Karina Milei cerró el Cabildo y Bullrich quedó afuera: la interna libertaria ya ordena el poder antes que la gestión

La decisión de impedir que Patricia Bullrich participe del Cabildo del 25 de Mayo volvió a mostrar que la pelea dentro de La Libertad Avanza ya no es un ruido de pasillo, sino una disputa abierta por el control político del Gobierno. Karina Milei busca concentrar el armado, disciplinar a los aliados y evitar que los distintos sectores del oficialismo conviertan cada acto en una pulseada por protagonismo.
Política25 de mayo de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La interna libertaria volvió a escalar en la previa del 25 de Mayo con una señal política directa: Patricia Bullrich quedó afuera del Cabildo que el Gobierno preparó como gesto institucional y de poder, en una decisión atribuida al círculo de Karina Milei. El episodio no aparece aislado, sino como una nueva pieza dentro de una crisis más amplia que atraviesa al oficialismo, donde conviven la pelea entre Karina y Bullrich, la guerra entre Santiago Caputo y los Menem, la tensión con Victoria Villarruel, el malestar por Manuel Adorni y el intento de Javier Milei de sostener autoridad en medio de un gabinete que funciona cada vez más como una mesa de facciones enfrentadas.

La foto que intenta construir la Casa Rosada es la de un Gobierno ordenado, con Milei en el centro, Karina administrando el armado político y una tropa libertaria desplegada en la calle, en redes y en el Congreso. Pero la secuencia de las últimas semanas muestra otra cosa: un oficialismo donde el poder se reparte en tribus, donde cada decisión protocolar es leída como una señal de castigo o pertenencia, y donde los aliados que llegaron desde afuera del núcleo original empiezan a sentir que entraron al Gobierno, pero no necesariamente al poder.

Bullrich, del respaldo al reto interno

Patricia Bullrich es una figura incómoda para la arquitectura más cerrada de La Libertad Avanza. No viene del mundo libertario original, tiene volumen propio, estructura política, conocimiento del Estado, llegada a sectores del PRO, vínculo con gobernadores y una identidad de orden que muchas veces compite con la épica más purista del mileísmo. Su presencia suma capacidad política, pero también introduce una autonomía que el karinismo mira con desconfianza.

El conflicto se aceleró cuando Bullrich le pidió públicamente a Manuel Adorni que aclarara su situación patrimonial y presentara la documentación necesaria para despejar dudas. Ese gesto, que para Bullrich podía leerse como una forma de cuidar al Gobierno, fue interpretado dentro del entorno presidencial como una presión pública contra un funcionario central del esquema de Milei. Desde entonces, la relación se tensó y distintos medios reconstruyeron el enojo de Karina Milei y de parte del gabinete con la jefa del bloque oficialista en el Senado.

La exclusión del Cabildo funciona como una respuesta política. No es solo un “no vengas”. Es una señal de jerarquía. Karina Milei marca quién tiene lugar en los actos, quién aparece en las fotos, quién entra a las reuniones y quién debe esperar afuera. En ese esquema, Bullrich queda en una zona ambigua: es necesaria para ampliar, pero peligrosa si intenta condicionar. Es aliada, pero no parte del núcleo íntimo. Tiene poder, pero no controla la lapicera.

El problema para el Gobierno es que Bullrich no es una dirigente menor. Si se la desplaza demasiado, se erosiona el puente con sectores del PRO y con votantes que apoyan a Milei pero valoran en ella una idea de experiencia, seguridad y gestión. Si se la integra demasiado, Karina corre el riesgo de habilitar un liderazgo paralelo dentro del propio oficialismo. Esa tensión explica por qué cada movimiento alrededor de Bullrich se vuelve una pelea de fondo sobre la identidad de La Libertad Avanza: si será una coalición amplia o un partido cerrado bajo control familiar.

Karina contra todos: el control de la lapicera libertaria

Karina Milei aparece hoy como el centro real del dispositivo político del Presidente. No solo administra agenda, armado territorial y ceremonial. También define accesos, castigos, alianzas y fronteras internas. Su poder creció porque Milei delegó en ella la construcción partidaria y porque el oficialismo necesita una estructura capaz de ordenar candidaturas, bloques legislativos, actos, sellos provinciales y negociaciones con aliados.

Pero ese crecimiento también generó resistencia. En la práctica, Karina no solo organiza: disciplina. Y al disciplinar, incomoda a todos los que tienen autonomía. Bullrich es uno de esos casos. Villarruel es otro. Santiago Caputo, aunque integra el corazón del mileísmo, también disputa influencia desde otro lugar. Los Menem, con Martín en Diputados y Lule en el armado político, representan una estructura territorial y legislativa que no siempre coincide con la lógica de Caputo. El resultado es un Gobierno donde todos orbitan alrededor de Milei, pero nadie parece aceptar del todo la autoridad del otro.

El karinismo quiere transformar La Libertad Avanza en un partido vertical, con sello propio, candidatos propios y conducción centralizada. Esa lógica choca con los sectores que creen que Milei necesita ampliar, negociar y construir una coalición más flexible para sostener poder hasta 2027. La diferencia no es menor. De un lado está la idea de pureza y control. Del otro, la idea de volumen político. La interna Bullrich-Karina expresa precisamente ese choque.

La pelea por el Cabildo se inscribe en esa lógica. Un acto de fecha patria, con carga simbólica y despliegue institucional, no podía quedar abierto a lecturas múltiples. Karina buscó controlar la escena. Si Bullrich aparecía, podía proyectar fuerza propia, condicionar la foto o mostrar que todavía tiene peso dentro del oficialismo. Si quedaba afuera, el mensaje era claro: el poder de admisión lo conserva “El Jefe”.

Santiago Caputo, los Menem y la guerra por el ecosistema libertario

La disputa con Bullrich no es la única. En paralelo, el Gobierno quedó atravesado por la pelea entre Santiago Caputo y Martín Menem, una interna que estalló en redes sociales y dejó expuesta la fragilidad del oficialismo en su territorio más sensible: la comunicación digital. Caputo acusó a Menem de estar vinculado a una cuenta anónima que lo atacaba a él y al propio Milei, lo que desató un cruce público y obligó al Gobierno a convivir con una crisis que ya no podía esconderse detrás de comunicados ordenados.

La pelea Caputo-Menem es más que una discusión de egos. Es una disputa por el control del ecosistema libertario. Caputo conserva influencia sobre la comunicación, la narrativa, la batalla cultural y sectores de la militancia digital. Los Menem tienen peso legislativo, territorial y partidario. Karina necesita a ambos, pero también debe evitar que alguno se vuelva demasiado fuerte. Milei, mientras tanto, aparece como árbitro intermitente de una interna que crece justamente cuando el Presidente no logra imponer un orden definitivo.

El problema es que La Libertad Avanza construyó buena parte de su poder desde las redes, la épica de confrontación y la centralidad del liderazgo carismático. Cuando esa misma maquinaria empieza a usarse hacia adentro, el oficialismo se convierte en víctima de su propio método. Los ataques cruzados, las cuentas anónimas, las filtraciones, los reproches públicos y las operaciones internas ya no golpean solo a la oposición: ahora erosionan al propio Gobierno.

Esa es la novedad política de fondo. Durante mucho tiempo, Milei logró que la agresividad de su ecosistema funcionara como arma de expansión. Hoy empieza a funcionar también como mecanismo de desgaste interno. Lo que antes servía para disciplinar adversarios ahora se usa para marcar funcionarios, exponer aliados y ordenar candidaturas. La batalla cultural se volvió batalla palaciega.

Villarruel, la otra fractura que no cicatriza

La situación de Victoria Villarruel completa el mapa de la crisis. La vicepresidenta quedó cada vez más lejos de la Casa Rosada y su vínculo con Milei pasó de la tensión soterrada al enfrentamiento abierto. La fractura no se limita a diferencias de estilo. Villarruel representa una base política distinta, con llegada a sectores conservadores, militares, nacionalistas y votantes de derecha tradicional que no siempre se sienten contenidos por el triángulo Milei-Karina-Caputo.

La exclusión de Villarruel de escenas institucionales, el deterioro del vínculo con el Ejecutivo y las acusaciones cruzadas dejaron en claro que la fórmula presidencial ya no funciona como unidad política. En otros gobiernos, la vicepresidencia puede ser un problema menor si no tiene base propia. En este caso, Villarruel tiene visibilidad, agenda, discurso y un lugar constitucional que no puede ser borrado por decisión de la Casa Rosada.

Por eso, la interna libertaria tiene varias capas. No se trata solo de Karina contra Bullrich, ni de Caputo contra Menem, ni de Milei contra Villarruel. Se trata de un oficialismo que todavía no definió si quiere ser un liderazgo personalista, una coalición de derecha, un partido familiar, una fuerza territorial o un movimiento digital. Cada sector empuja hacia una forma distinta de poder, y esa falta de definición vuelve explosivo cada episodio.

La ausencia de Villarruel en el Tedeum, la exclusión de Bullrich del Cabildo, el reto por Adorni, el cruce Caputo-Menem y el control del armado bonaerense son escenas distintas de una misma película. Todas muestran que La Libertad Avanza ya no discute solamente cómo gobernar, sino quién manda dentro del Gobierno.

La interna bonaerense y el riesgo de llegar partidos a 2027

La provincia de Buenos Aires aparece como el territorio donde estas tensiones pueden volverse decisivas. Karina Milei y Sebastián Pareja buscan consolidar un armado propio en los 135 municipios, con una lógica de partido centralizado y marca violeta. Pero ese despliegue convive con las ambiciones de otros actores que quieren influir en las candidaturas, en los cierres locales y en la estrategia contra el peronismo bonaerense.

Bullrich tiene llegada a sectores del PRO y del electorado de seguridad. Los Menem tienen anclaje en el armado institucional libertario. Caputo conserva ascendencia sobre la narrativa y la militancia digital. Karina quiere la lapicera. Milei necesita que todos funcionen sin que ninguno lo condicione. Esa ecuación es difícil de sostener en un año de acumulación electoral, y mucho más complicada si cada actor entiende que 2027 ya empezó.

El riesgo para Milei es que el Gobierno termine gastando energía en ordenar su propia interna mientras intenta mostrar resultados económicos y enfrentar al peronismo. En términos de comunicación, la contradicción es fuerte: el oficialismo quiere hablar de baja de inflación, orden fiscal, seguridad y reformas, pero la agenda vuelve una y otra vez a peleas de poder, exclusiones, reproches y pases de factura.

La interna también puede afectar la autoridad presidencial. Milei sigue siendo el único ordenador electoral real de La Libertad Avanza, pero el poder presidencial no alcanza por sí solo si debajo se multiplican los conflictos. Un liderazgo carismático puede ganar elecciones, pero un Gobierno necesita engranajes que funcionen. Y hoy esos engranajes aparecen en tensión permanente.

Karina Milei decidió cerrarle la puerta del Cabildo a Patricia Bullrich y, con ese gesto, dejó una señal mucho más grande que el acto mismo. El oficialismo está entrando en una etapa donde cada foto define jerarquías, cada ausencia comunica una sanción y cada reunión se convierte en una batalla por el lugar en la mesa. Milei todavía conserva la centralidad, pero su espacio empieza a mostrar un problema clásico de los gobiernos que crecen rápido: la pelea por el poder interno puede volverse más desgastante que la pelea contra la oposición.

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