
Alemania gira hacia los extremos: AfD gana en el este, la izquierda conquista Berlín y Merz queda bajo máxima presión
Alejandro CabreraAlemania acaba de atravesar en apenas dos semanas tres elecciones regionales que están alterando de manera profunda el equilibrio político del país. Primero fue Sajonia-Anhalt, donde Alternativa para Alemania consiguió cerca del 44% de los votos y quedó a pocos escaños de la mayoría absoluta. Ahora llegaron Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín, dos territorios social, económica y políticamente muy diferentes pero que dejaron un mensaje parecido: los partidos tradicionales que gobernaron Alemania durante décadas están perdiendo terreno frente a opciones situadas fuera del centro político. En el noreste, AfD terminó alrededor del 37%-38% y superó estrechamente al SPD; en la capital, Die Linke fue la fuerza más votada con aproximadamente una cuarta parte del electorado, mientras AfD volvió a crecer. El gran derrotado de ambos procesos fue la CDU del canciller Friedrich Merz.
La magnitud del avance de AfD resulta particularmente visible en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. En 2021 había obtenido el 16,7% de los votos; este domingo se movió alrededor del 37%-38%, más que duplicando su representación electoral y superando al SPD de la primera ministra regional Manuela Schwesig, que quedó apenas detrás. Los resultados y proyecciones difundidos durante el escrutinio variaron algunas décimas, pero coincidieron en colocar a AfD en primer lugar y al SPD muy cerca. A pesar de esa victoria, el partido no tiene actualmente una vía clara para formar gobierno porque SPD, CDU, Die Linke y Los Verdes mantienen su rechazo a integrar coaliciones con él. Schwesig pretende construir una mayoría alternativa y continuar al frente del estado.
El dato más extraordinario, sin embargo, puede estar en el resultado de la CDU. El partido que conduce el Gobierno federal apenas superó el umbral del 5% necesario para entrar en el Parlamento regional de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Las distintas proyecciones lo ubicaron aproximadamente entre 5,1% y 5,5%, el peor resultado de los democristianos en una elección estatal desde la creación de la República Federal de Alemania. El propio Merz no intentó minimizarlo: lo calificó públicamente como un “desastre”, convocó a los máximos dirigentes de su partido y canceló su participación prevista en la Asamblea General de Naciones Unidas para concentrarse en la crisis doméstica.
Berlín mostró una dinámica ideológica distinta, pero igualmente adversa para el centro político. Die Linke, el partido de izquierda poscomunista, se colocó en primer lugar con alrededor del 25% de los votos y prácticamente duplicó su resultado anterior. La CDU quedó segunda con aproximadamente el 20%, mientras AfD consiguió entre el 14% y el 16%, dependiendo de la proyección utilizada durante el escrutinio, mejorando claramente sobre el 9,1% de 2023. El SPD, partido históricamente dominante en la capital alemana, cayó a alrededor del 12%, mientras Los Verdes quedaron cerca del 15%. La aritmética parlamentaria abre la posibilidad de una coalición de Die Linke, SPD y Verdes y, por lo tanto, de un cambio completo de gobierno en la ciudad.
Miradas juntas, las votaciones muestran algo más complejo que un simple “avance de la derecha”. En Berlín ganó una formación de izquierda y en Mecklemburgo una fuerza que Reuters, AP y otros medios internacionales describen habitualmente como de extrema derecha o derecha radical. AfD combina una política migratoria mucho más restrictiva con propuestas para reducir el apoyo alemán a Ucrania, reconstruir vínculos económicos con Rusia y modificar distintos aspectos culturales e institucionales del país. El partido rechaza algunas de las caracterizaciones que sus adversarios realizan sobre él y sostiene que representa a electores abandonados por los partidos tradicionales. Lo que sí permiten establecer los resultados es que el espacio político central —CDU, SPD y, en menor medida, Verdes— está perdiendo apoyo simultáneamente hacia direcciones diferentes.
El caso de Sajonia-Anhalt, ocurrido apenas dos semanas antes, había dado la primera señal de la magnitud del cambio. AfD ganó allí con aproximadamente el 44% y obtuvo 39 de los 83 escaños, quedando a tres de controlar por sí sola el Parlamento. La importancia de esa elección radica en que allí sí existe una posibilidad, todavía incierta, de que el partido participe por primera vez en un gobierno regional alemán desde su creación. AfD está buscando apoyos parlamentarios y su candidato Ulrich Siegmund ha intentado abrir conversaciones con representantes de otras fuerzas. Merz reiteró que la CDU no formará una alianza con AfD, pero el resultado ha puesto bajo una presión inédita al llamado Brandmauer, el “muro cortafuegos” mediante el cual los partidos tradicionales se comprometen a no cooperar con la formación.
La pregunta importante es por qué está creciendo. La inmigración sigue siendo una cuestión central para AfD, pero los estudios citados en las últimas semanas muestran que no explica por sí sola el avance. Reuters identificó frustración con la burocracia estatal, aumento del costo de vida, dudas sobre las pensiones y una sensación más amplia de inseguridad económica. Peter Matuschek, director de investigación de la encuestadora Forsa, sostuvo después de la elección en Sajonia-Anhalt que el temor económico aparece incluso como un factor más determinante que la migración entre parte de los nuevos votantes de AfD. En el este alemán se suman diferencias económicas persistentes respecto del oeste y una relación histórica distinta con Rusia, que explica parcialmente por qué la promesa de AfD de restablecer vínculos con Moscú encuentra allí mayor receptividad.
Esa cuestión económica contiene una paradoja. Las previsiones para Alemania mejoraron durante las últimas semanas. El Instituto Económico Alemán elevó su estimación de crecimiento para 2026 hasta aproximadamente el 1,2% y otros institutos económicos también corrigieron sus números hacia arriba después de un primer semestre mejor de lo esperado. Pero esa recuperación todavía es débil desde la perspectiva de los hogares: la inversión privada permanece contenida, el consumo apenas crecería alrededor del 0,3%, la inflación seguiría por encima del 2% y sectores industriales continúan afectados por costos energéticos elevados y competencia internacional. Alemania puede estar técnicamente mejor que meses atrás y, al mismo tiempo, mantener una percepción social de estancamiento después de varios años de escaso crecimiento.
Ahí está una parte importante del problema de Merz. Llegó a la Cancillería prometiendo reactivar la mayor economía de Europa y reformar un Estado al que consideraba demasiado lento y costoso. Su coalición impulsó un fondo extraordinario de 500.000 millones de euros para infraestructura, alivios fiscales y reformas sobre pensiones, empleo y burocracia. Sin embargo, algunas de las medidas más sensibles —como posibles cambios en la edad jubilatoria o las prestaciones por enfermedad— generaron resistencia incluso dentro de su alianza con el SPD. El canciller sostiene que Alemania necesita esas reformas para recuperar competitividad; sus socios socialdemócratas temen que el costo político y social de aplicarlas termine alimentando todavía más a AfD.
La impopularidad personal del canciller agrava el cuadro. Antes de estas elecciones, sondeos citados por Reuters colocaban a la CDU/CSU entre 18% y 20% a nivel nacional, por detrás de AfD y claramente por debajo del resultado conseguido por los conservadores en las federales de 2025. Una gran mayoría de los encuestados expresaba dudas sobre el liderazgo de Merz. Después de la derrota en Sajonia-Anhalt comenzaron a circular abiertamente dentro del espacio conservador discusiones sobre cuánto tiempo podría continuar en el cargo, aunque los principales dirigentes regionales de la CDU y CSU todavía respaldan públicamente su continuidad.
Merz ha respondido rechazando cualquier posibilidad inmediata de renuncia. Después de conocer los resultados de este domingo afirmó que seguirá adelante con su agenda económica y social porque, según su argumento, abandonar las reformas únicamente profundizaría los problemas que están empujando a los votantes hacia opciones más radicales. El canciller fue elegido por un período de cuatro años y jurídicamente no existe ningún mecanismo por el cual una derrota regional lo obligue automáticamente a abandonar el cargo. Alemania dispone además del mecanismo de moción de censura constructiva, que sólo permite remover a un canciller si simultáneamente existe una mayoría parlamentaria capaz de elegir a su reemplazante. Hoy no existe públicamente una alternativa de ese tipo.
Pero el problema para Merz no es únicamente su supervivencia personal. Las elecciones muestran una fragmentación del sistema partidario alemán que dificulta cada vez más formar gobiernos. Cuanto más crece AfD y más partidos mantienen el compromiso de no gobernar con ella, mayores deben ser las coaliciones necesarias entre fuerzas que tienen programas económicos y sociales diferentes. En Mecklemburgo, el partido puede ser el más votado y quedar fuera del Ejecutivo. En Sajonia-Anhalt podría suceder algo similar si el resto mantiene el cordón sanitario. Esa situación es legalmente normal en un régimen parlamentario —gobierna quien consigue una mayoría legislativa y no necesariamente quien obtiene más votos individualmente—, pero políticamente AfD la utiliza para argumentar que se intenta excluir de las instituciones a una parte creciente del electorado.
Para los demás partidos, el argumento es justamente el contrario: consideran que están obligados a mantener sus líneas rojas ante propuestas que juzgan incompatibles con sus programas y con determinados principios políticos. AfD plantea deportaciones más amplias, reducir drásticamente la inmigración, terminar con el apoyo alemán a Ucrania y reconstruir relaciones con Rusia. En Sajonia-Anhalt también propuso reformas educativas y culturales que incluyen clases separadas para hijos de refugiados, limitaciones a determinadas banderas en escuelas y cambios profundos en la radiotelevisión pública. Son propuestas concretas que permiten entender por qué el debate sobre posibles coaliciones con el partido provoca divisiones incluso dentro de la derecha alemana.
Los resultados también pueden tener implicancias fuera de Alemania. Berlín es uno de los principales sostenes europeos de Ucrania y bajo Merz aumentó el gasto en defensa. AfD sostiene una posición mucho más favorable a recuperar relaciones con Moscú y pretende terminar con buena parte de la asistencia a Kyiv. Una mayor influencia parlamentaria del partido no modifica automáticamente la política exterior federal, pero sí aumenta la presión política doméstica sobre un Gobierno que debe decidir simultáneamente cuánto gastar en defensa, infraestructura y protección social. Francia y Polonia siguieron con atención la elección de Sajonia-Anhalt precisamente porque cualquier debilitamiento prolongado del Gobierno alemán repercute sobre decisiones centrales de la Unión Europea.
El otro dato extraordinario de este domingo es el avance simultáneo de Die Linke. Su victoria en Berlín demuestra que el malestar no está siendo capitalizado exclusivamente por AfD. La candidata Elif Eralp centró su campaña principalmente en vivienda y poder adquisitivo y llevó al partido hasta aproximadamente una cuarta parte de los votos. La capital alemana atraviesa desde hace años una crisis habitacional particularmente aguda, con fuerte presión sobre alquileres y disponibilidad de vivienda. Mientras en buena parte del este rural AfD convierte la inseguridad económica, migratoria y cultural en su principal combustible electoral, en Berlín una parte significativa de los votantes reaccionó orientándose hacia la izquierda.
Eso probablemente sea la señal política más profunda. Alemania no se está desplazando de manera uniforme hacia una sola ideología: se está polarizando. En tres elecciones celebradas en dos semanas, AfD consiguió resultados históricos en dos estados orientales y Die Linke ganó la capital. Al mismo tiempo, CDU y SPD —las dos fuerzas que durante décadas estructuraron el sistema político alemán— sufrieron retrocesos importantes. En Berlín el SPD cayó aproximadamente al 12%; en Mecklemburgo la CDU estuvo a décimas de quedar directamente fuera del Parlamento.
Por ahora, esa polarización todavía no equivale a un cambio de gobierno federal. Las próximas elecciones nacionales están previstas para 2029, Merz conserva respaldo suficiente dentro de su coalición para continuar y AfD permanece excluida de casi todas las negociaciones gubernamentales. Pero el paisaje que encontrará Alemania durante los próximos tres años ya es diferente. AfD lideró o estuvo al borde de liderar tres contiendas regionales consecutivas, aparece por delante de la CDU/CSU en distintas encuestas nacionales y ha dejado de ser únicamente un partido de protesta pequeño para convertirse en una fuerza capaz de disputar el primer puesto en regiones enteras.
La pregunta para Merz es cómo responder. Endurecer la política migratoria puede intentar recuperar votantes de AfD, pero los datos sugieren que el malestar también está profundamente ligado a la economía, el costo de vida, las pensiones y la percepción de pérdida de prosperidad. Mantener las reformas puede mejorar a largo plazo la competitividad alemana, pero algunas de ellas tienen costos políticos inmediatos. Frenarlas puede reducir tensiones sociales, pero reforzaría la acusación de inmovilismo que también alimenta a AfD. Esa contradicción explica por qué la derrota regional resulta mucho más peligrosa para el canciller que una simple pérdida de bancas.
Alemania salió así de este domingo con dos ganadores ideológicamente muy alejados entre sí y un centro político considerablemente debilitado. AfD puede no gobernar Mecklemburgo pese a quedar primera y Die Linke puede encabezar la próxima coalición berlinesa. Pero detrás de esas diferencias aparece un mismo mensaje electoral: una parte creciente de los alemanes no está encontrando su respuesta política en los partidos que administraron el país durante las últimas décadas. Para Friedrich Merz, ese es el desafío que ninguna coalición regional puede resolver por sí sola.


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