África en guerra: los conflictos armados que atraviesan al continente y amenazan con conectarse entre sí

Sudán vive una guerra civil abierta; el este del Congo sigue enfrentando al Gobierno con el M23; el yihadismo se expande por el Sahel, Nigeria y Somalia; y nuevos focos de violencia persisten desde Mozambique hasta Camerún. A ellos se suman Sudán del Sur, Etiopía, el Sáhara Occidental, Libia y la República Centroafricana, donde las guerras no siempre ocupan las portadas internacionales pero continúan activas o peligrosamente cerca de reactivarse.
Mundo08 de agosto de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

África atraviesa en 2026 uno de sus escenarios de seguridad más complejos de las últimas décadas, aunque hablar de “las guerras de África” requiere una aclaración inicial. No todos los conflictos tienen la misma intensidad: Sudán vive una guerra civil convencional con ejércitos, artillería, drones y control territorial; en el Sahel predominan insurgencias yihadistas; en Somalia se desarrolla una guerra prolongada contra Al Shabaab; mientras que Libia o el Sáhara Occidental combinan períodos de relativa calma con enfrentamientos armados y una ausencia casi completa de solución política. ACLED considera que Sudán, Somalia, Etiopía y Sudán del Sur se encuentran entre los escenarios de violencia más persistente del Cuerno de África, mientras International Crisis Group ubicó al Sahel, Sudán, Somalia, Etiopía y Sudán del Sur entre sus principales preocupaciones de seguridad para 2026.

El mapa permite identificar tres grandes corredores de inestabilidad. El primero atraviesa el Cuerno de África, desde Sudán y Sudán del Sur hasta Etiopía y Somalia; el segundo recorre el Sahel y la cuenca del lago Chad, desde Mali y Burkina Faso hasta Níger, Nigeria, Chad, Benín y Togo; y el tercero se concentra en la región de los Grandes Lagos, fundamentalmente en el este de la República Democrática del Congo. A esos tres cinturones se agregan conflictos más aislados en Mozambique, Camerún, República Centroafricana, Libia y el Sáhara Occidental.

Sudán: la guerra más devastadora del continente

Sudán continúa siendo el conflicto más grave de África. La guerra comenzó el 15 de abril de 2023 cuando se rompió definitivamente la alianza entre las Fuerzas Armadas Sudanesas, dirigidas por Abdel Fattah al Burhan, y las Fuerzas de Apoyo Rápido, conocidas como RSF, comandadas por Mohamed Hamdan Dagalo, “Hemedti”. Ambos habían participado en el golpe de Estado de 2021, pero chocaron por la integración de los paramilitares dentro del Ejército, el reparto del poder y el futuro de una transición hacia un Gobierno civil.

Tres años después, Sudán está prácticamente dividido entre áreas dominadas por el Ejército y zonas controladas por las RSF y sus aliados. Las Fuerzas Armadas recuperaron posiciones importantes en Jartum y el centro del país, pero las RSF consolidaron gran parte de Darfur y mantienen una capacidad considerable para atacar hacia Kordofán y otras regiones. La caída de El Fasher profundizó especialmente la preocupación internacional: una investigación de Naciones Unidas sostuvo que las matanzas contra comunidades no árabes durante la ofensiva presentaban indicios compatibles con genocidio, mientras la Corte Penal Internacional continúa investigando crímenes cometidos en Darfur.

Las negociaciones tampoco lograron cerrar la guerra. Estados Unidos presentó en 2026 una propuesta que contemplaba una tregua humanitaria de 90 días, negociaciones para un alto el fuego permanente y una posterior transición civil, pero el Ejército exige que las RSF abandonen todas las ciudades ocupadas antes de aceptar plenamente el esquema. Mientras eso no ocurra, los combates continúan y el Programa Mundial de Alimentos advierte que la guerra puede volver a profundizar una crisis de hambre que ya había llegado a niveles de hambruna en algunas zonas.

Sudán, además, dejó de ser solamente una guerra sudanesa. Egipto mantiene una relación estrecha con el Ejército; Emiratos Árabes Unidos ha sido repetidamente acusado de respaldar a las RSF, algo que Abu Dhabi niega; y Turquía, Irán, Arabia Saudita y otros actores regionales tienen intereses políticos, militares o económicos en el conflicto. Reuters informó incluso sobre un centro de entrenamiento en Etiopía utilizado por combatientes de las RSF, una señal de que la guerra amenaza con convertirse cada vez más en un campo de competencia entre potencias de Medio Oriente y del propio Cuerno de África.

República Democrática del Congo: el M23 y una guerra que involucra a Ruanda

La segunda gran guerra convencional se desarrolla en el este de la República Democrática del Congo. El movimiento AFC/M23 controla extensas zonas de Kivu del Norte y Kivu del Sur después de su espectacular avance iniciado en 2025, mientras las Fuerzas Armadas congoleñas intentan recuperar territorio mediante operaciones terrestres, ataques aéreos y drones. Durante febrero de 2026, ACLED registró el mayor número mensual de ataques aéreos y con drones observado hasta entonces en el conflicto congoleño, una muestra de cómo la guerra se volvió tecnológicamente más sofisticada.

El conflicto es especialmente peligroso porque detrás del enfrentamiento entre Kinshasa y el M23 aparece Ruanda. Kigali niega apoyar militarmente a los rebeldes, pero investigaciones de expertos de Naciones Unidas y gobiernos occidentales han sostenido que las fuerzas ruandesas ejercieron apoyo e incluso mando sobre determinadas operaciones del movimiento. El Consejo de Seguridad exigió en diciembre de 2025 la retirada de las tropas ruandesas del Congo y reclamó simultáneamente que Kinshasa deje de colaborar con las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda, FDLR, una organización formada originalmente por hutus vinculados con el genocidio ruandés de 1994.

Estados Unidos intenta mediar entre Congo y Ruanda, mientras Qatar abrió un canal paralelo entre el Gobierno congoleño y el M23. Hubo algunos avances: este viernes 7 de agosto, las autoridades congoleñas entregaron 15 prisioneros al movimiento rebelde mediante una operación facilitada por el Comité Internacional de la Cruz Roja, el primer intercambio conocido dentro de los acuerdos negociados para reducir la violencia. Pero siguen existiendo enfrentamientos y acusaciones mutuas, y Congo y Ruanda continúan discutiendo incluso sobre cómo desarmar a las FDLR.

Además, el este congoleño no tiene solamente al M23. Allí operan decenas de grupos armados, entre ellos las Fuerzas Democráticas Aliadas, ADF, vinculadas con Estado Islámico, que continúan atacando poblaciones civiles. En enero, presuntos combatientes de ese grupo asesinaron al menos a 15 personas en Lubero, demostrando que incluso una eventual solución con el M23 no terminaría automáticamente con la guerra del este congoleño.

El Sahel: una guerra yihadista que ya atraviesa varios países

Mali, Burkina Faso y Níger conforman actualmente uno de los frentes de expansión yihadista más peligrosos del mundo. Allí operan principalmente Jama'at Nusrat al-Islam wal-Muslimin, JNIM, afiliada a Al Qaeda, y distintas estructuras vinculadas con Estado Islámico, además de movimientos rebeldes tuareg y organizaciones locales. Las tres naciones están gobernadas por militares surgidos de golpes de Estado, rompieron con buena parte de sus antiguos socios occidentales y abandonaron la Comunidad Económica de Estados de África Occidental para crear su propia Confederación de Estados del Sahel.

Mali atravesó una de las mayores escaladas durante abril, cuando yihadistas y rebeldes tuareg realizaron ataques coordinados contra posiciones gubernamentales. Los insurgentes llegaron a golpear instalaciones en distintas regiones y aumentar la presión sobre Bamako, mientras JNIM y organizaciones vinculadas con Estado Islámico continuaron expandiendo sus áreas de influencia. Reuters describió en mayo un corredor de violencia de alrededor de 3.000 kilómetros que comienza en Mali, atraviesa Burkina Faso y Níger y conecta con organizaciones islamistas que actúan en Nigeria y la cuenca del lago Chad.

La situación es especialmente crítica en Burkina Faso, donde el Estado ha perdido durante años el control efectivo de amplias áreas rurales. Los gobiernos militares de Burkina Faso y Mali responden con grandes operaciones de contrainsurgencia y fuerzas auxiliares, pero ACLED ha documentado también graves abusos contra civiles por parte de fuerzas gubernamentales y sus aliados. En abril, Reuters señaló que en determinadas zonas las fuerzas estatales de Mali y Burkina Faso habían provocado incluso más muertes de civiles que los propios grupos yihadistas durante los años anteriores.

Níger tampoco logró estabilizarse después del golpe de 2023. Estado Islámico protagonizó este año un espectacular ataque contra el aeropuerto internacional de Niamey, donde combatientes pudieron ingresar en las instalaciones, circular entre aeronaves y atacar infraestructura militar. Además, por primera vez la guerra directa entre JNIM y Estado Islámico se extendió claramente hacia territorio nigerino, agregando un conflicto entre grupos yihadistas a la propia guerra contra los gobiernos de la región.

La guerra del Sahel ya llegó a Benín y Togo

El gran temor de África occidental es que el conflicto deje definitivamente de ser “la guerra del Sahel” y alcance los países costeros del Golfo de Guinea. Eso ya está ocurriendo en el norte de Benín y Togo, donde organizaciones vinculadas con Al Qaeda y Estado Islámico aprovechan fronteras extensas, parques naturales y zonas con escasa presencia estatal para establecer corredores de movimiento, conseguir alimentos y realizar ataques. Ghana y Costa de Marfil reforzaron sus dispositivos fronterizos ante el riesgo de convertirse en los próximos objetivos.

Benín es el país costero más golpeado hasta el momento. JNIM realizó ataques capaces de provocar decenas de bajas militares, y durante la campaña presidencial de 2026 la seguridad del norte se convirtió en uno de los principales temas nacionales. El nuevo Gobierno heredó una frontera donde los ataques procedentes de Níger y Burkina Faso transformaron antiguas rutas comerciales en zonas de combate. Togo también sufrió una intensificación de la violencia: solamente durante 2025 su Gobierno reconoció 15 ataques atribuidos a JNIM, con decenas de civiles y militares muertos.

Nigeria y el lago Chad: Boko Haram todavía no fue derrotado

Nigeria enfrenta simultáneamente varias formas de violencia armada. En el noreste continúan Boko Haram y la Provincia de África Occidental de Estado Islámico, ISWAP; en el noroeste actúan grandes organizaciones criminales conocidas como “bandits”, que controlan áreas rurales, secuestran personas y atacan poblaciones; en la región centro-norte existen conflictos comunitarios y secuestros; y en el sudeste aparecen episodios relacionados con movimientos separatistas. El presidente Bola Tinubu acaba de anunciar aumentos salariales de hasta el 80% para sectores de las Fuerzas Armadas, precisamente en momentos en que el Ejército admite encontrarse sometido a múltiples frentes de seguridad.

La insurgencia yihadista continúa siendo el conflicto más estructurado. En marzo, una serie de atentados suicidas en Maiduguri causó al menos 23 muertos y más de cien heridos, y apenas días después Boko Haram e ISWAP realizaron un gran ataque contra una base militar en Borno empleando incluso drones armados. El Ejército aseguró haber matado a unos 80 insurgentes durante la respuesta, mostrando que después de 17 años de guerra las organizaciones continúan teniendo capacidad para atacar instalaciones militares y ciudades fuertemente protegidas.

La guerra tampoco termina en la frontera nigeriana. Boko Haram e ISWAP operan alrededor del lago Chad y realizan ataques en Camerún, Níger y Chad. En mayo, Boko Haram atacó una base militar chadiana y mató a por lo menos 23 integrantes de las fuerzas de seguridad. Níger, además, se retiró en 2025 de la fuerza multinacional que coordinaba operaciones regionales, debilitando una de las estructuras creadas para combatir conjuntamente a los yihadistas.

Somalia: veinte años de guerra contra Al Shabaab

Somalia continúa librando una de las guerras más largas de África contra Al Shabaab, la organización afiliada a Al Qaeda que intenta derrocar al Gobierno y establecer un sistema político regido por su interpretación estricta de la ley islámica. El grupo conserva presencia en amplias áreas rurales del centro y sur, recauda impuestos, controla rutas y mantiene capacidad para realizar ataques en Mogadiscio y contra países vecinos. En abril, el Gobierno anunció la muerte de 27 combatientes de Al Shabaab en una operación conjunta con fuerzas regionales y apoyo internacional, pero este tipo de operaciones todavía no consiguió eliminar la estructura insurgente.

La guerra también se volvió regional. El 29 de julio, cinco integrantes de las fuerzas de seguridad de Kenia murieron durante un enfrentamiento con presuntos militantes de Al Shabaab en Mandera, junto a la frontera somalí. A eso se agrega una crisis política interna: en junio hubo fuertes enfrentamientos en Mogadiscio entre fuerzas gubernamentales y milicias vinculadas con sectores opositores después de que la extensión del mandato presidencial profundizara las tensiones entre el Gobierno federal y sus adversarios.

Somalia depende además del apoyo de una misión africana y de asistencia militar extranjera, mientras Estados Unidos continúa realizando operaciones contra Al Shabaab y Estado Islámico. El problema para Mogadiscio es que las fuerzas insurgentes pueden perder localidades y recuperarlas posteriormente, algo que convirtió la guerra en un conflicto de desgaste en el que ninguna de las partes logra una victoria definitiva.

Sudán del Sur: el país vuelve a acercarse peligrosamente a una guerra civil

Sudán del Sur consiguió su independencia en 2011 y apenas dos años después cayó en una guerra civil entre las fuerzas vinculadas con el presidente Salva Kiir y las asociadas con su rival Riek Machar. El acuerdo firmado en 2018 redujo enormemente la violencia nacional, pero nunca logró integrar completamente a los ejércitos rivales ni construir instituciones capaces de garantizar una transición política estable.

Durante 2025 y 2026 el acuerdo comenzó a deteriorarse peligrosamente. Machar fue detenido, crecieron nuevamente los enfrentamientos entre fuerzas gubernamentales y grupos vinculados con la oposición y, en enero, el SPLA-IO capturó Pajut y uno de sus comandantes llamó a avanzar hacia Juba. El Gobierno respondió denunciando que esos movimientos podían provocar el regreso a una guerra civil y ordenó operaciones militares en Jonglei.

La violencia siguió produciendo episodios extremadamente graves durante 2026. En marzo, un ataque en el Área Administrativa de Ruweng dejó 122 muertos, entre ellos 82 civiles, mientras Médicos Sin Fronteras denunció posteriormente ataques contra instalaciones sanitarias, restricciones al acceso humanitario y manipulación de la ayuda por diferentes actores armados. Sudán del Sur todavía no regresó al nivel de guerra total observado entre 2013 y 2018, pero el proceso de paz se encuentra en su momento más peligroso desde entonces.

Etiopía: terminó la guerra de Tigray, pero no las guerras internas

El acuerdo de Pretoria de 2022 puso fin a la fase principal de la devastadora guerra de Tigray, pero Etiopía nunca consiguió regresar completamente a la estabilidad. Desde 2023, la milicia Fano protagoniza una insurgencia contra el Gobierno federal en la región de Amhara y mantiene influencia sobre amplias áreas rurales. Al mismo tiempo, en Oromía continúa la violencia protagonizada por el Ejército de Liberación Oromo y otras organizaciones armadas.

Las elecciones de mayo de 2026 mostraron hasta qué punto persiste el problema: no pudieron celebrarse en Tigray y tampoco en varios distritos de Amhara debido a las condiciones de seguridad. La situación en Tigray sigue siendo particularmente delicada porque el partido dominante en la región intentó recuperar control político en circunstancias que Addis Abeba considera contrarias a los acuerdos de paz.

A ese escenario interno se suma el deterioro de la relación entre Etiopía y Eritrea. Abiy Ahmed insiste desde hace años en que el acceso de Etiopía al mar es una cuestión estratégica y “existencial”, aunque sostiene que pretende resolverla mediante negociaciones; Eritrea, que se independizó de Etiopía en 1993, interpreta algunas de esas declaraciones como una amenaza potencial. No existe actualmente una guerra abierta entre ambos Estados, pero una reactivación del conflicto etíope-eritreo transformaría por completo el equilibrio del Cuerno de África.

Mozambique: Estado Islámico sigue activo en Cabo Delgado

En el extremo norte de Mozambique continúa la insurgencia iniciada en 2017 en la provincia de Cabo Delgado. Los combatientes islamistas, posteriormente vinculados con Estado Islámico, aprovecharon durante años la pobreza, la escasa presencia del Estado, conflictos territoriales y el descontento alrededor de gigantescos proyectos de gas para construir una insurgencia capaz de capturar localidades enteras.

La intervención de Ruanda desde 2021 cambió la situación militar. Miles de soldados ruandeses ayudaron al Ejército mozambiqueño a recuperar ciudades estratégicas y redujeron considerablemente el número de insurgentes, pero el movimiento no desapareció y los ataques contra civiles aumentaron nuevamente en diferentes períodos. Kigali incluso amenazó durante marzo con retirar sus tropas si no se encontraba financiación suficiente, aunque en mayo anunció que Mozambique había asegurado los recursos necesarios para mantener la misión.

La importancia internacional de Cabo Delgado excede la propia guerra. Allí se encuentran algunos de los mayores proyectos de gas natural licuado de África, incluida una inversión de alrededor de 20.000 millones de dólares encabezada por TotalEnergies. Por eso la continuidad de la insurgencia afecta simultáneamente a Mozambique, Ruanda, Europa y grandes compañías energéticas internacionales.

Camerún: una guerra separatista olvidada desde hace casi una década

Las regiones anglófonas del oeste de Camerún continúan enfrentadas con el Gobierno central de Yaundé. El conflicto comenzó en 2016 con protestas de abogados y docentes que denunciaban la imposición de instituciones francófonas en las regiones de habla inglesa y terminó transformándose en una insurgencia separatista que busca crear un Estado independiente denominado Ambazonia.

Después de casi una década de enfrentamientos, más de 6.500 personas murieron y más de medio millón fueron desplazadas, según las estimaciones citadas durante la visita del papa León XIV en abril. El viaje papal permitió incluso una tregua de tres días anunciada por una alianza separatista, pero no generó todavía un proceso político capaz de terminar la guerra.

Camerún enfrenta además otro conflicto simultáneo en su extremo norte, donde Boko Haram e ISWAP realizan incursiones desde la región del lago Chad. Esto convierte al país en uno de los pocos Estados africanos afectados al mismo tiempo por una insurgencia separatista interna y por una guerra yihadista transnacional.

Sáhara Occidental: la guerra de baja intensidad más antigua de África

El conflicto entre Marruecos y el Frente Polisario continúa activo aunque muy lejos de la intensidad de Sudán o el Sahel. Marruecos controla la mayor parte del Sáhara Occidental y propone otorgarle autonomía bajo soberanía marroquí; el Polisario, respaldado principalmente por Argelia, reclama que los saharauis puedan elegir entre autonomía e independencia mediante un proceso de autodeterminación.

El alto el fuego establecido en 1991 se rompió en 2020 y desde entonces el Polisario anuncia periódicamente ataques contra posiciones marroquíes a lo largo del muro que divide el territorio. La intensidad militar es reducida y muchas operaciones son difíciles de verificar de manera independiente, pero Naciones Unidas confirmó todavía en mayo de 2026 incidentes con disparos en zonas civiles y pidió a las partes evitar acciones capaces de agravar nuevamente la situación.

Diplomáticamente, Marruecos se encuentra en una posición cada vez más fuerte. Estados Unidos, Francia y otros países respaldan actualmente su plan de autonomía y el Consejo de Seguridad pidió negociar tomando esa propuesta como referencia, mientras el Polisario y Argelia continúan reclamando que la independencia siga siendo una opción. La guerra es pequeña militarmente, pero el conflicto tiene enorme importancia geopolítica porque alimenta la rivalidad entre Marruecos y Argelia y afecta las relaciones de ambos con España, Francia, Estados Unidos y buena parte de África occidental.

Libia: no hay una guerra total, pero tampoco existe un Estado unificado

Libia ya no vive una guerra civil convencional como la que enfrentó al Gobierno de Trípoli con las fuerzas de Khalifa Haftar entre 2019 y 2020, pero continúa dividida entre administraciones rivales, estructuras militares paralelas y numerosas milicias. El oeste está dominado por el Gobierno de Unidad Nacional encabezado por Abdulhamid al-Dbeibah y diferentes grupos armados aliados, mientras Haftar y su Ejército Nacional Libio controlan gran parte del este y el sur.

La fragilidad quedó demostrada en mayo de 2025, cuando la muerte de un importante jefe miliciano provocó algunos de los combates más intensos registrados en Trípoli durante años. Aunque se acordó posteriormente una tregua, las facciones continúan acumulando armamento. En abril de 2026 Reuters reveló que las fuerzas de Haftar habían adquirido nuevos drones de combate chinos y turcos pese al embargo internacional de armas, mientras las potencias extranjeras mantienen relaciones con diferentes sectores del país.

Por eso Libia debe ser considerada un conflicto armado latente más que una guerra abierta. La división política que comenzó después de la caída de Muamar Gadafi en 2011 nunca fue solucionada y cualquier disputa entre las grandes milicias puede volver a transformar rápidamente el equilibrio actual en una guerra de mayor escala.

República Centroafricana: una guerra debilitada, pero no completamente terminada

La República Centroafricana vivió desde 2013 una guerra entre grupos surgidos de la antigua coalición rebelde Seleka, milicias anti-Balaka y el Gobierno central. Durante los últimos años, el presidente Faustin-Archange Touadéra consiguió recuperar una parte considerable del territorio gracias al apoyo de fuerzas ruandesas, tropas de Naciones Unidas y combatientes rusos vinculados inicialmente con el grupo Wagner y posteriormente con estructuras bajo mayor control de Moscú.

El escenario de 2026 es menos violento que en los peores años de la guerra. Touadéra firmó acuerdos con diversos grupos rebeldes y otros movimientos fueron militarmente debilitados, pero todavía existen facciones armadas en zonas periféricas y el Estado continúa dependiendo de fuerzas extranjeras para mantener el control. Por eso la República Centroafricana se encuentra más cerca de un conflicto insurgente residual que de una guerra civil nacional, aunque la paz sigue siendo extremadamente frágil.

Un continente donde las guerras empiezan a conectarse

El aspecto probablemente más preocupante no es solamente la cantidad de conflictos, sino la manera en que comienzan a relacionarse. Los yihadistas del Sahel avanzan hacia Nigeria, Benín y Togo; Boko Haram conecta Nigeria con Chad, Níger y Camerún; Al Shabaab lleva la guerra somalí hacia Kenia; Ruanda interviene simultáneamente en el Congo y Mozambique; mientras Sudán se convierte en escenario de competencia entre Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Turquía, Arabia Saudita, Irán y otros actores.

Rusia también construyó una presencia militar creciente desde Libia hasta el Sahel y la República Centroafricana, mientras Estados Unidos intenta regresar diplomáticamente mediante negociaciones en el Congo, Sudán y el Sáhara Occidental. Turquía tiene intereses militares en Somalia y Libia, Emiratos construyó una extensa red de relaciones en el Cuerno de África y Francia, después de perder gran parte de su presencia directa en el Sahel, reforzó su alianza con Marruecos y otros gobiernos africanos.

El resultado es que ya no resulta completamente correcto imaginar cada guerra africana como un conflicto aislado dentro de una frontera nacional. En numerosos casos las organizaciones armadas cruzan países, los gobiernos persiguen enemigos en territorios vecinos y potencias extranjeras financian, entrenan o equipan a actores locales. La guerra de Sudán puede afectar a Chad, Etiopía y Sudán del Sur; el conflicto congoleño amenaza con enfrentar directamente a Ruanda, Burundi y Congo; y la insurgencia del Sahel ya alcanzó países que hace pocos años parecían fuera del radio de acción yihadista.

A 8 de agosto de 2026, África no está atravesando una única gran guerra continental. Está enfrentando algo posiblemente más difícil de resolver: una docena de conflictos de naturalezas diferentes que se superponen sobre regiones con Estados débiles, fronteras permeables, enormes recursos naturales y una competencia internacional cada vez mayor.

Sudán es hoy la guerra más destructiva; el Congo, la que presenta uno de los mayores riesgos de transformarse en un enfrentamiento regional entre Estados; y el Sahel, el escenario donde los grupos armados están consiguiendo la expansión territorial más preocupante. Somalia, Nigeria, Mozambique y Camerún demuestran además que las insurgencias pueden sobrevivir durante décadas sin necesidad de derrotar militarmente al Estado.

El peligro para los próximos años es que estos mapas de violencia terminen uniéndose. Si el Sahel se conecta definitivamente con la cuenca del lago Chad, si la guerra congoleña enfrenta abiertamente a sus vecinos o si Sudán arrastra a las potencias regionales, África podría dejar de tener varios conflictos separados para comenzar a enfrentar grandes sistemas regionales de guerra.

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