
Carlos Abdala en NewsBA: “El sistema penal no resuelve ningún problema”
Alejandro Cabrera
La conexión entra desde Rosario y la ciudad ya pesa antes de que Abdala diga la primera palabra. No es una entrevista que arranca en frío. Es una conversación que empieza como empiezan las sobremesas largas: con una sonrisa, con una referencia a las redes, con un tono distendido que no tarda en volverse espeso. Porque Rosario, aunque esté del otro lado de una pantalla, siempre entra con su propia densidad.
Carlos Abdala no habla como quien recita códigos; habla como quien cuenta algo que vio demasiadas veces. Cuando le preguntás cómo se le ocurrió mezclar derecho penal con entretenimiento, no arma una teoría sofisticada. Lo dice con una naturalidad casi desarmante: “Es un poco eso lo que vos señalabas, de cruzar el entretenimiento con el contenido, con esta cuestión de transmitir información útil de una manera entretenida… quizá esa es la nota más característica, lo que a mí me caracteriza”. No habla de estrategia digital, habla de tono, de puente, de una forma de llegar a gente que normalmente no pisa un estudio jurídico. Y agrega que “en realidad fue surgiendo… vimos que era una era en las redes… el entretenimiento en general, no sé si en las redes, en los medios me parece”. Menciona a Lanata como referencia, porque “mostró que el entretenimiento no era incompatible con la seriedad”, y en esa frase hay algo que resume toda la noche: la posibilidad de decir cosas incómodas sin necesidad de ponerse solemne.
La conversación se mete en el territorio y Rosario deja de ser una postal para convertirse en estructura. Abdala ordena el mapa con una frase que repite como si estuviera dibujando líneas invisibles sobre la mesa: “Hay que distinguir”. Distinguir entre tráfico y microtráfico. Entre carteles y distribución local. “Vos tenés el tráfico, el narcotráfico… lo que son los carteles, los grandes proveedores… eso lo trabaja la justicia federal. Después tenés el microtráfico, que son las redes de distribución local”. Y ahí baja el plano general al barrio, a la esquina, a la violencia que no es abstracta sino diaria: “Ese microtráfico es lo que nosotros conocemos, es lo que se ve. Ahí es donde llega la droga al territorio y empieza la violencia en esa zona”. No habla de épica criminal; habla de economía y de control.
Cuando aparece el llamado “Plan Bandera”, Abdala no lo caricaturiza. Lo describe como mecanismo. “Es una política de control territorial… presencia territorial fuerte en zonas rojas, en zonas calientes”. Explica cómo se marcan focos, cómo se concentran recursos, cómo el sistema penal apunta como un reflector sobre determinadas áreas. Recuerda el “foco Gálvez” y la sucesión de allanamientos, y uno puede imaginar el movimiento simultáneo de fiscales, policías, móviles, cámaras, sirenas. Pero lo que más pesa no es la imagen sino la frase que suelta después, sin elevar la voz: “En realidad no le hacen ni mú al narcotráfico la destrucción de los búnkeres”. No es una provocación, es un cálculo. Y lo sostiene con números que suenan casi clínicos: “Hay aproximadamente 300 por año… cada avioneta carga aproximadamente 300 kilos de cocaína… por año se agarran tres avionetas. Eso es más o menos un 1,4% de toda la carga que llega”. No necesita adjetivos; la proporción desmonta la narrativa.
La charla no se queda en la estructura del delito; se mete en la estructura del dinero. Abdala habla de cifras como quien habla de pulsos. “Un búnker factura por día siete millones de pesos”. La frase cae como piedra en el agua. Y agrega: “Son tipos que estaban acostumbrados a vivir con un sueldo de 300 mil pesos y de golpe empiezan a ganar siete millones. No saben qué hacer con la plata”. No romantiza, no demoniza; describe una mutación económica que cambia escalas morales. Y entonces aparece la pregunta que no tiene respuesta fácil: “¿Cómo hacés para que un nene esté en la escuela si tiene al lado una estructura que mueve esa plata?”. La escuela contra el cash inmediato. La promesa contra la urgencia. El Estado contra la esquina.
En ese punto la conversación gira hacia el prejuicio que rodea a los penalistas. La acusación automática: defendés criminales. Abdala no se indigna. Ordena otra vez. “Hay casos y casos… hay diferentes grados de involucramiento”. Y cuando habla de garantías, baja la teoría al cuerpo, a la madrugada, a la puerta que se rompe: “Si te están prendiendo fuego la casa y te piden algo es porque evidentemente no te lo pueden sacar”. Después agrega una escena que cualquiera puede imaginar: “No está bueno que la policía te pida cosas cuando vos no estás en condiciones de tomar ninguna decisión porque estás en bolas a las 4 de la mañana en tu casa”. La Constitución deja de ser abstracta; es una defensa contra el abuso en el momento más vulnerable del día.
La noche avanza y el tema de la edad de imputabilidad aparece como un eje inevitable. Abdala no se esconde detrás de eufemismos. “Para empezar hay que entender que el sistema penal no resuelve ningún problema”. Lo dice con la calma de quien sabe que la frase molesta. “Cuando vos encarcelás pibes jóvenes van a salir peores. Eso no es que lo digo yo, es una verdad criminológica”. Introduce entonces dos conceptos que parecen técnicos pero que en su boca suenan prácticos: “La criminalización primaria es cuando el legislador te abre poder punitivo. La secundaria es a quién se le va a aplicar en la práctica”. Y advierte que cuando se habilita poder punitivo, “termina pasando cualquier cosa”. Después, como si estuviera explicando un incendio doméstico, lanza la metáfora que simplifica todo: “Es echar nafta al incendio”. Y finalmente, la frase que incomoda más que cualquier estadística: “En el fondo lo que estamos haciendo es eliminar parte de nuestra población a la cual no le podemos ofrecer otra cosa más que cárcel”. No hay teatralidad; hay diagnóstico.
La charla baja entonces al terreno íntimo de la sextorsión, donde el delito se mezcla con vergüenza y miedo. Abdala lo describe sin dramatismo: “Generan un chat… intercambian fotos… después resulta que la persona es menor de edad y te dicen ‘si no me das plata te denuncio’”. Explica el mecanismo con la naturalidad de quien lo vio repetirse decenas de veces. Y la recomendación es directa, casi seca: “Bloquear todo. No van a escrachar. Lo que cuidan es la cuenta”. Y agrega la advertencia que parece escrita en neón: “Si empezás a pagar es un pozo sin fondo”. No hay moraleja; hay prevención.
Cuando la conversación llega a la protesta policial, el clima se espesa. Abdala no relativiza el riesgo. “Es muy preocupante tener una manifestación de personas armadas”. Reconoce que “la policía no puede protestar armada ni usar los móviles policiales”, pero también describe la dinámica de la calle: “Si no protestan de esa manera es como los piquetes… si no cortás la calle no te dan bola”. No es justificación; es descripción de una tensión estructural. Y entonces deja otra frase que suena a advertencia histórica: “En ámbitos de protesta laboral, la persecución penal nunca terminó bien”.
La transmisión se corta un segundo y vuelve. Abdala sonríe, dice que el streaming le genera vértigo, que estos espacios le sirven para pensar. No hay cierre grandilocuente. Queda flotando la frase que atravesó toda la noche como una línea invisible: “El sistema penal no resuelve ningún problema”. Y en esa frase entran Rosario, los búnkeres, las avionetas, los menores, las garantías, los allanamientos, los miedos, las protestas. No es un eslogan; es una advertencia. Porque, como fue contando a lo largo de la noche, el problema no es solo el delito, sino la ilusión de que el castigo, por sí solo, puede ordenar lo que la estructura social desordena todos los días.


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