Rothbard contra Acemoglu: ¿Son tan malos los impuestos?

El debate sobre los impuestos vuelve al centro de la escena en medio de discursos grandilocuentes y datos incompletos. Entre el ideario libertario, la necesidad de inversión privada y el rol del Estado, la Argentina enfrenta el desafío de reconstruir reglas estables sin caer en simplificaciones que empobrecen la discusión.
Opinión30 de noviembre de 2025Alejandro CabreraAlejandro Cabrera
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Taxes

¿Son los impuestos tan malos? En 1973, Murray Rothbard escribió Hacia una nueva libertad, conocido como el “Manifiesto Libertario”. Uno de los conceptos centrales que el presidente argentino tomó de ese texto es que los impuestos son equivalentes al robo. En incontables entrevistas lo hemos escuchado plantear el ejemplo: “¿Está usted a favor del robo?”.
También repetimos, casi como un mantra, que en Argentina “no se permite trabajar” porque la presión impositiva es una locura. Si bien es cierto que Argentina está dentro del top 3 de países con mayor presión sobre el costo laboral, no se encuentra entre las principales naciones con mayor carga sobre personas físicas ni sobre sociedades. Por otro lado, tiene tributos similares a los países vecinos pero, aun así, muchísimos más pobres, peores empleos y, sobre todo, un margen de imprevisibilidad enorme, que es lo que nos arrastra a la situación actual.

Llegar a este punto no fue cuestión de dos años, pero tampoco se corrige en ese mismo plazo. Y es difícil pensar que el camino elegido por el Gobierno —al menos en su discurso— vaya a resolverlo: en muchos aspectos, la práctica tampoco acompaña lo que se declama.

Recordemos que Milei aseguró que “el ajuste lo iba a pagar la política y no la gente”, pero luego agradeció “el esfuerzo que están haciendo todos los argentinos”. Probablemente ahora se argumente que, con la reforma laboral, “las cosas van a cambiar”. Ojalá así sea. Pero incluso en ese escenario, una reforma laboral solo puede corregir algunas distorsiones enquistadas a lo largo de los años: de ninguna manera va a borrar la matriz impositiva.
De hecho, su objetivo es formalizar más empleos, lo que implica que más trabajadores —y, por ende, más empresas— paguen impuestos para financiar las obligaciones básicas del Estado: deuda, jubilaciones, educación, salud y seguridad.

Daron Acemoglu —premio Nobel 2024, profesor del MIT en Massachusetts— escribió en 2019 un artículo donde explica que los buenos empleos surgen de la forma en que el Estado negocia con las empresas para que utilicen la tecnología de su época no solo para maximizar ganancias, sino para mejorar la productividad. Esto deriva en mejores salarios y, a su vez, una mayor demanda de empleo.

A cambio, el Estado debe garantizar empleados calificados, educación de excelencia y seguridad jurídica para que las empresas puedan desarrollarse. Sobre todo, plantea que la prosperidad no viene de redistribuir riqueza mediante seguros de desempleo (planes sociales), sino de invertir directamente en educación, investigación y desarrollo tecnológico.

Es importante destacar que la reducción en los números de pobreza que exhibe el Gobierno argentino se explica, en gran parte, por la política de redistribución sostenida a través de la Tarjeta Alimentar y la AUH.

Acemoglu también subraya que, para lograr ese círculo virtuoso, es indispensable una buena política impositiva: no como castigo a los ricos, sino como un mecanismo que ya funcionó exitosamente en el mundo de la posguerra y permitió que países devastados —Japón, Alemania, Italia, Francia— se transformaran en líderes globales. Ni hablar de las naciones nórdicas.

Es difícil aplicar este modelo en nuestra región —y en este tiempo— sin moderar los discursos. Si seguimos planteando todo de manera grandilocuente o dramática, no hay espacio para la discusión seria. Probablemente Acemoglu sea tildado de “socialista”, “progre” o incluso “comunista”. Nada más alejado de la realidad. Recordemos que es un Nobel, título que Milei reclamó para sí en 2024, y que Trump —el faro moral del presidente argentino en 2025— también buscó y perdió frente a María Corina Machado.

Es necesario entender que ningún país funciona sin inversión privada, pero tampoco sin impuestos.
Que todos los países con instituciones débiles están destinados al fracaso.
Y que la realidad es cada vez más dinámica y cambiante: sería interesante abandonar el dramatismo y apostar a un tono más prudente. En lugar de proclamarse como “el mejor gobierno de la historia”, bastaría con decir: “vamos bien, falta mucho”.

Sobre la pregunta inicial —si los impuestos son malos— podemos concluir que, al menos, son un mal necesario, y en el mejor de los casos pueden considerarse una inversión.

El propio Gobierno reclama impuestos impagos mediante blanqueos o denuncias. La acusación a Sur Financiera —más allá de la disputa con Tapia por la AFA— incluye evasión del impuesto al cheque.
Quizás ha llegado el momento de leer libros nuevos y probados. Podemos elegir entre uno de los diez economistas más citados del mundo, o quedarnos con un autor influyente pero marginal, que escribió a principios de los 70 en plena crisis del capitalismo y en un clima de agitación política global.

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