El Papa lanza una cruzada por Europa y los valores occidentales frente a las nuevas tiranías

El papa León XIV cerró su viaje a Francia con uno de los discursos geopolíticos más fuertes de su pontificado. Desde Metz reivindicó el derecho internacional, el multilateralismo y la experiencia histórica que permitió a Europa transformar antiguos enemigos en socios. También advirtió sobre la “ilusión del rearme”, pidió recuperar la negociación incluso cuando obligue a “sacrificar algunas posiciones” y cuestionó un mundo en el que la palabra dada pierde valor frente a la mentira, el engaño y la voluntad de dominación.
Mundo28 de septiembre de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

León XIV eligió Metz para lanzar una advertencia que fue mucho más allá de Francia o de la propia Iglesia Católica. En una ciudad ubicada en una región atravesada durante generaciones por disputas territoriales entre las grandes potencias europeas, el Papa defendió la arquitectura política construida después de la Segunda Guerra Mundial y advirtió que algunos de sus fundamentos empiezan a deteriorarse justamente cuando Europa vuelve a prepararse para un escenario de confrontación militar prolongada.

Su diagnóstico fue especialmente duro. Según el pontífice, las relaciones internacionales se están desplazando hacia una lógica en la que el poder vuelve a imponerse progresivamente sobre las reglas, los compromisos pierden valor y la capacidad para engañar al adversario comienza a ser presentada como una demostración de habilidad política. “Hoy en día, las relaciones humanas y entre los Estados se vuelven cada vez más bárbaras”, sostuvo durante el acto dedicado a las raíces de Europa, la paz y la unidad. 

El mensaje no estuvo dirigido exclusivamente contra una potencia o un dirigente determinado. León XIV eligió una formulación más amplia: cuestionó una transformación del sistema internacional donde cada vez resulta más difícil defender reglas comunes frente al retorno de las zonas de influencia, las carreras armamentísticas y la creciente aceptación de que las grandes potencias pueden imponer determinadas decisiones simplemente porque poseen la capacidad económica o militar para hacerlo.

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LAS CLAVES DEL MENSAJE DE LEÓN XIV

  • Advirtió que las relaciones entre personas y Estados se están volviendo “cada vez más bárbaras”.
  • Denunció la pérdida de valor de los compromisos y la normalización de la mentira y el engaño en las relaciones internacionales.
  • Defendió el derecho internacional y el multilateralismo como frenos frente a la “voluntad de dominación”.
  • Reclamó diálogo paciente y valentía para negociar, incluso cuando alcanzar la paz implique ceder posiciones.
  • Alertó sobre “la ilusión del rearme” y cuestionó que Europa se prepare para futuras guerras sin agotar previamente las herramientas diplomáticas.
  • Reivindicó los valores democráticos europeos y las raíces cristianas del continente.
  • Defendió una laicidad que mantenga instituciones aconfesionales pero permita la cooperación entre Estados y comunidades religiosas.
  • Pidió políticas de acogida e integración para migrantes y refugiados.
  • Convocó especialmente a los jóvenes europeos a rechazar la violencia y participar en la construcción de comunidades y de la vida política. 

“La voluntad de dominación” como raíz de los conflictos

Uno de los conceptos centrales del discurso fue la defensa del derecho internacional. León XIV sostuvo que la existencia de reglas comunes permite establecer una igualdad jurídica mínima entre países profundamente diferentes en tamaño, población, riqueza y capacidad militar. Para el Papa, ese principio constituye un mecanismo de contención frente a lo que definió como la “voluntad de dominación”, es decir, la tendencia de un Estado a considerar que su poder le concede también el derecho a imponer su voluntad a los demás.

La preocupación tiene una evidente dimensión contemporánea. El sistema internacional atraviesa un período marcado por guerras abiertas, competencia entre grandes potencias, deterioro del multilateralismo y crecientes dudas respecto de la capacidad de organismos internacionales para imponer o hacer respetar sus decisiones. León XIV no presentó una lista de culpables, pero colocó el problema en términos suficientemente amplios como para abarcar tanto las guerras actuales como la transformación general de la diplomacia internacional. 

El punto central de su intervención fue que el derecho internacional resulta especialmente importante cuando los países poderosos podrían prescindir de él. Las normas no son realmente necesarias para impedir que un Estado pequeño ataque a una gran potencia; adquieren valor cuando pueden limitar, condicionar o al menos establecer un costo político para quien posee la fuerza suficiente para actuar unilateralmente.

Una Europa que conoce las consecuencias de la lógica del más fuerte

Metz ofreció un escenario especialmente simbólico para ese mensaje. La región se encuentra cerca de Alemania, Luxemburgo y Bélgica y atravesó durante siglos cambios de fronteras, ocupaciones y guerras. El acto se realizó además en el Centro de Congresos Robert Schuman y recuperó explícitamente la herencia del dirigente europeo cuya declaración de 1950 fue uno de los antecedentes fundamentales del proceso de integración continental.

La experiencia europea después de 1945 estuvo basada precisamente en intentar romper con una historia caracterizada por guerras recurrentes entre sus principales potencias. Francia y Alemania, enfrentadas militarmente en varias oportunidades durante menos de un siglo, comenzaron a integrar sectores esenciales de sus economías hasta convertir una nueva guerra entre ambas en algo progresivamente improbable.

La Unión Europea no nació solamente para aumentar el comercio. Nació después de una catástrofe marcada por decenas de millones de muertos, ciudades destruidas, genocidio, fronteras alteradas, economías devastadas y millones de desplazados. La integración económica formó parte de una arquitectura más ambiciosa cuyo objetivo era reducir la posibilidad de que las disputas nacionales volvieran a resolverse a través de la guerra.

León XIV recuperó justamente esa experiencia. Según su planteo, Europa demostró durante aproximadamente ocho décadas que es posible defender intereses diferentes, mantener identidades nacionales y atravesar conflictos políticos sin convertir automáticamente al adversario en un enemigo al que debe destruirse. 

“Hay que tener cuidado con la ilusión del rearme”

Uno de los tramos más sensibles del discurso apareció cuando el Papa abordó directamente el incremento del gasto militar europeo. La invasión rusa de Ucrania, las dudas sobre el compromiso estadounidense con la defensa del continente y la percepción de una amenaza de largo plazo provocaron una transformación profunda en las políticas de seguridad de numerosos gobiernos europeos.

Alemania aceleró su gasto militar, Polonia lleva adelante uno de los mayores procesos de rearme del continente, los países bálticos reclaman una presencia militar reforzada y la Unión Europea intenta desarrollar una capacidad industrial de defensa mucho mayor. El argumento general es que Europa debe disponer de fuerzas suficientes para disuadir agresiones y reducir su histórica dependencia de Estados Unidos.

León XIV no planteó que los países deban renunciar a defenderse. Su advertencia fue diferente: el rearme puede convertirse en una ilusión si los gobiernos empiezan a creer que acumular armamento reemplaza a una estrategia política destinada a evitar la guerra. Para el pontífice, prepararse militarmente puede formar parte de la seguridad, pero no debería convertirse en una aceptación anticipada de que una nueva confrontación es inevitable. 

¿Europa intenta evitar la próxima guerra o solamente prepararse mejor?

El Papa formuló una de las preguntas más incómodas de toda su intervención: si los gobiernos están realizando realmente “esfuerzos creativos” destinados a construir la paz o si simplemente intentan contener la guerra actual mientras se preparan para las siguientes.

La discusión supera ampliamente una cuestión presupuestaria. Cuando un Estado empieza a considerar inevitable una guerra futura, reorganiza progresivamente su política alrededor de esa posibilidad. Aumenta el gasto militar, almacena municiones, refuerza fronteras, reorganiza alianzas, modifica infraestructura y endurece su lenguaje hacia potenciales adversarios. El problema es que cada una de esas acciones puede ser interpretada por el otro lado como confirmación de una amenaza y generar una nueva respuesta militar.

Ese mecanismo es uno de los dilemas clásicos de las relaciones internacionales: un país puede aumentar su capacidad defensiva intentando sentirse más seguro y terminar provocando que su adversario haga exactamente lo mismo. El resultado puede ser un equilibrio más armado y potencialmente más peligroso, incluso cuando ninguno de los dos actores haya comenzado el proceso buscando deliberadamente una guerra.

Negociar puede significar “sacrificar algunas posiciones”

León XIV también defendió con especial énfasis la negociación. Pidió “diálogo paciente”, valentía diplomática y disposición a sacrificar determinadas posiciones cuando resulte necesario para alcanzar un bien superior como la paz.

La frase inevitablemente adquiere sensibilidad frente a conflictos como el de Ucrania, pero el Papa evitó señalar qué posiciones deberían ser cedidas, por quién o bajo qué condiciones. Tampoco afirmó que todas las partes posean la misma responsabilidad dentro de una guerra. Su planteo fue más general: una negociación verdadera implica que los participantes acepten que probablemente no conseguirán todos sus objetivos iniciales. 

Esto tampoco equivale a afirmar que cualquier paz sea preferible a cualquier precio. León XIV aclaró que no propone un pacifismo ingenuo que ignore amenazas, agresiones o necesidades legítimas de defensa. Su argumento es que la capacidad militar y la negociación no deberían presentarse como alternativas incompatibles. Una política exterior puede defenderse y simultáneamente buscar mecanismos para terminar una guerra.

El difícil equilibrio entre defensa y diplomacia

La discusión europea se encuentra precisamente en ese punto. Después de décadas en las que buena parte del continente redujo sus capacidades militares, la invasión rusa de Ucrania obligó a reconsiderar presupuestos, fuerzas y reservas. Desde la perspectiva de numerosos gobiernos europeos, una defensa insuficiente puede incentivar una agresión porque el potencial atacante puede calcular que el costo será relativamente bajo.

La posición del Papa introduce el otro extremo del dilema. Una defensa sin diplomacia puede convertir una confrontación temporal en una estructura permanente; una diplomacia incapaz de respaldarse en algún grado de poder puede carecer de instrumentos para frenar a un agresor. La discusión no consiste, por lo tanto, simplemente en elegir entre armas o conversaciones, sino en determinar qué combinación permite reducir de forma efectiva la posibilidad de nuevas guerras.

La advertencia de León XIV apunta especialmente contra la normalización cultural del conflicto: el momento en que gobiernos y sociedades dejan de considerar la guerra como un fracaso extraordinario de la política y comienzan a tratarla como una condición inevitable del futuro.

La palabra dada y el regreso de una diplomacia más brutal

Otro tramo relevante estuvo relacionado con la pérdida de confianza entre los Estados. El pontífice sostuvo que se está menospreciando el valor de los compromisos adquiridos y que la mentira o el engaño pueden terminar siendo celebrados como señales de astucia.

Ese deterioro tiene efectos concretos. Los acuerdos internacionales dependen en buena medida de la expectativa de que la otra parte cumplirá lo firmado o, al menos, enfrentará consecuencias suficientemente importantes si decide incumplirlo. Cuando esa confianza desaparece, los países empiezan a depender cada vez más de mecanismos de coerción, garantías militares o sistemas de verificación.

El resultado es un mundo más costoso y más inseguro porque cada Estado necesita prepararse para el escenario en el que su contraparte incumpla cualquier compromiso. León XIV considera que Europa posee una experiencia histórica capaz de ofrecer una alternativa, precisamente porque construyó gran parte de su sistema posterior a la guerra sobre instituciones compartidas y compromisos jurídicos. 

Las raíces cristianas y la identidad europea

El Papa también ingresó en una discusión histórica y cultural particularmente sensible: las raíces cristianas del continente. León XIV vinculó valores centrales del proyecto europeo —la dignidad de la persona, la fraternidad, la solidaridad y la responsabilidad individual— con una tradición cristiana que influyó profundamente sobre la construcción cultural de Europa.

Eso no significa que haya planteado convertir a la Unión Europea en un proyecto confesional. La Europa contemporánea es ampliamente secular y alberga comunidades cristianas, musulmanas, judías, personas pertenecientes a otras religiones y millones de ciudadanos que no profesan ninguna fe.

Su propuesta fue reconocer esa herencia sin negar el pluralismo contemporáneo. En ese marco defendió una concepción de la laicidad en la que las instituciones públicas sigan siendo aconfesionales, pero las comunidades religiosas puedan participar de la conversación pública y colaborar en cuestiones de interés común.

Francia y la discusión sobre la laicidad

La elección de Francia volvió especialmente relevante esa parte del mensaje. La laicidad constituye uno de los pilares históricos de la República francesa y la relación entre religión y espacio público genera debates frecuentes alrededor de educación, símbolos religiosos, migración e identidad nacional.

Durante su viaje, León XIV defendió lo que denominó una “justa laicidad”: un sistema donde el Estado no adopte una religión oficial ni otorgue privilegios políticos a una confesión, pero tampoco considere que toda manifestación religiosa debe ser expulsada de la esfera pública.

Para el Papa, la cooperación puede producirse alrededor de valores compartidos como la defensa de los derechos humanos, la asistencia a personas vulnerables, la paz, la lucha contra la pobreza y la integración social. El País

Los migrantes también forman parte de la discusión sobre qué Europa construir

El discurso abordó además uno de los temas que más profundamente divide actualmente al continente: la inmigración. León XIV habló de quienes llegan a Europa huyendo de guerras, persecuciones, pobreza o falta de oportunidades y reclamó mecanismos de acogida e integración que respeten su dignidad.

Su posición no consistió simplemente en pedir fronteras abiertas. Mencionó la necesidad de vías legales y seguras, cooperación contra las redes de tráfico de personas, protección de las víctimas y políticas capaces de permitir que quienes llegan puedan desarrollar sus capacidades y participar en la sociedad que los recibe.

El Papa sostuvo que acoger significa integrar “como en la propia familia”, una expresión con una doble dimensión: ofrecer derechos y oportunidades, pero también permitir que el recién llegado comprenda y participe de las normas y valores de la comunidad que lo recibe. 

Una Europa que necesita redefinir su lugar en el mundo

El discurso llega además cuando el continente enfrenta una transformación estratégica mucho más amplia. Durante décadas, gran parte de Europa funcionó bajo tres supuestos relativamente estables: Estados Unidos garantizaba una porción fundamental de su seguridad, Rusia proporcionaba energía barata y China se convertía simultáneamente en mercado y centro manufacturero global.

Los tres pilares fueron modificándose. La guerra de Ucrania alteró la relación energética con Moscú, la competencia industrial y tecnológica con Beijing despertó preocupación por la dependencia europea y los cambios de la política estadounidense obligaron al continente a preguntarse cuánto tiempo puede continuar delegando una parte esencial de su defensa en Washington.

La respuesta europea está siendo una búsqueda de mayor autonomía. Más producción de armas, mayor gasto militar, políticas industriales propias y menor dependencia en sectores considerados estratégicos. León XIV no cuestiona necesariamente esa búsqueda de autonomía, pero advierte que una Europa más fuerte no debería convertirse automáticamente en una Europa más dispuesta a resolver sus problemas a través de la fuerza.

El proyecto europeo surgió precisamente del fracaso de la guerra

La perspectiva histórica utilizada por el Papa resulta central para entender el mensaje. La integración europea fue posible porque después de 1945 una generación de dirigentes llegó a la conclusión de que la seguridad no podía depender exclusivamente de equilibrios militares entre Estados rivales.

Robert Schuman, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi y otros dirigentes impulsaron un sistema donde las economías quedaran progresivamente interconectadas y las decisiones políticas fueran sometidas a instituciones comunes. La lógica era que una nueva guerra debía convertirse no solamente en algo moralmente rechazable, sino también en algo materialmente irracional.

La Unión Europea no nació solamente para aumentar el comercio. Nació después de una catástrofe marcada por decenas de millones de muertos, ciudades destruidas, genocidio, fronteras alteradas, economías devastadas y millones de desplazados. La apertura de mercados fue una herramienta para construir interdependencia y reducir los incentivos para que las grandes potencias europeas volvieran a enfrentarse militarmente.

El temor de León XIV es que el continente recuerde cada vez más los beneficios económicos del proyecto europeo pero olvide la razón política fundamental por la que ese proyecto fue creado.

El problema aparece cuando otros no respetan las reglas

La defensa del derecho internacional enfrenta, de todos modos, una objeción inevitable. ¿Qué sucede cuando un país decide violar esas reglas y utilizar la fuerza?

Ese interrogante se encuentra en el centro de la discusión sobre Ucrania y también aparece en otros conflictos. Las normas internacionales no cuentan con un gobierno mundial capaz de aplicarlas con la misma eficacia que un Estado aplica su legislación interna. Su cumplimiento depende de acuerdos, sanciones, tribunales, alianzas y, en determinados casos, capacidad militar.

León XIV no resolvió esa contradicción y probablemente tampoco pretendía hacerlo. Su intervención fue una advertencia sobre el riesgo de abandonar completamente la búsqueda de un sistema basado en reglas simplemente porque ese sistema haya demostrado limitaciones.

El razonamiento sería el siguiente: que el derecho internacional sea imperfecto no significa que un mundo sin derecho internacional vaya a ser mejor. La alternativa puede ser un escenario donde cada disputa dependa exclusivamente de la fuerza económica y militar de los participantes.

Un Papa que empieza a construir una doctrina internacional propia

El viaje a Francia también mostró con mayor nitidez la orientación diplomática de León XIV. Existen claras continuidades con Francisco, especialmente en la defensa de los migrantes, el cuestionamiento de la guerra y la importancia del multilateralismo. Pero el nuevo pontífice empieza a desarrollar un lenguaje propio, con mayor énfasis en instituciones, compromisos jurídicos, historia europea y reconstrucción de mecanismos internacionales.

No se trata simplemente de una condena moral de las guerras. León XIV intenta discutir las condiciones políticas que hacen posible que las guerras se multipliquen: la erosión de la confianza, el desprestigio del derecho internacional, la carrera armamentista, el nacionalismo y la creciente aceptación de que el poder puede reemplazar a las reglas.

Ese enfoque coloca al Vaticano dentro de una discusión que probablemente marcará los próximos años: cómo construir algún grado de gobernabilidad internacional en un mundo con varias grandes potencias, alianzas más inestables y conflictos simultáneos.

El mensaje a los jóvenes: no aceptar la violencia como normalidad

La parte final de su intervención estuvo dirigida especialmente a las nuevas generaciones. León XIV pidió a los jóvenes que participen en la construcción de la unidad europea, que no se sometan a la lógica de la violencia y que consideren también el compromiso político como una forma legítima de servicio a sus comunidades.

El mensaje posee una dimensión generacional importante. Quienes nacieron después del final de la Guerra Fría crecieron en una Europa donde una gran guerra continental parecía cada vez menos imaginable. La invasión rusa de Ucrania modificó esa percepción y obligó a millones de europeos a convivir nuevamente con conceptos como movilización militar, defensa territorial, servicio obligatorio y amenaza nuclear.

El Papa intenta evitar que esa nueva realidad produzca resignación. Su planteo es que reconocer los peligros existentes no debería significar aceptar que la guerra forma inevitablemente parte del futuro europeo. 

La advertencia final de León XIV

El discurso de Metz puede resumirse como una advertencia contra una Europa que olvide las razones de su propia creación. El continente puede reforzar su defensa, proteger sus fronteras, desarrollar autonomía estratégica y competir económicamente con otras potencias, pero si al mismo tiempo abandona el valor de los acuerdos, el derecho internacional, la negociación y el respeto por el adversario, corre el riesgo de reproducir la lógica política que durante siglos terminó llevando a sus países a la guerra.

León XIV no propuso desarmar unilateralmente Europa ni negar las amenazas que enfrenta. Su mensaje fue más incómodo: la preparación militar puede ser necesaria, pero nunca debería permitir que los gobiernos abandonen la responsabilidad de intentar construir una salida política a los conflictos.

La Europa que surgió después de 1945 demostró que enemigos históricos podían transformar radicalmente su relación. Francia y Alemania pasaron de combatir repetidamente a convertirse en el núcleo de un proyecto político común. Para el Papa, esa experiencia continúa teniendo valor en un momento en el que la política internacional parece moverse nuevamente hacia la confrontación permanente.

Por eso su frase sobre unas relaciones “cada vez más bárbaras” no fue solamente una descripción pesimista del presente. Fue también una advertencia histórica: Europa ya conoce las consecuencias de un mundo donde la fuerza pesa más que la palabra y donde los compromisos desaparecen cuando dejan de convenir.

La pregunta que dejó abierta en Metz es si el continente utilizará esa memoria para impedir una nueva espiral de confrontación o si terminará aceptando como inevitable aquello que precisamente la integración europea intentó evitar durante los últimos ochenta años.

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