
ONU 2026: las guerras que dividen al mundo y la crisis de poder que marcaron tres días de Asamblea General
Alejandro CabreraLa 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas llegó a Nueva York con una consigna ambiciosa: “Restaurar la confianza, gestionar la transformación”. Después de los primeros tres días de discursos, entre el martes 22 y el jueves 24 de septiembre, quedó claro por qué la palabra elegida fue precisamente confianza. Guerras abiertas, amenazas entre Estados, delegaciones abandonando el recinto, dirigentes impedidos de viajar a Nueva York, cuestionamientos contra los organismos internacionales y reclamos de reforma atravesaron prácticamente todas las jornadas.
El presidente de la Asamblea, Khalilur Rahman, había anticipado el problema en la apertura con una frase que terminó funcionando como hilo conductor de las jornadas: fuera del edificio de Naciones Unidas, señaló, las personas ya no se preguntan si la ONU existe, sino si realmente funciona. El propio António Guterres, en su última Asamblea General como secretario general, volvió a reclamar reformas institucionales, cooperación internacional y mecanismos capaces de responder tanto a las guerras actuales como a problemas nuevos, entre ellos la inteligencia artificial y el cambio climático.
Y eso fue, finalmente, lo que dejaron las primeras 72 horas: la ONU continúa siendo el gran escenario de la diplomacia mundial, pero ese escenario exhibió al mismo tiempo las enormes dificultades que tiene el sistema para transformar discursos, resoluciones y negociaciones en soluciones concretas.
LAS CLAVES EN 30 SEGUNDOS
- Estados Unidos e Irán trasladaron a Nueva York una guerra que ya impacta sobre el petróleo y las rutas comerciales, combinando amenazas públicas con intentos de negociación.
- Gaza volvió a dividir profundamente a la Asamblea: Mahmoud Abbas habló por video porque Washington no le otorgó visa y numerosas delegaciones abandonaron el recinto cuando comenzó el discurso de Benjamin Netanyahu.
- Ucrania buscó recuperar centralidad y Zelensky llevó a Nueva York la propuesta de una tregua sobre la infraestructura energética mientras reclama más sistemas de defensa aérea.
- Javier Milei convirtió a Malvinas en uno de los ejes de su discurso y utilizó el conflicto para cuestionar la capacidad de la ONU para hacer cumplir sus propias resoluciones.
- La inteligencia artificial dejó de ser una discusión exclusivamente tecnológica y comenzó a aparecer como un problema de seguridad y competencia geopolítica.
- Por detrás de todas esas discusiones apareció una pregunta transversal: ¿puede una arquitectura institucional creada después de la Segunda Guerra Mundial administrar el mundo de 2026?
Trump, Irán y el conflicto que condicionó toda la Asamblea
Donald Trump llegó al recinto de Naciones Unidas con una guerra en marcha y eligió elevar todavía más el tono frente a Teherán. Durante su discurso del martes, el presidente estadounidense afirmó que todavía era posible alcanzar un acuerdo con Irán, pero simultáneamente reclamó profundizar su aislamiento económico y lanzó una amenaza militar extrema en caso de que las negociaciones fracasaran. Washington mantiene como uno de sus objetivos impedir que Irán pueda desarrollar un arma nuclear.
El enfrentamiento está lejos de ser exclusivamente bilateral. La guerra entre Estados Unidos e Irán alteró durante los últimos meses la seguridad del estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del planeta, mientras la expansión de los hutíes en Yemen agregó presión sobre el mar Rojo y el acceso a Bab el-Mandeb. Arabia Saudita, Turquía, Egipto y Pakistán aprovecharon las reuniones paralelas de Nueva York para reclamar seguridad para la navegación y respaldar una salida diplomática a la escalada regional.
La paradoja apareció inmediatamente: mientras Trump endurecía públicamente las amenazas, Washington dejaba abierta la posibilidad de una negociación. El secretario de Estado Marco Rubio confirmó que Estados Unidos estaba dispuesto a conversar con representantes iraníes durante la Asamblea si existían condiciones para obtener resultados concretos.
El miércoles llegó la respuesta.
El presidente iraní Masoud Pezeshkian sostuvo ante la Asamblea que su país no se rendiría frente a Estados Unidos, pero aseguró al mismo tiempo que Teherán continuaba creyendo en la diplomacia como mecanismo para terminar con el conflicto. El mensaje mantuvo la línea que Irán viene utilizando durante los últimos meses: resistencia frente a la presión militar combinada con la posibilidad de negociar determinadas condiciones.
Ese doble lenguaje —amenazas frente a las cámaras y negociación detrás de escena— fue una de las características centrales de esta Asamblea.
Nueva York no produjo hasta el jueves un acuerdo capaz de terminar la guerra, pero se convirtió en el principal espacio para que actores enfrentados mantuvieran canales abiertos. La importancia de ese movimiento excede a Washington y Teherán: cualquier modificación de la situación en Ormuz puede repercutir en el precio internacional del petróleo, el transporte marítimo y las economías importadoras de energía.
Gaza produjo la imagen política más fuerte de las tres jornadas
Si Irán dominó buena parte de la apertura, Gaza terminó convirtiéndose en el gran punto de ruptura diplomática de la tercera jornada.
El conflicto ya había atravesado las intervenciones de distintos mandatarios. El presidente francés Emmanuel Macron cuestionó el martes la descripción estadounidense de la situación como un proceso de paz consolidado y señaló que la ausencia de corredores humanitarios demostraba que los problemas centrales seguían sin solución. Turquía y distintos países árabes insistieron, por su parte, en la necesidad de avanzar hacia una solución de dos Estados.
Pero el jueves la discusión dejó de ser solamente discursiva.
El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, debió dirigirse a la Asamblea mediante un video pregrabado desde Ramallah. Estados Unidos había vuelto a negarle la visa para viajar a Nueva York, lo que llevó previamente a la Asamblea General a aprobar por 152 votos contra 3, con 4 abstenciones, un mecanismo que le permitiera participar de manera virtual. Washington justificó la decisión por acciones de las autoridades palestinas en tribunales internacionales y otras disputas diplomáticas; la dirigencia palestina rechazó esas acusaciones.
Abbas afirmó que las políticas israelíes amenazan la continuidad de la población palestina en su territorio y volvió a reclamar la preservación de la solución de dos Estados. También describió la situación humanitaria de Gaza y Cisjordania como uno de los momentos más graves de la historia palestina. Israel rechaza las acusaciones de genocidio y sostiene que sus operaciones militares están dirigidas contra Hamas.
Pocas horas después llegó una de las imágenes que probablemente sobreviva al resto de los discursos de esta Asamblea.
Cuando Benjamin Netanyahu comenzó su intervención, representantes de numerosos países se levantaron y abandonaron el salón. El primer ministro israelí continuó hablando frente a una sala visiblemente más vacía y respondió directamente a quienes se retiraban. Defendió la actuación militar israelí y rechazó las acusaciones internacionales contra su Gobierno.
LA FOTO DE LA ASAMBLEA: Abbas hablando desde una pantalla porque no pudo viajar a Nueva York y, horas después, Netanyahu pronunciando su discurso mientras delegaciones abandonaban el recinto.
Más allá del impacto visual, la secuencia mostró hasta qué punto Israel y Palestina siguen siendo capaces de fracturar diplomáticamente a Naciones Unidas. Estados Unidos conserva su respaldo estratégico a Israel, mientras un grupo amplio de países incrementó sus cuestionamientos a la conducción de la guerra y sostiene que la creación de un Estado palestino continúa siendo indispensable para alcanzar una solución duradera.
Ucrania pelea otra batalla: evitar desaparecer de la agenda mundial
Mientras Medio Oriente absorbía gran parte de la atención internacional, Volodímir Zelensky llegó a Nueva York con un problema diferente: mantener a Ucrania entre las prioridades políticas de Estados Unidos y Europa.
Después de más de cuatro años y medio desde el inicio de la invasión rusa a gran escala, Kiev teme que Rusia vuelva a concentrar sus operaciones sobre centrales eléctricas, redes de distribución y sistemas de calefacción durante el próximo invierno europeo. Zelensky llevó a su reunión con Trump una propuesta para intentar establecer una tregua específica sobre objetivos energéticos y reclamó además acceso a más sistemas estadounidenses Patriot para reforzar la defensa aérea ucraniana.
La propuesta no implica todavía un acuerdo de paz. Kiev mantiene ataques contra instalaciones petroleras rusas porque considera que afectan una de las principales fuentes de financiamiento de Moscú, mientras Rusia continúa utilizando drones y misiles contra objetivos ucranianos. Un intento anterior de limitar los ataques sobre la infraestructura energética había quedado rápidamente debilitado por nuevas operaciones de ambos lados.
El dilema ucraniano volvió a mostrar uno de los límites institucionales más difíciles de resolver para Naciones Unidas: Rusia es una de las partes centrales de la guerra y, al mismo tiempo, uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad con derecho de veto.
La ONU puede organizar votaciones, impulsar asistencia humanitaria, documentar consecuencias de la guerra y ofrecer canales diplomáticos, pero cualquier acción coercitiva del Consejo queda condicionada por la estructura de poder creada en 1945.
Milei hizo de Malvinas una prueba sobre la capacidad real de la ONU
La intervención argentina tuvo una particularidad: Javier Milei utilizó el reclamo por las Islas Malvinas no solamente para exponer la posición histórica argentina, sino también como parte de su cuestionamiento general al funcionamiento de Naciones Unidas.
El Presidente afirmó que “Malvinas es para nosotros una causa nacional”, volvió a pedir al Reino Unido la reapertura de negociaciones sobre la soberanía y señaló que la disputa demuestra la distancia que puede existir entre las decisiones de los organismos internacionales y su cumplimiento efectivo.
Uno de los puntos centrales fue el avance del proyecto petrolero Sea Lion, desarrollado en la Cuenca Malvinas Norte mediante autorizaciones británicas que Argentina considera ilegítimas. Milei vinculó ese proceso con la Resolución 31/49 de la Asamblea General, que llama a las partes a abstenerse de adoptar decisiones unilaterales que modifiquen la situación mientras continúe pendiente la disputa de soberanía.
El Gobierno británico sostiene una posición diferente: defiende la autodeterminación de los habitantes de las islas y no reconoce que exista una negociación de soberanía pendiente en los términos planteados por Buenos Aires.
Milei estructuró su discurso sobre tres interrogantes: qué debía hacer Naciones Unidas y no hizo, qué terminó haciendo pese a no corresponderle y cómo debería responder ante el avance de la inteligencia artificial. Su diagnóstico sobre el organismo fue fuertemente crítico y continuó una línea presente en sus anteriores intervenciones ante la Asamblea.
En ese sentido, Malvinas quedó incorporada dentro de una discusión mayor: la dificultad de la ONU para conseguir que determinadas resoluciones políticas produzcan consecuencias concretas cuando las partes involucradas mantienen posiciones incompatibles.
La inteligencia artificial entró definitivamente en la geopolítica
Mientras los discursos estaban dominados por guerras tradicionales, otra discusión comenzó a tomar una dimensión estratégica comparable con ellas: quién va a establecer las reglas de la inteligencia artificial.
Guterres dedicó parte de su última intervención ante la Asamblea a reclamar mecanismos internacionales de supervisión para los sistemas avanzados de IA. El secretario general sostuvo que el desarrollo tecnológico exige estructuras de cooperación que permitan evaluar riesgos globales y evitar que las decisiones queden exclusivamente en manos de empresas o de un pequeño grupo de países.
La posición estadounidense es diferente en varios aspectos. Trump volvió a colocar la competencia tecnológica y la capacidad de innovación de Estados Unidos entre sus prioridades, mientras gobiernos alineados con una política de menor regulación —entre ellos la Argentina de Milei— plantean que imponer restricciones demasiado tempranas puede frenar el desarrollo tecnológico y favorecer a quienes actualmente dominan el mercado.
La discusión regulatoria oculta además una disputa de poder entre Estados Unidos y China. Chips, centros de datos, energía, modelos de lenguaje, capacidad de cómputo y estándares internacionales ya forman parte de una carrera estratégica que excede largamente a las empresas tecnológicas.
Lo novedoso de esta Asamblea es que la IA dejó de ser presentada solamente como una oportunidad económica. Comenzó a ser tratada como un asunto de seguridad internacional.
El problema detrás de todos los problemas: una ONU diseñada para otro mundo
Gaza, Ucrania, Irán y Malvinas parecen conflictos completamente diferentes. Sin embargo, durante los tres primeros días apareció un elemento común: la discusión sobre quién posee capacidad efectiva para hacer cumplir las reglas internacionales.
La estructura central de Naciones Unidas continúa respondiendo, en gran medida, al equilibrio surgido de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido conservan asientos permanentes y poder de veto dentro del Consejo de Seguridad. Ocho décadas después, la distribución económica, demográfica y política del planeta cambió radicalmente.
África volvió a reclamar mayor representación. Turquía insistió en modificar el sistema. Incluso Rusia manifestó disposición a discutir una ampliación del número de miembros permanentes, aunque rechazó eliminar el derecho de veto actualmente existente.
No existe, sin embargo, consenso sobre cómo debería construirse una nueva arquitectura.
Ese es precisamente el problema: todos admiten que el sistema necesita cambios, pero cualquier modificación significativa requiere el acuerdo de quienes poseen mayor poder dentro del sistema actual.
Cambio climático y desarrollo: la agenda que las guerras empujaron hacia atrás
El dominio de los conflictos militares no eliminó otras discusiones. Durante la semana de alto nivel, Naciones Unidas programó encuentros específicos sobre acción climática, desarrollo sostenible y transformación económica, mientras Guterres volvió a advertir sobre la necesidad de acelerar respuestas frente al calentamiento global.
Para los países en desarrollo, además, el debate climático vuelve a estar directamente relacionado con el financiamiento. Los gobiernos con menores recursos sostienen que no pueden asumir los mismos costos de transición que las economías desarrolladas sin acceso a capital, transferencia tecnológica y mejores condiciones financieras.
La discusión forma parte de otra fractura que atraviesa Naciones Unidas: el reclamo del denominado Sur Global de participar más en las decisiones de instituciones que considera todavía dominadas por las potencias tradicionales.
La paradoja es evidente. Mientras el mundo necesita mayores niveles de coordinación para administrar problemas globales —clima, inteligencia artificial, pandemias, migraciones, comercio, energía—, el escenario político internacional avanza simultáneamente hacia una mayor competencia entre Estados.
La diplomacia sigue existiendo, pero cada vez convive más con la fuerza
Probablemente esa sea una de las conclusiones más importantes de los primeros tres días.
Trump amenazó a Irán pero dejó abierta una negociación. Pezeshkian aseguró que Irán no se rendirá, aunque reivindicó la diplomacia. Zelensky pidió armas defensivas mientras busca una tregua parcial sobre infraestructura energética. Abbas apeló a Naciones Unidas mientras Israel cuestiona buena parte de las acusaciones internacionales en su contra. Milei recurrió a las resoluciones del organismo para Malvinas al mismo tiempo que realizó una crítica estructural contra el funcionamiento de la propia ONU.
Nadie abandona completamente la diplomacia. Pero casi nadie parece dispuesto a depender exclusivamente de ella.
Esa combinación ayuda a explicar el mundo que apareció durante las primeras jornadas de la Asamblea: las instituciones multilaterales siguen siendo necesarias para negociar, construir legitimidad, mantener canales abiertos y evitar rupturas definitivas, pero los Estados recurren nuevamente con mayor frecuencia al poder militar, económico, energético y tecnológico para defender sus intereses.
¿Qué dejaron realmente los tres primeros días?
Más que una colección de discursos, la Asamblea produjo una radiografía bastante precisa del sistema internacional de 2026.
La guerra entre Estados Unidos e Irán mostró el regreso de la confrontación directa entre Estados como herramienta política. Gaza expuso la creciente fractura internacional alrededor de Israel y Palestina. Ucrania recordó que una guerra prolongada puede comenzar a perder centralidad incluso sin estar cerca de resolverse. Malvinas volvió a colocar sobre la mesa el problema de las resoluciones internacionales que durante décadas no logran traducirse en acuerdos políticos. Y la inteligencia artificial anticipó cuál puede ser una de las principales disputas de poder de los próximos años.
Por encima de todos esos temas quedó flotando una cuestión institucional.
La Asamblea General sigue siendo probablemente el único lugar del planeta donde casi todos los Estados pueden presentar públicamente su visión del mundo. El problema es qué ocurre después de que terminan los discursos.
El debate general de la 81ª Asamblea continuará hasta el lunes 28 de septiembre, después de las sesiones previstas entre el 22 y el 26. Todavía quedan intervenciones y reuniones bilaterales que pueden producir novedades, especialmente alrededor de Irán, Ucrania y Medio Oriente.
Pero después de tres días los principales interrogantes ya están planteados.
¿Puede Naciones Unidas adaptarse a un mundo multipolar sin perder relevancia? ¿Puede imponer reglas cuando los países más poderosos no están de acuerdo? ¿Puede reformar una estructura que concede privilegios precisamente a quienes tienen capacidad para bloquear la reforma? ¿Y podrá construir normas para desafíos nuevos, como la inteligencia artificial, mientras todavía no consigue resolver algunos de los conflictos más antiguos de su agenda?
La ONU abrió su Asamblea prometiendo “restaurar la confianza”.
Los primeros tres días demostraron que esa no será solamente la consigna de una reunión diplomática. Es uno de los principales desafíos del orden internacional.


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