
La operación secreta para sacar a Trump de Turquía desata críticas: periodistas y altos funcionarios viajaron como señuelo ante una amenaza iraní
Alejandro CabreraLa escena parece construida para una película de espionaje, pero ocurrió el pasado 8 de julio en el aeropuerto de Ankara. Donald Trump acababa de terminar una cumbre de la OTAN atravesada por la guerra con Irán y se preparaba para viajar hacia una base estadounidense en Reino Unido cuando el Servicio Secreto recibió información considerada suficientemente seria como para cambiar completamente el dispositivo de seguridad presidencial. El riesgo era concreto: existía inteligencia sobre la posibilidad de que el Air Force One fuera atacado mediante un misil tierra-aire portátil y los responsables de seguridad consideraban que actores vinculados con Irán conocían incluso el hotel donde se alojaba Trump y la ubicación que ocupaba dentro del edificio.
En lugar de cancelar públicamente el vuelo, cerrar el aeropuerto o modificar de manera visible el recorrido presidencial, los servicios estadounidenses decidieron construir un engaño. Trump subió delante de las cámaras al antiguo Air Force One, exactamente como todos esperaban, pero pocos minutos después abandonó secretamente la aeronave y fue trasladado oculto mediante un vehículo utilizado para cargar catering hasta un C-32A de la Fuerza Aérea, un avión considerablemente más pequeño y con menor identificación visual. Solamente un grupo reducido de colaboradores de máxima confianza lo acompañó.
Mientras tanto, el viejo Air Force One despegó hacia Reino Unido con periodistas, miembros del personal presidencial y altos funcionarios estadounidenses. Entre ellos estaban el secretario de Estado, Marco Rubio; el secretario del Tesoro, Scott Bessent; Stephen Miller y el director de Comunicaciones, Steven Cheung. La controversia nació precisamente allí: muchos de quienes viajaban en la aeronave creían que el Presidente continuaba adelante, en su espacio habitual, cuando en realidad estaban formando parte —sin saberlo— de la operación destinada a ocultar su verdadera ubicación.
Una amenaza de misil que los servicios consideraron real e inmediata
La magnitud del operativo se comprende mejor cuando se observa el contexto. Una fuente informada sobre la amenaza explicó a Reuters que el Servicio Secreto la evaluó como “creíble e inminente” y que existía la posibilidad de un ataque contra el avión presidencial mediante un sistema portátil de defensa aérea. Los responsables tuvieron poco tiempo para reaccionar y diseñaron el cambio de aeronave prácticamente sobre la marcha.
La información conocida posteriormente indica que los servicios estadounidenses habían detectado una persona que podía estar vinculada con un lanzamisiles portátil en las inmediaciones de la cumbre y, además, información que sugería que activos iraníes conocían con precisión los movimientos presidenciales en Ankara. Ese nivel de conocimiento obligó a tratar la amenaza no como una advertencia genérica contra Trump, sino como un posible plan operativo.
Estados Unidos lleva años denunciando amenazas iraníes contra Trump y otros funcionarios vinculados con su primera administración. El nivel de riesgo aumentó considerablemente después de que Washington entrara directamente en guerra con Irán durante 2026. La administración lanzó a finales de febrero la Operación Epic Fury, una campaña militar de gran escala contra instalaciones militares, navales, misilísticas y nucleares iraníes. En sus primeras 24 horas participaron más de cien aeronaves estadounidenses y se atacaron más de mil objetivos, según la reconstrucción difundida por el mando militar norteamericano.
Por eso el episodio de Ankara no ocurrió durante una relación diplomática normal entre Estados Unidos e Irán. Trump estaba viajando en un escenario donde ambos países ya habían intercambiado ataques, miles de personas habían muerto durante meses de conflicto, la navegación por el estrecho de Ormuz permanecía profundamente alterada y el Presidente estadounidense había sido identificado reiteradamente como objetivo por Teherán.
La cumbre de la OTAN ya estaba dominada por Irán
Trump había llegado a Ankara para participar de la cumbre de la OTAN del 7 y 8 de julio. Oficialmente, la agenda incluía el aumento del gasto militar europeo, el apoyo a Ucrania y una reorganización de responsabilidades dentro de la alianza, pero la guerra con Irán terminó ocupando un espacio considerable. Los 32 países reafirmaron que Teherán no debía conseguir armas nucleares y reclamaron libertad de navegación en el estrecho de Ormuz.
Precisamente mientras los líderes occidentales estaban reunidos en Turquía, Estados Unidos volvió a atacar objetivos iraníes en respuesta a acciones contra embarcaciones que transitaban por el estrecho. Trump llegó incluso a declarar durante aquella cumbre que el acuerdo interino que Washington y Teherán habían negociado para intentar terminar la guerra estaba “acabado”.
El dato resulta especialmente importante para comprender por qué el Servicio Secreto tomó tan en serio la amenaza. El mandatario estaba a poca distancia geográfica de Irán, durante una cumbre donde el conflicto era uno de los asuntos principales, después de meses de operaciones militares estadounidenses y justo cuando las posibilidades de una salida diplomática volvían a deteriorarse.
La misma crisis sigue sin resolverse hoy. Este 12 de agosto, un alto funcionario iraní volvió a negar que exista un acuerdo para extender el alto el fuego y sostuvo que Teherán no retomará plenamente sus compromisos mientras Washington no cumpla las condiciones del entendimiento previo. Las diferencias sobre sanciones, activos iraníes congelados y el control del estrecho de Ormuz continúan bloqueando una salida.
El engaño comenzó incluso antes de que Trump subiera al avión
La operación fue preparada para que desde afuera pareciera que todo seguía el procedimiento habitual. Trump había llegado a Turquía utilizando el nuevo Boeing 747 donado por Qatar y adaptado para actuar como avión presidencial temporal. Pero antes de abandonar Ankara anunció inesperadamente que volvería a utilizar el viejo Air Force One hasta la base británica de Mildenhall.
La explicación pública fue completamente diferente de la verdadera. Trump dijo que quería utilizar el avión tradicional “por los viejos tiempos” y sostuvo que el nuevo aparato viajaría por separado para permitir que militares estadounidenses estacionados en Reino Unido pudieran conocerlo. Esa explicación había llamado la atención desde el primer momento porque obligaba a mover simultáneamente dos aeronaves presidenciales de enormes dimensiones.
Ahora se sabe que había una tercera aeronave.
Trump subió al viejo Air Force One delante de las cámaras. Periodistas y funcionarios ingresaron posteriormente por otra escalera y el avión quedó aparentemente listo para despegar. Pero el Presidente fue llevado hacia el lado menos visible de la aeronave y trasladado en un vehículo de catering hasta el pequeño C-32A que lo esperaba discretamente en otra zona del aeropuerto.
Con él viajaron solamente colaboradores considerados absolutamente confiables, entre ellos Dan Scavino, Natalie Harp y Walt Nauta. Los principales miembros del gabinete permanecieron en el avión que todos suponían que transportaba al Presidente.
Los periodistas recibieron instrucciones extrañas y recién entendieron un mes después
Los integrantes de la prensa que acompañaban a Trump advirtieron que algo no era completamente normal. Durante el vuelo recibieron instrucciones para mantener cerradas las persianas de la zona donde viajaban y tuvieron dificultades para determinar exactamente cuál sería el recorrido. Sin embargo, continuaron creyendo que Trump estaba dentro del mismo avión.
Reuters reconstruyó este miércoles la experiencia de uno de sus propios periodistas que viajaba en aquella aeronave. Las explicaciones oficiales parecían poco convincentes y comenzaron a circular preguntas entre los corresponsales sobre una posible amenaza iraní, pero nadie les confirmó que el Presidente había sido retirado del avión.
Cuando ambas aeronaves llegaron a Reino Unido ocurrió la segunda parte del engaño. El C-32A presidencial aterrizó primero en la base de Mildenhall. Trump fue trasladado nuevamente de manera secreta hasta el antiguo Air Force One, que había aterrizado unos minutos después, y posteriormente bajó por la escalera como si hubiera realizado todo el vuelo desde Turquía dentro de esa aeronave.
Después saludó a militares estadounidenses y finalmente volvió a utilizar el nuevo avión proveniente de Qatar para continuar su recorrido.
El operativo permaneció secreto durante aproximadamente un mes y salió a la luz después de investigaciones de medios estadounidenses. La Casa Blanca terminó reconociendo lo sucedido y Trump confirmó posteriormente que simplemente siguió las instrucciones del Servicio Secreto y de las Fuerzas Armadas.
La pregunta que genera polémica: ¿los pasajeros fueron puestos deliberadamente en riesgo?
Acá aparece la principal discusión.
Desde el punto de vista de la protección presidencial, crear un señuelo es una táctica defensiva conocida. El objetivo consiste justamente en impedir que un eventual atacante pueda determinar dónde se encuentra la persona protegida. El problema es que, en esta oportunidad, el señuelo no era solamente una aeronave vacía: llevaba periodistas, funcionarios, tripulación y personal estadounidense.
El País describe a esos pasajeros directamente como personas utilizadas de señuelo sin haber sido informadas. Reuters utiliza una formulación más cautelosa y señala que la revelación provocó preguntas sobre si la operación los expuso a un riesgo adicional. No está probado públicamente que el Servicio Secreto creyera que el viejo Air Force One iba a ser atacado después de retirar a Trump; la lógica del engaño era precisamente hacer incierto qué aeronave constituía el objetivo verdadero.
Trump incluso rechazó la idea de que hubiera enviado conscientemente a otros hacia un peligro superior. Argumentó que, a su juicio, el avión pequeño donde él viajaba podía ser más vulnerable que el Air Force One, que cuenta con sistemas de protección específicamente diseñados para transportar al Presidente.
Sin embargo, la pregunta política permanece: si la amenaza era suficientemente grave como para sacar clandestinamente al Presidente del avión, ¿por qué altos cargos del propio gobierno y periodistas no fueron advertidos de que existía un riesgo extraordinario?
Los demócratas quieren que el Senado investigue
La controversia ya llegó al Congreso. El líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, reclamó una investigación y sostuvo que los legisladores deben recibir información inmediata sobre la naturaleza de la amenaza iraní, las decisiones adoptadas para evacuar al Presidente y los riesgos a los que pudieron quedar expuestos funcionarios y personal estadounidense.
Otros senadores demócratas también exigieron explicaciones. Richard Blumenthal pidió un informe del Gobierno y describió la situación como extraordinariamente grave. La preocupación no se limita al procedimiento utilizado para proteger a Trump: también existe malestar porque una amenaza capaz de desencadenar semejante dispositivo de seguridad permaneció fuera del conocimiento del Congreso durante semanas.
Para los demócratas, además, el episodio contradice parte del discurso presidencial sobre la guerra. Trump viene afirmando que las capacidades militares iraníes fueron profundamente degradadas por los ataques estadounidenses, mientras el hecho de que sus servicios consideraran posible un atentado con un misil portátil contra el propio Presidente demuestra que Teherán o actores relacionados con él conservan capacidad para representar una amenaza asimétrica fuera de sus fronteras.
Eso no significa que Irán mantenga intacta la misma capacidad militar que tenía antes de la guerra. Significa que destruir bases, radares, barcos o instalaciones misilísticas no elimina automáticamente redes clandestinas, agentes en terceros países o armas portátiles capaces de utilizarse en un atentado.
¿Existieron operaciones similares con otros presidentes?
Sí. Estados Unidos tiene antecedentes de engaños destinados a proteger los movimientos presidenciales, especialmente durante viajes a zonas consideradas peligrosas.
Reuters recuerda un episodio particularmente parecido ocurrido en 2000, cuando Bill Clinton viajó hacia Pakistán dentro de un avión ejecutivo sin identificación mientras el Air Force One realizó movimientos destinados a confundir sobre su ubicación. George W. Bush, Barack Obama y Joe Biden también realizaron visitas secretas o semiclandestinas a zonas de guerra durante sus presidencias.
La diferencia señalada por especialistas y periodistas está en cómo fue manejada la información. En operaciones anteriores podía existir un grupo extremadamente reducido de periodistas sometidos a embargo informativo o una revelación posterior coordinada una vez desaparecido el peligro. En Turquía, una parte considerable del cuerpo de prensa y funcionarios viajó creyendo que Trump estaba en el mismo avión y la verdadera operación permaneció oculta durante aproximadamente un mes.
Por eso la discusión no gira alrededor de si el Servicio Secreto tenía derecho a engañar a un potencial atacante. Es evidente que proteger al Presidente puede requerir ocultamiento y desinformación operacional.
La discusión es quién puede ser incorporado a ese engaño sin saberlo y qué información debe recibir posteriormente el Congreso.
El nuevo Air Force One de Qatar también quedó en medio de la historia
El episodio agregó además otra controversia: la aeronave que Qatar donó a Estados Unidos y que Trump convirtió en avión presidencial temporal.
El Boeing 747 había sido acondicionado aceleradamente para transportar al Presidente mientras Boeing continúa retrasado en la fabricación de los futuros Air Force One permanentes. El viaje a Ankara fue una de sus primeras grandes pruebas internacionales y el repentino anuncio de Trump de que utilizaría el avión antiguo para abandonar Turquía despertó desde aquel momento interrogantes sobre la seguridad del aparato.
La Casa Blanca sostiene que la aeronave dispone de protocolos y sistemas de seguridad adecuados y aclaró posteriormente que el cambio de avión formaba parte del dispositivo contra una amenaza concreta, no de una decisión motivada simplemente por fallas del nuevo aparato.
Sin embargo, el episodio vuelve a colocar bajo escrutinio una decisión que ya había provocado críticas políticas por el costo de adaptar un avión extranjero y por el tiempo necesario para instalar sistemas de comunicaciones, protección y defensa propios de una aeronave presidencial.
El episodio expone un problema mayor: la guerra con Irán está lejos de estar cerrada
La historia del Air Force One puede parecer inicialmente un episodio de seguridad presidencial, pero en realidad revela algo más profundo sobre el conflicto entre Estados Unidos e Irán.
Trump presentó reiteradamente las operaciones estadounidenses como una demostración de superioridad militar que había destruido buena parte de las capacidades ofensivas de Teherán. Sin embargo, cinco meses después del comienzo de la guerra, el estrecho de Ormuz continúa siendo motivo de enfrentamiento, las negociaciones para consolidar un alto el fuego están estancadas y Washington sigue considerando reales las amenazas iraníes contra el Presidente.
La paradoja es evidente.
Trump viajaba a la cumbre de la OTAN para intentar mostrar liderazgo occidental, aumentar los compromisos militares europeos y conseguir apoyo frente a Irán. Terminó abandonando Turquía mediante una de las operaciones de seguridad presidencial más extraordinarias de los últimos años porque sus propios servicios consideraron posible que un adversario pudiera intentar derribar el avión en el que viajaba.
Desde el punto de vista estrictamente operativo, el plan funcionó: Trump salió de Turquía sin incidentes y el eventual atacante nunca pudo conocer con certeza qué avión transportaba realmente al Presidente.
Pero políticamente abrió una discusión que recién comienza.
El Congreso quiere saber exactamente qué sabía la inteligencia estadounidense, por qué funcionarios y periodistas no fueron advertidos y si las medidas adoptadas fueron proporcionales al riesgo. Y, por encima de todo, quiere conocer hasta qué punto Irán conserva capacidad para amenazar directamente al mandatario estadounidense después de meses de guerra.
El operativo consiguió ocultar a Trump durante unas horas.
Lo que no consiguió ocultar es que el conflicto con Irán continúa siendo mucho más peligroso y menos controlado de lo que la Casa Blanca intenta transmitir.


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