Caputo busca despegar a Milei de Macri mientras las encuestas muestran el límite social del ajuste y un empate clave en Provincia

Luis Caputo salió a marcar una diferencia tajante entre el gobierno de Javier Milei y el de Mauricio Macri, al afirmar que no solo son distintos, sino “opuestos” en política económica. La definición llega en un momento sensible: una encuesta nacional vuelve a medir hasta cuándo la sociedad tolera el ajuste, mientras otro estudio en la provincia de Buenos Aires muestra un doble empate entre La Libertad Avanza y el peronismo de cara a 2027.
 
19 de mayo de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Luis Caputo eligió una frase fuerte para ordenar una discusión que incomoda al Gobierno: “Este gobierno, en términos de política económica, no solo es diferente al de Macri, sino que es lo opuesto”. La definición no fue casual. El ministro de Economía sabe que una parte del círculo rojo, de la oposición y del propio electorado no peronista tiende a comparar el experimento libertario con la experiencia de Cambiemos. Y sabe, además, que esa comparación puede ser riesgosa para Milei si empieza a instalarse la idea de una repetición corregida, más dura o más ideologizada del macrismo.

Caputo no solo diferenció a Milei de Macri. Intentó separar dos modelos de poder. Según su mirada, el gobierno actual no heredó la misma economía, no aplicó la misma estrategia y no eligió el mismo camino. Mientras la gestión de Cambiemos buscó gradualismo, financiamiento externo y administración política del déficit, Milei construyó su identidad sobre el shock, el superávit fiscal, el recorte del gasto, la licuación de partidas y una confrontación permanente contra lo que define como “la casta”.

La frase de Caputo tiene una carga política evidente porque él mismo fue protagonista de ambos ciclos. No habla como un observador externo. Fue ministro de Finanzas y luego presidente del Banco Central durante el gobierno de Macri, y ahora es el principal sostén económico de Milei. Por eso su comparación tiene doble filo: le permite defender al actual Gobierno, pero también reabre la discusión sobre los límites, errores y herencias del macrismo.

El ministro busca instalar una idea simple: Milei no es Macri acelerado, ni Macri sin gradualismo, ni una segunda vuelta de Cambiemos. Para Caputo, el gobierno libertario representa otro tipo de programa económico, más frontal, más ortodoxo en el plano fiscal, más dispuesto a pagar costos sociales inmediatos y menos preocupado por amortiguar el impacto político del ajuste. Esa es la diferencia que quiere mostrar. Pero esa diferencia también expone el dilema central del oficialismo: si el plan es más duro, la pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse social y electoralmente.

La economía como relato: Caputo intenta separar dos experiencias

La comparación con Macri es inevitable por varias razones. Ambos gobiernos llegaron al poder con apoyo de sectores antikirchneristas, con promesa de normalización económica, con respaldo inicial de buena parte del mercado y con la expectativa de recomponer la relación con el mundo financiero. Además, varios funcionarios, técnicos, consultores y dirigentes del PRO orbitan cerca del mileísmo o colaboraron con él en distintos momentos.

Caputo intenta cortar esa continuidad. La diferencia que plantea está en el método. Macri buscó reducir el déficit de manera gradual, sostener gobernabilidad con acuerdos políticos y financiar el proceso con deuda. Milei, en cambio, hizo del ajuste fiscal inmediato el núcleo de su identidad. No presentó el recorte como una transición inevitable sino como una virtud moral y económica: primero ordenar las cuentas, después crecer.

En ese punto, Caputo también busca blindar su propia gestión. Si el recuerdo de Cambiemos quedó asociado al endeudamiento, la corrida cambiaria, el regreso al Fondo Monetario y el fracaso electoral de 2019, el ministro necesita demostrar que esta vez el final puede ser distinto. Por eso insiste en que el Gobierno actual no está repitiendo el libreto anterior, sino haciendo “lo opuesto”.

La frase también le sirve para responder a Mauricio Macri, que en los últimos meses volvió a moverse con más autonomía política, reivindicó el rol del PRO y buscó instalarse como parte de una etapa posterior al mileísmo. Caputo, al marcar distancia entre ambos modelos, también le habla al electorado de derecha y centro derecha: el liderazgo económico del cambio, según su planteo, está ahora en Milei, no en el expresidente.

Pero el problema es que el relato económico no se juega solo en la comparación histórica. Se juega en el bolsillo. La inflación puede desacelerarse, los mercados pueden mirar con interés algunos indicadores y el Gobierno puede exhibir superávit, pero la pregunta social sigue siendo si la recuperación llega a tiempo, si los ingresos se recomponen y si el ajuste no termina acumulando un costo político demasiado alto.

La pregunta incómoda: hasta cuándo aguanta la sociedad

La encuesta nacional de Jorge Giacobbe vuelve a poner sobre la mesa la pregunta que recorre al Gobierno desde el primer día: hasta cuándo la sociedad tolera el ajuste. El relevamiento, realizado sobre 2.500 casos entre el 4 y el 9 de mayo, vuelve a medir la paciencia ciudadana frente al programa económico de Milei y también la imagen de dirigentes clave del oficialismo y la oposición.

La pregunta no es menor porque el plan libertario descansa sobre una hipótesis política: que la sociedad está dispuesta a soportar un período prolongado de sacrificio si cree que el rumbo tiene sentido. Milei construyó buena parte de su legitimidad explicando que el ajuste era inevitable, que no había alternativa y que el costo de no hacerlo sería peor. Pero esa legitimidad no es infinita. Depende de resultados, expectativas y percepción de futuro.

El Gobierno todavía conserva una base social intensa, ideológica y emocionalmente alineada con el Presidente. Ese núcleo interpreta el ajuste como una batalla necesaria contra décadas de decadencia. Sin embargo, por fuera de ese núcleo aparecen zonas más frágiles: trabajadores formales que perdieron poder adquisitivo, jubilados, sectores medios con tarifas más altas, comerciantes con caída de ventas, familias que sienten que el alivio prometido tarda demasiado y votantes que acompañaron a Milei más por rechazo al kirchnerismo que por adhesión doctrinaria al libertarismo.

Ese es el terreno que miden las encuestas. No solo la imagen del Presidente, sino la resistencia social del programa económico. Una cosa es aceptar el ajuste como diagnóstico inicial. Otra cosa es sostenerlo durante meses o años sin una mejora visible. La paciencia política suele ser más larga cuando hay horizonte. Se acorta cuando la expectativa se convierte en incertidumbre.

Caputo entiende esa tensión. Por eso, cada vez que habla, no solo defiende números: defiende una narrativa. El ministro necesita convencer a mercados y votantes de que el sacrificio tiene dirección, que el Gobierno no improvisa, que el tipo de cambio no está atrasado, que la baja de la inflación será sostenible y que Milei llegará fortalecido a 2027. La economía, para el oficialismo, ya no es solo gestión. Es la condición de posibilidad del proyecto político.

Provincia de Buenos Aires: el doble empate que preocupa a todos

El otro dato sensible aparece en la provincia de Buenos Aires, el distrito que puede ordenar o desordenar cualquier estrategia nacional. Un relevamiento de Trends, realizado entre el 1 y el 9 de mayo sobre 1.250 casos, muestra un doble empate de cara a la próxima elección bonaerense: por espacio político y por candidatos.

El estudio ubica a La Libertad Avanza y al peronismo en una paridad de 35% a 35% cuando se mide por fuerza política. Cuando se proyectan nombres para una eventual disputa por la gobernación, Sergio Massa y Diego Santilli aparecen empatados con 21% cada uno. El dato es fuerte porque muestra que la provincia sigue partida en dos grandes polos y que ninguna fuerza logra despegar de manera clara.

Para el Gobierno, la Provincia es el territorio más difícil y más necesario. Es difícil porque el peronismo conserva una estructura territorial profunda, intendentes, sindicatos, movimientos sociales, presencia legislativa y un gobernador que sigue siendo un actor central. Pero también es necesaria porque ningún proyecto nacional puede consolidarse sin disputar seriamente el conurbano y el interior bonaerense.

El empate entre Massa y Santilli expresa varias cosas a la vez. Primero, que Massa conserva volumen electoral pese al desgaste de 2023 y a su silencio relativo posterior. Segundo, que Santilli aparece como una figura competitiva para el espacio libertario o para una coalición ampliada de derecha, especialmente por su conocimiento en la Provincia y su experiencia en campañas bonaerenses. Tercero, que la elección provincial todavía no tiene un dueño claro.

El dato también complica a Axel Kicillof. Aunque el gobernador mantiene centralidad dentro del peronismo, la medición de Massa como candidato competitivo muestra que la interna opositora sigue abierta. El peronismo bonaerense discute liderazgo, estrategia y representación: si la salida es Kicillof, Massa, un intendente fuerte o una síntesis que todavía no aparece. Esa discusión se vuelve más intensa si La Libertad Avanza se mantiene competitiva.

Milei frente al dilema del ajuste y la elección

La combinación de los tres elementos —Caputo diferenciando a Milei de Macri, una encuesta nacional midiendo la paciencia social y un empate bonaerense entre libertarios y peronistas— muestra el punto exacto en el que está el Gobierno. Milei necesita que su programa económico sea percibido como distinto al fracaso de Cambiemos, necesita que la sociedad aguante hasta que los indicadores mejoren y necesita que esa paciencia se traduzca en votos en los distritos donde se define el poder real.

El oficialismo apuesta a una secuencia clara: sostener el ajuste, bajar inflación, ordenar cuentas públicas, mostrar recuperación, llegar competitivo a 2027 y convertir a Milei en el líder indiscutido de una nueva mayoría de derecha. Pero esa secuencia depende de muchas condiciones. La principal es que la mejora llegue antes de que el desgaste social se vuelva electoralmente irreversible.

La Provincia puede ser el primer gran test de esa hipótesis. Si La Libertad Avanza logra empatar o ganarle al peronismo en territorio bonaerense, Milei podrá decir que el ajuste no rompió su contrato social con los votantes. Si pierde con claridad, la oposición intentará instalar que el sacrificio empezó a cobrar factura. Por eso la encuesta de Trends no es un dato aislado. Es una foto del campo de batalla más importante.

En términos políticos, el Gobierno tiene otro problema: necesita ordenar su relación con el PRO. Caputo quiere despegar a Milei de Macri, pero al mismo tiempo La Libertad Avanza necesita dirigentes, estructura, fiscales, intendentes, legisladores y conocimiento territorial que el PRO todavía conserva en varios distritos. La tensión es evidente: diferenciarse demasiado de Macri puede ayudar al relato libertario, pero puede complicar una alianza electoral que el oficialismo todavía podría necesitar.

Santilli, en ese sentido, funciona como puente y como síntoma. Es una figura surgida del PRO, pero potencialmente integrable a una estrategia libertaria. Su empate con Massa muestra que el antikirchnerismo bonaerense necesita nombres con volumen territorial, no solo épica digital. Milei puede tener centralidad nacional, pero la Provincia requiere otro tipo de construcción.

El fantasma de Macri y la necesidad de una identidad propia

Caputo sabe que la comparación con Macri no es solo económica. Es política. Macri ganó en 2015 con promesa de cambio y terminó fuera del poder en 2019. Milei ganó con una promesa de ruptura mucho más profunda y quiere evitar que su gobierno sea leído como una segunda frustración de la misma familia política. Por eso la palabra “opuesto” es tan importante.

El ministro intenta decir que Macri administró, Milei transformó; que Macri gradualizó, Milei cortó; que Macri financió déficit, Milei buscó superávit; que Macri sostuvo parte del viejo sistema, Milei lo enfrenta. Esa narrativa es útil para el oficialismo, pero también lo obliga a cumplir con una vara más alta. Si el Gobierno se presenta como radicalmente distinto, no puede terminar explicando resultados parecidos.

La sociedad no evalúa solo doctrinas económicas. Evalúa empleo, salarios, tarifas, consumo, estabilidad, seguridad y expectativas. La baja de inflación puede ser un activo enorme, pero si llega acompañada de ingresos deprimidos, cierres de comercios, endeudamiento familiar o pérdida de bienestar, el resultado político puede ser más ambiguo de lo que el Gobierno espera.

La diferencia con Macri deberá demostrarse en la salida, no solo en el método. Si Milei logra estabilizar, recuperar ingresos y mantener apoyo social, Caputo podrá decir que la estrategia de shock funcionó donde el gradualismo fracasó. Si no lo logra, la frase de “lo opuesto” puede quedar como una defensa anticipada frente a un problema que todavía no está resuelto.

La oposición mira el cansancio, el oficialismo mira la paciencia

El peronismo observa las encuestas con una expectativa clara: que el ajuste empiece a erosionar al Gobierno. Su apuesta es que la crisis del bolsillo, el aumento de tarifas, el deterioro del consumo y las internas oficiales vayan debilitando la adhesión a Milei. Pero la oposición también enfrenta sus propios límites. No alcanza con esperar el desgaste. Necesita reconstruir credibilidad, ordenar liderazgo y ofrecer una alternativa que no sea simplemente volver al punto anterior.

La encuesta bonaerense muestra justamente eso. El PJ empata con La Libertad Avanza, pero no la supera con claridad. Massa empata con Santilli, pero no logra despegar. Kicillof conserva volumen, pero no ordena automáticamente a todos los sectores. La oposición tiene oportunidad, pero también dispersión.

El Gobierno, en cambio, mira el mismo escenario desde otro ángulo. Si después de un ajuste profundo, La Libertad Avanza sigue empatada en la Provincia y Milei conserva una base competitiva a nivel nacional, la Casa Rosada puede interpretar que el contrato político sigue vivo. Para el oficialismo, aguantar el empate en el peor tramo económico puede ser una buena noticia si cree que la recuperación todavía está por venir.

Ahí aparece el verdadero debate: si las encuestas muestran desgaste o resistencia. Para la oposición, muestran límite social. Para el Gobierno, muestran que Milei todavía compite pese al costo del ajuste. Ambas lecturas pueden ser parcialmente ciertas. La política de los próximos meses dependerá de cuál de las dos se imponga.

El punto de fondo

Caputo intenta instalar que Milei no es Macri, que el programa económico actual no repite el experimento de Cambiemos y que el Gobierno está haciendo exactamente lo contrario en materia fiscal, cambiaria y de administración del poder económico. Pero mientras el ministro construye esa diferencia, las encuestas muestran el terreno real donde se define la política: la paciencia social y la Provincia de Buenos Aires.

El ajuste sigue siendo el eje del Gobierno. La baja de inflación, el superávit y la expectativa de recuperación son las cartas fuertes del oficialismo. Pero el costo cotidiano también existe. La pregunta no es solo cuánto mejora la macroeconomía, sino cuándo lo siente la sociedad y si ese tiempo coincide con el calendario electoral.

La Provincia aparece como el laboratorio más importante. Allí el peronismo todavía tiene músculo, La Libertad Avanza conserva competitividad y el PRO puede transformarse en socio, puente o problema. El empate entre Massa y Santilli, y el empate entre PJ y LLA, muestran que la pelea está abierta.

Milei necesita diferenciarse de Macri para no heredar su final.

Caputo necesita que el ajuste se convierta en recuperación antes de que se convierta en cansancio.

Y la política argentina vuelve a quedar atrapada en una pregunta conocida: si la sociedad está dispuesta a sostener un sacrificio prolongado cuando todavía no sabe con claridad cuánto falta para ver el resultado.

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