Guerra abierta en el peronismo: por qué Cristina y Máximo aceleran contra Kicillof y qué se juega en 2027

La disputa dejó de ser una discusión táctica y se transformó en una pelea por la conducción del peronismo. Mientras Axel Kicillof construye una candidatura nacional con estructura propia, Cristina y Máximo Kirchner buscan impedir que el gobernador consolide un liderazgo autónomo y relegue al kirchnerismo.
13 de julio de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La ofensiva contra Axel Kicillof ya no se limita a mensajes indirectos, diferencias electorales o discusiones reservadas. En las últimas semanas, dirigentes directamente vinculados con Cristina y Máximo Kirchner comenzaron a cuestionar públicamente al gobernador bonaerense, su estrategia política y, sobre todo, su decisión de construir un espacio propio con vistas a las elecciones presidenciales de 2027.

El último ataque provino de Facundo Tignanelli, presidente del bloque de Unión por la Patria en la Cámara de Diputados bonaerense y uno de los principales dirigentes de La Cámpora. El legislador calificó el alejamiento de Kicillof respecto de Cristina como un “parteaguas” y sostuvo que, desde que el gobernador tomó distancia de la expresidenta, “cada vez le fue peor al pueblo argentino”. También le reprochó no haber acompañado algunos actos organizados por el kirchnerismo y no mantener un vínculo político más fluido con Cristina Kirchner.

La declaración no fue un exabrupto aislado. Forma parte de una estrategia destinada a obligar a Kicillof a definir si reconoce la conducción de Cristina o si pretende reemplazarla al frente del peronismo.

Máximo Kirchner profundizó esa presión durante una visita a Carmen de Areco. Allí propuso que su madre sea la candidata presidencial del espacio en 2027 y aclaró, en una referencia evidente al proyecto del gobernador, que esa decisión no buscaba “joder la vida y el destino” de nadie. La frase confirmó que el kirchnerismo ya no considera a Kicillof un heredero natural, sino un competidor directo.

La candidatura de Cristina como desafío político

La posibilidad de que Cristina Kirchner encabece una fórmula presidencial enfrenta un impedimento jurídico central. La condena ratificada por la Corte Suprema incluye la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos y la expresidenta cumple actualmente prisión domiciliaria. Mientras esa situación no sea revertida, su candidatura no resulta legalmente viable.

Por eso, la propuesta de Máximo Kirchner debe interpretarse principalmente como una definición política. Al instalar a Cristina como candidata, La Cámpora intenta colocar al resto del peronismo frente a una disyuntiva: reconocerla como conductora y reclamar contra su proscripción o avanzar hacia una renovación que reduzca su influencia.

El planteo también busca condicionar a Kicillof. Si el gobernador acepta que Cristina debe ocupar el centro de la estrategia, su proyecto presidencial queda subordinado a las decisiones del kirchnerismo. Si rechaza esa posición, puede ser acusado de aprovechar la situación judicial de quien impulsó originalmente su carrera política.

Ese es el sentido de los reproches por sus visitas a San José 1111, el departamento donde Cristina cumple la condena. El kirchnerismo transforma el vínculo personal con la expresidenta en una prueba de lealtad política. Cerca de Kicillof consideran que ese mecanismo pretende mantenerlo sometido a una conducción que ya no refleja la distribución actual del poder interno.

La consigna “Cristina libre” también divide al peronismo. Para La Cámpora debe constituir uno de los ejes principales de cualquier campaña opositora. Otros sectores temen que concentrar toda la estrategia en la situación judicial de la expresidenta limite la posibilidad de atraer a votantes que rechazan al Gobierno de Javier Milei, pero que tampoco regresarían a una propuesta encabezada por el kirchnerismo tradicional.

El quiebre comenzó con el desdoblamiento electoral

La ruptura tiene un antecedente decisivo: la determinación de Kicillof de separar las elecciones bonaerenses de las legislativas nacionales de 2025.

Cristina y Máximo Kirchner se opusieron a esa estrategia. Consideraban que realizar dos elecciones diferentes podía desgastar al aparato territorial, confundir al electorado y perjudicar al peronismo en la competencia nacional. Kicillof argumentó que la provincia necesitaba discutir sus propios problemas y que el desdoblamiento protegería a los candidatos bonaerenses de la dinámica nacional.

El resultado provincial pareció darle la razón. Fuerza Patria obtuvo el 47,18% y superó por más de trece puntos a La Libertad Avanza, que alcanzó el 33,77%. El peronismo se impuso en seis de las ocho secciones electorales y logró una victoria especialmente amplia en el conurbano.

Aquella elección convirtió a Kicillof en el principal ganador político. El gobernador pudo presentar el resultado como la demostración de que era posible derrotar al oficialismo nacional con una estrategia propia, una campaña territorial y un discurso concentrado en la gestión provincial.

Sin embargo, pocas semanas después, La Libertad Avanza venció al peronismo en la elección legislativa nacional y se impuso por un margen estrecho en la provincia de Buenos Aires. Cristina atribuyó parte de esa derrota al desdoblamiento y sostuvo que la separación de las elecciones había debilitado la movilización peronista.

Desde entonces, cada sector utiliza uno de los dos resultados para defender su posición. El kicillofismo recuerda la victoria provincial como prueba de la eficacia de la autonomía. El cristinismo señala la derrota nacional para argumentar que ninguna construcción individual puede reemplazar a una conducción unificada.

La discusión electoral ocultaba una disputa más profunda. Al decidir el calendario contra la opinión de Cristina, Kicillof demostró que estaba dispuesto a tomar decisiones estratégicas sin pedir autorización. Esa independencia fue interpretada por La Cámpora como el comienzo de una ruptura.

Kicillof tomó el PJ y construyó su propia estructura

El segundo movimiento que modificó la relación de fuerzas fue la llegada de Kicillof a la presidencia del Partido Justicialista bonaerense.

En febrero de 2026, el gobernador fue acordado como nuevo titular del partido provincial. Verónica Magario y Federico Otermín quedaron como vicepresidentes, mientras Máximo Kirchner pasó a presidir el Congreso partidario. El entendimiento evitó una elección abierta por la conducción, pero desplazó al jefe de La Cámpora del principal cargo ejecutivo del PJ bonaerense.

El acuerdo no resolvió la pelea. Apenas la trasladó hacia los municipios, la Legislatura y la futura definición de candidaturas.

Kicillof, además, comenzó a expandir el Movimiento Derecho al Futuro, la organización con la que pretende reunir intendentes, sindicatos, movimientos sociales y dirigentes que reclaman una renovación del peronismo. El espacio funciona como estructura territorial propia y como plataforma para una eventual candidatura presidencial.

La construcción preocupa al kirchnerismo porque Kicillof ya no depende exclusivamente de La Cámpora. Cuenta con la Gobernación, administra el distrito electoral más importante del país, conduce formalmente el PJ bonaerense y mantiene el respaldo de numerosos intendentes que necesitan definir su futuro político.

Máximo Kirchner respondió intensificando sus recorridas por la provincia. Su aparición en Carmen de Areco no solamente sirvió para reclamar una candidatura de Cristina: también mostró que La Cámpora intentará disputar municipio por municipio el territorio en el que Kicillof pretende sostener su proyección nacional.

El conflicto comprende además la sucesión bonaerense. Kicillof necesita preservar el control de la provincia después de 2027 para sostener su proyecto nacional. Cristina y Máximo buscan evitar que el gobernador designe unilateralmente a su sucesor y concentre el aparato político, administrativo y territorial del peronismo provincial.

El faltazo que convirtió la tensión en enfrentamiento

La ausencia de Kicillof en el acto realizado en Parque Lezama para reclamar la libertad de Cristina marcó otro punto de quiebre.

Máximo Kirchner cuestionó a quienes hablan de unidad pero no visitan a la expresidenta ni participan de las actividades convocadas en su defensa. Aunque no siempre mencionó al gobernador por su nombre, las referencias fueron interpretadas dentro del peronismo como ataques directos.

En La Plata decidieron no responder con la misma intensidad. Kicillof pidió a sus funcionarios evitar una escalada pública y concentrar las críticas en Milei. Carlos Bianco, su ministro de Gobierno, afirmó que el verdadero adversario está fuera del peronismo y cuestionó a quienes dedican más tiempo a atacar a compañeros internos que al Gobierno nacional.

La moderación no implica que el gobernador desconozca la gravedad del conflicto. En su entorno ya hablan de un “punto de quiebre” y distintos dirigentes le piden que deje de intentar una reconciliación con La Cámpora. Kicillof, sin embargo, entiende que una ruptura anticipada podría perjudicar su candidatura y convertir la interna bonaerense en el único tema de discusión del peronismo.

Su estrategia consiste en responder con acumulación política y no con declaraciones personales. Busca mostrarse como un dirigente que administra, enfrenta a Milei y construye una alternativa más amplia, mientras presenta al kirchnerismo como un sector concentrado en las disputas internas.

Una convivencia que todavía impide la ruptura

A pesar de la violencia verbal, el peronismo bonaerense todavía funciona como una coalición compartida.

Funcionarios cercanos a Cristina y Máximo Kirchner continúan ocupando cargos relevantes en el gabinete provincial. La pelea se trasladó con mayor intensidad a la Legislatura, donde las diferencias complican acuerdos, autoridades parlamentarias y proyectos, pero Kicillof no avanzó con una expulsión general de los ministros vinculados con el cristinismo.

Esa convivencia muestra que ninguno de los dos sectores está preparado para una separación definitiva.

Kicillof necesita mantener cohesionada la administración provincial y evitar que La Cámpora bloquee leyes o decisiones presupuestarias. El kirchnerismo, por su parte, conserva cargos, estructuras y capacidad de intervención dentro del gobierno bonaerense.

Una ruptura tendría consecuencias inmediatas. Podría dividir bloques legislativos, gobiernos municipales, sindicatos y organizaciones sociales. También obligaría a intendentes que hasta ahora mantienen vínculos con ambos sectores a elegir públicamente entre Kicillof y Cristina.

El principal beneficiario de ese escenario sería Milei. La fragmentación del peronismo impide que la oposición capitalice completamente las dificultades económicas y políticas del Gobierno y ofrece al oficialismo la posibilidad de enfrentar en 2027 a varias candidaturas opositoras.

Massa intenta evitar que la pelea destruya al peronismo

Sergio Massa volvió a ocupar un lugar central como posible mediador. El excandidato presidencial mantiene conversaciones con Kicillof y conserva canales abiertos con Cristina, Máximo Kirchner, gobernadores e intendentes.

Su objetivo sería postergar las definiciones presidenciales y construir una mesa en la que se discutan reglas comunes, programa y candidaturas. El massismo considera que la pelea bonaerense no puede absorber a todo el peronismo nacional y busca incorporar a gobernadores del norte y sectores alejados de La Cámpora.

Al mismo tiempo, comenzaron contactos para conformar un tercer espacio peronista que no quede subordinado ni a Cristina ni a Kicillof. Dirigentes vinculados con el peronismo cordobés, sectores federales y figuras como Miguel Ángel Pichetto analizan una construcción alternativa.

La aparición de ese sector agrega presión. La interna ya no presenta únicamente dos polos. Kicillof debe evitar que su proyecto quede reducido a una corriente bonaerense, mientras el kirchnerismo necesita demostrar que Cristina todavía puede ordenar al conjunto del movimiento.

El conflicto probablemente se defina alrededor de tres cuestiones: quién conduce políticamente, cómo se seleccionará la candidatura presidencial y quién controlará la sucesión en la provincia de Buenos Aires.

Cristina y Máximo aceleran porque consideran que el crecimiento de Kicillof amenaza con volver irreversible una transición de liderazgo. El gobernador evita romper porque sabe que todavía necesita una parte de la estructura kirchnerista para competir nacionalmente.

La pelea, por lo tanto, no se explica solamente por viejos reproches o diferencias personales. Es la disputa por determinar si el próximo peronismo continuará organizado alrededor de Cristina Kirchner o si Axel Kicillof podrá construir una etapa propia sin quedar acusado de traicionar a quien lo convirtió en gobernador.

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