
La presión militar de EE.UU. altera el mapa del narcotráfico en el Caribe
Alejandra Larrea
La presión militar de Estados Unidos en el Caribe está transformando el panorama del narcotráfico regional. De acuerdo con informes de inteligencia citados por Infobae y confirmados por fuentes del Comando Sur, los carteles sudamericanos están modificando sus rutas tradicionales de transporte de cocaína hacia zonas menos vigiladas y más extensas, buscando evadir los controles cada vez más estrictos de la Guardia Costera y la Marina estadounidense.
El cambio se explica por la presencia constante de buques de guerra, drones de reconocimiento y aeronaves P-8 Poseidon desplegados por Washington en el marco de la operación de interdicción naval en el Caribe. Este cerco ha vuelto más riesgosas las rutas históricas entre Venezuela, Trinidad y Tobago, República Dominicana y Puerto Rico, que solían funcionar como corredor logístico hacia el Golfo de México y la costa de Florida.
Según fuentes de seguridad estadounidenses, la mayoría de los cargamentos de cocaína que antes salían desde Venezuela o el oriente colombiano ahora se desvían hacia el Atlántico oriental o bordean las Antillas Menores, realizando escalas en islas más pequeñas donde la vigilancia es limitada. Los traficantes utilizan lanchas rápidas de bajo perfil, semisumergibles artesanales y rutas costeras que complican su detección por radar.
El Comando Sur (SOUTHCOM), que coordina las operaciones militares en la región, reconoció que los operativos recientes —entre ellos los ataques contra lanchas rápidas y submarinos ilegales— forman parte de una estrategia para “romper el flujo logístico del narcotráfico antes de que alcance aguas internacionales”. Sin embargo, analistas advierten que este tipo de presión no reduce la producción, sino que desplaza las rutas y multiplica los riesgos de violencia en nuevas zonas costeras.
Fuentes de la DEA agregan que el movimiento de cocaína detectado en los últimos dos meses muestra un incremento de más del 20 % en la actividad de rutas alternativas, especialmente hacia el Atlántico Sur y la costa de Guyana. Los narcotraficantes están recurriendo a operadores locales en el Caribe insular para facilitar el paso de pequeñas cargas y el reabastecimiento de combustible en trayectos más largos.
Las consecuencias del cambio ya se sienten: mientras Estados Unidos celebra un aumento de decomisos en el Caribe central, nuevos focos de tráfico emergen en zonas antes marginales, como las cercanías de Barbados, Granada y Santa Lucía. En paralelo, los gobiernos locales reportan más actividad de embarcaciones sospechosas y una escalada en el uso de sus puertos para transbordos.
La ofensiva marítima norteamericana se enmarca en una doctrina que la Casa Blanca denomina “disuasión activa”. Trump la presentó públicamente como una “guerra directa contra el narcoterrorismo”, con la promesa de erradicar la influencia de los cárteles en el hemisferio occidental. En lo que va del año, la Guardia Costera estadounidense ha interceptado más de 150 toneladas de cocaína y detenido a más de 300 tripulantes en operaciones conjuntas con Colombia, Panamá y Costa Rica.
No obstante, la reconfiguración de rutas plantea un desafío logístico mayor: los carteles están adoptando tecnología GPS encriptada, sistemas de radar portátiles y lanchas furtivas que operan fuera de los canales marítimos habituales. Las agencias norteamericanas reconocen que el fenómeno obliga a desplegar más recursos humanos y tecnológicos para mantener la presión sobre un territorio marítimo cada vez más amplio.
Expertos consultados por Reuters sostienen que la expansión militar de Estados Unidos en el Caribe tiene un doble objetivo: combatir el narcotráfico y reafirmar su influencia geopolítica en una zona donde Rusia y China han incrementado su cooperación económica y militar con varios países del arco antillano. El incremento de operaciones, por lo tanto, no solo apunta al crimen organizado, sino también al control estratégico de la región.
Mientras tanto, los cargamentos siguen saliendo. El flujo de cocaína producido en el sur de Colombia y procesado en Venezuela continúa su avance hacia el Caribe, aunque ahora con trayectos más fragmentados, mayores costos y más intermediarios. La “presión naval” que impuso Estados Unidos redujo la visibilidad de los carteles, pero no su capacidad de adaptación.
La guerra marítima contra el narcotráfico sigue abierta, y los mapas del Caribe cambian de forma constante: donde un radar estadounidense bloquea una ruta, otra aparece más al este, más al sur o más cerca de las costas latinoamericanas.


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