
Putin exhibe fuerza, pero muestra fragilidad: desfile reducido, guerra sin cierre y una advertencia directa a la OTAN
Alejandro CabreraVladimir Putin volvió a usar el Día de la Victoria como escenario político para justificar la guerra en Ucrania, pero la imagen de este año fue menos la de una potencia segura de sí misma y más la de un régimen que necesita demostrar control en medio de una guerra larga, costosa y cada vez más difícil de vender como una operación limitada. El desfile en la Plaza Roja se realizó sin incidentes graves, pero también sin la exhibición militar de otros años: no hubo tanques, no hubo misiles nucleares desfilando por Moscú y el dispositivo de seguridad fue tan fuerte que incluyó restricciones de internet, bloqueos técnicos y una transmisión cuidada para evitar cualquier humillación pública.
El contraste fue evidente. El Kremlin intentó presentar el acto como una celebración de unidad nacional, memoria histórica y poder militar, pero el formato reducido mostró otra cosa: la guerra en Ucrania condiciona incluso el ritual más importante del calendario patriótico ruso. Putin habló de sacrificio, de victoria, de amenaza occidental y de continuidad histórica entre la lucha soviética contra el nazismo y la actual invasión de Ucrania, a la que todavía llama “operación militar especial”.
El mandatario ruso afirmó que sus tropas enfrentan a una fuerza “apoyada por todo el bloque de la OTAN” y volvió a ubicar la guerra dentro de una narrativa defensiva: Rusia, según su versión, no estaría conquistando territorio, sino resistiendo una agresión externa. Esa fórmula es central para el putinismo. Le permite justificar la represión interna, pedir más esfuerzo a la población y transformar una guerra de invasión en una causa patriótica.
La frase más relevante llegó después, cuando Putin sostuvo que cree que el conflicto “está llegando a su fin”, aunque aclaró que sigue siendo un asunto serio. El mensaje parece apuntar a dos audiencias al mismo tiempo. Hacia adentro, intenta transmitir confianza en que Rusia puede obtener sus objetivos. Hacia afuera, busca mostrarse abierto a una negociación, pero desde una posición de fuerza y sin renunciar a las condiciones que Moscú viene planteando desde el inicio de la guerra.
Un desfile sin tanques y una celebración bajo vigilancia
La ausencia de vehículos militares fue uno de los datos más fuertes del acto. Por primera vez desde 2007, el desfile del Día de la Victoria en Moscú no mostró carros de combate, misiles ni grandes sistemas de armas sobre la Plaza Roja. La explicación oficial apuntó a razones de seguridad y a la necesidad de concentrar recursos en el frente ucraniano. Pero políticamente el mensaje fue mucho más claro: Rusia no está en condiciones de montar la misma escenografía de poder sin exponer debilidades.
El temor a ataques ucranianos pesó sobre toda la jornada. Moscú fue blindada con defensas antiaéreas, inhibidores electrónicos, controles policiales y restricciones sobre comunicaciones móviles. El corte de internet en la región de la capital mostró hasta qué punto el Kremlin necesitaba controlar no solo el espacio físico, sino también el flujo informativo durante una fecha simbólica.
La decisión de limitar el desfile también respondió a un problema militar concreto. Parte del material que antes se mostraba como propaganda hoy está comprometido en el frente. La guerra consume recursos, equipos, munición y personal. En ese contexto, sacar tanques o sistemas estratégicos para una puesta en escena podía tener un costo operativo y simbólico demasiado alto.
Putin no pudo rodearse de la misma cantidad de líderes extranjeros que en otros años. La foto internacional también fue débil. Aparecieron mandatarios de países aliados o cercanos, sobre todo del espacio postsoviético, pero faltó una presencia global potente. Ese aislamiento contrasta con la pretensión rusa de liderar un bloque alternativo a Occidente. Moscú todavía tiene socios, pero ya no puede mostrar una escena internacional amplia sin que la guerra en Ucrania pese sobre cada invitación.
La Segunda Guerra como herramienta política
El Día de la Victoria es una fecha profundamente sensible para la sociedad rusa. La derrota de la Alemania nazi forma parte del núcleo de la memoria nacional, con millones de muertos y una carga emocional que atraviesa generaciones. Putin lo sabe y lo usa. Desde hace años, el Kremlin convierte esa memoria en una herramienta política para sostener su poder y explicar sus conflictos actuales.
En su discurso, el presidente ruso volvió a unir pasado y presente. Habló del sacrificio de la generación que venció al nazismo y lo vinculó con los soldados que hoy combaten en Ucrania. Esa operación narrativa es clave: equipara a los combatientes soviéticos de la Segunda Guerra con las tropas rusas actuales y presenta a Ucrania, apoyada por Occidente, como heredera de una amenaza histórica.
El problema es que esa lectura no resiste una mirada objetiva. Ucrania fue invadida por Rusia en 2022, perdió ciudades, infraestructura y miles de vidas civiles y militares. La OTAN no entró formalmente en guerra con Moscú, aunque sí abastece a Kiev con armas, inteligencia y apoyo financiero. Putin, sin embargo, insiste en que Rusia combate contra el bloque occidental completo, porque esa explicación le permite transformar los costos de la guerra en una prueba de resistencia nacional.
La comparación con la Segunda Guerra también busca disciplinar a la sociedad rusa. Si la guerra actual es presentada como una reedición de una lucha existencial, entonces cualquier crítica puede ser leída como traición. La memoria histórica se convierte así en un instrumento de control político.
Putin dice que la guerra se acerca al final, pero no cede
La afirmación de Putin de que el conflicto “está llegando a su fin” debe leerse con cuidado. No significa necesariamente que Rusia esté dispuesta a aceptar una paz rápida ni un retiro de los territorios ocupados. Más bien parece indicar que Moscú cree que puede imponer una salida favorable o, al menos, consolidar sus ganancias en el terreno.
El presidente ruso volvió a responsabilizar a Occidente por el origen de la guerra. Según su versión, el intento de acercar Ucrania a la Unión Europea y a la OTAN rompió promesas posteriores a la Guerra Fría y colocó a Rusia bajo amenaza estratégica. Ese argumento viene siendo utilizado por el Kremlin desde antes de la invasión, aunque no explica por sí solo la decisión de atacar y ocupar territorio ucraniano.
Putin también se mostró dispuesto a hablar de una arquitectura de seguridad europea, pero no en los términos que plantea Kiev. Para el Kremlin, cualquier negociación debe reconocer sus intereses estratégicos, limitar la expansión militar occidental y tomar en cuenta los territorios que Rusia ocupa o reclama. Para Ucrania, en cambio, cualquier paz que implique ceder soberanía sería una derrota nacional.
La guerra, entonces, puede estar en una fase de negociación más intensa, pero no necesariamente cerca de una paz justa o estable. El propio Putin dejó claro que no abandonará sus objetivos centrales. La palabra “fin” puede funcionar como mensaje político, pero el frente sigue activo y la distancia entre las condiciones de Moscú y Kiev continúa siendo enorme.
Irán, uranio y el papel global que Rusia busca conservar
En paralelo a Ucrania, Putin insistió con la oferta rusa de almacenar uranio iraní como parte de una posible salida al conflicto nuclear y regional que involucra a Irán, Estados Unidos e Israel. Ese punto es importante porque muestra que Rusia intenta presentarse como actor indispensable en varias crisis al mismo tiempo.
Moscú quiere demostrar que, pese a las sanciones, al aislamiento occidental y al desgaste de la guerra, todavía puede influir en Medio Oriente, en la política nuclear y en las negociaciones internacionales. El ofrecimiento sobre el uranio iraní busca colocar a Rusia como garante técnico y diplomático de un eventual acuerdo, en un momento en que Washington presiona a Teherán y la tensión en Ormuz afecta a toda la economía global.
Para Putin, ese rol tiene valor estratégico. Le permite decir que Rusia no está aislada, que sigue siendo necesaria para resolver crisis globales y que Occidente no puede construir un orden internacional sin Moscú. También le sirve para dialogar indirectamente con Estados Unidos desde una posición de utilidad, no solo de confrontación.
Sin embargo, la maniobra tiene límites. Rusia puede ofrecer soluciones técnicas, pero su credibilidad está atravesada por la guerra en Ucrania. Para muchos gobiernos occidentales, Moscú no puede presentarse como garante de estabilidad mientras mantiene una invasión activa en Europa.
La advertencia del embajador ruso en Alemania
En ese clima de tensión, el embajador ruso en Alemania, Serguéi Necháyev, sumó una declaración que encaja con la estrategia comunicacional del Kremlin. Dijo que “nadie está planeando atacar a la OTAN”, en un intento de rechazar las advertencias europeas sobre una posible agresión rusa contra países de la Alianza Atlántica. Pero al mismo tiempo lanzó una advertencia: si la OTAN ataca a Rusia, “será serio”.
La frase tiene una doble función. Por un lado, busca bajar la acusación de que Moscú prepara una guerra directa contra la OTAN. Por otro, mantiene intacta la amenaza disuasiva: Rusia no atacaría primero, según esa versión, pero respondería con dureza ante cualquier agresión.
Necháyev también cuestionó la creciente militarización europea y señaló que desde Rusia se observa con preocupación el discurso de varios gobiernos occidentales, especialmente en Alemania, donde ya se habla de prepararse para una eventual guerra hacia 2029 o 2030. Para el embajador, ese clima alimenta la idea de que Europa se está preparando para enfrentar directamente a Rusia.
El mensaje llega en un momento delicado para Alemania. Berlín viene aumentando el gasto militar, reforzando su cooperación dentro de la OTAN y discutiendo cómo sostener a Ucrania en un escenario de menor previsibilidad estadounidense. La guerra obligó a Alemania a revisar décadas de cultura estratégica moderada. Ese giro preocupa a Moscú porque Alemania es la mayor economía europea y puede convertirse en el eje de una defensa continental más robusta.
El embajador ruso también lamentó la falta casi total de canales políticos con el gobierno alemán. Esa ausencia de diálogo revela el nivel de ruptura entre Moscú y Berlín. Antes de la guerra, Alemania era uno de los principales socios económicos de Rusia en Europa, especialmente por el gas. Hoy la relación está marcada por sanciones, desconfianza, expulsiones diplomáticas, acusaciones de espionaje y amenazas cruzadas.
La OTAN como enemigo útil
Para Putin, la OTAN funciona como explicación permanente. Le permite justificar la guerra, sostener la movilización interna y presentar a Ucrania no como un país soberano que resiste una invasión, sino como un instrumento de Occidente. Esa narrativa es útil porque agranda al enemigo y, al mismo tiempo, convierte cualquier dificultad rusa en parte de una batalla mayor.
Si Rusia no avanza lo suficiente en el frente, la explicación es que pelea contra toda la OTAN. Si necesita más sacrificios, es porque enfrenta una amenaza existencial. Si debe restringir internet en Moscú durante un desfile, es porque Occidente y Ucrania quieren humillar a Rusia. Si Europa se rearma, es prueba de que Moscú tenía razón al denunciar un cerco.
Esa lógica también tiene un problema: cuanto más Rusia presenta a la OTAN como enemigo directo, más incentivos da a los países europeos para aumentar su defensa. El discurso del Kremlin termina reforzando lo que dice combatir. Finlandia y Suecia ingresaron a la OTAN después de la invasión de Ucrania. Alemania abandonó parte de su cautela histórica. Polonia, los países bálticos y los nórdicos empujan una política de defensa más dura. Europa, aunque dividida, se mueve hacia una militarización que antes parecía impensable.
La advertencia de Necháyev debe leerse en ese marco. Rusia dice que no quiere atacar a la OTAN, pero mantiene un lenguaje de amenaza. Europa dice que se prepara para evitar una agresión rusa, pero esa preparación alimenta el discurso de Moscú sobre el cerco occidental. Es una espiral peligrosa, donde cada lado usa los movimientos del otro para justificar los propios.
Una Rusia fuerte en el discurso, pero presionada en los hechos
La foto completa deja una paradoja. Putin habla de victoria, unidad y final cercano de la guerra, pero el desfile reducido muestra límites. Rusia conserva poder militar, capacidad nuclear, recursos energéticos, profundidad territorial y control interno. Pero también enfrenta desgaste humano, presión económica, aislamiento diplomático, dependencia creciente de socios como China e Irán y una guerra que no logró cerrar en los plazos que el Kremlin imaginaba.
La Plaza Roja sin tanques es una imagen poderosa. No significa que Rusia esté derrotada ni que la guerra termine mañana. Pero sí muestra que el conflicto ya condiciona el símbolo más importante del nacionalismo ruso contemporáneo. El Día de la Victoria debía exhibir poder. Terminó mostrando control, cautela y preocupación.
Putin intenta convertir esa fragilidad en épica. Por eso insiste en la Segunda Guerra Mundial, en el sacrificio, en la amenaza de la OTAN y en la inevitabilidad de la victoria. Su apuesta es que la sociedad rusa acepte más costos si cree que está defendiendo la supervivencia nacional. Pero cuanto más se alarga la guerra, más difícil resulta sostener esa promesa sin resultados claros.
La frase sobre el final del conflicto puede ser una señal de negociación, una presión sobre Ucrania y Occidente, o simplemente una herramienta para mantener la moral interna. Lo cierto es que Rusia todavía no controla completamente los objetivos territoriales que declaró, Ucrania sigue resistiendo y Europa se rearma.
El Kremlin celebró el Día de la Victoria sin ataques, pero también sin la imagen de poder que buscaba.
Y ese dato resume el momento ruso: Putin todavía manda, todavía amenaza y todavía resiste, pero la guerra ya empezó a achicar incluso sus grandes ceremonias.


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