Milei reunió a la mesa política para mostrar unidad, pero la interna libertaria sigue condicionando al Gobierno

El oficialismo volvió a juntar a sus principales figuras después de varios días de tensión entre Santiago Caputo, Martín Menem, Patricia Bullrich, Karina Milei y otros sectores de La Libertad Avanza. La reunión buscó ordenar la agenda legislativa, bajar el ruido interno y reconstruir una imagen de conducción, pero dejó una señal más profunda: Milei necesita intervenir cada vez más para evitar que la pelea por el poder dentro del Gobierno termine devorando la gestión.
Política26 de mayo de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La mesa política del Gobierno volvió a reunirse después de los gestos de Javier Milei para frenar una interna libertaria que ya dejó de ser un problema de pasillos y se convirtió en una dificultad pública de conducción. El encuentro buscó mostrar una foto de unidad, ordenar la agenda parlamentaria y bajar la tensión entre los sectores que responden a Santiago Caputo, los Menem, Karina Milei, Patricia Bullrich y Manuel Adorni, todos nombres que en las últimas semanas quedaron atravesados por cruces, acusaciones, diferencias estratégicas y disputas por influencia dentro del oficialismo.

La reunión se desarrolló en un clima de necesidad política. Milei venía de intentar ordenar al Gabinete y de transmitir hacia afuera que las diferencias internas no iban a condicionar el funcionamiento del Gobierno. Pero la sola convocatoria de la mesa muestra que el problema existe: cuando un presidente necesita reunir a sus principales operadores para bajar la tensión, es porque la interna ya superó el nivel administrable de una coalición en crecimiento y empezó a tocar la autoridad del centro de poder.

Una mesa para ordenar el Congreso y contener la pelea interna

El eje formal de la reunión fue la agenda legislativa. El Gobierno necesita definir qué proyectos priorizar, cómo encarar la próxima etapa parlamentaria y qué reformas enviará o impulsará en el corto plazo. En el Congreso, La Libertad Avanza sigue sin mayoría propia y depende de negociaciones con aliados, sectores dialoguistas y bloques provinciales. Por eso, la coordinación interna no es un lujo: si el oficialismo llega dividido a cada negociación, sus chances de imponer agenda se reducen.

Según reconstrucciones periodísticas, el encuentro incluyó a figuras centrales del dispositivo libertario, entre ellas Santiago Caputo, Martín Menem, Manuel Adorni, Patricia Bullrich y representantes del núcleo político del Gobierno. TN señaló que Caputo, Menem, Adorni y Bullrich volvieron a verse cara a cara sin Milei, en una reunión destinada a avanzar con reformas y bajar la tensión interna.

El dato más importante no es solamente quiénes estuvieron, sino quiénes necesitaban estar. Caputo y Menem vienen de una disputa que expuso públicamente la pelea por el control del ecosistema libertario, entre la comunicación política, la militancia digital, el armado legislativo y la estructura partidaria. Bullrich quedó en tensión con el karinismo después de sus planteos sobre Manuel Adorni. Karina Milei, por su parte, sigue funcionando como la gran administradora de la lapicera política y de las jerarquías internas.

El Gobierno intentó presentar el encuentro como una muestra de normalidad. La lógica oficial es clara: hay diferencias, pero el equipo trabaja; hay discusiones, pero la agenda avanza; hay ruido, pero Milei conserva la conducción. Sin embargo, el contexto vuelve más difícil esa lectura. La mesa no se reúne en un momento de calma, sino después de una seguidilla de peleas públicas que desordenaron el mensaje oficialista.

Caputo, Menem y la pelea por el poder real

La tensión entre Santiago Caputo y Martín Menem se transformó en uno de los capítulos más sensibles de la interna libertaria. No se trata apenas de una rivalidad personal. Detrás de ese conflicto aparece una disputa por el poder real dentro del Gobierno: quién controla la narrativa, quién maneja el vínculo con la militancia digital, quién ordena el Congreso, quién define candidaturas y quién tiene llegada directa al Presidente.

Caputo conserva una influencia decisiva sobre la estrategia comunicacional, la batalla cultural y el núcleo más ideológico del mileísmo. Martín Menem, como presidente de la Cámara de Diputados, expresa el poder institucional y parlamentario del oficialismo. A su alrededor también aparece el peso de Eduardo “Lule” Menem y del armado territorial que responde a Karina Milei. Esa convivencia era posible mientras el Gobierno estaba en expansión. Ahora, con más desgaste y más presión electoral, cada zona de poder se vuelve una trinchera.

La mesa política busca precisamente evitar que esa disputa se traduzca en parálisis. El problema es que La Libertad Avanza no es todavía un partido maduro, con mecanismos internos estables para procesar conflictos. Es una fuerza construida alrededor de Milei, con liderazgos superpuestos, tribus digitales, armadores territoriales, funcionarios técnicos y aliados externos que no siempre comparten la misma lógica de poder.

Esa fragilidad se nota cada vez que una diferencia sale a la luz. Lo que en otros oficialismos podría resolverse con una negociación reservada, en el universo libertario suele escalar en redes, filtraciones, operaciones y acusaciones cruzadas. La herramienta que llevó a Milei al poder —la confrontación permanente— empieza ahora a operar también dentro del propio Gobierno.

Bullrich, Karina y el problema de los aliados con volumen propio

Patricia Bullrich ocupa un lugar especialmente incómodo en este esquema. Es necesaria para ampliar la base política de Milei, aporta experiencia, estructura, llegada a sectores del PRO y una identidad fuerte en materia de seguridad. Pero justamente por eso genera desconfianza en el núcleo más cerrado de La Libertad Avanza. No es una dirigente subordinada al mileísmo original, sino una aliada con historia, ambición y capital propio.

La tensión con Karina Milei quedó expuesta en distintos episodios recientes. Bullrich reclamó públicamente explicaciones a Manuel Adorni por su situación patrimonial, un gesto que fue leído dentro del Gobierno como una presión innecesaria contra un funcionario protegido por el Presidente. A partir de ahí, el vínculo con el karinismo se volvió más delicado y la mesa política aparece también como un intento de evitar que esa diferencia se convierta en una ruptura mayor.

Karina Milei busca consolidar una fuerza vertical, con sello propio, conducción centralizada y control del armado electoral. Bullrich representa otra lógica: coalición, volumen político, experiencia de gestión y puentes con sectores que no vienen de la identidad libertaria original. La tensión entre ambas no es solo personal. Es una discusión sobre qué debe ser La Libertad Avanza: un partido cerrado alrededor de Milei y su hermana, o una coalición de derecha más amplia con actores de peso propio.

Ese dilema será cada vez más importante de cara a 2027. El Gobierno necesita ampliar para ganar y sostener poder, pero teme que esa ampliación diluya el control del núcleo original. Necesita aliados, pero desconfía de los aliados que pueden crecer demasiado. Necesita orden, pero su propio método político premia la confrontación y la lealtad personal antes que la institucionalidad interna.

La foto de unidad y sus límites

La reunión de la mesa política intentó construir una imagen de coordinación después de días de desorden. Pero una foto de unidad no siempre equivale a unidad real. Puede servir para bajar el ruido durante algunas horas, ordenar mensajes y evitar que la agenda vuelva a quedar tomada por la interna. Pero el problema de fondo sigue abierto: el Gobierno todavía no resolvió cómo distribuye poder entre sus principales actores.

El oficialismo quiere volver a hablar de reformas, economía, Congreso y gobernabilidad. Necesita que la agenda vuelva al terreno donde Milei se siente más fuerte: déficit fiscal, baja de inflación, deuda, reformas estructurales, pelea contra la “casta” y confrontación con la oposición. Pero la interna libertaria se convirtió en una agenda paralela que aparece una y otra vez y compite con el relato de orden.

El riesgo para Milei es que la pelea interna erosione su principal activo político: la autoridad. Un presidente puede tolerar diferencias si las administra desde arriba. Pero cuando esas diferencias se exponen de manera constante, cuando los aliados se cuestionan públicamente y cuando los operadores disputan poder en redes y medios, la imagen que queda es la de un Gobierno que necesita gastar energía en ordenarse antes de gobernar.

La mesa política, entonces, funciona como remedio y como síntoma. Es remedio porque intenta coordinar, contener y disciplinar. Pero también es síntoma porque confirma que la interna existe, que preocupa y que requiere intervención permanente.

El Congreso como prueba de funcionamiento

La agenda legislativa será el primer test para saber si la mesa política logró algo más que una tregua. El Gobierno necesita avanzar con reformas y sostener negociaciones complejas en un Congreso donde cada voto cuenta. Si Caputo, Menem, Bullrich, Karina y Adorni logran alinear estrategia, el oficialismo puede recuperar iniciativa. Si cada sector juega su propia partida, la oposición y los aliados dialoguistas tendrán más margen para condicionar al Ejecutivo.

Infobae informó que la mesa política busca definir qué proyectos se priorizarán en el trámite legislativo y qué nuevas iniciativas se enviarán en el corto plazo, en un contexto en el que el Gobierno necesita ordenar su relación con el Parlamento para evitar derrotas o dilaciones.

Ese punto es clave porque el Gobierno ya no puede sostenerse únicamente con decretos, comunicación directa y épica antiestablishment. Necesita leyes. Necesita acuerdos. Necesita que el Congreso funcione como canal de reformas y no como escenario permanente de bloqueo. Para eso, la interna libertaria debe bajar de intensidad. Ningún oficialismo minoritario puede darse el lujo de negociar con la oposición mientras se pelea consigo mismo.

La mesa política tiene que resolver una pregunta práctica: quién habla en nombre del Gobierno. En un esquema con muchos interlocutores, cada negociación puede volverse confusa. Si Economía promete una cosa, Interior negocia otra, Diputados interpreta otra y los operadores digitales incendian el clima, la gobernabilidad se vuelve más difícil.

Milei intenta recuperar conducción

El Presidente sigue siendo el ordenador central de La Libertad Avanza. Nadie tiene su volumen electoral, su conexión con la base ni su capacidad de convertir conflicto en combustible político. Pero el crecimiento del Gobierno le exige algo más que liderazgo carismático. Le exige conducción administrativa, orden interno y capacidad de arbitraje.

Los últimos gestos de Milei apuntaron a eso: bajar el volumen de la interna, mostrar reuniones, reunir a funcionarios y ordenar la mesa política. La pregunta es si esa intervención llega para resolver los conflictos o apenas para postergarlos. En el oficialismo hay tensiones estructurales que no se eliminan con una foto: el choque entre comunicación y territorio, entre partido cerrado y coalición amplia, entre Karina y los aliados con autonomía, entre los Menem y Caputo, entre el Senado de Bullrich y el núcleo presidencial.

La Libertad Avanza atraviesa una etapa clásica de los movimientos que llegan rápido al poder: después de la victoria, empieza la pelea por la administración de la victoria. Quién firma, quién decide, quién arma listas, quién entra a la foto, quién queda afuera, quién habla con Milei, quién controla el Congreso, quién baja línea en redes y quién tiene la última palabra.

Ese tipo de conflictos no necesariamente destruye a un gobierno. Muchas coaliciones conviven con tensiones internas. El problema aparece cuando esas tensiones se vuelven públicas, permanentes y difíciles de cerrar. La diferencia entre una coalición plural y un oficialismo en crisis está en la capacidad de ordenar esas diferencias sin que se transformen en espectáculo diario.

La interna como amenaza a la narrativa de orden

Milei construyó buena parte de su poder sobre la promesa de orden: orden fiscal, orden moral frente a la “casta”, orden contra el desborde del Estado y orden frente a una Argentina que describía como decadente. Por eso la interna libertaria golpea en un punto delicado. No necesariamente porque cambie la opinión de su núcleo duro, sino porque contradice la imagen de control que el Gobierno quiere proyectar.

El Presidente necesita mostrar que puede ordenar la economía y también a los propios. La reunión de la mesa política va en esa dirección. Pero cada nuevo cruce entre referentes libertarios vuelve a instalar la duda sobre si el oficialismo gobierna desde una estrategia compartida o desde un equilibrio inestable entre facciones.

La oposición observa esa fragilidad con atención. No necesita construir una gran narrativa si el propio Gobierno exhibe sus disputas. Le alcanza con señalar que, mientras Milei promete reformas profundas, su mesa chica discute poder interno. El riesgo para el oficialismo es que la agenda pública deje de girar alrededor de sus logros o sus promesas y pase a girar alrededor de sus peleas.

La reunión de la mesa política dejó una señal doble. Hacia afuera, el Gobierno intentó mostrar que hay conducción, coordinación y agenda. Hacia adentro, recordó que Milei necesita intervenir para que las tensiones no se desborden. La foto puede servir para ordenar el día, pero la pregunta de fondo sigue abierta: si La Libertad Avanza será capaz de convertirse en una fuerza de gobierno estable o si seguirá funcionando como un movimiento de poder intenso, veloz y atravesado por internas que amenazan con consumir la energía de la gestión.

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