
la xenofobia y la islamofobia ganan terreno y se extienden a través de un pensamiento que
atraviesa clases sociales, géneros y fronteras nacionales.
Alejandro CabreraNoventa y dos historias en 24 horas. Una cada aproximadamente 15 minutos. La cifra difundida por Claves parece construida para convertirse ella misma en una historia de Instagram: corta, sorprendente, fácilmente compartible y capaz de generar una discusión inmediata. Según la publicación, Javier Milei rompió su propia marca de actividad en la plataforma. En las capturas aparecen consignas políticas, reposts, imágenes de apoyo y mensajes como “Viva la libertad carajo”, “El león siempre vuelve”, “La casta tiene miedo” o “Argentina siempre”. Las historias de Instagram desaparecen normalmente después de 24 horas y no existe un registro público completo que permita reconstruir retrospectivamente las 92 desde afuera de la cuenta, por lo que el número debe atribuirse al relevamiento de Claves. Pero incluso tomando la cifra simplemente como punto de partida, plantea una pregunta más interesante que el récord: ¿qué significa que un Presidente utilice las redes con semejante intensidad?
La primera respuesta es probablemente la más sencilla: para Milei las redes sociales nunca fueron un complemento de la política. Fueron una parte fundamental de su construcción política. Antes de llegar a la Casa Rosada utilizó X, Instagram, TikTok, YouTube y las entrevistas televisivas para construir una relación directa con seguidores que permitía sortear estructuras partidarias tradicionales. Esa característica continuó durante su presidencia. Un seguimiento de Junkipedia registraba este 18 de septiembre alrededor de 6,37 millones de seguidores en su cuenta de Instagram y más de 12.000 publicaciones acumuladas, mientras análisis anteriores ya habían señalado que ninguna otra figura política argentina generaba un volumen semejante de conversación digital.
La segunda respuesta es más compleja. Publicar mucho no significa necesariamente comunicar mejor. Y ahí aparece probablemente el dato más interesante alrededor de las 92 historias. Mientras aumenta la cantidad de contenido, distintos indicadores muestran que el ecosistema digital alrededor de Milei atraviesa una etapa menos favorable que durante sus momentos de mayor expansión. Un informe de la consultora Ad Hoc difundido este mes calculó que agosto fue el séptimo mes consecutivo con balance negativo en la conversación digital vinculada al Presidente: 55,6% de las menciones analizadas fueron clasificadas como negativas, 31,6% como positivas y 12,7% como neutrales. El relevamiento utilizó Onclusive y Google Trends y estudió redes abiertas y sitios web entre comienzos de agosto y los primeros días de septiembre.
Incluso la evolución de Instagram ofrece una señal para mirar con atención. HypeAuditor, una plataforma privada de análisis de redes, calculó que la cuenta de Milei pasó de aproximadamente 6,386 millones de seguidores el 20 de agosto a 6,360 millones el 17 de septiembre, una reducción cercana al 0,4% en menos de un mes. No es una caída enorme y las métricas de terceros pueden diferir de las cifras internas de Meta, pero sí demuestra algo relevante: aumentar drásticamente el volumen de publicaciones no implica automáticamente aumentar la audiencia.
La intensidad tampoco se limita a Instagram. A fines de agosto, EL PAÍS publicó datos de una plataforma de seguimiento según los cuales Milei había pasado de utilizar X un promedio estimado de 84 minutos diarios durante julio a alrededor de 160 minutos diarios durante un período de diez días de agosto. El mismo artículo describía una nueva ofensiva comunicacional del oficialismo destinada a recuperar protagonismo en la conversación pública. Eso encaja con las 92 historias que ahora registra Claves: más que un episodio aislado, parece formar parte de una etapa de renovada actividad digital presidencial.
Hay, sin embargo, una precisión necesaria. Contabilizar 92 historias en la cuenta de Milei no permite afirmar que el Presidente haya pasado todo el día produciendo personalmente 92 piezas diferentes, ni mucho menos que haya interrumpido sus tareas cada 15 minutos para publicar una. Una cuenta de esta magnitud puede reproducir publicaciones ajenas, compartir menciones y contar con asistencia para determinadas tareas de comunicación. Lo verificable es la intensidad del flujo publicado desde su perfil; adjudicar cada clic, selección o edición personalmente al Presidente requeriría evidencia adicional. Esa diferencia importa porque una cosa es analizar una estrategia de comunicación extraordinariamente intensa y otra muy distinta deducir a partir de ella cómo distribuye exactamente el mandatario cada minuto de su jornada.
El fenómeno permite observar otra transformación de la Presidencia. Históricamente, un presidente argentino tenía algunas herramientas principales para hablar con la ciudadanía: cadenas nacionales, conferencias, entrevistas, discursos y comunicados oficiales. Las redes pulverizaron ese esquema. Milei puede comentar un tema, compartir un video de un simpatizante, atacar un argumento opositor, celebrar un indicador económico y reivindicar una política exterior en cuestión de minutos y sin pasar por periodistas, conferencias de prensa ni estructuras institucionales. Desde la perspectiva de sus partidarios, esa comunicación directa reduce intermediarios y permite que el mandatario exponga sus posiciones sin filtros. Desde la mirada de sus críticos, la mezcla permanente entre comunicación presidencial, militancia, humor, confrontación y reposts hace más difícil distinguir cuándo está hablando institucionalmente el jefe del Estado y cuándo está participando como actor partidario de una discusión en redes.
El problema estratégico aparece cuando esa enorme producción empieza a competir consigo misma. Si se publican 92 historias en un día, cada una tiene menos tiempo para ocupar el centro de atención antes de ser desplazada por la siguiente. La lógica sirve para mantener una presencia constante, pero puede dificultar la jerarquización del mensaje. Un estudio publicado por LA NACION en mayo, realizado sobre más de 326 millones de interacciones, concluyó que Milei seguía siendo el principal centro de la conversación política argentina pero que su volumen digital había caído alrededor de 54% desde su llegada a la Presidencia. Es decir, la centralidad seguía allí, pero la capacidad expansiva de esa conversación había perdido potencia.
Algo parecido ocurrió recientemente con Malvinas. Después de una cadena nacional de Milei, la conversación digital sobre el tema registró un fuerte crecimiento inicial; apenas tres días después, un relevamiento de Ad Hoc calculó que el volumen de menciones había caído 78%. El caso muestra los límites de la saturación informativa contemporánea: conseguir un pico de conversación es relativamente posible; mantenerlo resulta mucho más difícil.
Por eso las 92 historias pueden leerse de dos maneras que no necesariamente se contradicen. Son una demostración de capacidad para ocupar el espacio digital y, al mismo tiempo, una señal de la dificultad creciente para convertir cantidad de contenido en ampliación sostenida de influencia. Milei continúa teniendo millones de seguidores y conserva una capacidad excepcional para colocar temas en la conversación pública, pero los datos disponibles muestran que esa presencia convive actualmente con una mayoría de menciones negativas y con menor expansión de su comunidad digital. El “récord”, entonces, cuenta algo sobre el volumen; no alcanza para determinar por sí solo la eficacia política de ese volumen.
Tal vez ahí esté la verdadera discusión detrás de una cifra que parece trivial. ¿Para qué necesita un Presidente publicar 92 historias en un día? Si el objetivo es mantener contacto permanente con su base política, el mecanismo tiene una lógica evidente. Si el objetivo es ampliar su audiencia y convencer a sectores que hoy están alejados del Gobierno, los indicadores disponibles hacen que la respuesta sea menos clara. Las redes fueron una herramienta decisiva en el ascenso de Milei y continúan siendo uno de sus principales escenarios políticos. Pero precisamente por eso, el dato significativo no debería ser solamente cuántas veces publica. También debería medirse cuántas personas nuevas convence, cuánto dura cada conversación que instala y qué sucede cuando la necesidad de permanecer permanentemente en el centro de la pantalla obliga a producir un mensaje nuevo antes de que el anterior termine de ser procesado.










