Keiko Fujimori llega al poder en Perú: la revancha del fujimorismo tras una elección voto a voto

La líder de Fuerza Popular será presidenta de Perú tras imponerse por apenas 49.641 votos sobre Roberto Sánchez, en una de las elecciones más ajustadas de la historia reciente del país.
El resultado reabre una vieja grieta peruana: el regreso del fujimorismo, el peso del voto exterior, las denuncias de fraude sin pruebas concluyentes y una sociedad dividida entre el pedido de orden y el temor al autoritarismo.
 
Mundo30 de junio de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Keiko Fujimori lo intentó cuatro veces y esta vez lo consiguió. Después de perder las presidenciales de 2011, 2016 y 2021, la hija del expresidente Alberto Fujimori quedó primera en la segunda vuelta de Perú con el 100% de las actas contabilizadas por la ONPE: 50,135% de los votos válidos contra 49,865% de Roberto Sánchez, una diferencia de apenas 49.641 sufragios.

El triunfo, sin embargo, no llega como una coronación limpia ni pacífica. Llega después de semanas de tensión, actas observadas, voto exterior decisivo, denuncias de fraude de la izquierda y una espera que mantuvo a Perú en vilo desde el balotaje del 7 de junio. La proclamación formal queda en manos del Jurado Nacional de Elecciones, pero el conteo final de la ONPE dejó a Fujimori con una ventaja ya cerrada.

Una elección definida por menos de 50.000 votos

La segunda vuelta enfrentó dos polos de la política peruana. Por un lado, Keiko Fujimori, candidata de derecha, heredera del apellido político más influyente y divisivo del Perú contemporáneo. Por el otro, Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú, dirigente de izquierda, exministro de Pedro Castillo y representante de un voto popular, rural y antifujimorista.

La primera vuelta ya había mostrado la fragmentación extrema del sistema político peruano. Fujimori llegó al balotaje con apenas 17,17% de los votos y Sánchez con 12,03%, en una elección dispersa, con múltiples candidaturas y sin una mayoría social clara detrás de ninguno de los finalistas.

Esa debilidad de origen explica parte del problema que viene. Keiko gana, pero no arrasa. No llega con un mandato popular amplio, sino con una victoria mínima. Su triunfo no cancela la grieta: la confirma. Perú eligió presidenta por una diferencia menor a 50.000 votos en un país de más de 27 millones de electores habilitados para votar.

Keiko Fujimori no llega al poder como una figura de consenso, sino como la sobreviviente de una elección partida en dos.

El recuento que demoró todo

La demora del resultado tuvo una explicación central: la elección fue tan ajustada que cada acta observada, cada voto impugnado y cada mesa enviada a revisión podía alterar la diferencia. La ONPE procesó el conteo, pero las actas con observaciones debían pasar por los Jurados Electorales Especiales, encargados de revisar errores materiales, impugnaciones o inconsistencias antes de que los votos fueran contabilizados definitivamente.

En una elección normal, esas demoras pueden ser administrativas. En una elección con menos de medio punto de diferencia, se vuelven políticas. Durante días, el país siguió el movimiento de la brecha como si fuera un escrutinio interminable: primero con Sánchez arriba por un margen mínimo, después con Fujimori recuperando terreno y finalmente con el voto exterior consolidando su ventaja.

El voto de los peruanos en el extranjero fue determinante. Según los reportes del conteo, Fujimori se fortaleció especialmente con las actas llegadas desde fuera del país, mientras Sánchez denunció irregularidades y pidió excluir esos votos, alegando problemas en el procesamiento de actas consulares. AP informó que más de 307.000 peruanos en el exterior votaron y que cerca del 65% apoyó a Fujimori, un caudal decisivo para inclinar la balanza.

Sánchez se negó a reconocer el resultado y denunció fraude, pero hasta ahora sus acusaciones no fueron acompañadas por pruebas concluyentes. Observadores internacionales como la OEA y la Unión Europea señalaron que el proceso transcurrió con normalidad y llamaron a esperar el cierre institucional del conteo.

Qué es el fujimorismo

Para entender el impacto del triunfo de Keiko hay que volver a los años noventa. El fujimorismo nace con Alberto Fujimori, presidente de Perú entre 1990 y 2000. Su gobierno quedó asociado a dos relatos opuestos: para sus defensores, fue quien estabilizó la economía, enfrentó a Sendero Luminoso y devolvió orden a un país golpeado por la hiperinflación y la violencia; para sus críticos, fue el jefe de un régimen autoritario, corrupto y responsable de graves violaciones a los derechos humanos.

El punto de quiebre fue el autogolpe de 1992, cuando Alberto Fujimori disolvió el Congreso y avanzó sobre las instituciones con apoyo militar. Ese episodio marcó para siempre la discusión sobre su legado: el fujimorismo se presentó como una respuesta de orden frente al caos, pero lo hizo debilitando controles democráticos y concentrando poder.

Después llegaron los casos de corrupción, la caída del régimen, la fuga, la extradición y las condenas. Alberto Fujimori fue condenado por violaciones a los derechos humanos vinculadas a los casos Barrios Altos y La Cantuta, dos episodios emblemáticos de la represión estatal durante su gobierno.

Ese es el apellido que Keiko carga y explota al mismo tiempo. Nunca rompió del todo con su padre. Durante años intentó presentarse como una versión modernizada del fujimorismo, pero sin abandonar su núcleo duro: mano dura, orden, seguridad, defensa del modelo económico de mercado y reivindicación parcial del legado de los noventa.

El fujimorismo volvió porque nunca se fue del todo: perdió presidencias, pero conservó identidad, estructura territorial, presencia parlamentaria y un voto duro capaz de sobrevivir a todas las derrotas.

Las tres derrotas de Keiko

La historia electoral de Keiko Fujimori es una historia de insistencia y frustración. En 2011 perdió contra Ollanta Humala. En 2016 cayó frente a Pedro Pablo Kuczynski por un margen mínimo. En 2021 volvió a perder, esta vez contra Pedro Castillo, en otra elección marcada por denuncias, polarización y un antifujimorismo movilizado.

Esas derrotas construyeron dos imágenes simultáneas. Para sus seguidores, Keiko era una dirigente persistente a la que siempre le faltaba poco. Para sus adversarios, era el rostro de una maquinaria política que bloqueaba gobiernos, condicionaba Congresos y no aceptaba perder. Esa tensión acompañó toda su carrera.

En 2026, la diferencia fue el contexto. Perú llegó a la elección después de una década de crisis política permanente, con presidentes destituidos, Congresos fragmentados, protestas, inseguridad creciente y un hartazgo social profundo. En ese clima, la promesa de orden ganó fuerza. Reuters remarcó que Fujimori hizo eje en la seguridad y en una campaña de mano dura frente al crimen.

El país que recibe Keiko

Keiko Fujimori no recibe un país estabilizado. Recibe un Perú cansado, desconfiado y partido. Su victoria puede cerrar el escrutinio, pero no necesariamente cerrar la crisis política. De hecho, Sánchez y sus seguidores ya anticiparon que no reconocerán fácilmente el resultado, lo que puede extender la tensión en las calles y en el Congreso.

El desafío inmediato será gobernar con legitimidad. Ganar por 49.641 votos alcanza para asumir, pero no alcanza para reconstruir confianza. Fujimori tendrá que demostrar si puede ser algo más que la heredera de un apellido poderoso y controversial. Su gobierno necesitará acuerdos legislativos, señales institucionales y una respuesta rápida a la inseguridad, que fue uno de los temas centrales de la campaña.

También tendrá que administrar la memoria. Cada decisión de Keiko será leída a la luz del pasado de su padre. Si avanza con políticas de seguridad duras, sus seguidores verán coherencia; sus críticos verán el riesgo de una repetición autoritaria. Si busca moderarse, puede perder intensidad entre los sectores que la votaron precisamente por prometer orden.

Una victoria histórica y frágil

El dato histórico es fuerte: Keiko Fujimori será la primera mujer elegida por voto popular para presidir Perú. Pero ese hito convive con una paradoja: llega al poder sin cerrar la grieta que la acompaña desde hace quince años.

La cuarta fue la vencida, pero no fue una victoria cómoda. Fue una victoria al límite, sostenida por el voto exterior, discutida por su rival y atravesada por el regreso de un apellido que divide al Perú como pocos.

El fujimorismo vuelve al Palacio de Gobierno más de dos décadas después de la caída de Alberto Fujimori. Vuelve con votos, pero también con fantasmas. Vuelve en nombre del orden, pero bajo la sospecha permanente de quienes recuerdan que, en Perú, la promesa de orden muchas veces tuvo un costo institucional demasiado alto.

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