Marruecos mata a un alto dirigente del Polisario y vuelve a tensar el conflicto congelado del Sáhara Occidental

El ataque con drones que terminó con la vida de Lahbib Mohamed Abdelaziz, dirigente militar y político del Frente Polisario, golpea en uno de los momentos más delicados de la disputa por el Sáhara Occidental. La ofensiva marroquí llega mientras la ONU intenta reactivar una negociación bloqueada desde hace décadas y cuando Rabat acumula respaldo internacional para imponer su plan de autonomía bajo soberanía marroquí.
08 de junio de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Marruecos volvió a mover el tablero del Sáhara Occidental con un ataque de alto impacto político y militar. Un dron marroquí mató a Lahbib Mohamed Abdelaziz, dirigente del Frente Polisario, miembro de su Secretariado Nacional y comandante vinculado a la estructura militar saharaui. La operación también dejó otros dos combatientes muertos y reabrió una tensión que nunca desapareció del todo: la guerra de baja intensidad entre Rabat y el movimiento independentista saharaui, que desde hace medio siglo disputa el destino de un territorio clave del norte de África.

La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz no es una baja cualquiera. Era hijo de Mohamed Abdelaziz, el histórico líder del Frente Polisario que condujo el movimiento independentista durante cuatro décadas, desde 1976 hasta su muerte en 2016. Ese linaje político le daba un peso simbólico especial dentro del mundo saharaui, pero su importancia no era solo heredada. También era visto como una figura con proyección propia, con llegada al aparato militar, presencia en la estructura de poder y capacidad de representar a una nueva generación dentro del Polisario.

El ataque ocurrió cerca del muro defensivo levantado por Marruecos, la línea fortificada que divide el territorio y que desde hace décadas funciona como frontera militar de facto. De un lado, Rabat controla la mayor parte del Sáhara Occidental, incluidas sus ciudades principales, sus costas y sus recursos estratégicos. Del otro, el Polisario mantiene su reclamo de autodeterminación desde los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf, en Argelia, y desde las zonas que considera liberadas.

La operación llega en un momento especialmente sensible. La ONU intenta reactivar una negociación largamente paralizada, con el enviado Staffan de Mistura buscando una salida política entre Marruecos, el Polisario, Argelia y Mauritania. Al mismo tiempo, Estados Unidos y varias potencias occidentales vienen empujando una solución basada en el plan de autonomía marroquí, que propone conceder autogobierno al Sáhara Occidental pero dentro de la soberanía de Marruecos. El Polisario, en cambio, insiste en que la solución debe incluir un referéndum de autodeterminación con la opción de independencia.

Una muerte con peso político

Lahbib Mohamed Abdelaziz tenía 37 años y pertenecía a una familia central en la historia del independentismo saharaui. Su padre, Mohamed Abdelaziz, fue una de las figuras más importantes del Frente Polisario y de la República Árabe Saharaui Democrática, proclamada por el movimiento en 1976 tras la salida de España del territorio. Durante décadas, Mohamed Abdelaziz encarnó la resistencia saharaui frente a Marruecos, la dependencia diplomática de Argelia y la estrategia de internacionalizar el conflicto en Naciones Unidas.

La muerte de su hijo golpea entonces en varios niveles. En lo militar, representa la eliminación de un cuadro relevante del Polisario. En lo político, toca una fibra histórica del movimiento. En lo simbólico, muestra que Marruecos tiene capacidad de alcanzar objetivos de alto valor mediante drones en una guerra que, aunque no ocupa todos los días la agenda mundial, sigue activa sobre el terreno.

El Frente Polisario declaró luto por la muerte de Abdelaziz y presentó el hecho como una caída en combate. La organización intenta convertir la pérdida en un elemento de cohesión interna, algo fundamental en un movimiento que vive entre el desgaste del exilio, la presión de los refugiados, la frustración diplomática y la percepción de que el tiempo juega cada vez más a favor de Marruecos.

Para Rabat, en cambio, el ataque funciona como mensaje de superioridad militar. Marruecos no siempre confirma públicamente este tipo de operaciones, pero el uso de drones se volvió una herramienta cada vez más decisiva en el conflicto. Permite vigilancia, ataques selectivos y control de zonas amplias sin exponer tropas. En una guerra marcada por el muro, el desierto y la distancia, la tecnología cambia el equilibrio operativo.

La muerte de un dirigente de esta relevancia también puede tener efectos internos dentro del Polisario. En los campamentos saharauis conviven distintas tensiones: una conducción histórica envejecida, una juventud impaciente, familias que llevan generaciones viviendo en el exilio y sectores que desconfían de una diplomacia que lleva décadas sin producir independencia. Cada golpe militar marroquí alimenta la presión sobre la dirigencia saharaui para responder, pero cada respuesta también puede aumentar el riesgo de una escalada más amplia.

El conflicto que nunca terminó

El conflicto del Sáhara Occidental tiene su origen en la descolonización inconclusa de España. Cuando Madrid se retiró en 1975, Marruecos avanzó sobre el territorio y el Frente Polisario reclamó la independencia. La disputa derivó en una guerra que se extendió hasta 1991, cuando se firmó un alto el fuego auspiciado por Naciones Unidas. Ese acuerdo preveía la realización de un referéndum de autodeterminación, pero la consulta nunca se concretó.

Desde entonces, el Sáhara Occidental quedó atrapado en una especie de limbo. Marruecos administra la mayor parte del territorio y lo considera parte integral de su soberanía. El Polisario reclama que se trata de un territorio pendiente de descolonización y exige que la población saharaui pueda elegir entre independencia, autonomía o integración. La ONU mantiene la misión MINURSO, creada para supervisar el alto el fuego y organizar el referéndum, pero con el paso del tiempo esa misión quedó reducida a una presencia de observación sin capacidad real de resolver el fondo del conflicto.

Durante años, la disputa pareció congelada. No había paz definitiva, pero tampoco guerra abierta de gran escala. Marruecos consolidó infraestructura, ciudades, carreteras, inversiones, presencia administrativa y control militar. El Polisario mantuvo su reconocimiento parcial en algunos países, su vínculo con Argelia y su capacidad de sostener el reclamo en foros internacionales. Pero el equilibrio era cada vez más desfavorable para los saharauis.

La ruptura del alto el fuego en 2020 cambió el clima. El Polisario declaró que el acuerdo de 1991 estaba muerto después de una operación marroquí en Guerguerat, una zona estratégica cercana a Mauritania. Desde entonces, el movimiento saharaui volvió a anunciar acciones militares contra posiciones marroquíes, mientras Rabat profundizó su despliegue defensivo y ofensivo. La guerra volvió, aunque en una escala limitada y con baja visibilidad internacional.

Ese es el contexto de la muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz. No se trata de un hecho aislado, sino de una guerra de desgaste que lleva años reactivada. Marruecos utiliza su superioridad tecnológica y diplomática para consolidar el terreno. El Polisario intenta demostrar que sigue vivo militarmente y que la ocupación tiene un costo. La ONU intenta negociar, pero cada ataque vuelve a mostrar la distancia entre el lenguaje diplomático y la realidad del desierto.

El muro, los drones y la nueva guerra del desierto

El muro marroquí es una de las claves del conflicto. Se trata de una estructura militar de miles de kilómetros, con bermas de arena, radares, bases, puestos de vigilancia, campos minados y zonas de control. Divide el Sáhara Occidental entre el área controlada por Marruecos y las zonas donde opera o reclama presencia el Polisario. Para Rabat, el muro es una garantía de seguridad. Para los saharauis, es la imagen física de la ocupación y de la separación de familias, territorios y rutas históricas.

La aparición de drones le dio a Marruecos una ventaja adicional. En el pasado, la guerra del desierto dependía de movilidad, conocimiento del terreno, columnas armadas y capacidad de golpear puntos aislados. Ahora, los drones permiten detectar movimientos, seguir vehículos y atacar objetivos con mayor precisión. Eso reduce el margen de maniobra del Polisario, que debe moverse en un territorio vigilado desde el aire.

Esta transformación no es menor. El Frente Polisario nació y creció como un movimiento guerrillero capaz de aprovechar la amplitud del desierto. Su ventaja histórica era la movilidad. El dron reduce esa ventaja porque convierte el movimiento en exposición. Cada desplazamiento cerca del muro puede ser detectado. Cada columna puede ser seguida. Cada reunión militar puede convertirse en blanco.

Marruecos, además, modernizó sus capacidades militares en los últimos años y fortaleció sus vínculos con Estados Unidos, Israel y otros socios estratégicos. El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental durante el primer mandato de Donald Trump fue un punto de inflexión. A partir de allí, Rabat ganó confianza diplomática y profundizó una política de hechos consumados.

El ataque contra Abdelaziz muestra que Marruecos no se limita a defender posiciones. También está dispuesto a golpear figuras relevantes del Polisario cuando identifica oportunidad. La guerra, entonces, no es solo territorial. Es también una guerra de liderazgo, moral y capacidad interna. Matar a un dirigente con apellido histórico busca enviar un mensaje hacia la conducción saharaui: nadie está completamente fuera del alcance marroquí.

La ONU intenta negociar bajo presión

La muerte de Abdelaziz ocurre mientras Staffan de Mistura intenta sostener una vía de negociación. El enviado de la ONU sabe que el tiempo juega en contra. La MINURSO lleva más de tres décadas sin cumplir el objetivo original del referéndum. El Consejo de Seguridad renueva su mandato periódicamente, pero la misión aparece cada vez más cuestionada por su falta de resultados. Estados Unidos impulsó una revisión estratégica para reducir costos y presionar por una salida política.

La salida que hoy gana peso internacional es la autonomía bajo soberanía marroquí. Marruecos la presenta como una solución realista: el Sáhara tendría autogobierno, instituciones propias y cierto margen administrativo, pero Rabat conservaría soberanía, defensa, relaciones exteriores y control estratégico. Para buena parte de las potencias occidentales, ese plan aparece como una forma de cerrar un conflicto incómodo, estabilizar el norte de África y reforzar a Marruecos como aliado.

El Polisario lo rechaza porque entiende que esa propuesta elimina el derecho a la independencia. Para los saharauis, aceptar una autonomía sin referéndum sería renunciar al eje histórico de su lucha. La cuestión no es solo administrativa, sino identitaria y política. Después de décadas de exilio y sacrificio, una autonomía dentro de Marruecos sería leída por muchos como una derrota.

Argelia también es parte central del conflicto. Apoya al Polisario, aloja los campamentos de refugiados de Tinduf y mantiene una rivalidad estratégica con Marruecos. La disputa por el Sáhara Occidental es, además de un conflicto de descolonización, una pieza de la competencia regional entre Rabat y Argel. Cualquier movimiento en el terreno tiene lectura bilateral. Un ataque marroquí contra un dirigente saharaui también puede ser leído como presión indirecta sobre Argelia.

En ese escenario, la diplomacia de la ONU camina sobre arena movediza. Si presiona demasiado al Polisario para aceptar la autonomía, corre el riesgo de ser vista como parte de una imposición. Si sostiene el referéndum como horizonte real, choca con el rechazo de Marruecos y con el cambio de posición de varias potencias. Si no logra nada, el conflicto seguirá militarizándose.

Marruecos gana terreno diplomático

El contexto internacional favorece cada vez más a Marruecos. En los últimos años, Rabat logró que varios países occidentales consideren su plan de autonomía como la base más seria, realista o creíble para una solución. Estados Unidos, Francia, España y otros actores europeos dieron pasos que fortalecen la posición marroquí. Ese giro debilitó el reclamo saharaui en el plano diplomático, aunque no lo eliminó.

España ocupa un lugar especialmente sensible. Como antigua potencia administradora del territorio, su posición siempre tuvo peso simbólico. El giro español hacia el plan marroquí de autonomía generó una fuerte polémica y fue leído por el Polisario y por Argelia como una traición al derecho de autodeterminación saharaui. Para Marruecos, en cambio, fue una victoria estratégica.

Rabat interpreta este cambio internacional como una confirmación de su estrategia: consolidar el territorio, ofrecer autonomía, esperar que el tiempo erosione la resistencia del Polisario y convertir la independencia en una opción cada vez menos viable. La diplomacia marroquí trabaja sobre la idea de irreversibilidad. Cuantos más países acepten la autonomía como base, más difícil será volver al lenguaje del referéndum.

El Polisario enfrenta entonces un dilema. Si apuesta solo a la diplomacia, puede quedar atrapado en una negociación diseñada sobre términos marroquíes. Si apuesta a la acción militar, corre el riesgo de recibir golpes cada vez más duros por la superioridad tecnológica de Rabat. Si endurece su posición, puede perder apoyos. Si flexibiliza, puede fracturarse internamente.

La muerte de Abdelaziz profundiza ese dilema. Puede alimentar el reclamo de respuesta militar, pero también mostrar la vulnerabilidad del movimiento. Puede unir momentáneamente a los saharauis en torno al luto, pero también aumentar la presión sobre una conducción que debe demostrar que todavía tiene capacidad de iniciativa.

El impacto en los campamentos saharauis

La dimensión humana del conflicto suele quedar fuera de los titulares. Decenas de miles de saharauis viven desde hace décadas en campamentos de refugiados en Tinduf, en el suroeste de Argelia. Allí se formaron generaciones enteras que no conocieron otra vida que el exilio. La promesa del retorno, del referéndum y de la independencia funciona como núcleo identitario, pero también como fuente de frustración creciente.

Cada muerte en el frente golpea a una comunidad que se siente abandonada por el mundo. Para los saharauis, el Sáhara Occidental no es solo una disputa geopolítica, sino una causa nacional, familiar y existencial. La muerte de un dirigente joven, hijo de un líder histórico, puede ser vivida como una pérdida colectiva, pero también como una confirmación de que la guerra sigue abierta aunque el mundo mire hacia otro lado.

El Polisario necesita sostener la moral de esos campamentos. Debe convencer a su población de que la lucha todavía tiene sentido, de que la diplomacia no está agotada, de que la resistencia militar no es inútil y de que la independencia sigue siendo posible. Esa tarea es cada vez más difícil cuando Marruecos consolida territorio, gana apoyos internacionales y demuestra capacidad de golpear a líderes relevantes.

La juventud saharaui es un factor clave. Muchos jóvenes nacieron después del alto el fuego de 1991 y crecieron escuchando promesas de referéndum que nunca se cumplieron. Para ellos, la vía diplomática puede parecer un camino sin salida. Esa frustración puede empujar hacia posturas más radicalizadas, más militaristas o más críticas con la dirigencia tradicional.

La muerte de Abdelaziz, por su edad y su apellido, puede tener un efecto generacional. No se trata de un dirigente anciano de la vieja guardia, sino de una figura que podía representar continuidad y renovación. Su eliminación deja un vacío simbólico en un movimiento que necesita precisamente renovar liderazgo sin romper su cohesión interna.

Una escalada que puede complicar la negociación

El ataque marroquí puede tener efectos inmediatos sobre el proceso diplomático. Cada golpe militar reduce la confianza entre las partes y vuelve más difícil sentarse a negociar. El Polisario puede interpretar la operación como una señal de que Marruecos busca imponer una solución por fuerza, mientras Rabat puede argumentar que actúa contra combatientes en un escenario de guerra reactivada desde 2020.

El problema es que ambas partes encuentran razones para no ceder. Marruecos se siente fortalecido por el apoyo internacional y por su ventaja militar. El Polisario se siente obligado a no aceptar una salida que borre la autodeterminación. Argelia no quiere que Marruecos consolide una victoria estratégica. La ONU intenta evitar que el conflicto vuelva a escalar, pero carece de herramientas fuertes para imponer una solución.

La muerte de un alto dirigente puede cerrar ventanas de oportunidad. Si el Polisario declara luto y refuerza su discurso de combate, el margen para una negociación inmediata se reduce. Si Marruecos evita comentar oficialmente la operación, mantiene su estrategia de ambigüedad, pero el mensaje militar queda claro. Y si la comunidad internacional minimiza el episodio, el Polisario puede concluir que la vía diplomática está cada vez más sesgada a favor de Rabat.

El riesgo no es necesariamente una guerra total inmediata. Marruecos y el Polisario operan en un conflicto de intensidad limitada. Pero la acumulación de ataques, bajas simbólicas, frustración política y presión diplomática puede generar una dinámica más peligrosa. En el desierto, una guerra de baja intensidad puede sostenerse durante años sin resolver nada, pero dejando muertos, desplazamiento, tensión regional y creciente militarización.

El tablero regional: Marruecos, Argelia y las potencias

El Sáhara Occidental no puede entenderse sin la rivalidad entre Marruecos y Argelia. Rabat y Argel compiten por influencia en el Magreb, por liderazgo regional, por alianzas internacionales y por modelos políticos opuestos. Marruecos se presenta como monarquía estable, aliada de Occidente, abierta a inversiones y con vínculos crecientes con Israel. Argelia se apoya en su peso energético, su tradición revolucionaria, su vínculo con la causa saharaui y su rol como contrapeso regional.

El Polisario depende en gran medida del apoyo argelino. Sin Tinduf, sin respaldo diplomático y sin profundidad territorial argelina, su capacidad de sostener la causa sería mucho menor. Marruecos denuncia esa dependencia y acusa a Argelia de utilizar al Polisario como herramienta contra Rabat. Argelia, por su parte, sostiene que apoya un proceso de descolonización y el derecho de los saharauis a decidir su futuro.

Estados Unidos juega un papel creciente. El reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara durante la primera administración Trump modificó el equilibrio diplomático. Aunque la ONU mantenga el lenguaje de solución política, el peso estadounidense inclinó el tablero. La reciente presión para que las negociaciones se basen en el plan de autonomía refuerza esa tendencia.

Europa también mira el conflicto desde intereses concretos: migración, energía, pesca, seguridad, lucha antiterrorista, estabilidad del Magreb y relación con Marruecos. Rabat utiliza esa posición estratégica con habilidad. Controla una puerta clave hacia Europa, coopera en seguridad y migración, y sabe que muchos gobiernos europeos prefieren una solución estable bajo control marroquí antes que un conflicto abierto o una independencia que reconfigure el mapa regional.

El silencio relativo de una guerra olvidada

Una de las características del conflicto saharaui es su bajo nivel de atención internacional. Gaza, Ucrania, Irán, China, Venezuela o el Sahel suelen ocupar más espacio en la agenda global. El Sáhara Occidental aparece de manera intermitente, casi siempre cuando hay una decisión diplomática importante, una crisis con España, un giro de Estados Unidos o un ataque como el de ahora.

Ese silencio beneficia al actor que controla el terreno. Marruecos puede construir, administrar, invertir, militarizar y consolidar su presencia mientras el conflicto permanece fuera del foco. El Polisario, en cambio, necesita visibilidad internacional para sostener su causa. Sin atención externa, la reivindicación saharaui se desgasta.

La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz vuelve a poner el conflicto en portada, pero probablemente por poco tiempo. Ese es uno de los dramas de las guerras olvidadas: solo aparecen cuando hay muertos relevantes, no cuando se acumulan décadas de exilio, bloqueo político y frustración. El riesgo es que el mundo registre el ataque como un episodio más y no como parte de una transformación de fondo.

El Sáhara Occidental es uno de los últimos grandes conflictos de descolonización pendientes. Pero la palabra descolonización perdió fuerza en una época dominada por realismo geopolítico, alianzas de seguridad y cálculos económicos. Marruecos entiende esa época mejor que nadie y actúa en consecuencia. El Polisario sigue apoyándose en el derecho internacional clásico, pero cada vez enfrenta un mundo menos dispuesto a imponerlo si choca con intereses estratégicos.

Una baja que puede marcar un punto de inflexión

La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz puede convertirse en un punto de inflexión dentro del Polisario. Su peso familiar, su rol militar y su proyección política hacen que el ataque tenga consecuencias que van más allá del frente. Puede reforzar la línea dura, aumentar la presión por responder y complicar la negociación. También puede acelerar debates internos sobre liderazgo, estrategia y futuro.

Para Marruecos, la operación confirma una doctrina: mantener el control territorial, golpear cuando sea necesario, sostener la autonomía como única salida y aprovechar el respaldo internacional. Rabat actúa con la confianza de quien siente que la historia empieza a jugar a su favor. Su objetivo no parece ser negociar desde cero, sino llevar al Polisario y a la ONU hacia una aceptación gradual de la realidad marroquí sobre el terreno.

Para el Polisario, el desafío es enorme. Debe mostrar que no está derrotado, que su reclamo sigue vivo y que la muerte de uno de sus dirigentes no será simplemente absorbida por la superioridad marroquí. Pero también debe evitar una escalada que pueda debilitarlo aún más. La respuesta que elija será observada por Marruecos, Argelia, la ONU y los propios refugiados saharauis.

El conflicto del Sáhara Occidental vuelve así a una pregunta central: qué vale más, el control efectivo del territorio o el derecho de autodeterminación pendiente. Marruecos apuesta al territorio. El Polisario apuesta a la legitimidad histórica y jurídica. La comunidad internacional parece inclinarse cada vez más por una salida pragmática. Y los saharauis quedan atrapados entre una causa que no desaparece y un mundo que se cansa de esperarla.

La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz no cierra nada. Al contrario, abre una fase más delicada. Muestra que la guerra sigue viva, que los drones cambiaron el equilibrio militar, que la diplomacia llega tarde y que el Sáhara Occidental continúa siendo un conflicto congelado solo para quienes lo miran desde lejos. En el desierto, la disputa nunca estuvo congelada del todo: simplemente siguió ardiendo con menos cámaras.

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