Milei cae en las encuestas y queda séptimo en imagen: el desgaste ya empieza a tocar al corazón del relato oficial

Un nuevo relevamiento nacional de Management & Fit ubicó a Javier Milei en el séptimo lugar entre 16 dirigentes medidos por diferencial de imagen, con 29,8% de valoración positiva y 47,6% de negativa. La encuesta también mostró una desaprobación del Gobierno del 54,3%, el nivel más alto desde diciembre de 2023, y volvió a instalar una pregunta central para la Casa Rosada: cuánto aguanta el capital político cuando la economía ordena algunos números, pero el bolsillo todavía no siente alivio.
 
11 de mayo de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La imagen de Javier Milei volvió a mostrar señales de desgaste en una encuesta nacional que encendió alarmas dentro del oficialismo. El último estudio de Management & Fit, una de las consultoras más observadas por el sistema político argentino, ubicó al Presidente en el séptimo lugar entre 16 dirigentes evaluados por diferencial de imagen. El dato no significa que Milei haya perdido por completo su base de apoyo, pero sí confirma que la etapa de confianza inicial quedó atrás y que el Gobierno empieza a transitar una fase más difícil: la de administrar expectativas, costos sociales, crisis políticas y una pérdida gradual de centralidad positiva.

Según el relevamiento, Milei registra 29,8% de imagen positiva y 47,6% de imagen negativa, lo que arroja un diferencial de -17,8 puntos. Ese número lo deja por debajo de otros dirigentes del oficialismo y de la oposición que también tienen saldo negativo, pero que aparecen mejor posicionados en la tabla. Patricia Bullrich encabezó el ranking con un diferencial de -14,4, seguida por Diego Santilli con -15,4 y Maximiliano Pullaro con -15,8. El dato más relevante no es solo el puesto, sino el cambio de clima: el Presidente ya no aparece como el dirigente que concentra de manera excluyente la expectativa social.

El estudio fue realizado sobre 2.200 casos a nivel nacional entre el 13 y el 27 de abril, con un margen de error de más o menos 2,1 puntos. Además de la imagen de dirigentes, midió evaluación de gestión, percepción económica, preocupaciones sociales y expectativas hacia adelante. En ese conjunto de datos aparece el cuadro más complejo para la Casa Rosada: la desaprobación del Gobierno llegó al 54,3%, el valor más alto desde el inicio de la gestión, mientras que la aprobación cayó a 37,2%.

La encuesta también muestra que el malestar económico sigue funcionando como el principal límite político del Gobierno. La inflación aparece al tope de las preocupaciones con 28,3%, seguida por la corrupción con 15,9% y la desocupación con 15,4%. Es un dato incómodo para el oficialismo porque indica que, aunque la inflación mensual haya desacelerado respecto de los peores momentos, la percepción social todavía está dominada por precios, ingresos, empleo, denuncias de irregularidades y desgaste cotidiano.

El fin de la luna de miel y el comienzo de una etapa más áspera

El resultado de la encuesta no debe leerse como una fotografía aislada, sino como parte de una tendencia. Milei llegó al poder con un capital político muy particular: no solo ganó una elección, sino que lo hizo con una promesa de ruptura total. Su fuerza no dependía de una estructura partidaria tradicional, sino de una relación directa con una parte importante de la sociedad que lo veía como el dirigente capaz de hacer lo que otros no se animaban: ajustar, confrontar, destruir privilegios, bajar la inflación y disciplinar a la política.

Ese capital le permitió atravesar meses duros con una tolerancia social superior a la que tuvieron otros gobiernos. La idea de “hay que aguantar porque el desastre venía de antes” funcionó como un blindaje político durante el primer tramo. Muchos votantes aceptaron el ajuste, la caída del consumo, el deterioro del salario y el conflicto permanente con la expectativa de que la estabilización llegaría después. El problema para el Gobierno es que ese contrato empieza a exigir resultados más concretos.

La caída de imagen no significa automáticamente ruptura con su electorado. Milei todavía conserva un núcleo duro relevante, con fuerte identificación ideológica y emocional. Pero el dato de Management & Fit muestra que el Presidente empieza a perder en los bordes, donde se define la gobernabilidad social: votantes independientes, sectores de clase media golpeados por tarifas, trabajadores formales con salarios que no recuperan poder de compra, jubilados afectados por el ajuste, comerciantes que sufren la caída del consumo y personas que votaron cambio, pero no necesariamente adhesión incondicional.

La diferencia entre un núcleo duro y una mayoría política es central. El núcleo duro puede sostener a un dirigente en redes, en actos y en discusiones públicas. Pero una mayoría social necesita resultados, previsibilidad y sensación de mejora. La encuesta parece mostrar que Milei todavía tiene defensores intensos, pero cada vez enfrenta más dudas entre quienes apoyaron el rumbo por necesidad, bronca o hartazgo, no por convicción ideológica plena.

Ahí aparece el verdadero desafío de la Casa Rosada. Ya no alcanza con explicar la herencia recibida ni con señalar a la casta, al kirchnerismo, al Congreso o a los medios. Esos recursos siguen funcionando para ordenar el discurso propio, pero pierden eficacia cuando el malestar se vuelve doméstico. La gente no evalúa solamente una batalla cultural. Evalúa si le alcanza el sueldo, si puede pagar la luz, si el alquiler no se volvió imposible, si consigue trabajo, si puede comprar comida, si el transporte no le come el ingreso y si el esfuerzo empieza a tener sentido.

La economía mejora en algunos indicadores, pero el bolsillo sigue en deuda

El Gobierno tiene un argumento fuerte: la inflación bajó respecto de los niveles más críticos, las cuentas públicas muestran un orden fiscal que no existía, el mercado financiero acompaña algunos tramos del programa y la administración libertaria logró instalar la idea de que no hay regreso posible al descontrol anterior. Ese conjunto de datos le permite al oficialismo sostener que el rumbo económico tiene coherencia y que el sacrificio empieza a rendir frutos.

Pero la encuesta confirma el otro lado del proceso. La macro puede mostrar señales de estabilización y, al mismo tiempo, la sociedad puede seguir sintiendo ajuste. Esa es la tensión central de la etapa. La inflación puede bajar, pero si los precios siguen altos y los salarios no recuperan lo perdido, el alivio no llega. El dólar puede estar contenido, pero si el consumo cae, las pymes no venden y las familias se endeudan para llegar a fin de mes, la estabilidad se percibe como una calma cara. El déficit puede reducirse, pero si el recorte se traduce en deterioro de prestaciones, jubilaciones o ingresos, el costo político aparece.

El oficialismo apostó a una secuencia muy clara: primero ordenar la macro, después liberar crecimiento, después mostrar recuperación. El problema es el tiempo. La sociedad puede aceptar una espera, pero no una espera indefinida. Cuando los meses pasan y la mejora todavía no se traduce en vida cotidiana, el crédito político se consume. Y cuando el crédito político se consume, cada error del Gobierno pesa más que antes.

Ese cambio ya se percibe en la conversación pública. Al comienzo, muchas decisiones polémicas eran interpretadas por los votantes propios como parte de una cirugía necesaria. Ahora, las mismas decisiones pueden empezar a leerse como insensibilidad, improvisación o falta de resultados. La imagen presidencial no cae únicamente por un dato económico, sino por la acumulación de costos: ajuste, conflictos internos, denuncias, errores de comunicación, desgaste del gabinete, tensión con gobernadores, choques institucionales y sensación de que la promesa de alivio tarda demasiado.

La inflación aparece al tope de las preocupaciones en el relevamiento porque sigue siendo la variable que ordena la vida diaria. Aunque la velocidad de los aumentos sea menor, la experiencia social todavía es de pérdida. La política puede celebrar que el índice mensual baje, pero la sociedad compara contra su propio punto de partida: cuánto compraba antes, cuánto dejó de consumir, qué gastos recortó, qué deuda acumuló, qué actividades abandonó y qué tan lejos quedó la promesa de recuperación.

Adorni, Karina y el desgaste del dispositivo oficial

El ranking de imagen también deja otro dato sensible para el Gobierno: no solo cae Milei. El desgaste alcanza a figuras importantes del dispositivo oficial. Manuel Adorni aparece en el último lugar de la tabla, mientras Karina Milei también queda en la zona baja del ranking. Esa fotografía es importante porque muestra que el problema ya no se limita a la figura presidencial ni a un conflicto económico abstracto. También toca al entorno político y comunicacional del poder libertario.

Adorni fue durante mucho tiempo una pieza clave de la comunicación oficial. Su estilo confrontativo, su presencia diaria y su capacidad para traducir el discurso del Gobierno a frases cortas lo convirtieron en una figura central del ecosistema libertario. Pero la encuesta refleja que ese protagonismo también tiene costos. La exposición permanente aumenta el conocimiento, pero también la imagen negativa. Cuando la gestión atraviesa una etapa de malestar, el vocero deja de ser solo el narrador del relato y se convierte en parte del desgaste.

Karina Milei representa otro tipo de problema. Es una figura central en el armado del poder real, pero con bajo nivel de exposición explicativa. Su influencia dentro del Gobierno es enorme, pero su vínculo con la opinión pública es menos transparente que el de otros dirigentes. En una etapa de sospechas, internas y costos políticos, esa opacidad puede jugar en contra. La caída o mala ubicación de figuras del entorno presidencial alimenta la idea de que el Gobierno ya no enfrenta solo una discusión sobre resultados, sino también sobre método, funcionamiento y confianza.

La encuesta también muestra algo más amplio: todos los dirigentes medidos tienen diferencial negativo. Ese dato habla de un clima social de desconfianza generalizada, no solo de un problema de Milei. La política argentina sigue siendo mirada con rechazo, cansancio y distancia. Pero el Presidente gobierna, y quien gobierna carga con el peso principal del presente. La antipolítica lo ayudó a llegar al poder, pero ahora puede volverse contra él si la sociedad empieza a percibir que el cambio prometido reproduce errores, opacidades o conflictos similares a los que decía combatir.

En ese sentido, el oficialismo enfrenta una paradoja. Llegó denunciando a la dirigencia tradicional, pero ahora debe demostrar que puede gobernar mejor que esa dirigencia. Llegó como fuerza antisistema, pero ahora es el sistema. Llegó prometiendo eficiencia, pero debe explicar cada desorden. Llegó prometiendo transparencia, pero debe responder ante cada denuncia. Llegó prometiendo orden económico, pero necesita que ese orden no sea leído como deterioro permanente.

La oposición todavía no capitaliza del todo

La caída de Milei no implica automáticamente un crecimiento explosivo de la oposición. Ese es otro dato clave. El ranking muestra dirigentes opositores con mejores diferenciales relativos, pero todos dentro de un clima negativo. No aparece todavía una figura que concentre entusiasmo mayoritario o que logre ordenar una alternativa nacional clara. La crisis de imagen del Presidente abre una oportunidad, pero no garantiza que alguien la capitalice.

El peronismo sigue fragmentado entre liderazgos provinciales, discusiones internas, herencias no resueltas y tensiones sobre cómo enfrentar al Gobierno. Axel Kicillof conserva volumen propio en la provincia de Buenos Aires, pero todavía debe resolver si puede proyectarse nacionalmente sin quedar encerrado en la discusión interna del kirchnerismo. Sergio Massa mantiene capacidad política, pero carga con el peso de su gestión económica anterior. Cristina Kirchner conserva influencia, pero también un techo alto de rechazo. Los gobernadores intentan construir poder territorial, aunque todavía no logran una síntesis nacional.

En la oposición no peronista, figuras como Pullaro o Santilli aparecen bien ubicadas en términos relativos, pero todavía no representan una alternativa presidencial consolidada frente a Milei. Patricia Bullrich, pese a encabezar el ranking, forma parte del oficialismo ampliado y su buena performance muestra que dentro del propio ecosistema de derecha hay figuras que pueden retener mejor imagen que el Presidente. Eso puede ser leído de dos maneras: como fortaleza de la coalición de gobierno o como advertencia sobre el desgaste específico de Milei.

La falta de una oposición ordenada le da margen al Presidente. Aunque su imagen caiga, todavía puede sostener poder si enfrente no aparece una alternativa creíble, atractiva y organizada. Pero esa ventaja no es infinita. En política, los vacíos tienden a llenarse. Si el deterioro social continúa, alguien intentará ocupar ese espacio: un gobernador, un peronismo renovado, una figura moderada, una derecha menos agresiva o incluso un dirigente surgido de la propia crisis.

Milei todavía tiene una ventaja estratégica: sigue siendo el protagonista principal del sistema político. La agenda gira alrededor de él, sus declaraciones ordenan el debate, su estilo impone ritmo y su Gobierno conserva la iniciativa. Pero el dato de Management & Fit muestra que el protagonismo no siempre equivale a fortaleza. A veces, cuando todo gira alrededor de un líder, también todo el desgaste se concentra en él.

El riesgo de confundir núcleo duro con mayoría social

Uno de los mayores riesgos para la Casa Rosada es leer la realidad únicamente desde su base más fiel. Las redes sociales, los actos propios, los medios afines y la militancia digital pueden crear una percepción de apoyo mucho más sólida que la que existe en la sociedad amplia. Ese fenómeno no es nuevo, pero en el caso de Milei tiene una intensidad particular porque su construcción política se apoyó mucho en una comunidad emocional, digital y culturalmente cohesionada.

El problema es que el país real es más amplio que esa comunidad. Hay votantes que no participan de la batalla cultural, que no discuten economía monetaria, que no siguen conferencias libertarias y que no evalúan al Gobierno en términos ideológicos. Evalúan resultados. Esos votantes pueden haber apoyado a Milei porque estaban cansados del kirchnerismo, porque querían un cambio fuerte, porque no creían en Juntos por el Cambio o porque buscaban alguien que bajara la inflación. Pero ese apoyo puede volverse volátil si la vida cotidiana no mejora.

El 29,8% de imagen positiva que marca la encuesta se parece más a un núcleo de respaldo que a una mayoría social. No es un número menor. En un sistema fragmentado, puede ser una base importante. Pero no alcanza por sí solo para sostener un proyecto transformador de largo plazo si la imagen negativa se acerca a la mitad de los consultados y si la desaprobación de gestión supera el 54%.

La pregunta de fondo es cuánto margen tiene Milei para seguir gobernando con alta confrontación si su capital de imagen se reduce. La confrontación funciona mejor cuando el líder aparece fuerte, disruptivo y respaldado por una mayoría que acepta el conflicto como costo del cambio. Pero cuando la imagen cae, la misma confrontación puede empezar a percibirse como cansancio, irritación o desconexión.

La política oficial necesita calibrar ese cambio. Lo que servía en la etapa de ascenso puede no servir igual en la etapa de desgaste. El tono, la comunicación, las prioridades y la relación con actores sociales y políticos deberán adaptarse si el Gobierno quiere recuperar centralidad positiva. De lo contrario, corre el riesgo de hablarle cada vez más a los convencidos mientras pierde a los que necesita para sostener mayoría.

La corrupción vuelve a aparecer como preocupación

Otro dato sensible del relevamiento es la aparición de la corrupción como segunda preocupación social, detrás de la inflación. Ese punto es especialmente delicado para un gobierno que construyó su identidad sobre la denuncia contra “la casta”. Cuando la corrupción vuelve a subir en el ranking de preocupaciones, el oficialismo pierde comodidad discursiva si al mismo tiempo enfrenta denuncias, sospechas o escándalos en áreas del Estado.

El discurso anticasta funciona como una vara alta. Milei no prometió simplemente administrar mejor. Prometió terminar con los privilegios, cortar negocios, romper intermediaciones y exponer a quienes vivían del Estado. Por eso, cada episodio que roce al Gobierno tiene un impacto mayor que en una administración tradicional. La sociedad puede tolerar errores económicos si cree que el rumbo es honesto. Pero si empieza a sospechar que el ajuste convive con negocios, privilegios o zonas oscuras, el daño puede ser mucho más profundo.

La encuesta no mide una causa específica, pero el contexto político pesa. Denuncias sobre áreas sensibles, conflictos en torno a funcionarios, dudas sobre compras públicas, internas libertarias y tensiones con aliados pueden alimentar una percepción de desgaste moral. Para un gobierno que llegó con una bandera ética tan fuerte, ese terreno es peligroso.

La Casa Rosada deberá entender que la corrupción no es solo un tema judicial. Es también una percepción. Y la percepción se construye con hechos, respuestas, transparencia, rapidez para separar funcionarios, claridad documental y coherencia entre discurso y práctica. Si el Gobierno responde cada denuncia solo como una operación, puede contener a los propios, pero no necesariamente convencer a los que dudan.

Una advertencia para la Casa Rosada

La encuesta de Management & Fit no define por sí sola el futuro político de Milei, pero marca una advertencia. La imagen presidencial cae, la desaprobación de la gestión sube, la inflación sigue al tope de las preocupaciones y el clima social muestra más fatiga que entusiasmo. El Gobierno todavía conserva iniciativa, núcleo duro y capacidad de ordenar la agenda. Pero el momento ya no es el de la luna de miel. Es el de la prueba de resistencia.

La pregunta central es si Milei puede transformar la desinflación en recuperación social antes de que el desgaste erosione de manera más profunda su poder. Si los próximos meses muestran mejora del salario, rebote del consumo, estabilidad cambiaria, reducción de la inflación y menos escándalos políticos, el Presidente puede recuperar parte del terreno perdido. Pero si la baja de precios convive con ingresos estancados, empleo frágil, conflictos internos y sospechas de corrupción, la caída puede consolidarse.

El Gobierno enfrenta ahora una etapa donde los números económicos ya no bastan como promesa. Necesitan traducirse en experiencia social. La inflación tiene que bajar, pero también tiene que sentirse. El orden fiscal tiene que sostenerse, pero sin convertirse en sinónimo de insensibilidad. La lucha contra la casta tiene que probarse dentro del propio Gobierno, no solo contra los adversarios. Y el liderazgo presidencial tiene que mostrar capacidad de adaptación antes de que el estilo que lo llevó al poder empiece a actuar como límite.

Milei todavía no está fuera de juego ni mucho menos. Pero la encuesta muestra que ya no flota por encima del sistema político como una excepción inmune al desgaste. Ahora también paga costos. También acumula rechazo. También depende de resultados. También necesita cuidar imagen, coalición, gestión y confianza.

El dato de quedar séptimo entre 16 dirigentes no es solo una anécdota de ranking. Es una señal de época. El Presidente que llegó prometiendo dinamitar la política empieza a ser medido con las reglas más duras de la política: resultados, bolsillo, confianza y paciencia social. Y en esa medición, la tolerancia empieza a achicarse.

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