Los ultranacionalistas rusos que combaten a Putin: la oposición que no viene del liberalismo, sino de la extrema derecha armada

La guerra en Ucrania abrió una grieta inesperada dentro del nacionalismo ruso. Un sector radical, armado y profundamente anti-Putin acusa al Kremlin de haber traicionado a la nación rusa, de sostener un imperio corrupto y de llevar al país hacia el aislamiento. El caso más visible es el Cuerpo de Voluntarios Rusos, una organización paramilitar que lucha junto a Ucrania y que ahora intenta presentarse como una alternativa política para una eventual Rusia posputinista.
 
Mundo09 de mayo de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La oposición rusa no es una sola cosa. Desde Occidente suele imaginarse como un bloque liberal, democrático, urbano, europeísta y enfrentado al autoritarismo de Vladimir Putin desde una sensibilidad progresista o republicana. Esa oposición existe, fue perseguida, encarcelada, exiliada o neutralizada, y tuvo figuras centrales como Alexéi Navalni. Pero la guerra en Ucrania dejó al descubierto otra forma de oposición mucho más incómoda: una oposición ultranacionalista, armada, radicalizada y ubicada a la derecha del propio Putin.

Ese sector no cuestiona al Kremlin por ser demasiado autoritario, sino por no ser suficientemente nacional. No acusa a Putin de haber atacado a Ucrania por imperialista en un sentido liberal clásico, sino por haber construido un sistema imperial, corrupto, burocrático y antinacional que, según ellos, destruye al pueblo ruso desde adentro. Es una crítica que nace del nacionalismo extremo, no del pluralismo democrático.

El caso más visible es el Cuerpo de Voluntarios Rusos, conocido por sus siglas en ruso como RDK. Fue fundado en agosto de 2022 por Denis Kapustín, también conocido como Denis Nikitin, un militante neonazi ruso que durante años se movió en ambientes de extrema derecha europea, grupos hooligans, redes de combate callejero y círculos ultranacionalistas. Desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania, esta organización decidió combatir del lado ucraniano con un objetivo declarado: derribar el régimen de Putin por la fuerza.

El dato es políticamente explosivo porque rompe una idea simplificada sobre Rusia. Putin suele presentarse como el gran referente de la derecha autoritaria global, el defensor de la tradición, la familia, la nación, la civilización cristiana y la resistencia frente al liberalismo occidental. Pero desde la extrema derecha rusa armada hay sectores que lo consideran un farsante, un heredero del sovietismo, un burócrata imperial y un dirigente que no representa a la nación rusa, sino a una élite estatal enquistada en el poder.

Quiénes son y por qué luchan junto a Ucrania

El Cuerpo de Voluntarios Rusos nació en el contexto de la guerra y se consolidó como una organización político-militar integrada por ciudadanos rusos que combaten contra el Ejército de Moscú desde el lado ucraniano. Sus integrantes participaron en incursiones sobre territorio ruso, especialmente en las regiones de Briansk, Bélgorod y Kursk, zonas fronterizas que se transformaron en escenarios de ataques, sabotajes y operaciones de propaganda armada desde 2023.

La organización afirma que su lucha no es contra Rusia como nación, sino contra el régimen de Putin. Esa distinción es central para entender su narrativa. Para ellos, Putin no sería el defensor de Rusia, sino el usurpador de Rusia. No sería el hombre que devolvió grandeza nacional después del colapso soviético, sino el jefe de un sistema que mantuvo vivo el reflejo imperial, destruyó libertades internas, monopolizó la riqueza, subordinó la sociedad a una burocracia represiva y llevó al país a una guerra que lo convirtió en paria internacional.

Su adhesión a Ucrania no nace de una afinidad liberal ni de una conversión democrática plena. Nace de una lectura táctica e ideológica: Ucrania es vista como el puesto avanzado de una lucha contra el imperio ruso putinista. En esa visión, derrotar a Putin en Ucrania sería el primer paso para abrir una transición violenta o revolucionaria dentro de Rusia.

El problema es que esa oposición no ofrece necesariamente una alternativa democrática en el sentido occidental. Su doctrina combina nacionalismo étnico ruso, culto a la tradición, rechazo al sovietismo, reivindicación de la resistencia armada, discurso antiimperial contra el Kremlin y una idea de nación que se acerca peligrosamente a conceptos de extrema derecha. Por eso resulta tan incómoda: combate a Putin, pero no desde valores liberales, sino desde una radicalidad nacionalista que puede ser igual o más autoritaria.

La doctrina del Cuerpo de Voluntarios Rusos

El grupo dio a conocer una doctrina ideológica y un programa político en el que intenta dejar de aparecer solo como una banda de combatientes marginales y presentarse como una fuerza con ambición de poder. Esa doctrina parte de una premisa: el régimen actual de la Federación Rusa sería “antinacional” y debería ser liquidado para permitir la construcción de un nuevo orden político.

El texto acusa al Kremlin de destruir la identidad rusa, de sustituirla por una identidad cívica artificial, de resovietizar la vida pública y de borrar las identidades nacionales reales dentro del territorio ruso. Esa crítica apunta contra uno de los rasgos centrales del putinismo: la idea de una Federación Rusa como continuidad histórica del imperio zarista y de la Unión Soviética, con una identidad estatal amplia que integra distintos pueblos bajo una estructura centralizada.

Para los ultranacionalistas del RDK, esa identidad estatal no protege al pueblo ruso, sino que lo diluye. Ellos distinguen entre lo “ruso” como identidad étnica y cultural, y lo “ruso” como identidad estatal de la Federación. Esa diferencia, que puede sonar técnica, es ideológicamente decisiva: les permite acusar a Putin de defender un imperio multinacional antes que una nación rusa propiamente dicha.

También denuncian la usurpación de las instituciones políticas. Afirman que la pseudoélite rusa se apoderó de todos los órganos del poder, aplastó la autonomía local, destruyó la soberanía de las regiones y prohibió cualquier actividad política real. En ese punto, su crítica se acerca a la de otros opositores: Rusia sería una autocracia cerrada donde las elecciones no permiten alternancia y donde el poder está capturado por una élite.

Pero luego el discurso se desplaza hacia una zona mucho más dura. El RDK habla de sustitución de poblaciones indígenas, migración fuera de control, actividad de diásporas, grupos criminales de base étnica y extinción del pueblo ruso. Ahí aparece con claridad el componente ultranacionalista y xenófobo de la doctrina. No es una crítica liberal al autoritarismo. Es una crítica identitaria, étnica y civilizatoria.

Putin, acusado de imperialista por nacionalistas rusos

Uno de los puntos más interesantes es que estos grupos acusan a Putin de imperialista. Pero no lo hacen desde la defensa abstracta del derecho internacional, sino desde la idea de que el imperio destruye a la nación. Para ellos, el problema del Kremlin no es solo que invadió Ucrania, sino que sigue pensando Rusia como un imperio y no como un Estado-nación.

Esa diferencia abre una grieta dentro del nacionalismo ruso. El putinismo reivindica una Rusia grande, imperial, heredera de la victoria soviética, con derecho a influir sobre su “extranjero cercano” y a corregir por la fuerza lo que considera errores históricos. El ultranacionalismo armado anti-Putin, en cambio, sostiene que esa lógica imperial consume al pueblo ruso, lo envía a morir en guerras mal planteadas, lo aísla del mundo y lo convierte en instrumento de una élite corrupta.

Desde esa visión, Ucrania no sería simplemente un enemigo. Sería el lugar donde se puede quebrar al régimen ruso. Esa es la razón por la que el Cuerpo de Voluntarios Rusos actúa militarmente junto a Kiev. Su objetivo no es solamente defender a Ucrania, sino usar la guerra como escenario para iniciar una transformación política violenta dentro de Rusia.

El punto es delicado para Ucrania y para Occidente. Estos grupos son útiles militar y simbólicamente porque muestran que hay rusos dispuestos a combatir contra Putin. Pero al mismo tiempo son una compañía incómoda por sus antecedentes neonazis, sus ideas extremistas y su escasa compatibilidad con un proyecto democrático amplio. Ucrania puede presentarlos como prueba de que el enemigo no es el pueblo ruso en su totalidad, pero debe convivir con el costo reputacional de tener en su campo a organizaciones de extrema derecha.

La resistencia armada como método

La doctrina del RDK rechaza la idea de que el régimen ruso pueda reformarse por elecciones o negociación. Para ellos, el sistema de Putin solo puede caer por una combinación de resistencia armada, sabotaje, propaganda, movilización política y guerra. Esa idea es fundamental: no buscan ser un partido opositor dentro del sistema, sino un núcleo militar de una futura élite nacional.

En su lenguaje, la guerra no es solo un conflicto externo, sino un mecanismo de selección política. Los combatientes serían quienes demuestran en el campo de batalla la voluntad y la capacidad para gobernar después. La guerra, entonces, se convierte en una escuela de poder. Esa lógica tiene antecedentes peligrosos en la historia europea: movimientos armados que consideran que la violencia purifica, selecciona líderes y crea legitimidad.

El RDK habla de “resistencia total”. Esa fórmula implica que todo puede ser campo de batalla: las armas, la propaganda, el sabotaje, la movilización social, la infiltración territorial, la guerra psicológica y la construcción doctrinaria. No se trata solo de combatir en el frente ucraniano, sino de preparar una eventual crisis interna rusa.

Su apuesta depende de un escenario extremo: que Rusia entre en una fase de descomposición política, militar o económica. Si el régimen de Putin se mantiene fuerte y consolidado, estos grupos seguirán siendo marginales, perseguidos y dependientes del apoyo exterior. Si, en cambio, el Estado ruso entra en crisis por una derrota militar, una sucesión caótica o una fractura interna, los grupos armados podrían intentar ocupar un lugar mayor.

La paradoja: se parecen más a Putin de lo que admiten

Aunque el RDK se define como enemigo del putinismo, su doctrina comparte con el Kremlin varios elementos de lenguaje. Ambos hablan de tradición, valores, familia, memoria histórica, civilización, sacrificio, destino nacional y decadencia. Ambos desconfían del liberalismo abstracto. Ambos colocan la identidad por encima del pluralismo. Ambos utilizan categorías amplias y emocionalmente fuertes, pero muchas veces imprecisas.

La diferencia está en el sujeto político. Putin habla en nombre de una Rusia estatal, imperial y centralizada. El RDK habla en nombre de una nación rusa étnica, europea y supuestamente secuestrada por el Estado. Pero la estructura retórica tiene puntos de contacto: una idea de pueblo auténtico, una élite traidora, una misión histórica, una decadencia que debe revertirse y una violencia que aparece como camino de regeneración.

Eso vuelve el fenómeno más peligroso. No se trata de una oposición democrática que quiere reemplazar una autocracia por instituciones abiertas. Se trata de una oposición armada que quiere reemplazar un imperio autoritario por un nacionalismo radical. Puede combatir a Putin, pero no necesariamente producir una Rusia más libre.

La historiadora Marina Simakova plantea una idea clave: tanto el putinismo como la doctrina del Cuerpo de Voluntarios Rusos funcionan muchas veces con “vacíos semánticos”. Es decir, usan grandes palabras —tradición, nación, justicia, libertad, civilización— sin definirlas con precisión. Esa vaguedad permite sumar apoyos diversos y proyectar sobre esas palabras sentidos distintos. Pero también permite justificar decisiones políticas extremas sin una arquitectura doctrinaria clara.

Una amenaza real, pero limitada

El Cuerpo de Voluntarios Rusos no es hoy una fuerza capaz de derribar por sí sola al Kremlin. Es una organización aislada, pequeña en comparación con el aparato militar ruso y mucho menos poderosa que otros movimientos ultranacionalistas que sí orbitan cerca del poder o cuentan con tolerancia institucional. Su capacidad militar existe, pero es limitada. Su valor principal es simbólico, propagandístico y potencialmente disruptivo en zonas fronterizas.

Sin embargo, su importancia no debe subestimarse. En escenarios de guerra prolongada, los grupos pequeños pueden ganar peso si el Estado central se debilita. La historia rusa está llena de momentos en los que minorías organizadas, armadas y doctrinariamente intensas aprovecharon crisis mayores para disputar poder. No hace falta que hoy sean mayoría. Alcanza con que estén entrenados, armados, motivados y ubicados en el lugar correcto si el sistema entra en fractura.

El Kremlin lo sabe. Por eso la represión contra nacionalistas disidentes no empezó con la guerra de Ucrania. Desde los años noventa, el Estado ruso osciló entre tolerar, absorber, manipular o aplastar a grupos nacionalistas según su utilidad. Putin usó el nacionalismo como combustible del régimen, pero intentó mantenerlo bajo control estatal. El problema es que una guerra larga libera energías que no siempre obedecen al centro.

El caso de Yevgueni Prigozhin y el Grupo Wagner ya mostró el riesgo de crear actores armados con discurso patriótico y autonomía operativa. Aunque el RDK está del lado contrario, el principio es parecido: la guerra produce hombres armados, redes de lealtad, liderazgos violentos y discursos de traición. Si el régimen se debilita, esos actores pueden volverse mucho más relevantes.

Qué significa para la Rusia posputinista

El fenómeno obliga a pensar la Rusia posterior a Putin de una manera menos ingenua. Muchas veces se imagina que el fin del putinismo abriría automáticamente una transición democrática, liberal y prooccidental. Pero la realidad podría ser mucho más compleja. En un escenario de crisis, podrían competir liberales exiliados, tecnócratas del sistema, servicios de seguridad, gobernadores regionales, oligarcas, militares, grupos nacionalistas pro-Kremlin y organizaciones armadas anti-Putin.

El Cuerpo de Voluntarios Rusos intenta posicionarse desde ahora para esa posibilidad. Su doctrina no es solo propaganda. Es una carta de presentación. Busca decir: no somos únicamente combatientes, tenemos programa, tenemos visión, tenemos cuadros armados y queremos participar en el futuro político de Rusia.

Ese futuro, desde su mirada, no sería una Rusia imperial, sino una Rusia nacional. Pero esa palabra puede esconder un proyecto excluyente, autoritario y étnicamente definido. Su oposición a Putin no los convierte automáticamente en aliados democráticos. Los convierte en enemigos del Kremlin desde otra forma de radicalidad.

Para Ucrania, el dilema es táctico. Mientras Rusia siga invadiendo su territorio, cualquier fractura dentro del enemigo puede ser útil. Pero para Europa, el fenómeno exige prudencia. No toda fuerza anti-Putin es liberal. No todo enemigo del Kremlin es democrático. No toda oposición armada conduce a una paz más estable.

La guerra que Putin también tiene dentro de Rusia

La guerra en Ucrania no solo enfrenta a Rusia con Kiev y con Occidente. También abrió una disputa por el significado de la nación rusa. Putin dice defender a Rusia contra la OTAN, contra el liberalismo decadente y contra el supuesto nazismo ucraniano. Pero desde la ultraderecha armada rusa le responden que él mismo destruyó a Rusia, la convirtió en imperio burocrático, la aisló del mundo y la entregó a una élite corrupta.

Esa pelea no es mayoritaria, pero es reveladora. Muestra que el putinismo no monopoliza todas las formas de nacionalismo ruso. Hay nacionalistas que lo apoyan, nacionalistas que lo critican por blando, nacionalistas que lo acusan de traidor y nacionalistas que directamente combaten contra él con armas ucranianas.

La paradoja es profunda: Putin alimentó durante años un discurso de grandeza nacional, memoria histórica, guerra civilizatoria y defensa de valores tradicionales. Ahora una parte de ese mismo universo ideológico se le vuelve en contra. No desde la democracia liberal, sino desde un nacionalismo que considera que el Kremlin secuestró la nación.

La existencia del Cuerpo de Voluntarios Rusos no significa que Putin esté al borde de caer. Pero sí muestra que la guerra creó monstruos políticos nuevos, actores armados que pueden tener un papel en una futura crisis rusa. Si el régimen se mantiene firme, seguirán siendo marginales. Si el régimen se quiebra, podrían convertirse en una pieza inquietante del posputinismo.

La oposición rusa, entonces, no es solo Navalni, los exiliados, los periodistas censurados o los liberales perseguidos.

También hay una oposición con fusiles, símbolos ultranacionalistas y una idea de Rusia que no promete necesariamente más libertad, sino otra forma de poder.

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