¿Está perdiendo Estados Unidos en Medio Oriente? La incómoda comparación con Vietnam, Irak y Afganistán

La escalada con Irán volvió a instalar una pregunta que atraviesa medio siglo de política exterior estadounidense: ¿puede la mayor potencia militar del mundo ganar una guerra y perder la paz? Mientras Washington busca contener a Teherán, las sombras de Vietnam, Irak y Afganistán reaparecen en cada análisis sobre el futuro de Medio Oriente.
 
Medio Oriente20 de junio de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Estados Unidos posee el presupuesto militar más grande del planeta, una red de bases globales sin equivalente y una capacidad tecnológica que ningún rival puede igualar. Sin embargo, las guerras modernas han demostrado que la superioridad militar no siempre garantiza el éxito político.

La discusión volvió a cobrar fuerza tras los últimos enfrentamientos entre Israel e Irán, el involucramiento de Washington en la crisis y los intentos por evitar una guerra regional de gran escala. Para algunos analistas, Estados Unidos sigue siendo el actor dominante del sistema internacional. Para otros, atraviesa un proceso de desgaste similar al que experimentaron antiguas potencias imperiales.

La pregunta no es menor. Tampoco es nueva.

Durante décadas, Estados Unidos ganó batallas, destruyó ejércitos enemigos y derrocó gobiernos. Pero en más de una oportunidad descubrió que ocupar un país o transformar una sociedad resulta mucho más complejo que derrotar a un adversario en el campo de batalla.

Vietnam: la herida que nunca terminó de cerrar

La Guerra de Vietnam sigue siendo el ejemplo más citado cuando se habla de derrotas estratégicas estadounidenses.

Washington ingresó al conflicto con el objetivo de impedir la expansión comunista en el sudeste asiático y sostener al gobierno de Vietnam del Sur. Durante años desplegó cientos de miles de soldados, utilizó un poder de fuego abrumador y obtuvo numerosas victorias tácticas.

Sin embargo, el resultado final fue muy diferente al esperado.

La resistencia del Viet Cong, el apoyo de Vietnam del Norte y el creciente rechazo interno en Estados Unidos terminaron erosionando el esfuerzo bélico. Tras la retirada norteamericana, Saigón cayó en 1975 y Vietnam quedó unificado bajo un gobierno comunista.

Militarmente, Estados Unidos nunca sufrió una derrota comparable a las de las guerras convencionales del pasado. Políticamente, en cambio, el objetivo central fracasó.

Vietnam se convirtió en el símbolo de una potencia capaz de ganar combates pero incapaz de imponer el resultado político que buscaba.

Irak: una victoria militar que derivó en un problema mayor

Cuando Estados Unidos invadió Irak en 2003, la campaña militar fue rápida y contundente.

El régimen de Saddam Hussein cayó en pocas semanas y las principales ciudades quedaron bajo control de las fuerzas estadounidenses y sus aliados.

Parecía una demostración de fuerza irrefutable.

Pero la etapa posterior transformó aquella victoria inicial en una de las experiencias más controvertidas de la política exterior norteamericana.

La disolución del ejército iraquí, el vacío de poder, las tensiones sectarias entre chiitas y sunitas y el surgimiento de grupos insurgentes derivaron en años de violencia.

Más tarde apareció el Estado Islámico, que llegó a controlar amplias zonas de Irak y Siria, obligando a una nueva intervención militar internacional.

Dos décadas después, Irak continúa siendo un aliado importante de Occidente, pero también mantiene una profunda influencia iraní en buena parte de su sistema político.

Para muchos especialistas, la guerra demuestra que destruir un régimen es relativamente sencillo; construir un Estado estable resulta infinitamente más difícil.

Afganistán: veinte años para volver al punto de partida

Si Vietnam fue una derrota emblemática, Afganistán representa probablemente el fracaso estratégico más costoso del siglo XXI para Washington.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos lanzó una ofensiva que en pocas semanas expulsó a los talibanes del poder y destruyó gran parte de la estructura de Al Qaeda.

La operación parecía un éxito.

Sin embargo, la guerra se extendió durante veinte años.

Durante ese tiempo se invirtieron billones de dólares, se entrenaron fuerzas afganas, se impulsaron reformas institucionales y se intentó construir un nuevo Estado.

Nada de eso sobrevivió a la retirada estadounidense.

En agosto de 2021, los talibanes retomaron el control del país prácticamente sin resistencia significativa. Las imágenes del aeropuerto de Kabul, con miles de personas intentando escapar mientras los últimos soldados estadounidenses abandonaban el territorio, recorrieron el mundo.

La comparación con Saigón fue inevitable.

Para buena parte de la comunidad internacional, Afganistán confirmó que el poder militar estadounidense tiene límites cuando intenta transformar realidades políticas y culturales complejas.

La situación actual con Irán

El conflicto con Irán presenta diferencias importantes respecto a Vietnam, Irak o Afganistán.

En esta ocasión, Estados Unidos no enfrenta una insurgencia ni ocupa un territorio extranjero. Tampoco busca reconstruir un Estado desde cero.

Lo que intenta es contener a una potencia regional que ha construido durante décadas una red de influencia en Medio Oriente a través de aliados, milicias y organizaciones armadas.

El problema es que Irán tampoco necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para considerarse exitoso.

Le alcanza con sobrevivir.

Esa lógica modifica completamente las reglas del juego.

Mientras Washington busca limitar el desarrollo nuclear iraní, proteger a Israel, garantizar la estabilidad regional y asegurar las rutas energéticas, Teherán apuesta a resistir, conservar capacidad de influencia y aumentar el costo político de cualquier intervención extranjera.

La historia demuestra que este tipo de conflictos suelen favorecer a quienes tienen objetivos más limitados.

¿Está perdiendo Estados Unidos?

La respuesta depende del criterio utilizado.

Si la pregunta es militar, la respuesta parece ser negativa.

Ninguna potencia rival posee la capacidad de proyección global estadounidense. Ningún país mantiene una red de alianzas comparable a la de Washington. Ninguna fuerza armada puede desplegar simultáneamente recursos en Europa, Asia y Medio Oriente con la velocidad que lo hace Estados Unidos.

Pero si la pregunta es política, la situación es más compleja.

Vietnam terminó unificado bajo el gobierno que Washington quería impedir.

Afganistán volvió a manos de los talibanes.

Irak continúa siendo un escenario donde la influencia iraní sigue presente.

Y en Medio Oriente, después de décadas de intervenciones, conflictos y acuerdos, la estabilidad sigue siendo esquiva.

El desafío que ninguna potencia logró resolver

La experiencia histórica muestra que las grandes potencias suelen enfrentar el mismo problema.

Ganar una guerra convencional puede depender de la tecnología, el presupuesto y la capacidad militar.

Ganar la paz exige algo mucho más difícil: construir instituciones legítimas, generar estabilidad política y lograr que los actores locales acepten el nuevo orden.

Ni el Imperio Británico, ni la Unión Soviética, ni Estados Unidos han encontrado una fórmula perfecta para resolver ese desafío.

Por eso, cuando se analiza la situación actual en Medio Oriente, quizás la pregunta correcta no sea si Estados Unidos está perdiendo.

La verdadera pregunta es si alguna potencia moderna ha encontrado alguna vez la manera de transformar una victoria militar en una paz duradera sin enfrentar resistencias, costos enormes y consecuencias inesperadas.

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