
La exesposa de Centeno declaró que vio los cuadernos y volvió a poner presión sobre el juicio de las coimas
Alejandro CabreraLa causa de los Cuadernos volvió a moverse con una declaración sensible. Hilda Horovitz, exesposa de Oscar Centeno, aseguró ante el tribunal que vio los cuadernos en los que el exchofer de Roberto Baratta registraba supuestos recorridos vinculados al circuito de coimas de la obra pública y afirmó además que fue usada como testaferro del propio Centeno. La frase no aparece en cualquier expediente: se da dentro del juicio oral por una de las causas de corrupción más grandes de la historia argentina, con Cristina Kirchner, exfuncionarios del Ministerio de Planificación y empresarios sentados en el banquillo.
El testimonio de Horovitz tiene un peso político y judicial particular porque toca el origen mismo de la causa. Los cuadernos de Centeno fueron durante años el corazón documental de la investigación, pero también el blanco principal de las defensas, que cuestionaron su autenticidad, hablaron de alteraciones y denunciaron una supuesta “estafa judicial” basada en arrepentidos presionados. En ese contexto, que la expareja del chofer diga que vio los anotadores y aporte detalles sobre el funcionamiento personal y patrimonial de Centeno vuelve a colocar la discusión en un punto clave: cuánto puede probarse sobre el circuito de recaudación y cuánto depende todavía de testimonios cruzados, pericias y confesiones.
Una testigo que conecta la vida privada de Centeno con el expediente
Horovitz no es una testigo más. Su vínculo con Centeno la coloca en un lugar íntimo del expediente, lejos de la estructura formal de empresarios, secretarios, ministros y funcionarios. Fue pareja del exchofer durante años y, según reconstrucciones previas, ya había tenido un rol relevante cuando la causa comenzó a tomar estado público. Su declaración actual vuelve a conectar la trama judicial con el costado doméstico de la historia: los cuadernos no aparecen solo como papeles entregados a periodistas o como documentos analizados por peritos, sino como objetos que habrían circulado dentro de la vida cotidiana de quien los escribió.
El dato de que Horovitz dijo haber sido “testaferro” de Centeno abre además otra línea de lectura. Si se confirma que el exchofer usó a su entonces pareja para canalizar bienes, movimientos patrimoniales o registros a nombre de terceros, el personaje de Centeno deja de ser únicamente el chofer que anotaba viajes y pasa a ser también alguien que, según esa versión, habría construido algún tipo de resguardo económico propio. Eso no modifica por sí solo el núcleo de la causa, pero agrega una pregunta importante: qué hizo Centeno con el dinero que, según la investigación, circulaba en los recorridos que él mismo describía.
La causa Cuadernos siempre tuvo una tensión interna. Por un lado, se presentó como la radiografía de un sistema de recaudación ilegal asociado a la obra pública durante el kirchnerismo. Por otro, fue discutida por las defensas por el origen de la prueba, el rol de los arrepentidos y las alteraciones detectadas en los manuscritos. El juicio oral es justamente el momento en que esas dos miradas deben confrontarse bajo reglas probatorias más exigentes: ya no alcanza con la conmoción pública inicial ni con las filtraciones periodísticas; ahora cada declaración debe sostenerse ante los jueces.
El juicio que vuelve sobre el sistema de recaudación
El proceso oral comenzó en noviembre de 2025 y reúne a decenas de acusados, entre ellos Cristina Kirchner, exfuncionarios de Planificación y empresarios. La acusación sostiene que existió una asociación ilícita destinada a recaudar sobornos de contratistas del Estado, especialmente vinculados a la obra pública, durante los gobiernos kirchneristas. Los cuadernos de Centeno funcionaron como disparador de la investigación, pero el expediente también incluye declaraciones de imputados colaboradores, documentación, movimientos de dinero y testimonios de distintos actores del circuito político y empresarial.
La figura de Centeno es central porque fue chofer de Roberto Baratta, mano derecha de Julio De Vido en el Ministerio de Planificación. Según la hipótesis de la fiscalía, sus anotaciones registraban recorridos en los que se transportaban bolsos con dinero desde empresas o domicilios particulares hacia funcionarios o lugares vinculados al poder político. Para las defensas, en cambio, los cuadernos fueron manipulados y las confesiones de arrepentidos estuvieron condicionadas por presiones judiciales. Esa disputa sigue siendo uno de los ejes del juicio.
La declaración de Horovitz impacta porque vuelve al punto inicial: la existencia material de los cuadernos y el conocimiento directo de alguien cercano a Centeno. No resuelve por sí sola todas las controversias, porque las defensas seguirán discutiendo autenticidad, cadena de custodia, alteraciones y valor probatorio. Pero sí suma un elemento narrativo fuerte para la acusación: una persona del círculo íntimo del autor de los escritos afirma que vio esos cuadernos y que conocía aspectos de su vida patrimonial.
En paralelo, el juicio viene acumulando declaraciones que buscan reconstruir cómo se conocieron los anotadores y cómo llegaron al circuito judicial y periodístico. La semana pasada, por ejemplo, se informó que el expolicía Jorge Bacigalupo declaró que Centeno fue quien entregó las anotaciones que luego originaron la investigación. Ese punto es clave porque la defensa de varios imputados intenta debilitar la prueba desde su origen, mientras la fiscalía busca sostener que, más allá de las enmiendas o discusiones posteriores, el núcleo de la información fue producido por el propio chofer.
Cristina, los empresarios y la pelea por la validez de la prueba
La causa tiene un peso político enorme porque mantiene a Cristina Kirchner en el centro de un nuevo proceso judicial por corrupción, después de su condena en Vialidad. En este expediente, la acusación apunta a un supuesto esquema de sobornos y recaudación ilegal que habría comenzado con Néstor Kirchner y continuado durante la presidencia de Cristina. La expresidenta rechaza la acusación, denuncia persecución judicial y cuestiona el uso de los arrepentidos y de los cuadernos como base del proceso.
El juicio también compromete a empresarios. Esa es otra de las razones por las que el expediente excede la lógica de una causa contra exfuncionarios. La hipótesis judicial sostiene que hubo un sistema de ida y vuelta: empresas que pagaban sobornos para sostener o conseguir contratos públicos y funcionarios que organizaban la recaudación. Varios empresarios admitieron pagos en la etapa de instrucción, aunque algunos luego buscaron relativizar o revisar sus declaraciones. Esa tensión entre confesiones, retractaciones y acuerdos frustrados será parte de la discusión probatoria durante el juicio.
El testimonio de Horovitz puede ser usado por la acusación para reforzar la figura de Centeno como autor de un registro real de movimientos vinculados al circuito de dinero. Pero también puede ser aprovechado por las defensas para explorar contradicciones, conflictos personales, intereses o eventuales motivaciones de la testigo. En un juicio de esta magnitud, cada declaración tiene doble filo: puede fortalecer una línea acusatoria, pero también abrir nuevas preguntas si la defensa logra instalar dudas sobre credibilidad o precisión.
Lo relevante es que la causa Cuadernos vuelve a estar activa no solo por lo que se discute en términos judiciales, sino por su capacidad de reordenar el debate político. Cada audiencia reactiva una memoria de época: obra pública, bolsos, empresarios, ministerios, choferes, secretarios, arrepentidos y una discusión que atraviesa al kirchnerismo desde hace años. Para el oficialismo actual y para sectores opositores al kirchnerismo, el juicio funciona como recordatorio del pasado de corrupción que denuncian. Para el kirchnerismo, en cambio, es parte de una maquinaria judicial y mediática orientada a perseguir a su principal figura.
Una declaración que reabre el origen del caso
La frase de Horovitz sobre los cuadernos vuelve a poner el foco sobre el origen de todo. Antes de las imputaciones, antes de los procesamientos, antes de los arrepentidos y antes del juicio oral, hubo anotadores atribuidos a un chofer. Esa escena, casi menor en apariencia, terminó abriendo una causa monumental. Por eso cualquier testimonio que hable del momento previo, del vínculo de Centeno con esos escritos o de su vida personal tiene una potencia especial.
El expediente no depende únicamente de lo que diga Horovitz, pero su declaración llega en un momento donde el tribunal necesita reconstruir la historia completa de la prueba. No solo qué decían los cuadernos, sino quién los escribió, quién los vio, cómo circularon, qué alteraciones tuvieron, qué partes fueron confirmadas por otros elementos y qué valor deben tener frente al conjunto de la causa.
La exesposa de Centeno también introduce un costado incómodo: el chofer que aparece como testigo clave y arrepentido no queda retratado solamente como un observador pasivo del sistema, sino como alguien que pudo haber tenido movimientos propios, vínculos patrimoniales y una vida paralela a la función que cumplía al servicio de Baratta. Esa complejidad no invalida automáticamente su rol, pero obliga a mirar la causa con más capas: no hay personajes puros ni testimonios sin contexto.
El juicio por los Cuadernos seguirá durante mucho tiempo. Tiene decenas de imputados, cientos de testigos y una carga política que excede largamente al expediente. Pero la declaración de Hilda Horovitz agrega un dato de impacto: alguien que convivió con Centeno afirma que vio los cuadernos y que fue usada como testaferro. Esa combinación vuelve a sacudir una causa que, ocho años después de su estallido público, todavía sigue discutiendo lo esencial: si aquellos anotadores fueron la puerta de entrada a un sistema de corrupción real o si, como sostienen las defensas, fueron parte de una construcción judicial cuestionada desde su origen.


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