
Chipre intenta frenar una invasión felina: hay más gatos que personas
Alejandra Larrea
En Chipre, una isla con menos de 1,2 millones de habitantes, viven más gatos que personas. Lo que alguna vez fue parte de su identidad cultural hoy se convirtió en una crisis ambiental y sanitaria. El gobierno anunció que triplicará el presupuesto estatal destinado a esterilizaciones, en un intento de contener una sobrepoblación que amenaza con desbordar los sistemas de salud pública, los refugios y el equilibrio urbano.
El programa nacional, hasta ahora dotado de 100.000 euros anuales, apenas alcanzaba para 2.000 operaciones al año, una cifra ínfima frente a una población felina estimada en más de un millón de animales. A partir de 2025, el fondo ascenderá a 300.000 euros, con el objetivo de cubrir al menos 6.000 esterilizaciones y ampliar la capacidad de respuesta en todas las regiones del país.
El Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente explicó que la medida responde a “una necesidad urgente de control poblacional”. En la práctica, esto significa multiplicar los operativos en zonas urbanas y rurales, contratar veterinarios adicionales y reforzar la cooperación con refugios y asociaciones de protección animal.
Chipre siempre fue conocida como “la isla de los gatos”. Según registros arqueológicos, estos animales fueron domesticados allí hace más de 9.000 años, cuando los primeros agricultores los criaban para proteger los cultivos de serpientes y roedores. Con el paso del tiempo, los gatos se integraron a la vida cotidiana chipriota, pero sin políticas de control ni depredadores naturales, la población creció de forma exponencial.
Las organizaciones locales de bienestar animal aplaudieron la decisión del gobierno, aunque advierten que el aumento del presupuesto no será suficiente sin una estrategia sostenida. “Necesitamos educación ciudadana, registro de mascotas y sanciones a quienes abandonan animales domésticos. No se trata solo de dinero, sino de responsabilidad social”, señaló Elena Andreou, presidenta de la Sociedad Veterinaria de Chipre.
En los últimos años, el exceso de gatos comenzó a tener consecuencias visibles. Colonias enteras ocupan parques, ruinas arqueológicas, mercados y zonas turísticas. En algunos distritos, la densidad estimada supera los 50 gatos por hectárea. Las autoridades también registraron aumentos en enfermedades virales felinas, contaminación por desechos y quejas de vecinos por olores, ruidos y ataques aislados a aves locales.
La pandemia de COVID-19 agravó la situación. Muchos chipriotas adoptaron gatos durante el confinamiento y luego los abandonaron, lo que disparó el crecimiento de colonias ferales. Los refugios, desbordados, dejaron de recibir nuevos animales, y los veterinarios advirtieron que el ritmo de reproducción —una gata puede tener hasta tres camadas por año— hace imposible revertir la tendencia sin una intervención masiva.
El plan gubernamental contempla incentivos económicos a municipios y clínicas veterinarias para acelerar las cirugías, y campañas de concientización sobre adopción responsable y salud animal. En paralelo, se trabaja en una base nacional de registro para controlar las poblaciones urbanas y fomentar la cooperación entre el Estado y las ONG.
El ministro de Agricultura, Petros Xenophontos, declaró que el objetivo “no es eliminar a los gatos, sino restaurar el equilibrio ecológico y garantizar la salud pública”. La frase sintetiza la paradoja chipriota: un país donde los felinos son símbolo histórico y atractivo turístico, pero al mismo tiempo un problema ambiental urgente.
El desafío será sostener la política más allá del impacto inicial. Expertos advierten que, si no se mantiene el programa durante al menos cinco años consecutivos, la población felina podría duplicarse antes de 2030, anulando cualquier esfuerzo anterior.
Mientras tanto, los gatos siguen siendo parte inseparable de la vida chipriota: descansan en templos bizantinos, se asoman en los cafés y forman parte de la postal que miles de turistas fotografían cada año. Pero tras la imagen idílica se esconde un desafío real que combina cultura, salud y política pública. Chipre busca ahora domar su herencia más antigua sin perder lo que la define.


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