Malvinas entra en la pulseada entre Washington y Londres: Trump habló con Burnham y dejó afuera del comunicado la disputa por las islas

La primera conversación conocida entre los mandatarios desde que Estados Unidos puso bajo revisión su posición sobre el Atlántico Sur terminó con un silencio significativo. Hablaron de Ucrania, Irán, Ormuz y economía, mientras crece la tensión entre los dos aliados históricos y Milei intenta aprovechar una ventana diplomática inédita para reforzar el reclamo argentino.
Estados Unidos07 de septiembre de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Durante décadas, la cuestión Malvinas estuvo asentada sobre una paradoja relativamente estable en la relación entre Estados Unidos, Gran Bretaña y Argentina. Washington evitaba reconocer formalmente la soberanía de uno de los dos países, aunque en los hechos mantenía una relación estratégica privilegiada con Londres y durante la guerra de 1982 terminó brindándole inteligencia, logística y apoyo militar. Donald Trump acaba de introducir una incertidumbre nueva en ese equilibrio y este lunes ocurrió algo que, precisamente por lo que no se dijo, adquirió relevancia: mantuvo su primera conversación conocida con el nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, después de haber anunciado que estaba revisando la postura estadounidense sobre las islas.

La llamada fue confirmada oficialmente por Downing Street. El comunicado británico detalló los asuntos tratados con una precisión considerable: economía, las negociaciones para intentar alcanzar un alto el fuego en Ucrania, la situación de Medio Oriente, la reapertura del estrecho de Ormuz y la necesidad de impedir que Irán obtenga armas nucleares. Sobre Malvinas, nada. Ni una palabra en un momento en el que la cuestión se convirtió en uno de los principales focos de tensión entre ambos gobiernos y apenas cuatro días después de que Trump se negara a garantizar públicamente que Estados Unidos ayudaría a Gran Bretaña ante una eventual crisis en el Atlántico Sur.

No significa necesariamente que los dos mandatarios no hayan hablado del tema. Los comunicados diplomáticos nunca reproducen la totalidad de una conversación privada y Downing Street sólo informó los puntos que decidió hacer públicos. Pero la omisión es políticamente significativa porque Londres tenía fuertes razones para buscar una ratificación estadounidense del statu quo después de una semana especialmente incómoda. Esa ratificación, al menos públicamente, no apareció. El contacto terminó con la promesa de volver a hablar y con una fotografía de normalización de la relación bilateral, pero sin resolver la pregunta que abrió Trump: qué hará Washington ante la disputa de soberanía si efectivamente decide modificar una posición mantenida durante décadas.

La controversia comenzó el 31 de agosto. Consultado en el Salón Oval por la postura de Estados Unidos sobre las Falklands, como denomina Londres al archipiélago, Trump respondió que estaba revisando la posición norteamericana. “Siempre reviso todas las posiciones. Esa es una de muchas”, dijo, sin precisar qué modificación estaba evaluando ni si finalmente habría alguna. En términos estrictos, el Presidente no reconoció la soberanía argentina, tampoco desconoció la administración británica ni anunció una nueva doctrina. Pero para una disputa diplomática tan congelada como la de Malvinas, que un presidente estadounidense siquiera colocara en discusión la postura de Washington representó una novedad considerable.

La señal fue todavía más fuerte unos días después. Cuando le preguntaron si Estados Unidos acudiría en ayuda del Reino Unido ante una hipotética nueva crisis en las islas, Trump evitó comprometerse. Recordó la victoria británica de 1982 y elogió la forma en que Londres había conducido aquella guerra, pero inmediatamente desplazó la conversación hacia el conflicto con Irán y reprochó a los británicos no haber acompañado suficientemente a Washington. “Su país no estuvo allí para ayudarme”, afirmó, vinculando de hecho dos asuntos que hasta entonces parecían completamente separados: la defensa del territorio administrado por Londres en el Atlántico Sur y el grado de colaboración británica con la estrategia estadounidense en Medio Oriente.

Ese vínculo no apareció de la nada. Ya en abril había trascendido un correo interno del Pentágono que enumeraba posibles medidas para presionar a aliados de la OTAN que Washington consideraba insuficientemente comprometidos con las operaciones estadounidenses contra Irán. Entre las alternativas figuraba revisar el respaldo diplomático a determinados territorios de ultramar europeos, con una referencia explícita a las Malvinas. Que una opción haya sido considerada dentro del Departamento de Defensa no significa que haya sido adoptada como política oficial, pero las posteriores declaraciones de Trump consiguieron transformar lo que inicialmente parecía una hipótesis burocrática en una posibilidad política que Londres ya no puede ignorar.

Milei encontró una oportunidad que hace pocos meses parecía improbable

Buenos Aires interpretó inmediatamente el movimiento estadounidense como una oportunidad. Javier Milei venía sosteniendo que la relación estratégica con Estados Unidos podía convertirse en una de las llaves para avanzar diplomáticamente sobre Malvinas y, después de las declaraciones de Trump, endureció notablemente un discurso que durante buena parte de sus primeros años de gobierno había sido mucho más cauteloso con Londres. El Presidente volvió a presentar la recuperación de la soberanía como un objetivo central, descartó una salida militar y colocó la estrategia en la acumulación de presión diplomática, económica y geopolítica.

El giro se hizo concreto alrededor del petróleo. Milei anunció un proyecto para incrementar las sanciones contra empresas, accionistas, directores, proveedores y otras compañías vinculadas con la explotación de hidrocarburos alrededor de las islas sin autorización argentina. El blanco inmediato es Sea Lion, el gran desarrollo petrolero ubicado al norte del archipiélago y operado principalmente por Rockhopper Exploration y Navitas Petroleum, cuyo potencial está estimado en alrededor de 1.700 millones de barriles. Para Londres y las autoridades isleñas significa la posibilidad de transformar estructuralmente la economía del territorio; para Buenos Aires representa una explotación unilateral de recursos pertenecientes a un espacio cuya soberanía continúa siendo disputada.

La dimensión económica ayuda a explicar por qué Malvinas vuelve a convertirse en una cuestión estratégica y no exclusivamente histórica. Las islas tienen apenas unos 3.600 habitantes y tradicionalmente construyeron buena parte de sus ingresos alrededor de las licencias pesqueras, la producción agropecuaria y el turismo. La explotación comercial de petróleo, prevista para los próximos años, podría alterar radicalmente ese equilibrio y fortalecer la autonomía financiera del gobierno isleño. Argentina entiende exactamente lo contrario: que permitir que esos proyectos avancen durante décadas puede consolidar hechos económicos que vuelvan todavía más difícil cualquier discusión futura sobre soberanía.

Gran Bretaña respondió sin dejar margen respecto de su posición oficial. El gobierno de Burnham sostiene que la soberanía británica no está en discusión y coloca como argumento central el principio de autodeterminación de los habitantes del archipiélago. Londres recuerda permanentemente el referéndum de 2013, cuando prácticamente la totalidad de los participantes votó por continuar como territorio británico de ultramar. Argentina rechaza la aplicación de ese principio al caso porque considera a los actuales habitantes una población implantada después de la ocupación británica de 1833 y sostiene, respaldándose en las resoluciones de Naciones Unidas, que existe una disputa bilateral de soberanía que debe negociarse entre Buenos Aires y Londres. La diferencia conceptual sigue siendo exactamente la misma que bloquea cualquier negociación sustantiva desde hace décadas.

Lo novedoso es que ahora Estados Unidos puede introducir un tercer elemento. Washington históricamente evitó pronunciarse sobre la soberanía, pero su neutralidad diplomática nunca equivalió a neutralidad estratégica. En 1982, la administración de Ronald Reagan intentó inicialmente mediar entre Leopoldo Galtieri y Margaret Thatcher, pero finalmente se inclinó hacia su aliado de la OTAN y proporcionó a Gran Bretaña inteligencia, suministros y apoyo logístico. Desde entonces, los gobiernos estadounidenses conservaron una fórmula calculadamente ambigua: reconocer la administración británica de hecho sin resolver formalmente la disputa de soberanía.

Por eso un eventual cambio tendría un valor mayormente diplomático antes que territorial. Trump no puede transferir las islas a Argentina y tampoco existe indicio alguno de que Gran Bretaña esté dispuesta a negociar su soberanía. Lo que sí podría hacer Washington es modificar el lenguaje utilizado en organismos internacionales, apoyar explícitamente la apertura de negociaciones bilaterales, dejar de acompañar posiciones británicas o introducir Malvinas dentro de una negociación geopolítica mucho más amplia con Londres. Para Argentina, cualquiera de esas alternativas constituiría una ruptura significativa respecto de la situación existente.

De la “relación especial” a una herramienta de presión

La dimensión más llamativa del conflicto actual es que las islas parecen haberse mezclado con una discusión que originalmente no tenía relación directa con Argentina. Trump está presionando a los socios europeos de la OTAN para incrementar sustancialmente el gasto militar y cuestionó especialmente a aquellos que, según su administración, no acompañaron a Estados Unidos durante la guerra con Irán. En ese contexto surgió la posibilidad de utilizar cuestiones territoriales sensibles como mecanismo de presión. Gran Bretaña sostiene que cumple un papel central dentro de la Alianza Atlántica, recuerda que es uno de sus mayores contribuyentes militares europeos y reivindica su arsenal nuclear como parte de la defensa colectiva.

La llegada de Andy Burnham a Downing Street agrega otra variable. El nuevo premier asumió el liderazgo británico después de la salida de Keir Starmer y está intentando reorganizar la posición internacional del Reino Unido en medio de las guerras de Ucrania e Irán, el debate sobre el gasto militar y una relación con Washington considerablemente más transaccional que la tradicional “special relationship”. En su declaración ante la Cámara de los Comunes del 1° de septiembre, Burnham reafirmó la continuidad del apoyo británico a Ucrania mientras planteaba una nueva etapa política doméstica. Apenas seis días después tuvo que hablar directamente con Trump bajo la sombra de una disputa territorial que toca uno de los símbolos más sensibles de la política británica contemporánea.

La conversación de este lunes muestra, sin embargo, que ninguno de los dos gobiernos quiere romper la relación. Burnham felicitó a Trump por los últimos datos económicos estadounidenses, ambos hablaron de crecimiento, coincidieron en continuar trabajando por un cese del fuego en Ucrania y compartieron objetivos generales respecto de Medio Oriente. El premier insistió en una solución de dos Estados para israelíes y palestinos, la reapertura de Ormuz y la necesidad de impedir una bomba nuclear iraní. El tono fue deliberadamente constructivo. La cuestión que había provocado una de las principales tensiones de la semana simplemente desapareció del texto público.

Ese silencio deja a Milei en una posición tan prometedora como incierta. El Presidente argentino consiguió algo que ningún gobierno reciente había logrado: que la Casa Blanca colocara públicamente bajo revisión su posición sobre Malvinas en un momento de tensión con Londres. Pero todavía no existe ningún cambio formal de política estadounidense. Trump puede terminar respaldando a Argentina, utilizar el asunto exclusivamente para presionar a Gran Bretaña o abandonar la amenaza si obtiene concesiones británicas en defensa, Irán u otras cuestiones estratégicas. Construir una política argentina exclusivamente alrededor de la relación personal entre Milei y Trump implicaría, por eso, un riesgo evidente.

También explica por qué la discusión trasciende la afinidad ideológica. Milei construyó una parte importante de su identidad política admirando a Margaret Thatcher y mantuvo inicialmente una aproximación mucho menos confrontativa hacia los isleños que varios de sus antecesores. Hoy, sin embargo, está endureciendo sanciones contra intereses económicos británicos y tratando de utilizar el enfrentamiento entre Trump y Londres como una oportunidad para la diplomacia argentina. La aparente contradicción muestra que los intereses nacionales pueden terminar pesando más que las referencias ideológicas personales.

Por ahora, el dato concreto sigue siendo limitado pero importante: Trump habló con Burnham y el gobierno británico no pudo anunciar después de la conversación ninguna reafirmación estadounidense sobre Malvinas. Tampoco Washington anunció que vaya a modificar su posición. La disputa quedó suspendida en una zona gris que hace apenas unas semanas no existía.

En una cuestión congelada durante más de cuatro décadas, esa incertidumbre ya constituye una modificación del escenario. Argentina todavía está muy lejos de obtener una negociación de soberanía y Gran Bretaña mantiene el control político, económico y militar de las islas. Pero por primera vez en mucho tiempo, uno de los pilares externos sobre los que Londres construyó su posición —la previsibilidad estratégica de Estados Unidos— dejó de parecer completamente garantizado. Y es precisamente esa grieta la que Milei intenta convertir ahora en una oportunidad diplomática.

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