
Rusia desata su mayor ataque aéreo y deja a Ucrania en alerta total
Alejandro Cabrera
Primero fue el zumbido. Luego, el cielo iluminado. Después, las explosiones. Ucrania vivió una noche que quedará en la memoria colectiva como una de las más violentas desde que comenzó la invasión. Rusia desató su capacidad de fuego con una ofensiva aérea masiva que buscó quebrar la resistencia y enviar un mensaje demoledor al mundo.
Lo que debía ser otra jornada más de desgaste militar se transformó en una operación quirúrgica de terror: misiles balísticos y drones Shahed sobrevolaron el país durante horas, con epicentro en Kiev y réplicas en ciudades clave del este y sur. Las alarmas no cesaron, ni tampoco la determinación de las defensas ucranianas.
Golpe de precisión y efecto político
El ataque tuvo una puesta en escena abrumadora: cientos de artefactos no tripulados lanzados desde territorio ruso y bielorruso en oleadas sucesivas. A pesar de los esfuerzos por interceptarlos, muchos lograron impactar en infraestructura civil y puntos neurálgicos.
La intensidad del bombardeo exhibió un salto cualitativo en la estrategia del Kremlin. No se trató solo de castigar militarmente, sino de agotar psicológicamente. Y en medio del caos, emergió la imagen de un Zelenski firme, exigiendo más que nunca a Occidente acciones concretas para frenar a Putin.
La ofensiva reconfigura el mapa de la guerra. La defensa aérea ucraniana, aunque fortalecida con sistemas occidentales, se vio desbordada. Las pérdidas humanas y materiales aún se contabilizan, pero el golpe político es inmediato: la guerra sigue, y no hay tregua a la vista.


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