
Lemoine acusó a Pagano y Milei se metió en la pelea: la interna libertaria volvió a estallar en redes
Alejandro CabreraLa interna libertaria sumó un nuevo capítulo de alto voltaje con una acusación directa de Lilia Lemoine contra Marcela Pagano y la intervención inmediata de Javier Milei en redes sociales. La diputada oficialista acusó a Pagano, exintegrante del bloque libertario, de buscar exparejas de funcionarios y dirigentes de La Libertad Avanza para que los “destruyan”, en una denuncia política cargada de insinuaciones personales, acusaciones de espionaje y referencias a supuestas operaciones contra el Gobierno. Milei tomó el mensaje, lo replicó y escribió: “Las operetas vienen marchando”, una frase que convirtió el cruce entre legisladoras en un tema presidencial.
El episodio no puede leerse como una pelea aislada entre dos diputadas. Forma parte de una secuencia más amplia en la que La Libertad Avanza viene mostrando sus fracturas internas a cielo abierto: cruces entre Lemoine y Pagano, acusaciones contra sectores desplazados del oficialismo, peleas entre Santiago Caputo y Martín Menem, tensiones con Victoria Villarruel, roces con Patricia Bullrich y una dinámica en la que las redes sociales funcionan menos como herramienta de comunicación política que como campo de batalla entre facciones.
La acusación contra Pagano y el respaldo de Milei
Lemoine apuntó contra Pagano con una acusación grave: sostuvo que la diputada estaría buscando exparejas de libertarios para alimentar denuncias o testimonios capaces de dañar a dirigentes del oficialismo. También la vinculó con Franco Bindi y la presentó como una “operadora” contra La Libertad Avanza. El mensaje fue retomado por Milei, que eligió no mantenerse al margen y lo amplificó desde su propia cuenta, reforzando la idea de que el Gobierno se prepara para enfrentar nuevas “operetas”.
Ese gesto presidencial es el dato político más importante. Milei no solo observó una pelea legislativa, sino que decidió intervenir. Al hacerlo, transformó una acusación de Lemoine en una señal desde la cima del poder. En un gobierno donde las redes son parte central del dispositivo de conducción, un retuit o una frase del Presidente no es un movimiento menor: marca línea, habilita interpretaciones y define quién queda bajo sospecha dentro del universo libertario.
La acusación de Lemoine se suma a una relación ya deteriorada con Pagano. Las dos diputadas arrastran cruces desde hace tiempo, con descalificaciones públicas, acusaciones cruzadas y episodios de tensión dentro del Congreso. Pagano, que fue electa por La Libertad Avanza y luego quedó enfrentada al bloque oficialista, se convirtió para una parte del mileísmo en símbolo de ruptura interna, mientras Lemoine funciona como una de las defensoras más combativas del núcleo duro presidencial.
El problema es que la pelea ya no se limita a diferencias políticas. El tono personal, las referencias a relaciones privadas, las acusaciones sobre exparejas y las insinuaciones de operaciones judiciales o mediáticas llevan la interna a un terreno mucho más corrosivo. La discusión deja de ser sobre leyes, reformas o estrategia parlamentaria y pasa a girar alrededor de lealtades, traiciones, supuestos carpetazos y batallas de reputación.
Una interna que se devora al oficialismo
La Libertad Avanza enfrenta una paradoja cada vez más visible. Llegó al poder con un discurso de ruptura contra la “casta”, la política tradicional y las operaciones de palacio, pero hoy aparece atrapada en una dinámica de internas, acusaciones cruzadas, pases de factura y guerras de redes que recuerdan a lo peor de aquello que prometía superar. El oficialismo no solo pelea contra la oposición: pelea consigo mismo.
En las últimas semanas, la interna libertaria dejó de ser un rumor de pasillo para convertirse en una sucesión de escenas públicas. Santiago Caputo quedó enfrentado con Martín Menem en una disputa por poder, comunicación y control del ecosistema digital. Karina Milei intenta consolidar la lapicera del armado político. Victoria Villarruel aparece cada vez más lejos del centro de decisiones. Patricia Bullrich quedó en tensión con el karinismo después de pedir explicaciones públicas a Manuel Adorni. Y ahora Lemoine vuelve a colocar a Pagano en el centro de una denuncia política que Milei decide amplificar.
La crisis no está solamente en los nombres, sino en el método. El mileísmo construyó buena parte de su identidad sobre la confrontación permanente, el uso intensivo de redes, la denuncia de enemigos internos y externos y la lógica de la batalla cultural. Esa maquinaria fue eficaz para crecer electoralmente, instalar agenda y disciplinar adversarios. Pero ahora empieza a operar hacia adentro. Las mismas herramientas que antes apuntaban contra periodistas, opositores o dirigentes tradicionales se usan para disputar poder dentro del propio oficialismo.
Por eso cada pelea interna escala tan rápido. En La Libertad Avanza, las diferencias no suelen tramitarse en silencio ni resolverse en mesas políticas estables. Se exponen, se viralizan, se amplifican y se convierten en material de guerra digital. Lo que debería ser una discusión de conducción termina convertido en tendencia, clip, acusación y contragolpe.
Pagano, Lemoine y el símbolo de una ruptura más profunda
Marcela Pagano ocupa un lugar incómodo en la historia reciente de La Libertad Avanza. Fue parte del armado legislativo original, llegó al Congreso con el sello libertario y luego quedó enfrentada a sectores del oficialismo. Su figura condensa una pregunta que atraviesa al mileísmo desde el inicio: qué ocurre con quienes entran al espacio, ganan visibilidad propia y después dejan de responder a la línea del núcleo presidencial.
Para el sector más duro de LLA, Pagano pasó a representar la indisciplina, la ruptura y la supuesta operación desde adentro. Para otros, su caso muestra el modo en que el oficialismo expulsa o castiga a quienes no se subordinan a la conducción de Karina Milei, Martín Menem o el círculo presidencial. Esa disputa de sentidos explica por qué cada cruce con Lemoine adquiere volumen político.
Lemoine, en cambio, encarna otro tipo de rol dentro del oficialismo: la defensa frontal, sin matices, del liderazgo de Milei. Su estilo confrontativo, su presencia permanente en redes y su disposición a atacar a quienes identifica como enemigos del proyecto la convierten en una pieza funcional al ecosistema libertario más duro. Cuando ella acusa, no lo hace como una legisladora más; lo hace desde una identidad política de combate.
El respaldo de Milei a su mensaje vuelve todo más delicado. El Presidente, al sumarse, confirma que el tema no es solo una pelea personal. En su lectura, o al menos en la señal pública que eligió dar, las acusaciones forman parte de una ofensiva más amplia contra su Gobierno. Esa interpretación le permite reforzar la narrativa de las “operetas”, pero también lo deja atado a un conflicto que erosiona la imagen institucional del oficialismo.
Las redes como gabinete paralelo
El caso vuelve a mostrar un rasgo central del poder libertario: muchas decisiones simbólicas se procesan en redes antes que en ámbitos formales. X funciona como despacho, vocería, tribunal interno y escenario de operaciones. Allí se premia, se castiga, se acusa y se define quién es leal o traidor. En otros gobiernos, una acusación de este tipo tal vez hubiera circulado en off, en una reunión de bloque o en una denuncia formal. En el mileísmo, estalla en público y el Presidente se suma.
Esa dinámica tiene ventajas y costos. La ventaja es la velocidad. Milei habla directamente a su base, evita intermediarios y ordena el sentido político de cada episodio en tiempo real. El costo es la pérdida de control institucional. Cuando todo se tramita en redes, la política se vuelve más emocional, más reactiva y más difícil de contener. Cada frase puede incendiar una interna y cada acusación puede abrir una nueva crisis.
El Gobierno intenta presentar estas peleas como parte de una ofensiva externa. La palabra “opereta” cumple esa función: convierte los problemas en ataques coordinados, desplaza el foco desde la propia interna hacia enemigos difusos y permite reagrupar a la base bajo la idea de que Milei está siendo atacado por poderes que buscan impedir el cambio. Pero esa explicación tiene un límite. Cuando las acusaciones parten desde adentro del propio oficialismo y se multiplican entre dirigentes libertarios, la hipótesis de la operación externa no alcanza para explicar todo.
La pregunta que empieza a crecer es si Milei controla esa energía o si la energía empieza a controlarlo a él. El Presidente sigue siendo el centro indiscutido del espacio, pero las internas muestran que su liderazgo no siempre alcanza para ordenar a todos los actores. De hecho, su intervención en redes muchas veces no apaga los incendios: los agranda.
El desgaste de gobernar en modo campaña permanente
La pelea Lemoine-Pagano ocurre mientras el Gobierno intenta instalar otros temas: baja de inflación, negociaciones financieras, reformas, control del déficit, agenda internacional y disputa electoral. Sin embargo, una y otra vez la agenda vuelve a las internas. El oficialismo necesita hablar de gestión, pero termina hablando de traiciones, operaciones, exparejas, carpetazos, funcionarios cuestionados y disputas de poder.
Ese es el verdadero riesgo político. Las internas no solo dañan la convivencia del oficialismo; también consumen atención pública. En un país con problemas económicos, sociales y de seguridad, cada día dedicado a una guerra interna es un día en el que el Gobierno pierde capacidad de marcar agenda positiva. El votante que acompaña a Milei por la economía puede tolerar cierto nivel de conflicto, pero difícilmente vea como señal de fortaleza un oficialismo que parece permanentemente al borde de devorarse a sí mismo.
La oposición, además, encuentra en estas peleas una oportunidad. No necesita construir una narrativa compleja: le alcanza con mostrar que los libertarios se acusan entre ellos. El Gobierno que prometía orden aparece desordenado. El espacio que denunciaba la vieja política aparece atravesado por métodos viejos y nuevos de operación. El Presidente que prometía terminar con la casta aparece rodeado de una interna feroz por cargos, poder, influencia y control simbólico.
Milei todavía conserva una base intensa y una capacidad notable para convertir ataques en combustible político. Pero el desgaste de gobernar en modo campaña permanente empieza a sentirse. La lógica de confrontación sirve para ganar batallas discursivas, pero puede ser menos eficaz para administrar un Estado, contener una coalición y sostener una mayoría social.
La pelea que revela el fondo del problema
El cruce entre Lemoine y Pagano no es importante solo por lo que se dijeron. Es importante porque revela cómo funciona hoy La Libertad Avanza. Un espacio hiperpersonalista, con liderazgo fuerte de Milei, centralidad creciente de Karina, disputa entre operadores internos, legisladores en guerra, exaliados convertidos en enemigos y una base digital que vive cada conflicto como una batalla decisiva.
La acusación contra Pagano deberá probarse si pretende salir del terreno de la pelea política y entrar en el plano institucional. Hasta ahora, lo que existe públicamente es una denuncia en redes y una amplificación presidencial. Pero incluso si la acusación no avanza judicialmente, el daño político ya está hecho: vuelve a instalar la idea de un oficialismo atravesado por sospechas y una conducción que responde a cada ruido interno con más fuego.
La Libertad Avanza parece atrapada en su propio estilo. La épica de la confrontación le permitió romper el sistema político y llegar al poder. Ahora, esa misma épica amenaza con fracturar su propio gobierno desde adentro. Lemoine acusa a Pagano, Milei habla de operetas y la interna vuelve a ocupar el centro de la escena. Mientras tanto, el país observa a un oficialismo que prometió dinamitar la vieja política y que, cada vez más seguido, parece reproducirla en versión digital, acelerada y sin frenos.


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