Milei intenta mostrar unidad, pero la interna libertaria ya expone una pelea por el control del Gobierno

La Casa Rosada buscó instalar una imagen de orden después de varios días de tensión entre Santiago Caputo, Martín Menem, Karina Milei, Patricia Bullrich y Manuel Adorni. Pero la sucesión de reuniones, fotos y gestos públicos no alcanza para ocultar el dato central: La Libertad Avanza atraviesa una disputa de poder que ya no se limita a diferencias personales, sino que empieza a condicionar la conducción política del Gobierno.
Política27 de mayo de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera
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Javier Milei necesitó intervenir en una interna que creció demasiado rápido y demasiado cerca del centro del poder. Después de una semana atravesada por cruces, filtraciones, acusaciones y gestos de desconfianza entre las principales tribus libertarias, la Casa Rosada intentó construir una escena de unidad: reuniones de Gabinete, mesa política, fotos sonrientes, funcionarios compartiendo espacio y una comunicación oficial orientada a mostrar que el Presidente conserva el control. El problema es que la política no se ordena solo con imágenes. Cuando una fuerza de gobierno necesita escenificar armonía, suele ser porque la armonía ya está en discusión.

La reunión de la mesa política volvió a juntar a actores que venían de días de tensión: Karina Milei, Santiago Caputo, Martín Menem, Patricia Bullrich, Luis Caputo, Diego Santilli, Eduardo “Lule” Menem e Ignacio Devitt participaron del encuentro, según informó La Nación. La foto posterior buscó transmitir normalidad, pero el propio contexto volvió evidente el objetivo de fondo: contener una pelea que ya había quedado expuesta entre el sector de Caputo, el armado de los Menem y el dispositivo de Karina Milei.

WhatsApp Image 2026-05-26 at 1.40.37 PMMilei reunió a la mesa política para mostrar unidad, pero la interna libertaria sigue condicionando al Gobierno

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Una foto para ordenar lo que la política desordenó

La Casa Rosada intentó presentar la reunión como parte del funcionamiento habitual del Gobierno, vinculada a la agenda legislativa y a la coordinación de reformas. Pero la lectura política fue otra: el oficialismo necesitaba una tregua. TN informó que, en medio de la interna oficialista, Milei reunió a su Gabinete y se mostró con Karina Milei y Santiago Caputo, un gesto pensado para bajar el ruido y ratificar que el asesor presidencial seguía dentro del círculo de máxima confianza.

El mensaje buscó ser claro: Caputo no estaba afuera, Karina seguía ordenando el dispositivo político, Martín Menem continuaba como una pieza central en Diputados y Patricia Bullrich seguía adentro de la mesa pese a sus tensiones con el núcleo karinista. Sin embargo, esa misma necesidad de confirmar lugares reveló la magnitud del problema. En un Gobierno ordenado, nadie necesita explicar quién conserva poder. En un Gobierno atravesado por internas, cada foto funciona como declaración de guerra o como intento de armisticio.

El conflicto más visible quedó concentrado en el vínculo entre Santiago Caputo y Martín Menem. No se trata solamente de dos nombres que chocan por estilos o temperamentos. La disputa expresa dos formas de acumulación interna: Caputo representa la estrategia, la comunicación, la batalla cultural y la influencia directa sobre Milei; Menem expresa el poder institucional, el Congreso, el armado territorial y el vínculo con la estructura que responde a Karina Milei. Esa tensión es mucho más profunda que una pelea de egos: define quién organiza la política del oficialismo.

Caputo, Menem y Karina: el triángulo que marca el poder real

La Libertad Avanza llegó al Gobierno como una fuerza vertiginosa, construida alrededor del liderazgo personal de Milei, el control político de Karina y una estructura comunicacional muy eficiente para destruir adversarios, ordenar militancia digital y marcar agenda. Pero gobernar exige algo más que intensidad discursiva. Exige repartir poder, procesar diferencias, negociar leyes, administrar ambiciones y evitar que cada sector convierta su influencia en una trinchera.

Ahí aparece el problema actual. Caputo tiene peso propio porque fue una figura clave en la construcción narrativa del mileísmo. Maneja códigos, vínculos, estrategia y una sensibilidad política que Milei valora. Los Menem, en cambio, administran una parte decisiva del poder institucional y territorial. Martín Menem preside Diputados, y Eduardo “Lule” Menem aparece como operador central del armado de Karina. Cuando esos mundos chocan, la interna deja de ser una diferencia menor y se transforma en una pelea por el comando del proyecto.

El País describió esa crisis como una amenaza de autodevoración dentro del Gobierno: luchas de poder entre Karina Milei, Santiago Caputo y otros actores clave que generaron desconfianza, exposición pública y daño sobre la imagen de unidad oficialista. Esa mirada ayuda a entender el trasfondo: el problema no es que existan diferencias, porque toda coalición las tiene; el problema es que esas diferencias aparecen cada vez más en público y con menos mecanismos internos de contención.

Karina Milei ocupa el centro de esa arquitectura. No es una funcionaria más ni una hermana presidencial con influencia informal. Es la administradora del acceso, la lapicera electoral y la construcción partidaria. Su poder ordena, pero también incomoda. Los aliados que tienen volumen propio —como Bullrich— o los operadores que tienen llegada directa al Presidente —como Caputo— tensionan inevitablemente con un esquema que busca verticalidad absoluta.

Bullrich, Adorni y la dificultad de integrar aliados con autonomía

Patricia Bullrich se convirtió en una figura incómoda para el dispositivo libertario. Es necesaria porque aporta experiencia, estructura política, volumen electoral y llegada a sectores del PRO. Pero justamente por eso no encaja del todo en una fuerza que privilegia la obediencia al núcleo presidencial. Bullrich no es una dirigente que haya nacido en el mileísmo ni una funcionaria sin capital propio. Tiene historia, agenda, ambición y una base política que la vuelve útil, pero también difícil de disciplinar.

La tensión alrededor de Manuel Adorni agravó ese cuadro. El flamante jefe de Gabinete quedó en el centro de cuestionamientos internos y externos, y su defensa se volvió una prueba de alineamiento. En ese punto, la interna se mezcló con otro problema: la necesidad del Gobierno de transformar a Adorni en articulador político cuando su figura venía más asociada a la vocería, la comunicación y la defensa pública del relato oficial.

La mesa política, entonces, enfrenta una contradicción: necesita ordenar la agenda legislativa, pero también debe funcionar como contenedor de una disputa que no siempre se dice en voz alta. La Nación señaló que el encuentro tuvo un elenco reducido y que al final se difundió una imagen para mostrar cohesión. Ese dato es central: el Gobierno no solo reunió a sus dirigentes, también necesitó mostrar que los había reunido.

El oficialismo intenta convencer de que el ruido interno no afecta la gestión. Pero cada nueva reunión convocada para bajar tensiones confirma que la tensión existe. Y cada foto de unidad, en vez de clausurar la discusión, vuelve a recordar que la unidad está bajo observación.

El Congreso como campo de prueba

La interna libertaria no ocurre en el vacío. Se produce en un momento en que Milei necesita resultados legislativos. El Gobierno debe negociar reformas, sostener vetos, ordenar alianzas, administrar gobernadores y contener a bloques dialoguistas. Sin mayoría propia, la coordinación política es indispensable. Un oficialismo dividido negocia peor, comunica peor y queda más expuesto frente a la oposición.

La mesa política buscó avanzar sobre esa agenda de reformas, según reportó TN. El dato importa porque muestra el doble objetivo del encuentro: hacia afuera, hablar de gestión; hacia adentro, evitar que la pelea por el poder desordene la relación con el Congreso.

El problema es que La Libertad Avanza todavía no terminó de convertirse en un partido de gobierno. Funciona como movimiento, como ecosistema digital, como liderazgo personalista y como coalición de emergencia, pero le cuesta institucionalizar sus conflictos. En otros espacios políticos, las internas se procesan con jefes territoriales, gobernadores, congresos partidarios, bloques legislativos y reglas más o menos conocidas. En el mileísmo, muchas diferencias escalan por redes, operaciones, cuentas anónimas, filtraciones y mensajes indirectos.

Ese método fue eficaz para llegar al poder, pero puede ser muy costoso para gobernar. La confrontación permanente sirve para construir identidad contra un enemigo externo. Pero cuando el enemigo empieza a ser interno, el mecanismo se vuelve autodestructivo.

El riesgo de gobernar en modo guerra interna

Milei conserva el liderazgo principal. Nadie dentro de La Libertad Avanza tiene su caudal electoral, su capacidad de conexión con la base ni su centralidad pública. Pero el liderazgo carismático no resuelve automáticamente los problemas de administración del poder. Una cosa es ganar una elección con una épica de ruptura; otra muy distinta es ordenar funcionarios, legisladores, operadores, aliados, ministros y facciones durante años.

La interna actual muestra justamente ese pasaje difícil: del movimiento disruptivo al Gobierno permanente. Caputo, Karina, Menem, Bullrich y Adorni son parte de un mismo oficialismo, pero no necesariamente de una misma lógica. Algunos piensan la comunicación, otros la estructura, otros la seguridad, otros el Congreso, otros la economía y otros el armado electoral. La pregunta es quién sintetiza todo eso cuando el Presidente no quiere o no puede mediar cada conflicto personalmente.

La foto de unidad puede servir para atravesar un día, pero no reemplaza una conducción política estable. Si la mesa política se limita a ordenar sonrisas, no va a resolver el problema. Para que la tregua sea real, el Gobierno necesita definir roles, límites, vocerías, jerarquías y mecanismos de resolución de conflictos. Sin eso, cada reforma, cada candidatura y cada crisis volverán a encender la misma disputa.

El riesgo para Milei no es solo la mala imagen de una interna expuesta. El riesgo es que la pelea consuma energía de gestión. Un Gobierno que necesita dedicar tiempo a ordenarse pierde tiempo para gobernar. Y en un país atravesado por inflación, deuda, caída de ingresos, conflictividad social y presión legislativa, esa distracción puede convertirse en un problema político mayor.

La unidad como necesidad, no como certeza

La unidad libertaria aparece hoy más como una necesidad que como una certeza. Milei necesita mostrar que su Gobierno sigue alineado, que Caputo y Menem pueden convivir, que Karina conserva autoridad, que Bullrich no se va, que Adorni puede conducir la articulación política y que la agenda legislativa continúa. Pero mostrar todo eso no significa que todo eso esté resuelto.

La oposición observa ese cuadro con atención. No necesita inventar demasiado: el propio oficialismo exhibe sus tensiones. Cada gesto, cada ausencia, cada foto y cada filtración alimentan la idea de un Gobierno que prometió terminar con la vieja política, pero que empieza a reproducir sus disputas por poder, cargos, influencia y control.

El dilema para Milei es profundo. Su estilo se apoya en la confrontación y en la centralidad absoluta. Pero la gobernabilidad exige algo más: coordinación, confianza interna, delegación efectiva y capacidad de absorber diferencias sin convertirlas en espectáculo. La Libertad Avanza puede sobrevivir a una interna; todos los gobiernos las tienen. Lo que no puede permitirse es que la interna se vuelva el principal relato del Gobierno.

La reunión de la mesa política dejó una tregua frágil, no una solución. Caputo y Menem volvieron a compartir espacio, Karina retuvo el centro del armado, Bullrich siguió dentro de la escena y Adorni apareció como parte del dispositivo de coordinación. Pero debajo de esa postal sigue abierta la disputa de fondo: quién manda, quién decide, quién arma, quién comunica y quién habla en nombre del Presidente.

Milei logró llegar al poder enfrentando a casi todos. Ahora debe demostrar si puede gobernar sin que los suyos terminen enfrentándose entre sí. La foto puede calmar la superficie, pero la pregunta sigue intacta: si La Libertad Avanza será capaz de convertirse en una fuerza de gobierno o si la guerra interna terminará marcando los límites del experimento libertario.

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