
Israel volvió a golpear el sur del Líbano: 11 muertos, civiles entre las víctimas y una tregua que vuelve a quedar al borde del colapso
Alejandro CabreraLa frágil calma que desde junio intenta contener otra guerra abierta entre Israel y Hezbollah sufrió este sábado 15 de agosto su golpe más grave. Una serie de bombardeos israelíes contra localidades del sur del Líbano causó al menos 11 muertos y 19 heridos, convirtiéndose en uno de los episodios más letales desde la entrada en vigor del entendimiento impulsado por Estados Unidos para detener los combates y avanzar progresivamente hacia el desarme de Hezbollah y la retirada israelí.
El ataque más grave ocurrió en Ansar, donde aviones israelíes alcanzaron una vivienda y murieron siete personas. La Agencia Nacional de Noticias libanesa informó que entre las víctimas había tres niños y dos mujeres. Otras cuatro personas murieron en Deir el Zahrani. También hubo ataques en otros sectores del sur, incluido el estratégico entorno de Ali al-Taher, al norte del río Litani, y uno de los bombardeos cerca de Ansar penetró más profundamente en territorio libanés que cualquier ataque israelí registrado durante los últimos dos meses.
Israel sostiene que la ofensiva fue una respuesta a una operación de Hezbollah contra militares israelíes desplegados dentro de la denominada zona de seguridad del sur del Líbano. Según la oficina del primer ministro Benjamin Netanyahu, tres soldados israelíes resultaron gravemente heridos y las Fuerzas de Defensa de Israel atacaron posteriormente el centro desde donde, según Jerusalén, había sido ordenada esa operación.
La explicación israelí, sin embargo, abrió una nueva controversia por las víctimas civiles. El ejército aseguró que el objetivo principal en Ansar era Ali Samir al-Haj Hassan, un comandante de la fuerza Radwan, la unidad de élite de Hezbollah, y afirmó haberlo matado junto con otros integrantes de la organización. Israel reconoció que la familia del comandante se encontraba en el lugar y resultó alcanzada por el ataque, aunque sostuvo que los civiles no constituían el objetivo.
Israel habla de un cuartel de Hezbollah; Líbano denuncia la muerte de mujeres y niños
La respuesta del gobierno libanés fue inmediata. El primer ministro Nawaf Salam, que al mismo tiempo sostiene la necesidad de que Hezbollah entregue sus armas y de que el Estado recupere el monopolio de la fuerza, rechazó la justificación israelí y remarcó que las mujeres y los niños muertos en Ansar no podían ser considerados infraestructura militar. El presidente Joseph Aoun fue todavía más político: interpretó los bombardeos como un mensaje destinado a interferir en las negociaciones que Washington intenta impulsar para consolidar el acuerdo.
Hezbollah también endureció su discurso. La organización respaldada por Irán advirtió que los ataques israelíes recibirán una respuesta y mantiene su rechazo al esquema que pretende vincular la retirada israelí con su propio desarme. Su secretario general, Naim Qassem, calificó el viernes el acuerdo como una imposición israelí aceptada por las autoridades libanesas y aseguró que las conversaciones entre Beirut e Israel no habían conseguido resultados concretos.
El problema es que las dos principales condiciones para estabilizar definitivamente la frontera se encuentran trabadas entre sí. Israel afirma que no abandonará completamente el territorio libanés mientras Hezbollah mantenga su arsenal; Hezbollah sostiene que ni siquiera discutirá seriamente el desarme mientras soldados israelíes permanezcan dentro del Líbano. El gobierno de Beirut queda atrapado entre ambas posiciones, intentando recuperar el control efectivo del sur mediante el despliegue del ejército libanés.
Estados Unidos propone resolver ese dilema de manera progresiva. El esquema negociado prevé que el ejército libanés vaya ocupando zonas previamente controladas por Hezbollah mientras se verifica el retiro de armas y, paralelamente, las tropas israelíes abandonan los sectores que tomaron durante la guerra. Ya comenzó a aplicarse el mecanismo en algunas denominadas “zonas piloto”, pero el proceso avanza lentamente y permanece expuesto a cualquier nueva escalada militar.
Los bombardeos de este sábado colocan precisamente ese proceso bajo presión. Cientos de habitantes abandonaron nuevamente sus hogares por temor a una expansión de los ataques, en una región donde una parte importante de la población todavía no consiguió reconstruir su vida después de meses de guerra y destrucción.
La tregua nunca significó realmente el final de los combates
El alto el fuego alcanzado en junio frenó la fase más intensa de la guerra, pero nunca produjo un silencio completo de las armas. Israel continuó realizando ataques contra objetivos que identifica como posiciones o integrantes de Hezbollah y mantuvo tropas dentro de una franja del sur del territorio libanés. Hezbollah, por su parte, protagonizó ataques contra posiciones israelíes y sostiene que la presencia militar de Israel constituye una ocupación que legitima su resistencia.
La tregua fue negociada en medio de una crisis regional mucho más amplia. La última guerra entre Israel y Hezbollah se había intensificado en marzo, cuando la organización libanesa abrió fuego contra Israel poco después del comienzo de la guerra entre Estados Unidos e Israel e Irán. Israel respondió con una ofensiva terrestre y aérea que le permitió ocupar una franja del sur libanés, mientras Hezbollah utilizó misiles, artillería y drones contra posiciones militares y localidades israelíes.
Para el momento en que se consiguió el cese de fuego de junio, el Ministerio de Salud libanés contabilizaba casi 4.000 muertos desde comienzos de marzo. El balance acumulado actualizado ya supera los 4.300 fallecidos en Líbano, según las autoridades del país citadas por Reuters. La ofensiva provocó además desplazamientos masivos y enormes daños materiales en el sur libanés.
El acuerdo permitió reducir radicalmente la intensidad de los enfrentamientos, pero dejó sin resolver el asunto central que arrastra la política libanesa desde hace décadas: quién controla realmente las armas dentro del país. Hezbollah es simultáneamente un partido político, una organización social y una fuerza militar con un arsenal propio construido durante décadas con apoyo iraní. Su capacidad bélica llegó a superar ampliamente a la de otras organizaciones armadas libanesas y constituye uno de los ejes del enfrentamiento estratégico entre Israel e Irán.
El actual gobierno libanés pretende reforzar las instituciones estatales y extender el control del ejército sobre todo el territorio. En ese objetivo coincide parcialmente con Washington e incluso con una parte de las demandas israelíes. Pero desarmar por la fuerza a Hezbollah podría provocar una crisis interna o incluso enfrentamientos entre libaneses, mientras hacerlo mediante negociación requiere garantías sobre la retirada israelí que todavía no existen.
Israel avisa que no se irá hasta que Hezbollah se desarme
La tensión había aumentado incluso antes de los bombardeos de este sábado. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, había afirmado esta semana que las tropas permanecerían en la denominada zona de seguridad hasta que Hezbollah fuera completamente desarmado y desapareciera la amenaza que representa para el norte de Israel. Katz incluso ordenó al ejército prepararse para una presencia prolongada.
La declaración generó una reacción poco habitual de Estados Unidos. Un funcionario del Departamento de Estado advirtió que una presencia militar israelí permanente en el sur del Líbano sería incompatible con los compromisos asumidos en el acuerdo respaldado por Washington. Estados Unidos sostiene que Israel no tiene aspiraciones territoriales en Líbano y que la retirada debe producirse progresivamente a medida que se verifique el desarme de Hezbollah y el ejército libanés tome el control de las áreas correspondientes.
Katz modificó posteriormente el tono, pero no el fondo. Aclaró que Israel no pretende necesariamente una ocupación permanente, aunque insistió en que no habrá retirada mientras Hezbollah continúe armado. Para el gobierno de Netanyahu, abandonar la franja de seguridad sin eliminar previamente la capacidad militar de la organización implicaría permitir que Hezbollah vuelva a instalar fuerzas, misiles y posiciones cerca de las comunidades israelíes del norte.
Hezbollah plantea exactamente la secuencia inversa: primero Israel debe retirarse y después podrá discutirse qué ocurre con sus armas. Esa incompatibilidad transforma cada ataque en una potencial amenaza para todo el acuerdo.
A esa tensión se agrega un factor político interno israelí. Netanyahu y su partido Likud se encaminan hacia las elecciones previstas para el 27 de octubre, y tanto el primer ministro como Katz buscan sostener una imagen de firmeza en seguridad después de años de guerras abiertas en distintos frentes. Reuters señala que el gobierno israelí intenta reforzar precisamente esas credenciales ante el electorado.
Del lado libanés ocurre algo diferente pero igualmente delicado. El gobierno de Aoun y Salam intenta demostrar que el Estado puede recuperar autoridad sobre el territorio sin provocar una nueva guerra civil ni presentarse ante la comunidad chií como ejecutor de las exigencias de Israel. Hezbollah, en cambio, acusa a Beirut de haber aceptado un acuerdo excesivamente favorable a Jerusalén.
El resultado es una arquitectura extremadamente frágil: Israel presiona militarmente para acelerar el desarme; Hezbollah utiliza la resistencia armada como argumento para exigir primero la retirada; el gobierno libanés intenta desplegar su ejército entre ambos y Estados Unidos procura mantener vivo un acuerdo cuyo calendario depende precisamente de que ninguno de los actores vuelva a escalar.
Los ataques de este sábado muestran hasta qué punto ese equilibrio puede romperse con rapidez. Once personas murieron en pocas horas, Hezbollah amenazó con responder, Israel aseguró que continuará actuando contra cualquier amenaza y cientos de civiles volvieron a desplazarse.
Todavía no significa necesariamente el regreso inmediato a una guerra total. Tanto Israel como el gobierno libanés continúan participando del proceso negociador y Washington mantiene su presión para implementar el acuerdo. Pero cada nueva represalia reduce el margen para contener la siguiente.
El verdadero riesgo consiste ahora en que vuelva a activarse la dinámica que dominó los meses anteriores: un ataque de Hezbollah provoca una represalia israelí, esa represalia causa víctimas y genera una nueva respuesta de Hezbollah, y el intercambio termina escalando hasta una campaña mucho mayor que ninguno de los mecanismos diplomáticos consigue frenar. La jornada del 15 de agosto volvió a dejar al sur del Líbano peligrosamente cerca de esa lógica.


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