
Milei deja afuera a Villarruel del Tedeum y expone otra fractura en la cima del Gobierno
Alejandro CabreraLa ausencia de Victoria Villarruel en el Tedeum del 25 de Mayo no puede leerse como un simple problema de agenda, de protocolo o de organización ceremonial. En un gobierno donde cada gesto es leído como señal de alineamiento, castigo o distancia, la decisión de no invitar a la vicepresidenta al acto religioso más tradicional de la fecha patria funciona como una postal política de la ruptura que atraviesa a la cima del oficialismo. La Casa Rosada buscó evitar que Javier Milei compartiera una imagen institucional con quien fue su compañera de fórmula, pero terminó confirmando algo más profundo: la convivencia entre el Presidente y la titular del Senado está prácticamente quebrada.
La ceremonia en la Catedral Metropolitana estaba prevista para este lunes 25 de mayo a las 10, con la presencia de Milei y buena parte del Gabinete nacional. En la previa, el Gobierno intentó mostrar orden y centralidad presidencial en una semana atravesada por internas, disputas públicas y cuestionamientos hacia distintos funcionarios. Sin embargo, la exclusión de Villarruel terminó ocupando el centro de la escena porque convirtió al Tedeum en algo más que una ceremonia religiosa: lo transformó en un nuevo capítulo de la pelea por el poder dentro de La Libertad Avanza.
Una foto que el Gobierno decidió no correr el riesgo de tomar
El argumento político detrás de la decisión es sencillo: el Gobierno no quería una foto incómoda. Milei y Villarruel ya no funcionan como una fórmula presidencial cohesionada, sino como dos polos de una relación deteriorada por diferencias políticas, recelos personales y disputas de poder. La vicepresidenta conserva un nivel de visibilidad institucional propio, preside el Senado, habla a sectores del electorado que no siempre se sienten representados por el círculo más cerrado del Presidente y mantiene una agenda que muchas veces incomoda a la Casa Rosada.
El problema para Milei es que una foto con Villarruel en la Catedral habría tenido un valor simbólico difícil de controlar. Si ambos aparecían distantes, el gesto confirmaba la interna. Si aparecían juntos, podía interpretarse como una tregua no deseada por el entorno presidencial. Si había frialdad, se hablaba de ruptura. Si había cordialidad, se hablaba de reconciliación. En cualquiera de los escenarios, el Gobierno perdía control sobre el mensaje.
Por eso la Casa Rosada optó por el camino más duro: sacar a Villarruel de la escena. Pero esa solución también tuvo un costo. Al dejar afuera a la vicepresidenta, el oficialismo evitó una imagen incómoda, pero generó otra todavía más elocuente: la de un gobierno que ya no puede sostener ni siquiera la formalidad institucional de su propia fórmula presidencial en una fecha patria.
La decisión adquiere más peso porque no se trata de una figura secundaria. Villarruel no es una ministra desplazada, una aliada legislativa incómoda o una dirigente provincial con autonomía. Es la vicepresidenta de la Nación. Su ausencia en un acto institucional encabezado por el Presidente no pasa inadvertida, mucho menos cuando el vínculo entre ambos viene erosionándose desde hace meses.
Karina Milei, ceremonial y el control de la escena presidencial
El dato más sensible es que la decisión fue atribuida al área de ceremonial que responde a Karina Milei, la secretaria general de la Presidencia y figura central en el esquema de poder del Gobierno. En la práctica, Karina no solo administra la agenda presidencial: también ordena accesos, define cercanías, regula fotos, habilita o bloquea presencias y funciona como guardiana política del entorno íntimo del Presidente.
Ese lugar la coloca en el corazón de todas las tensiones internas. La exclusión de Villarruel del Tedeum no aparece aislada, sino en un contexto más amplio donde la Casa Rosada busca cerrar filas alrededor de Milei, ordenar a sus funcionarios y evitar que las disputas internas sigan ocupando el centro de la agenda pública. El problema es que la propia forma de ordenar también produce ruido.
La interna libertaria ya no se limita al vínculo entre Milei y Villarruel. En las últimas semanas, el oficialismo quedó atravesado por disputas entre sectores ligados a Karina Milei, Santiago Caputo, Martín Menem y otros actores de peso en la arquitectura del poder libertario. Los cruces públicos, las sospechas cruzadas, los reproches internos y la disputa por espacios de decisión dejaron de ser conversaciones de pasillo para convertirse en un problema político abierto.
En ese clima, el Tedeum aparecía como una oportunidad para mostrar autoridad presidencial, cohesión de Gabinete y control institucional. Pero la decisión de apartar a Villarruel volvió a poner el foco en aquello que el Gobierno intenta dejar atrás: la dificultad para ordenar su propia coalición de poder.
La paradoja es evidente. Milei construyó buena parte de su liderazgo sobre la idea de la verticalidad, la confrontación y la centralidad absoluta de su figura. Pero esa lógica, que fue eficaz para ordenar una campaña y consolidar una identidad política, muestra límites cuando debe administrar un gobierno, un Congreso, una vicepresidencia, una relación con aliados y un sistema institucional que no se reduce a la obediencia personal.
Una interna que ya tiene impacto institucional
La pelea con Villarruel tiene una dimensión institucional que el Gobierno no puede minimizar. La vicepresidenta preside el Senado, una cámara clave para cualquier proyecto legislativo del oficialismo. Cada tensión con ella tiene consecuencias sobre la relación con bloques, gobernadores, aliados circunstanciales y sectores conservadores que siguen viendo en Villarruel una figura con peso propio.
La Casa Rosada puede intentar reducirla a una dirigente incómoda o a una vice sin poder real, pero la arquitectura constitucional argentina le da un lugar de visibilidad que no depende del humor presidencial. Villarruel puede ser marginada del círculo íntimo, pero no puede ser borrada del mapa institucional. Esa es una de las razones por las que cada gesto de exclusión termina amplificado.
El Gobierno viene de semanas difíciles, marcadas por internas, cuestionamientos a funcionarios, discusiones sobre el rumbo político y una creciente necesidad de recuperar iniciativa. En ese escenario, el Tedeum no era solo una ceremonia religiosa: era una puesta en escena de autoridad. Milei necesitaba llegar con su Gabinete, mostrarse al mando y atravesar una fecha patria sin que la interna se adueñara del mensaje. La exclusión de Villarruel, sin embargo, convirtió el intento de orden en una confirmación de la fractura.
Además, la Iglesia llegaba al Tedeum con señales de incomodidad frente a la situación social y el rol del Estado. En la previa se anticipaba que el mensaje religioso podía incluir cuestionamientos vinculados a la ausencia estatal entre los sectores vulnerables. Ese elemento agregaba otra capa de tensión a una ceremonia donde el Gobierno buscaba evitar cualquier escena que desbordara el libreto oficial.
La foto que se evitó habla tanto como la foto que se hubiera tomado. En política, las ausencias también comunican. Y esta ausencia comunica que la relación entre Milei y Villarruel ya entró en una etapa de convivencia fría, administrada a través de gestos de exclusión, señales de poder y decisiones protocolares que funcionan como mensajes internos.
El problema para el oficialismo es que cada una de esas señales erosiona la imagen de conducción. Cuando un gobierno muestra que no puede sentar en una misma ceremonia al Presidente y a la vicepresidenta, la discusión deja de ser solo personal y pasa a ser política. Habla de autoridad, de coalición, de gobernabilidad y de la capacidad del liderazgo presidencial para contener diferencias sin convertirlas en crisis.
Milei intentará usar la fecha patria para recuperar centralidad, rodearse de su Gabinete y mostrar que el poder sigue ordenado alrededor suyo. Pero la silla vacía de Villarruel, aun sin estar físicamente en la Catedral, será parte de la escena. Porque cuando una ausencia necesita ser explicada, ya dejó de ser ausencia y se convirtió en mensaje.


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