TRUMP: UN OSITO CARIÑOSO QUE NECESITA MIMOS

Las filtraciones sobre el enviado presidencial Steve Witkoff —incluyendo asesoramiento a Rusia sobre cómo halagar a Donald Trump—, junto con el escándalo en la BBC tras la salida forzada de un periodista para no incomodar al mandatario, exponen un patrón: la diplomacia y la comunicación global orbitan cada vez más alrededor del ego presidencial.
Opinión26 de noviembre de 2025Alejandro CabreraAlejandro Cabrera
Donald Trump
Donald Trump

Cada presidencia tiene su rasgo dominante. En algunos casos es la estrategia, en otros la ideología, y en otros el uso del poder institucional. En la presidencia de Donald Trump —sobre todo en esta etapa en la que su influencia internacional volvió a crecer con velocidad inesperada— el rasgo determinante no es otro que su profunda sensibilidad personal: su necesidad de aprobación, su obsesión por la imagen pública y su tendencia a convertir lo simbólico en el núcleo de su política real.

Ese costado sensible, que sus defensores llaman “intuición política” y sus detractores “fragilidad emocional”, volvió a quedar en evidencia a partir de dos episodios recientes: el escándalo diplomático protagonizado por Steve Witkoff, su enviado especial, y la crisis en la BBC que derivó en la renuncia de directivos y el desplazamiento de un periodista para evitar fricciones con Washington.

Ambos hechos, aunque distintos, iluminan un mismo fenómeno: la política exterior y la relación con los medios están cada vez más subordinadas no a parámetros institucionales, sino a la administración de la sensibilidad presidencial. Un líder que quiere ser halagado, que reacciona de inmediato ante el mínimo cuestionamiento y que, cuando siente que lo atacan, exige rectificaciones que cambian la estructura de las organizaciones.


Witkoff en Moscú: una diplomacia construida para agradar al presidente

La designación de Steve Witkoff como enviado de Trump para negociar un plan de paz para Ucrania ya era, por sí misma, un dato revelador. Un empresario cercano al presidente, sin experiencia diplomática formal, viajando a Moscú para reunirse con Putin con la tarea de encauzar el conflicto más grave de Europa desde la Segunda Guerra Mundial. El gesto era claro: Trump no confiaba en los canales tradicionales ni en los diplomáticos profesionales. Prefería a alguien que conociera su estilo, su humor, sus preferencias y, sobre todo, su sensibilidad.

La situación escaló cuando se filtraron conversaciones en las que Witkoff aconsejaba a funcionarios rusos sobre el modo más efectivo de acercarse a Trump. Les sugería que destacaran su rol en Gaza, que enfatizaran su “visión histórica” y que elogiaran cualquier gesto de Washington como si fuera un aporte decisivo a la paz mundial. Es decir, un manual para seducir al presidente a través del halago personal, y no mediante concesiones reales o argumentos estratégicos.

La diplomacia, según esas filtraciones, giraba en torno a una idea insólita: tocar el ego presidencial para influir en la política exterior de la principal potencia global. Lo que debía ser una negociación entre Estados terminó siendo —al menos en su diseño— una coreografía de elogios pensada para emocionar al presidente estadounidense.

En contexto de guerra, con miles de muertos y millones de desplazados, esa lógica no es menor. Si la diplomacia se mueve por estímulos simbólicos, el margen de maniobra de Moscú se amplía. Y Ucrania queda expuesta a una negociación donde lo central no es su integridad territorial, sino el impacto que el acuerdo pueda tener sobre la popularidad internacional de Trump.

 
Un presidente que monitorea cada palabra que se dice sobre él

El segundo episodio, ocurrido casi en simultáneo, no pertenece al mundo de la geopolítica sino al universo mediático. Sin embargo, expresa la misma matriz de sensibilidad presidencial.

La BBC —una de las instituciones periodísticas más importantes del planeta— quedó envuelta en una crisis profunda tras la difusión de un informe que mostraba una edición significativamente alterada de un discurso de Trump del 6 de enero de 2021. El recorte hacía parecer que el mandatario incitaba directamente a la violencia en el Capitolio, algo que provocó indignación en la Casa Blanca.

La reacción fue inmediata y feroz. Trump denunció manipulación, se lanzó contra la cúpula de la BBC y obligó, mediante presión política y diplomática, a que el periodista involucrado fuera desplazado de su función. El mensaje del presidente quedó claro: quien desafíe su relato, pagará un costo institucional.

El episodio dejó al descubierto una verdad incómoda: los medios internacionales ya no enfrentan únicamente presiones comerciales, internas o regulatorias. También enfrentan la amenaza directa de un presidente que exige alineamiento narrativo. Y cuando la BBC, símbolo del periodismo público global, acepta remover a un periodista para calmar una tensión con Washington, queda demostrado hasta qué punto el poder presidencial se vuelve capaz de alterar estructuras históricas.

El despido no fue simplemente un daño colateral: fue un gesto político. Un recordatorio de que hoy la crítica al presidente no es un ejercicio de libertad editorial, sino un riesgo estratégico para cualquier institución que necesite mantener canales de cooperación o acceso a Estados Unidos.

 
Halagos en la diplomacia, censura indirecta en los medios: dos caras de una misma fragilidad
Aunque parezcan episodios aislados, la reunión de Witkoff con Putin y la crisis en la BBC tienen un hilo común: la incapacidad del presidente para tolerar cuestionamientos y su enorme receptividad al elogio. La diplomacia que depende de los halagos y el periodismo que se disciplina por temor conforman un ecosistema en el que el poder presidencial descansa más en la psicología personal que en las instituciones del Estado.

En la práctica, esto tiene tres implicancias:

Primero, desinstitucionaliza la política exterior. Cuando un enviado aconseja a Rusia sobre cómo manejar emocionalmente al presidente, desplaza a los expertos y transforma la diplomacia en un juego psicológico.

Segundo, erosiona la libertad de prensa. Si un presidente puede lograr la remoción de un periodista extranjero —en un medio europeo, no estadounidense—, queda claro que los centros de poder mediático ya no son impermeables a presiones personales provenientes de Washington.

Tercero, construye una presidencia vulnerable. Porque un mandatario que reacciona emocionalmente ante la adulación o el agravio puede ser manipulado por actores externos que comprendan su sensibilidad.

Rusia ya lo entendió. La BBC ya lo padeció. Y el sistema internacional lo observa con creciente inquietud.

 
Un liderazgo que se define por cómo lo miran, no por lo que logra

El costado sensible de Trump no es un detalle psicológico anecdótico: es la arquitectura central de su toma de decisiones. Empuja a sus aliados a construir narrativas diseñadas para tranquilizar su autoestima. Obliga a sus adversarios a calibrar cada palabra para no provocar un vendaval político. Y convierte los gestos simbólicos —una frase amable, un titular corregido, un discurso editado— en elementos determinantes de la política global.

El mundo no está negociando sólo con Estados Unidos. Está negociando con la percepción personal de su presidente. Y en esa diferencia sutil, casi emocional, reside hoy una de las mayores incertidumbres del sistema internacional.


 

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