
Fantino, el RIGI y la reactivación que siempre llega mañana
Alejandro CabreraAlejandro Fantino contó que había conversado con una persona del Gobierno que le anticipó una sucesión de buenas noticias: un riesgo país de 400 puntos, “la guita por los RIGI”, otra cosecha récord y un próximo anuncio extraordinario de YPF.
De esa conversación concluyó que lo que está sucediendo en la Argentina “es muy bueno”.
El problema no está en desear que esas noticias se concreten. Tampoco en reconocer que algunos indicadores financieros mejoraron. El problema aparece cuando se mezclan un dato actual, proyectos que se ejecutarán durante varios años, pronósticos condicionados por el clima y anuncios que todavía ni siquiera fueron presentados.
No son lo mismo.
El riesgo país es un precio financiero. La aprobación de un RIGI es una autorización administrativa. La inversión comprometida es un cronograma futuro. El ingreso de divisas es un movimiento registrado en la balanza de pagos. Y una proyección agrícola es apenas eso: una estimación que puede cambiar con algunas semanas de sequía, inundaciones o temperaturas extremas.
Convertir todo eso en una única frase optimista puede resultar efectivo para un programa de televisión, pero no describe con precisión el estado de la economía.
El riesgo país bajó, pero no mide la economía cotidiana
La parte más sólida del argumento de Fantino es la referida al riesgo país. Al 16 de julio de 2026, el indicador argentino se movía aproximadamente entre los 407 y los 409 puntos básicos.
Es una mejora financiera importante. Implica que el mercado percibe un riesgo menor de incumplimiento y que el Estado argentino podría, eventualmente, financiarse pagando una sobretasa más baja. Un riesgo país de 400 puntos significa, en términos simplificados, que la Argentina debe pagar alrededor de cuatro puntos porcentuales por encima de la tasa de los bonos del Tesoro estadounidense.
No tiene sentido negar esa mejora.
Pero tampoco corresponde presentar el riesgo país como sinónimo de reactivación económica. El índice refleja principalmente el precio de los bonos soberanos. No mide los salarios reales, las ventas de los comercios, la producción de una fábrica, la cantidad de puestos de trabajo ni la capacidad de una familia para llegar a fin de mes.
Puede bajar el riesgo país mientras cae la industria. Puede subir la cotización de los bonos mientras se reduce el consumo. También puede mejorar la confianza financiera sin que las pequeñas y medianas empresas accedan inmediatamente a un crédito más barato.
Es una condición que puede ayudar a una recuperación, pero no es la recuperación.
La verdad sobre los números del RIGI
El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones ofrece estabilidad tributaria, aduanera y cambiaria durante 30 años a proyectos de gran escala. El monto mínimo general comienza en los 200 millones de dólares y comprende sectores como minería, petróleo y gas, energía, infraestructura, siderurgia, tecnología, turismo y actividad forestal.
Según la información oficial publicada en junio de 2026, fueron aprobados 16 proyectos por un monto total declarado de 29.892 millones de dólares. Además, otros 25 proyectos, por 111.037 millones, permanecían bajo evaluación.
Así aparece la cifra impactante: más de 140.000 millones de dólares vinculados al RIGI.
Pero sumar proyectos aprobados y solicitudes en evaluación para afirmar que esa “guita” está llegando a la Argentina es incorrecto. Los 111.037 millones bajo análisis ni siquiera corresponden a inversiones autorizadas. Son propuestas presentadas por empresas que todavía deben superar la evaluación técnica y administrativa.
Incluso los 29.892 millones correspondientes a proyectos aprobados representan el valor total planificado para toda la vida de las iniciativas. No significan que las compañías hayan depositado esa suma en la Argentina durante 2026.
La propia reglamentación exige que cada empresa presente las etapas del proyecto, el cronograma de desembolsos, el origen del financiamiento y la proporción que provendrá de fuentes locales o extranjeras. También debe informar si el financiamiento externo será ingresado o no mediante el mercado de cambios.
Es decir: el diseño del régimen reconoce que la inversión se ejecuta por etapas, puede financiarse parcialmente dentro del país y no necesariamente supone que todo el monto anunciado ingresará inmediatamente como divisas líquidas.
Un proyecto petrolero de 5.000 millones de dólares puede extenderse durante seis, ocho o diez años. Puede incluir maquinaria importada, financiamiento de proveedores, utilidades reinvertidas, créditos entre empresas relacionadas y obras realizadas progresivamente.
Por eso, decir que se aprobó una inversión de 5.000 millones no equivale a decir que entraron 5.000 millones de dólares al Banco Central.
¿Cuánto dinero entró realmente desde el exterior?
La medición más cercana para conocer el movimiento efectivo del capital extranjero es la balanza de pagos del Indec.
Durante el primer trimestre de 2026, el aumento de los pasivos externos por inversión directa fue de 1.794 millones de dólares. Al descontar las inversiones directas realizadas por residentes argentinos en el exterior, el ingreso neto fue de 1.291 millones.
Ese es el orden de magnitud registrado por las cuentas externas durante los primeros tres meses del año: menos de 1.800 millones de dólares brutos por inversión directa, no los 29.892 millones correspondientes al valor total de los proyectos aprobados bajo el RIGI.
Ni siquiera sería correcto atribuir los 1.794 millones enteramente al régimen. La estadística comprende toda la inversión extranjera directa recibida por el país, haya ingresado o no a través de proyectos adheridos al RIGI.
Además, la inversión directa no se limita a dinero fresco transferido desde una cuenta extranjera. Puede incluir aportes de capital, reinversión de utilidades y operaciones de deuda entre una empresa y su casa matriz.
La comparación sirve para entender la diferencia entre anuncio y ejecución. El ingreso bruto de inversión directa registrado en el primer trimestre equivale aproximadamente al 6% del monto total de los proyectos aprobados, aunque no puede presentarse como un porcentaje de avance del RIGI porque incluye inversiones de toda la economía.
La volatilidad también obliga a ser prudentes. En el cuarto trimestre de 2025, la inversión extranjera directa registró un flujo neto negativo de 4.687 millones de dólares. Hubo aportes de capital por 1.111 millones, pero fueron superados por cancelaciones de deudas entre empresas relacionadas.
Esto no demuestra que el RIGI haya fracasado. Muchos proyectos importantes están en sus primeras etapas y necesitan años para desarrollarse. Demuestra algo más sencillo: todavía no existe evidencia de que las decenas de miles de millones anunciadas hayan ingresado efectivamente al país.
El RIGI debe evaluarse por la inversión ejecutada, los dólares ingresados, las obras terminadas, los proveedores contratados, los empleos creados y las exportaciones adicionales. No por la suma nominal de las carpetas presentadas.
La reactivación y un arco que se sigue desplazando
En agosto de 2024, Luis Caputo sostuvo que la economía había tocado fondo entre abril y mayo y que ya había comenzado a recuperarse. En diciembre del mismo año, Javier Milei afirmó que la actividad se recuperaba desde abril.
Dos años después, el informe de estabilidad financiera publicado por el Banco Central en julio de 2026 señaló que la inversión había continuado cayendo y que “comenzaría a recuperarse” durante lo que quedaba del año.
El tiempo verbal resulta significativo: una recuperación que ya había comenzado en abril de 2024 todavía necesita que la inversión empiece a recuperarse en la segunda mitad de 2026.
Esto no significa que toda la economía esté en recesión ni que no haya existido un rebote. El producto bruto creció durante el primer trimestre de 2026 y algunos sectores alcanzaron niveles elevados.
El problema es la composición.
En abril, el Estimador Mensual de Actividad Económica creció 1,6% en comparación con el mismo mes de 2025, pero cayó 1,5% frente a marzo en la medición desestacionalizada.
La agricultura creció 10,9% y la minería 17,1%. Entre ambas aportaron 1,8 puntos porcentuales al resultado general, que fue de apenas 1,6%. Eso significa que el resto de las actividades, consideradas en conjunto, realizó una contribución negativa.
La industria manufacturera cayó 2,9%, el comercio retrocedió 3,2% y ocho de los quince sectores relevados tuvieron variaciones interanuales negativas. En mayo, la producción industrial volvió a caer 5,7% frente al año anterior.
Hay crecimiento, pero está concentrado. Hay sectores exportadores dinámicos, pero todavía no una recuperación homogénea que alcance con igual intensidad a la industria, el comercio, la construcción, las pequeñas empresas y el consumo.
Cada vez que esa recuperación amplia no aparece, la fecha se desplaza. Primero llegaría durante la segunda mitad de 2024. Después sería visible en 2025. Más tarde dependería de las inversiones del RIGI. Ahora vuelve a proyectarse para lo que resta de 2026.
El arco siempre está unos meses más adelante.
Una buena cosecha no la hace un presidente
La cosecha 2025-2026 fue extraordinaria. La estimación oficial alcanzó los 163,2 millones de toneladas de granos, un crecimiento superior al 21% frente a la campaña anterior.
Pero el propio Gobierno explicó que el resultado se produjo por la combinación de condiciones climáticas e hídricas muy favorables, incorporación tecnológica y capacidad de gestión de los productores.
El Estado puede influir sobre la rentabilidad del campo. Puede reducir o aumentar retenciones, mejorar caminos y puertos, facilitar el crédito, modificar el tipo de cambio, abrir mercados o alterar el costo de los insumos.
Lo que no puede hacer es fabricar lluvias.
Cuando una campaña tiene humedad suficiente, temperaturas adecuadas y precipitaciones distribuidas en los momentos críticos, el rendimiento por hectárea aumenta. Cuando llega una sequía prolongada o una ola de calor durante la floración, la producción puede derrumbarse aunque las políticas sean las mismas.
La lluvia no es una medida económica. Tampoco una sequía puede atribuirse a la oposición.
Por eso es prematuro asegurar que la próxima cosecha será “tan récord” como la anterior. La Bolsa de Comercio de Rosario proyectó para el trigo de la campaña 2026-2027 una producción de 20,5 millones de toneladas, pero aclaró que esa estimación depende de que se mantenga un clima normal. También informó que el área sembrada sería la segunda mayor de los últimos 17 años, no un récord histórico.
Todavía faltan meses de desarrollo de los cultivos. Una proyección no puede contabilizarse como producción realizada y mucho menos como mérito político.
También corresponde reconocer el trabajo de los productores. Una cosecha récord no es solamente suerte: requiere inversión, tecnología, semillas, fertilización, planificación y riesgo empresarial. Pero, entre una campaña excelente y una desastrosa, el clima suele ser el factor decisivo.
El futuro presentado como si ya hubiera ocurrido
Lo mismo sucede con YPF. Un anuncio puede anticipar una inversión importante, pero no es producción actual ni dinero ya ingresado.
Los grandes proyectos energéticos requieren obras, permisos, perforaciones, plantas de procesamiento, oleoductos, contratos de exportación y varios años de ejecución. Por ejemplo, el proyecto presentado por YPF para desarrollar petróleo no convencional contempla inversiones y producción que se extenderían hasta 2032.
Presentarlo hoy como una prueba de que la reactivación ya llegó vuelve a confundir expectativas con resultados.
Nada de esto implica que bajar el riesgo país sea malo, que Vaca Muerta no tenga un enorme potencial o que el RIGI no pueda generar inversiones relevantes. Significa que el periodismo debería diferenciar una posibilidad de un hecho consumado.
Un riesgo país menor es una buena señal financiera.
Un proyecto aprobado es una inversión potencial.
Un desembolso ejecutado es inversión real.
Un dólar liquidado es una divisa que efectivamente ingresó.
Una cosecha estimada es un pronóstico sujeto al clima.
Y un anuncio de YPF es un anuncio hasta que las obras, la producción y las exportaciones se materialicen.
El optimismo puede ser legítimo. Lo que no debería ser legítimo es contabilizar como presente todo lo que tal vez suceda en el futuro.
La economía estará verdaderamente reactivada cuando el crecimiento no dependa casi exclusivamente del agro, la minería y los mercados financieros; cuando aumenten de manera sostenida la inversión ejecutada, la industria, el empleo, el poder adquisitivo y el consumo.
Cuando eso ocurra, no será necesario que un funcionario se lo adelante en privado a un conductor de televisión. Se verá en los números y, sobre todo, en la vida cotidiana.


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