma en que los países entienden la política internacional, desplazando el foco desde la cooperación hacia la competencia.

El avance de un mundo más fragmentado

La crisis del multilateralismo se inscribe en un proceso más amplio de fragmentación global, donde los bloques de poder se consolidan y las alianzas se reorganizan en función de intereses estratégicos más que de principios compartidos.

Estados Unidos, China y Rusia operan bajo lógicas propias, muchas veces incompatibles, lo que dificulta la construcción de consensos amplios y sostenidos, mientras que otros actores regionales buscan posicionarse en ese escenario con estrategias que combinan autonomía y alineamientos selectivos.

En este contexto, la ONU deja de ser el centro del sistema para convertirse en uno de los espacios donde se expresa esa disputa, sin necesariamente poder resolverla.

El dilema: reformar o perder relevancia

El debate sobre la reforma de la ONU no es nuevo, pero adquiere una urgencia distinta en el contexto actual, donde la necesidad de adaptar el organismo a un mundo multipolar se vuelve cada vez más evidente.

Las propuestas incluyen cambios en la composición del Consejo de Seguridad, limitaciones al uso del veto y una mayor representación de regiones que hoy tienen menor peso en la toma de decisiones, aunque estas reformas enfrentan resistencias que dificultan su implementación.

El problema es que cualquier cambio requiere el acuerdo de los mismos actores que hoy se benefician del sistema vigente, lo que genera una paradoja que mantiene al organismo en un estado de bloqueo estructural.

Un orden internacional en redefinición

La crisis de la ONU no es solo institucional, sino también simbólica, porque pone en cuestión la idea misma de un orden internacional basado en reglas compartidas y en mecanismos de cooperación global.

El avance de conflictos sin resolución, la dificultad para alcanzar acuerdos y la creciente unilateralidad de las potencias reflejan un cambio de época donde el multilateralismo pierde centralidad frente a dinámicas más fragmentadas y competitivas.

En ese escenario, el futuro de la ONU queda atado a su capacidad de adaptarse a un mundo que ya no responde a las lógicas del pasado, en una transición que todavía está en desarrollo y que redefine, paso a paso, el funcionamiento del sistema internacional.

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