
Netanyahu desafía a la ONU: niega la hambruna en Gaza y rechaza el reconocimiento de un Estado palestino
Alejandro Cabrera
Benjamín Netanyahu se presentó en la 80ª Asamblea General de Naciones Unidas con un tono desafiante y un auditorio semivacío. Varias delegaciones abandonaron la sala en señal de protesta por la ofensiva israelí en Gaza, mientras otras, como España, ni siquiera asistieron. Pese a la soledad diplomática, el primer ministro israelí negó que exista una hambruna en la Franja y aseguró que su país no cederá ante el reconocimiento internacional de un Estado palestino.
El líder israelí se apoyó en cifras para refutar las acusaciones de genocidio: dijo que Israel garantiza el ingreso de alimentos suficientes para cubrir “3.000 calorías por día” para cada palestino, y culpó a Hamás de apropiarse del 80% de la ayuda internacional. “¿Genocidio? Es lo contrario”, replicó, insistiendo en que la proporción de víctimas civiles es más baja que en otras guerras recientes.
Pero sus afirmaciones contrastan con los reportes de organismos humanitarios, que denuncian carencias masivas de comida, agua y medicamentos en Gaza, donde la población civil enfrenta un colapso sanitario sin precedentes. La divergencia entre el relato oficial israelí y los informes de agencias de la ONU se convirtió en uno de los puntos de mayor fricción durante la Asamblea.
Netanyahu también dedicó parte de su discurso a los 48 rehenes israelíes que siguen en Gaza, de los cuales se estima que solo una veintena continúa con vida. Dijo que el conflicto podría terminar de inmediato si Hamás los liberara, pero a la vez advirtió que Israel no se detendrá hasta “acabar el trabajo” contra la organización. Esta dualidad —apertura a negociar pero reafirmación de la ofensiva— reflejó la línea que su gobierno ha sostenido desde octubre pasado.
En cuanto al frente militar, aseguró que Israel enfrenta “siete frentes de guerra” simultáneos: Gaza, Hezbolá en el Líbano, Yemen, Siria, Irán, y otros actores regionales. Según él, todos han sido “contenidos” salvo el conflicto principal en la Franja, que sigue siendo el núcleo de la violencia y el epicentro del aislamiento diplomático que vive Israel.
La escenografía no pasó desapercibida. Mientras Netanyahu hablaba, los aplausos provenían casi exclusivamente de simpatizantes y delegaciones afines. Las butacas vacías en la Asamblea, sin embargo, enviaban una señal clara del desgaste de la imagen internacional de Israel. En paralelo, en las calles de Nueva York se organizaron manifestaciones que reclamaban un alto al fuego y denunciaban crímenes de guerra.
El rechazo de Netanyahu a un Estado palestino se reforzó con advertencias: afirmó que esa fórmula sería “un suicidio nacional” para Israel y equiparó la causa palestina con grupos terroristas globales. Esta postura lo coloca en un choque frontal con países europeos y latinoamericanos que, en las últimas semanas, han avanzado en su reconocimiento diplomático a Palestina.
La intervención de Netanyahu en la ONU ratifica la estrategia de resistencia total frente a las presiones internacionales. En un foro que históricamente busca consensos, el primer ministro eligió la confrontación directa, aun a riesgo de profundizar el aislamiento. Mientras tanto, Gaza sigue siendo escenario de una crisis humanitaria sin precedentes y la comunidad internacional enfrenta el dilema de cómo responder ante un conflicto que parece cada vez más lejos de resolverse.


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