
De Chile 1962 a México 1970: los mundiales que despidieron a la Jules Rimet y coronaron al Brasil eterno de Pelé
Alejandro CabreraLos mundiales de 1962, 1966 y 1970 forman una trilogía decisiva en la historia del fútbol. En apenas ocho años, la Copa del Mundo pasó del juego duro y áspero de Chile, al Mundial más polémico de Inglaterra, y finalmente al esplendor técnico de México, donde Brasil construyó una de las selecciones más recordadas de todos los tiempos.
Fue también el período en el que la vieja Copa Jules Rimet se despidió del circuito mundialista. El trofeo, que se entregaba desde 1930, tenía una regla especial: la primera selección que ganara tres mundiales se lo quedaría para siempre. Brasil ya había ganado en 1958 y 1962. Cuando volvió a coronarse en 1970, la copa viajó definitivamente a Río de Janeiro.
Pero esa despedida no fue apenas una cuestión simbólica. Marcó el cierre de una era. La Jules Rimet había acompañado el nacimiento del Mundial, la interrupción por la Segunda Guerra Mundial, el Maracanazo, el Milagro de Berna y el surgimiento de Pelé. Cuando Brasil la levantó por última vez en el Estadio Azteca, el fútbol ya había cambiado para siempre.
Chile 1962: el bicampeonato brasileño sin Pelé y el Mundial de la dureza
El Mundial de 1962 llegó a Chile en un contexto muy particular. El país había sufrido en 1960 el terremoto más potente registrado hasta entonces, con una magnitud cercana a 9,5. La organización quedó bajo enorme presión y muchos dudaban de que Chile pudiera recibir una Copa del Mundo. Sin embargo, el dirigente Carlos Dittborn resumió el espíritu de aquella candidatura con una frase que quedó para siempre: “Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo”.
El torneo se jugó en medio de un clima austero, con estadios reconstruidos, infraestructura limitada y una enorme carga emocional para el país anfitrión. Chile no solo organizó el Mundial: lo vivió como una forma de recuperación nacional.
Brasil llegaba como campeón del mundo y con Pelé como máxima figura. Después de lo hecho en Suecia 1958, todos esperaban una nueva consagración del joven crack. Pero el destino cambió rápidamente. Pelé se lesionó en la fase de grupos y quedó fuera del torneo.
La ausencia de Pelé pudo haber destruido las aspiraciones brasileñas. Sin embargo, apareció Garrincha.
El extremo derecho se convirtió en el gran protagonista del campeonato. Con su gambeta imprevisible, su capacidad para romper defensas y su personalidad distinta a todo lo conocido, lideró a Brasil hasta el título. Amarildo también fue clave al reemplazar a Pelé y responder con goles decisivos.
Chile alcanzó un histórico tercer puesto, el mejor resultado mundialista de su historia. El equipo local eliminó a la Unión Soviética en cuartos y cayó ante Brasil en semifinales, pero dejó una marca emocional profunda en su país.
El torneo también quedó asociado a la violencia. El partido entre Chile e Italia, conocido como la “Batalla de Santiago”, fue uno de los encuentros más ásperos y polémicos de la historia mundialista. Hubo golpes, expulsiones, patadas brutales y una tensión que excedió largamente lo deportivo.
Brasil venció a Checoslovaquia 3-1 en la final y consiguió su segundo Mundial consecutivo. Sin Pelé en gran parte del torneo, el equipo demostró que era mucho más que una figura individual. Tenía talento, carácter y una generación extraordinaria.
La Jules Rimet quedaba cada vez más cerca de Brasil.
Inglaterra 1966: el Mundial del gol fantasma, la localía y la caída de Pelé
Cuatro años después, la Copa del Mundo llegó a Inglaterra, la tierra que se consideraba cuna del fútbol moderno. El torneo tenía una enorme carga simbólica: por primera vez, el país que había codificado el deporte organizaba el campeonato más importante del planeta.
Inglaterra llegó con un equipo fuerte, ordenado y competitivo, liderado por Bobby Charlton, Bobby Moore, Gordon Banks y Geoff Hurst. No era una selección basada en la fantasía, sino en la disciplina táctica, la fortaleza física y una idea clara de juego.
Brasil, en cambio, llegó como bicampeón y gran candidato, pero vivió un Mundial frustrante. Pelé fue duramente golpeado en los partidos que disputó y terminó prácticamente fuera de competencia. La eliminación brasileña en primera ronda fue una sorpresa enorme y también una señal de alarma sobre la protección de los grandes talentos en un fútbol cada vez más físico.
El Mundial de 1966 también estuvo marcado por la controversia política y arbitral. Argentina fue eliminada por Inglaterra en cuartos de final en un partido muy caliente, con la expulsión de Antonio Rattín como símbolo de una tensión que quedó grabada en la memoria del fútbol argentino. El capitán argentino se negó durante varios minutos a abandonar la cancha, convencido de que la decisión había sido injusta.
La final enfrentó a Inglaterra y Alemania Federal en Wembley. El partido terminó 2-2 en los 90 minutos y se definió en el alargue. Allí llegó una de las jugadas más discutidas de todos los tiempos: el remate de Geoff Hurst pegó en el travesaño, picó sobre la línea y el árbitro convalidó el gol tras consultar al juez de línea soviético Tofiq Bahramov.
¿Entró o no entró? La discusión todavía sigue viva.
Inglaterra ganó 4-2 y obtuvo el único Mundial de su historia. Hurst marcó tres goles en la final, algo que ningún otro jugador logró repetir en una definición mundialista masculina.
Para los ingleses fue una coronación histórica. Para muchos rivales, especialmente argentinos y alemanes, quedó como un Mundial atravesado por polémicas.
La Jules Rimet no cambió de manos definitivamente, pero el torneo dejó claro que el fútbol mundial entraba en una etapa más táctica, más física y también más televisada.
México 1970: el Mundial perfecto y la despedida de la Jules Rimet
México 1970 fue el cierre ideal para la era de la Jules Rimet.
Por primera vez, la Copa del Mundo se jugó en Norteamérica. También fue el primer Mundial transmitido masivamente en color para gran parte del planeta, lo que modificó la forma en que millones de personas vivieron el torneo. El fútbol entraba definitivamente en la era audiovisual.
Brasil llegó con una selección inolvidable. Pelé, ya maduro y recuperado de las frustraciones de 1962 y 1966, encabezó un equipo repleto de talento: Jairzinho, Tostão, Rivelino, Gérson, Carlos Alberto, Clodoaldo y Félix, entre otros.
A diferencia de otros campeones, Brasil 1970 no fue recordado solo por ganar. Fue recordado por cómo ganó.
El equipo dirigido por Mário Zagallo combinó técnica, inteligencia táctica, movilidad, pegada y una capacidad ofensiva extraordinaria. Jairzinho marcó goles en todos los partidos. Pelé manejó los tiempos con una claridad superior. Rivelino y Gérson aportaron zurda, pase y personalidad. Carlos Alberto coronó la final con uno de los goles colectivos más famosos de la historia.
El torneo también dejó partidos memorables. La semifinal entre Italia y Alemania Federal, conocida como el “Partido del Siglo”, terminó 4-3 para los italianos después de un alargue dramático. Fue una muestra de resistencia, emoción y caos competitivo.
La final enfrentó a Brasil e Italia en el Estadio Azteca. Ambos llegaban con dos títulos mundiales, por lo que el ganador se quedaría definitivamente con la Jules Rimet. El partido tenía una carga histórica enorme: no solo definía al campeón de 1970, sino al dueño eterno del trofeo original.
Brasil ganó 4-1.
Pelé abrió el marcador con un cabezazo memorable. Italia empató por un error defensivo brasileño, pero en el segundo tiempo la superioridad sudamericana fue aplastante. Gérson, Jairzinho y Carlos Alberto sellaron una goleada que todavía hoy es considerada una de las mayores exhibiciones futbolísticas en una final mundialista.
Cuando Carlos Alberto levantó la copa, Brasil se convirtió en tricampeón del mundo y recibió el derecho de quedarse con la Jules Rimet para siempre.
Era el final de una época.
Pelé, Garrincha y el hilo brasileño
La trilogía 1962-1970 también puede leerse como una historia brasileña.
En Chile 1962, Brasil ganó sin Pelé gracias al genio irrepetible de Garrincha. En Inglaterra 1966, Brasil sufrió la violencia contra Pelé y quedó eliminado demasiado pronto. En México 1970, Pelé volvió para liderar una de las mayores consagraciones de todos los tiempos.
Ese recorrido muestra algo más profundo que una simple sucesión de resultados. Brasil construyó durante esos años una identidad futbolística que combinaba talento individual con ambición colectiva. No era solo gambeta. No era solo alegría. También era competitividad, adaptación y jerarquía.
La despedida de la Jules Rimet quedó asociada para siempre a esa idea: el fútbol como belleza, como espectáculo y como poder nacional.
Brasil no solo ganó tres mundiales. Se apropió simbólicamente del imaginario del fútbol.
La Copa que se fue para siempre
La Jules Rimet había nacido como símbolo de unidad internacional. Fue escondida durante la Segunda Guerra Mundial, sobrevivió a crisis, viajes, tensiones políticas y torneos cargados de dramatismo.
En 1970 dejó de ser trofeo itinerante y pasó a manos de Brasil.
Años después, la copa original sería robada y nunca más recuperada, otro capítulo extraño dentro de una historia ya cargada de mitología. Pero su despedida deportiva ocurrió en México, bajo el sol del Azteca, en manos de Pelé y de una selección que parecía jugar en otra dimensión.
Los mundiales de 1962, 1966 y 1970 fueron el cierre de la primera gran etapa del Mundial moderno. Después llegaría un nuevo trofeo, nuevas potencias, nuevas tácticas y una FIFA cada vez más globalizada.
Pero la era de la Jules Rimet terminó con una imagen perfecta: Brasil campeón, Pelé sonriendo, el mundo mirando en colores y la certeza de que el fútbol acababa de entrar en otra época.


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