Terremotos en Venezuela: la búsqueda de Lucas Gámez, la rabia por los rescates lentos y un país que remueve escombros entre la esperanza y la furia

El nene argentino de 8 años sigue siendo buscado entre los restos de un edificio colapsado en La Guaira, mientras su madre entró a la zona del derrumbe y le gritó que no se rinda.
La tragedia ya dejó casi 2300 muertos, más de 11.000 heridos y decenas de miles de desaparecidos, en medio de denuncias por demoras, falta de maquinaria y una respuesta estatal que muchos venezolanos consideran insuficiente.
Mundo02 de julio de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La imagen resume el drama de Venezuela después del doble terremoto: una madre metida entre escombros, gritando el nombre de su hijo, intentando que su voz atraviese toneladas de concreto. “No te rindas”, le pidió a Lucas Gámez, el nene argentino de 8 años que permanece desaparecido tras el colapso de un edificio en La Guaira, una de las zonas más golpeadas por los sismos del 24 de junio. El caso, que conmueve a la Argentina y a Venezuela, se transformó en uno de los símbolos más dolorosos de una tragedia todavía abierta.

Lucas estaba con sus tíos cuando los terremotos sacudieron el norte venezolano. Había ido a pasar el día a la playa, compró un helado y luego volvió al edificio donde estaban sus familiares. Según el relato de su padre, el ascensor que debía llevarlos al segundo piso no funcionaba y Lucas terminó usando otro elevador junto a su tío y un vecino que iba al séptimo piso. Ese sobreviviente contó que Lucas y su tío se bajaron en el tercer piso; minutos después, el edificio colapsó.

Desde entonces, cada dato alimenta una esperanza o una desilusión. La familia recibió indicios de posible calor corporal a varios metros de profundidad, hubo señales que llevaron a pedir más ambulancias, también falsas alarmas que terminaron en golpes emocionales devastadores. La madre de Lucas, Blancalida Martínez Coronado, pidió cadenas de oración, asistencia médica y difusión. El padre, Marco Gámez, sostuvo que aún creen que el niño puede estar con vida, aunque las condiciones bajo los escombros son extremas: calor, deshidratación, silencio y una estructura inestable que obliga a avanzar con una lentitud desesperante.

Una búsqueda contrarreloj

La búsqueda de Lucas ocurre en el edificio Miramar, en Caraballeda, estado La Guaira. El punto es crítico porque la estructura quedó destruida y los rescatistas deben trabajar sin provocar nuevos derrumbes. No se trata simplemente de remover piedras: cada losa puede sostener otra, cada movimiento mal calculado puede cerrar un espacio de aire o poner en riesgo a los propios brigadistas.

Por eso el operativo avanza con equipos especializados, perros de búsqueda, sensores, cámaras, túneles y maquinaria que debe entrar con cuidado. La familia, sin embargo, denuncia lo que denuncian miles de venezolanos en otros puntos del desastre: que todo parece llegar tarde, que la maquinaria no alcanza, que las primeras horas se perdieron y que muchas víctimas quedaron dependiendo más de vecinos y voluntarios que de un Estado preparado para responder.

La tragedia de Lucas no es un caso aislado: es el rostro más íntimo de una catástrofe nacional.

El caso también se cruzó con otras historias que mantienen viva la esperanza. En los últimos días, equipos internacionales lograron rescatar con vida a Hernán Alberto Gil, un vigilante que pasó más de una semana atrapado bajo los escombros del centro comercial Galerías Playa Grande, también en La Guaira. El operativo duró cerca de 70 horas, requirió túneles, hidratación por sonda y participación de equipos de varios países. Su rescate demostró que, incluso después de varios días, todavía pueden aparecer sobrevivientes.

El desastre en números

Los terremotos del 24 de junio fueron una secuencia devastadora: dos movimientos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por apenas 39 segundos, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. UNICEF también reportó que ambos sismos golpearon Venezuela ese día y dejaron a miles de niños y familias necesitados de refugio, agua segura y atención urgente.

El balance oficial actualizado habla de al menos 2295 muertos y 11.267 heridos. La cifra de desaparecidos es mucho más difícil de precisar: Reuters informó que una lista no oficial, pero ampliamente utilizada, llegó a reunir cerca de 60.000 personas no localizadas y bajó luego a unos 38.600 a medida que se fueron confirmando rescates, hallazgos y reencuentros. Clarín, en su cobertura en vivo de este jueves 2 de julio, consignó casi 2300 muertos, más de 11.000 heridos y alrededor de 50.000 desaparecidos.

La zona más castigada es La Guaira, aunque los daños se extienden también a Caracas y otros puntos del norte del país. Edificios colapsados, viviendas inhabitables, calles bloqueadas, cortes de comunicaciones, hospitales desbordados y refugios improvisados componen un escenario de emergencia total. En algunos sectores, las familias siguen durmiendo en escuelas, plazas o carpas, sin saber si podrán volver a sus casas.

La rabia contra el gobierno

La frase que se repite en los testimonios es brutal: los rescates empezaron tarde y van muy lentos. Esa acusación no apunta al terremoto, que fue inevitable, sino a la respuesta posterior. Muchos venezolanos sostienen que faltó maquinaria pesada, coordinación, información, ambulancias, combustible, equipos técnicos y presencia estatal real durante las primeras horas.

Reuters describió una respuesta marcada por el protagonismo de civiles y voluntarios: bomberos, médicos estudiantes, enfermeros, docentes, veterinarios, vecinos y familiares removiendo escombros con palas, picos o directamente con las manos. También reportó que varios rescatistas denunciaron desde las primeras horas la falta de maquinaria pesada para mover grandes placas de concreto.

La indignación se agrava porque Venezuela ya venía golpeada por años de crisis económica, deterioro de servicios públicos, precariedad hospitalaria, migración masiva y desconfianza en las instituciones. En ese contexto, cada demora se lee como algo más que un problema logístico: se interpreta como negligencia, abandono o incapacidad estatal.

El gobierno de Delcy Rodríguez decretó duelo nacional y mostró presencia militar y policial en rutas y zonas afectadas, pero la percepción de muchos damnificados es otra: que la respuesta más efectiva llegó de brigadas internacionales, voluntarios y vecinos. Incluso hubo denuncias de robos entre los escombros atribuidas a funcionarios de seguridad; Reuters informó que el Ministerio del Interior detuvo y separó de sus cargos a cuatro policías científicos acusados de apropiarse de bienes hallados en las ruinas.

En una catástrofe, la legitimidad del Estado se mide por una sola pregunta: si llega a tiempo cuando la gente está bajo los escombros.

La ayuda internacional y el rol argentino

La magnitud del desastre obligó a activar una red internacional de rescate y asistencia. Equipos de El Salvador, Chile, Estados Unidos, Portugal, México, Costa Rica, España, Suiza, Alemania y otros países participaron en distintas operaciones. En el rescate de Hernán Gil, por ejemplo, trabajaron especialistas de varios países para estabilizar la estructura y abrir camino sin provocar un nuevo colapso.

Argentina también quedó directamente involucrada por dos razones: por los ciudadanos argentinos afectados y por la misión humanitaria enviada al lugar. La Cancillería confirmó días atrás la muerte de seis argentinos y tres desaparecidos, mientras seguía la asistencia consular a familiares en Venezuela. Entre los casos más sensibles aparece Lucas, nacido en Buenos Aires e hijo de padres venezolanos.

Además, una misión humanitaria argentina participó en rescates con la ayuda de Bart, un perro especializado que marcó presencia positiva bajo los escombros y permitió orientar una excavación en la que fueron hallados con vida dos menores. Ese tipo de historias explica por qué la familia de Lucas se aferra a cada señal: porque en medio de la destrucción todavía aparecen rescates que parecen imposibles.

La pelea contra el tiempo

En los terremotos, las primeras 72 horas suelen ser decisivas. Pero eso no significa que después no haya posibilidades. Personas atrapadas pueden sobrevivir más tiempo si quedan en cámaras de aire, si no sufren heridas graves, si tienen alguna fuente mínima de agua o si los rescatistas logran suministrar hidratación por sondas. El caso de Hernán Gil, rescatado después de ocho días, confirma que la búsqueda no puede detenerse solo por el paso del tiempo.

Sin embargo, cada hora que pasa vuelve todo más difícil. La deshidratación, el calor, la falta de oxígeno, las réplicas, el polvo, las heridas internas y la inestabilidad de los edificios reducen las chances. Por eso el pedido de las familias es tan urgente: no quieren discursos, quieren máquinas, cámaras, perros, médicos, silencio operativo y ambulancias listas.

En el caso de Lucas, su madre y su padre insisten en que todavía puede haber una oportunidad. La contextura física del niño, la posibilidad de que haya quedado en un espacio reducido y los indicios detectados en la zona sostienen una esperanza frágil, pero viva. Esa esperanza convive con la angustia de no tener contacto directo con él y con el temor de que cada retraso sea irreversible.

Una tragedia que expone una crisis previa

El terremoto no creó todos los problemas de Venezuela. Los expuso. La falta de infraestructura resistente, el deterioro urbano, la fragilidad hospitalaria, la desconfianza social y el déficit de equipos de emergencia ya estaban antes del desastre. La catástrofe los volvió visibles en una escena extrema.

La pregunta que empieza a instalarse es si parte de la magnitud del daño pudo haberse reducido. No se puede impedir un terremoto de 7,5, pero sí se pueden tener normas de construcción, controles, planes de evacuación, simulacros, equipos entrenados, rutas de emergencia y reservas de insumos. Cuando eso falta, el fenómeno natural se transforma también en desastre institucional.

La tragedia de La Guaira muestra esa doble dimensión: por un lado, el impacto brutal de la naturaleza; por el otro, la incapacidad de una estructura estatal para responder con la velocidad que exigen los sobrevivientes.

Lucas como símbolo

La búsqueda de Lucas Gámez concentra varias capas de esta tragedia: la vulnerabilidad de los niños, la angustia de las familias, la espera de los argentinos afectados, la solidaridad de los rescatistas y la bronca contra un operativo que muchos consideran lento. Su nombre se volvió una consigna de fe en medio de una catástrofe que todavía no tiene cierre.

La escena de su madre entrando al edificio y gritándole que no se rinda quedará como una de las imágenes más fuertes del desastre. No solo por el dolor de una familia, sino porque expresa lo que sienten miles de venezolanos: que, mientras el Estado calcula, informa o demora, son los familiares quienes ponen el cuerpo en el lugar donde todavía puede haber vida.

El país sigue removiendo escombros. A veces aparecen cuerpos. A veces aparecen sobrevivientes. A veces aparecen señales mínimas que alcanzan para sostener una noche más de búsqueda.

En Venezuela, después de los terremotos, la esperanza se mide en sonidos débiles, puntos de calor, perros que marcan una zona, túneles que avanzan centímetros y madres que gritan el nombre de sus hijos para que, desde abajo, todavía sepan que alguien los está esperando.

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