
Rusia volvió a golpear Kiev con misiles y drones: la ofensiva que expone la urgencia de Ucrania antes de la cumbre de la OTAN
El bombardeo llega en la víspera de una cumbre clave de la OTAN, con Zelenski presionando por más sistemas Patriot y con Moscú aumentando la intensidad de sus ataques sobre la capital ucraniana.
Alejandro CabreraRusia lanzó durante la madrugada un nuevo ataque masivo contra Kiev y la región que rodea la capital ucraniana. La ofensiva combinó misiles y drones de largo alcance y volvió a dejar una escena repetida en la guerra: edificios residenciales destruidos, rescatistas removiendo escombros, civiles muertos mientras dormían y un gobierno ucraniano que reclama con urgencia más defensa aérea occidental.
El primer balance informado por El País hablaba de al menos 20 muertos y 56 heridos, con víctimas en Kiev y en la localidad cercana de Vishneve. Con el paso de las horas, Reuters elevó la cifra a 28 muertos en el área de Kiev, 18 de ellos en la capital, lo que muestra que el número seguía abierto mientras avanzaban las tareas de rescate.
Un ataque de enorme escala
El ataque incluyó 68 misiles y 351 drones de largo alcance, según los datos difundidos por Ucrania y recogidos por medios internacionales. Entre los misiles había 23 balísticos, el tipo de amenaza que más preocupa a Kiev porque solo puede ser interceptada de manera efectiva con sistemas avanzados como los Patriot.
La defensa aérea ucraniana logró derribar gran parte de los drones y varios misiles de crucero, pero no consiguió interceptar ninguno de los 23 misiles balísticos lanzados por Rusia, según informó Reuters. Ese dato es central porque revela el límite operativo de Ucrania: puede resistir una parte importante de los ataques combinados, pero queda expuesta cuando Moscú concentra misiles de alta velocidad contra zonas urbanas.
Los daños alcanzaron edificios residenciales y provocaron incendios en varios distritos de Kiev. También hubo destrucción en zonas cercanas a la capital, donde se ordenaron evacuaciones y se desplegaron equipos de rescate para buscar personas atrapadas bajo los escombros.
Kiev, otra vez en el centro de la guerra
El ataque no fue un hecho aislado. Apenas días antes, Rusia había lanzado uno de los bombardeos más mortales del año contra Kiev, con al menos 30 muertos y decenas de heridos. Esa ofensiva había incluido 74 misiles y casi 500 drones, y causó daños en más de un centenar de edificios, incluidos complejos residenciales, centros médicos e infraestructura civil.
La reiteración de ataques de gran escala muestra una estrategia rusa cada vez más clara: aumentar la presión sobre la capital ucraniana, saturar la defensa aérea, golpear infraestructura crítica y obligar a Kiev a gastar interceptores que son escasos y difíciles de reponer.
Moscú sostiene que sus ataques apuntan a instalaciones militares, energéticas y aeroportuarias. Ucrania y sus aliados, en cambio, denuncian que la ofensiva golpea de manera sistemática zonas civiles y busca quebrar la moral de la población.
La defensa aérea como punto límite
Volodímir Zelenski volvió a poner el foco en los sistemas Patriot. El presidente ucraniano sostuvo que la falta de interceptores es “absurda” frente a la escala de los ataques rusos y pidió a sus aliados que aceleren entregas o permitan a Ucrania fabricar estos sistemas bajo licencia.
El reclamo tiene una lógica militar concreta. Los drones pueden ser derribados con distintos sistemas antiaéreos, incluidos cañones, misiles de menor alcance y guerra electrónica. Pero los misiles balísticos requieren capacidades más sofisticadas. Sin suficientes Patriot o sistemas equivalentes, Kiev queda obligada a elegir qué proteger: la capital, centrales energéticas, bases militares, industrias o ciudades alejadas del frente.
Ese dilema es uno de los grandes problemas de Ucrania. Rusia tiene capacidad para producir y lanzar oleadas combinadas. Ucrania puede resistir, pero cada defensa exitosa consume munición cara, limitada y dependiente de socios occidentales.
El mensaje antes de la cumbre de la OTAN
El momento del ataque también importa. La ofensiva ocurrió en la víspera de una cumbre de la OTAN en Ankara, donde el rearme europeo, la ayuda a Ucrania y la presión sobre Rusia ocuparán un lugar central. Zelenski llega a esa discusión con un argumento dramático: mientras los aliados debaten presupuestos y compromisos, Kiev sigue recibiendo misiles sobre edificios residenciales.
La OTAN viene discutiendo un aumento fuerte del gasto militar europeo y la necesidad de que los aliados reduzcan su dependencia de Estados Unidos. Pero Ucrania necesita resultados inmediatos: más interceptores, más sistemas antiaéreos, más munición y una respuesta política capaz de elevar el costo para Moscú.
El ataque contra Kiev funciona, además, como presión sobre Donald Trump y los socios europeos. Si Washington reduce o demora asistencia, el impacto se siente directamente en la capacidad ucraniana para proteger sus ciudades. Si Europa promete más defensa pero tarda años en producirla, Ucrania sigue pagando el costo en el presente.
Rusia también recibe golpes
La guerra aérea ya no ocurre en una sola dirección. Ucrania intensificó sus ataques con drones contra infraestructura energética rusa, incluyendo refinerías y objetivos vinculados al suministro de combustible. Según Reuters y El País, Kiev atacó instalaciones en regiones como Omsk, Yaroslavl y Leningrado, además de buques asociados a la llamada “flota en la sombra” rusa.
Ese intercambio muestra una nueva fase de la guerra. Rusia golpea ciudades ucranianas, infraestructura energética y centros logísticos. Ucrania responde atacando refinerías, depósitos y nodos industriales en territorio ruso. El objetivo ucraniano es debilitar la economía de guerra rusa, generar escasez de combustible y demostrar que Moscú tampoco está a salvo.
Pero la asimetría sigue siendo enorme. Rusia tiene más profundidad territorial, más capacidad de producción y más volumen de fuego. Ucrania depende de precisión, inteligencia, drones y asistencia occidental para compensar esa diferencia.
Una guerra de desgaste sobre civiles
El ataque contra Kiev vuelve a mostrar el carácter de desgaste de la guerra. Rusia no necesita capturar la capital para dañarla. Puede desgastar la vida diaria, obligar a millones de personas a dormir en refugios, destruir viviendas, paralizar transporte, afectar hospitales y sostener una presión psicológica constante.
Para la población civil, la guerra se mide en sirenas nocturnas, cortes de luz, ventanas tapadas con madera, escuelas interrumpidas y familias que bajan a estaciones de metro o refugios cada vez que suena la alarma. Cada ataque masivo no solo causa muertos y heridos; también produce miedo acumulado, fatiga social y sensación de vulnerabilidad permanente.
Ese es uno de los objetivos de Moscú: quebrar la resistencia no solo en el frente, sino también en la retaguardia. La capital ucraniana se convirtió en un símbolo de resistencia, y por eso también es un blanco político.
Lo que busca Moscú
Rusia parece combinar tres objetivos. El primero es militar: golpear infraestructura que pueda sostener el esfuerzo bélico ucraniano. El segundo es psicológico: demostrar que Kiev sigue siendo vulnerable pese a la ayuda occidental. El tercero es diplomático: llegar a la cumbre de la OTAN mostrando capacidad de escalada y obligando a los aliados a discutir bajo presión.
El Kremlin dice que seguirá aumentando la presión sobre Ucrania. Después del ataque masivo de días atrás, el vocero Dmitri Peskov sostuvo que Rusia continuará sus operaciones y aseguró que sus blancos son militares o “cuasi militares”. Ucrania rechaza esa explicación y señala la destrucción de viviendas, mercados, centros médicos y edificios civiles.
El problema para Kiev es que, aunque logre resistir en el frente, la guerra aérea rusa puede generar daños acumulativos enormes. Cada edificio destruido, cada central afectada y cada familia desplazada aumenta el costo social de sostener la guerra.
Lo que necesita Ucrania
Ucrania necesita tres cosas de manera urgente: más defensas aéreas, más munición interceptora y más capacidad para producir o recibir sistemas que puedan detener misiles balísticos. Zelenski insiste en que el problema no es solo político, sino industrial: Occidente no produce interceptores al ritmo que exige una guerra de alta intensidad.
Ese punto también interpela a Europa. La discusión sobre el rearme de la OTAN no puede limitarse a porcentajes del PBI. Si los países aliados no convierten el gasto en producción real, Ucrania seguirá enfrentando oleadas rusas con un stock insuficiente.
La guerra en Ucrania expuso una debilidad occidental: arsenales diseñados para conflictos limitados, no para una guerra prolongada de consumo masivo de misiles, drones, artillería y defensa aérea.
Una señal para Occidente
El nuevo ataque contra Kiev llega como una advertencia. Rusia no parece dispuesta a reducir la presión militar. Al contrario, combina ataques masivos contra ciudades con una estrategia de desgaste en el frente y una ofensiva diplomática para explotar divisiones dentro de Occidente.
La cumbre de la OTAN tendrá que responder a esa realidad. No alcanza con declaraciones de apoyo. Ucrania necesita capacidades concretas. Y Europa, si realmente quiere asumir más responsabilidad en su defensa, debe demostrar que puede sostener a Kiev en el tiempo.
Kiev volvió a amanecer entre humo, sirenas y escombros. El mensaje ruso fue brutal: la capital sigue al alcance de sus misiles. La respuesta ucraniana vuelve a ser la misma: sin más defensas aéreas, cada noche puede transformarse en una nueva tragedia.


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