Evo Morales fue declarado en rebeldía y la Justicia boliviana ordenó su captura en una causa por presunta trata de personas

El juicio contra el expresidente de Bolivia quedó suspendido después de que no se presentara ante el tribunal de Tarija que debía iniciar el proceso oral por presunta trata agravada de personas. La causa investiga una supuesta relación con una menor de edad durante su mandato, mientras Morales denuncia persecución política y permanece refugiado en su bastión del Chapare, custodiado por sus seguidores.
 
Mundo11 de mayo de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La Justicia boliviana volvió a poner a Evo Morales en el centro de una crisis política y judicial de alto voltaje. El juicio oral contra el expresidente por presunta trata agravada de personas quedó suspendido este lunes después de que Morales no se presentara ante el tribunal de Tarija que debía dar inicio al proceso. Ante su ausencia y la de sus abogados, el tribunal lo declaró en rebeldía, ratificó una orden de captura y dispuso su arraigo, una medida que le impide salir del país.

El caso golpea sobre una de las figuras más importantes de la historia política reciente de Bolivia. Morales gobernó entre 2006 y 2019, fue el primer presidente indígena del país, lideró durante años el Movimiento al Socialismo y construyó una base territorial especialmente fuerte en el Trópico de Cochabamba. Pero desde su salida del poder, después de la crisis electoral de 2019, su figura quedó envuelta en una sucesión de conflictos: disputas internas dentro del MAS, enfrentamientos con antiguos aliados, intentos de volver a competir políticamente y causas judiciales que él denuncia como parte de una persecución.

La causa por presunta trata de personas investiga una supuesta relación que Morales habría mantenido con una adolescente de 15 años durante su presidencia, con quien, según la acusación fiscal, habría tenido una hija en 2016. El expediente también apunta a establecer si los padres de la menor consintieron o facilitaron esa relación a cambio de beneficios, cargos o favores políticos. Morales niega las acusaciones, sostiene que el proceso tiene motivación política y afirma que se trata de una maniobra para destruirlo moral y políticamente.

La audiencia en Tarija estaba prevista como el inicio formal del juicio oral. Sin embargo, ni Morales ni su defensa privada se presentaron. El fiscal del caso explicó que el proceso quedará suspendido hasta que el exmandatario comparezca voluntariamente o sea llevado por la fuerza pública. La ejecución de la orden de captura corresponde ahora a la Policía, aunque ese punto abre una pregunta práctica y política central: ¿puede el Estado boliviano detener a Evo Morales en el Chapare sin desatar una nueva crisis nacional?

Un juicio suspendido y una orden de captura difícil de ejecutar

La decisión judicial no significa que Evo Morales haya sido condenado. El proceso todavía no avanzó hacia el debate oral ni hacia la valoración plena de pruebas. Lo que ocurrió es procesal, pero políticamente explosivo: el tribunal consideró injustificada su ausencia, lo declaró en rebeldía y habilitó nuevamente la posibilidad de detenerlo para que comparezca ante la Justicia.

La defensa de Morales sostiene que el expresidente no fue notificado de manera personal y que la citación por edicto no cumple con las garantías necesarias. Según sus abogados, esa irregularidad afecta el procedimiento desde su origen. La Fiscalía, en cambio, afirma que la notificación fue válida y que la ausencia de Morales y de su defensa no tenía justificación suficiente para impedir la declaratoria de rebeldía.

Esa discusión técnica se mezcla con un problema mucho más grande. Morales no es un acusado común. Tiene una estructura política, territorial y sindical que lo respalda. Desde hace meses permanece en el Trópico de Cochabamba, su principal bastión, donde miles de seguidores organizaron guardias, bloqueos y mecanismos de protección para evitar que sea detenido. La Policía ya enfrentó dificultades para ejecutar órdenes anteriores y cualquier intento de ingreso a la zona puede derivar en enfrentamientos.

Por eso, la orden de captura es también una prueba de fuerza para el Estado boliviano. Si no se ejecuta, la Justicia queda expuesta a la idea de que no puede alcanzar a una figura con poder territorial. Si se ejecuta de manera abrupta, el país puede quedar al borde de una nueva ola de protestas, bloqueos, choques con fuerzas de seguridad y parálisis política.

Bolivia conoce bien ese tipo de tensión. Las rutas bloqueadas, las movilizaciones campesinas, los sindicatos cocaleros y la capacidad de Morales para convertir una causa judicial en bandera política forman parte del paisaje político del país. Cada decisión judicial contra él no se lee solo en tribunales: se mide también en las calles, en los caminos, en los mercados y en la gobernabilidad.

La acusación más grave contra el expresidente

La causa tiene una gravedad particular porque no se trata de una denuncia administrativa, electoral o económica. La acusación es por presunta trata agravada de personas y está vinculada a una supuesta relación con una menor de edad. El expediente sostiene que Morales habría mantenido esa relación durante su mandato presidencial y que de ese vínculo habría nacido una hija en 2016.

La investigación también involucra a la familia de la presunta víctima. Según la hipótesis fiscal, los padres habrían consentido o facilitado la relación a cambio de beneficios. Ese punto es clave para la figura penal, porque la Justicia intenta determinar si hubo una estructura de aprovechamiento de poder, consentimiento viciado, favorecimiento familiar y explotación de una situación de vulnerabilidad.

Morales rechaza esa versión y la presenta como parte de una ofensiva política. Su defensa insiste en que no hubo delito, cuestiona las formas del proceso y sostiene que el caso fue reactivado con objetivos electorales y de disciplinamiento. En ese marco, el exmandatario utiliza una palabra que ya se volvió frecuente en la política latinoamericana: “lawfare”, la idea de una guerra judicial para proscribir, desgastar o destruir adversarios políticos.

El problema para Morales es que la acusación no puede ser reducida únicamente a una disputa partidaria sin atravesar el debate judicial. La Fiscalía afirma contar con un volumen amplio de pruebas, entre documentos, declaraciones y registros, mientras el tribunal decidió avanzar hacia el juicio oral. La defensa, por su parte, intentará demostrar que el procedimiento está viciado, que las notificaciones fueron defectuosas y que la causa responde a una estrategia de persecución.

La tensión está en esa doble dimensión. Para sus seguidores, Evo es víctima de una maniobra del poder político y judicial. Para sus acusadores, debe responder como cualquier ciudadano ante una imputación grave. La pregunta institucional es si Bolivia puede tramitar una causa de semejante impacto con garantías, sin convertirla en una guerra civil simbólica entre tribunales y militancia.

Evo Morales, del poder absoluto al refugio territorial

El presente judicial de Morales contrasta con la etapa en la que fue el dirigente más poderoso de Bolivia. Durante buena parte de su gobierno, el líder cocalero concentró un capital político extraordinario: crecimiento económico, nacionalización de recursos, inclusión simbólica de sectores indígenas, control territorial, mayoría legislativa y una identidad popular muy fuerte. Su figura trascendió Bolivia y se convirtió en referencia para la izquierda latinoamericana.

Pero ese poder comenzó a erosionarse con el conflicto por su reelección indefinida, el referéndum que perdió en 2016, la decisión judicial que le permitió volver a competir y la crisis electoral de 2019, cuando denuncias de irregularidades, protestas, presión militar y una salida forzada del poder marcaron un quiebre irreversible. Morales denunció un golpe de Estado. Sus adversarios hablaron de fraude y abuso de poder. Desde entonces, Bolivia no terminó de cerrar esa herida.

El regreso de Morales al país no significó una recuperación plena de su liderazgo. El MAS se dividió. La relación con Luis Arce, su antiguo ministro de Economía y sucesor político, se rompió. Morales intentó volver a instalarse como candidato, pero encontró resistencias institucionales y partidarias. Su figura dejó de ordenar al movimiento oficialista como antes y pasó a disputar poder desde una posición más defensiva.

En ese contexto, la causa por presunta trata de personas se convirtió en un factor explosivo. Para Morales, es una herramienta de proscripción. Para sus adversarios, es la prueba de que el viejo poder evista ya no está por encima de la Justicia. Para Bolivia, es un nuevo capítulo de una crisis de legitimidad donde ninguna institución parece completamente separada de la pelea política.

La dimensión política detrás del expediente

El juicio suspendido llega en un momento de transición y fragmentación política. Bolivia arrastra una crisis económica, una disputa interna en el campo popular, tensiones sociales y un reordenamiento del poder después de años de dominio del MAS. La figura de Morales sigue siendo capaz de movilizar sectores enteros, pero también genera un rechazo profundo en otros espacios sociales y políticos.

Por eso, cualquier decisión judicial contra él tiene efectos inmediatos. Sus seguidores ya advirtieron en otras ocasiones que no permitirán una detención. Los sectores opositores reclaman que se cumpla la orden judicial. El Gobierno queda en una posición delicada: si avanza, puede abrir un conflicto territorial; si no avanza, puede ser acusado de debilidad o de tolerar una zona liberada alrededor del exmandatario.

El Chapare funciona como el centro de esa tensión. No es solo un territorio físico. Es el corazón político y sindical de Morales. Allí mantiene respaldo, protección y capacidad de resistencia. También es el lugar que simboliza una pregunta incómoda: ¿hasta dónde llega el poder del Estado boliviano cuando debe ejecutar una orden judicial contra un líder con control territorial propio?

La causa también puede tener efectos sobre la izquierda regional. Morales fue durante años una figura emblemática del ciclo progresista latinoamericano. Una orden de captura por una acusación de esta gravedad no solo impacta en Bolivia, sino en la imagen histórica de un dirigente que todavía conserva apoyos internacionales. Al mismo tiempo, sus denuncias de persecución serán utilizadas por sectores afines para presentar el proceso como parte de una ofensiva judicial contra líderes populares.

La dificultad está en no caer en simplificaciones. Una acusación penal grave no debe resolverse en el terreno de la simpatía ideológica. Pero tampoco puede ser tratada sin garantías. La pregunta democrática es si Bolivia puede juzgar a un expresidente poderoso sin impunidad y sin venganza, con pruebas, defensa, debido proceso y capacidad real de hacer cumplir las decisiones judiciales.

Una causa que puede encender otra crisis

El juicio suspendido deja al país ante varios escenarios. El primero es que Morales decida presentarse, algo que hasta ahora parece improbable porque su estrategia se apoya en denunciar persecución y resistir desde su territorio. El segundo es que la Policía intente ejecutar la orden de captura, con el riesgo de enfrentamientos y bloqueos. El tercero es que la causa quede paralizada de hecho, convertida en una pulseada larga entre tribunales, defensa, Fiscalía y militancia.

Ninguno de esos caminos es sencillo. Si Morales se presenta, deberá enfrentar un juicio de enorme impacto político y personal. Si es detenido, sus seguidores pueden reaccionar con fuerza. Si no se lo detiene, la Justicia queda debilitada. Y si el proceso se dilata indefinidamente, el caso seguirá contaminando la política boliviana, alimentando discursos de persecución y de impunidad al mismo tiempo.

El expediente, además, reabre el debate sobre el poder acumulado durante largos ciclos políticos. Morales no es solo un exmandatario acusado. Es un símbolo de una etapa completa. Por eso, cada paso judicial activa lecturas históricas, pasiones ideológicas y memorias enfrentadas. Para unos, es el líder indígena que transformó Bolivia y que hoy es perseguido por haber desafiado a las élites. Para otros, es un dirigente que concentró poder durante demasiado tiempo y que ahora debe responder por denuncias que antes parecían imposibles de investigar.

La suspensión del juicio no cierra nada. Al contrario, abre una etapa de mayor tensión. La orden de captura coloca la causa en un terreno práctico: ya no se trata solo de expedientes, audiencias o declaraciones. Se trata de si el Estado puede o no hacer comparecer a Evo Morales ante un tribunal.

La política boliviana vuelve así a quedar atrapada entre Justicia, poder territorial y memoria histórica. El caso recién empieza su etapa más delicada. Y aunque todavía no hay condena, el impacto ya es enorme: uno de los líderes más influyentes de América Latina fue declarado en rebeldía, tiene una orden de captura vigente y enfrenta una acusación que puede redefinir no solo su futuro judicial, sino también el lugar que ocupará en la historia política de Bolivia.

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