
Pobreza infantil más allá del ingreso: casi cuatro de cada diez chicos no pueden comprar ropa o calzado
Alejandro CabreraUna pobreza que no termina en el ingreso
La pobreza infantil argentina tiene una dimensión menos visible que la falta de dinero, pero igualmente determinante para el futuro de los chicos. Los últimos datos difundidos por el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina indican que el 37,5% de los niños y adolescentes vive en hogares que no pueden afrontar adecuadamente la compra de ropa o calzado. El indicador, correspondiente al cierre de 2025, ayuda a comprender por qué una reducción estadística de la pobreza monetaria no se traduce automáticamente en una mejora integral de la infancia.
La vestimenta no es un consumo secundario cuando se habla de desarrollo infantil. La falta de abrigo, calzado adecuado o ropa para asistir a la escuela condiciona la salud, la autoestima, la socialización y la posibilidad de participar en actividades educativas o recreativas. En muchos hogares, además, la compra se posterga durante meses, se reemplaza con ropa usada o depende de redes familiares y comunitarias que también atraviesan dificultades económicas.
El fenómeno forma parte de lo que los especialistas denominan “infantilización de la pobreza”: los niños padecen privaciones con mayor frecuencia e intensidad que los adultos. Esto sucede porque los hogares con más integrantes necesitan mayores ingresos, suelen tener gastos inevitables vinculados con la crianza y encuentran más obstáculos para que todos los adultos responsables accedan a empleos registrados y de jornada completa.
Educación, socialización y malestar emocional
Las dificultades no se limitan a la vestimenta. El informe señala que el 36,8% de los chicos presenta problemas relacionados con el aprendizaje. Detrás de ese porcentaje pueden encontrarse trayectorias escolares interrumpidas, falta de acompañamiento, problemas de conectividad, escuelas con recursos insuficientes y hogares que no disponen de un lugar adecuado para estudiar.
Otro 27,3% experimenta privaciones en su vida social. No poder participar de un cumpleaños, practicar un deporte, trasladarse o compartir una actividad recreativa puede parecer menos urgente que la falta de alimentos, pero produce efectos duraderos. La infancia también se construye mediante vínculos, experiencias y espacios de pertenencia; cuando esos elementos desaparecen, aumentan el aislamiento y la desigualdad respecto de otros chicos.
El relevamiento también registró situaciones de malestar emocional en el 18,1% de la población infantil y adolescente analizada. No se trata de convertir toda dificultad económica en un diagnóstico clínico, sino de reconocer que la incertidumbre, el hacinamiento, los conflictos familiares, el temor a perder la vivienda o la imposibilidad de proyectar afectan la salud mental. La escuela, los clubes de barrio, los centros de salud y las organizaciones comunitarias suelen ser los primeros lugares donde esos cambios pueden advertirse.
El papel de la asistencia social
La Asignación Universal por Hijo y la Tarjeta Alimentar continúan funcionando como una barrera frente a situaciones todavía más graves. Las estimaciones de la UCA muestran que, sin esas transferencias, la indigencia infantil podría prácticamente duplicarse. La asistencia estatal evita que una parte importante de los hogares pierda por completo la capacidad de comprar alimentos, aunque no alcanza para resolver las restantes carencias.
El límite de una política basada exclusivamente en transferencias aparece cuando el monto de los beneficios queda rezagado, el precio de los alimentos sube o los adultos no consiguen empleo formal. Los programas sociales pueden sostener un piso, pero la salida duradera requiere combinar ingresos familiares, trabajo registrado, servicios públicos, atención sanitaria, vacantes educativas, vivienda y transporte.
También importa la regularidad. Una familia puede quedar estadísticamente por encima de la línea de pobreza durante un mes y volver a caer al siguiente por una enfermedad, un alquiler atrasado o una reducción de horas de trabajo. Esa inestabilidad obliga a priorizar gastos urgentes y deja en segundo plano la ropa, los materiales escolares, los controles médicos y las actividades recreativas.
El riesgo de mirar un solo indicador
Los datos invitan a evitar dos lecturas simplificadoras. La primera consiste en negar cualquier mejora porque persisten problemas estructurales. La segunda supone que una baja de la pobreza monetaria resuelve automáticamente las privaciones acumuladas. Ambas conclusiones desconocen que los hogares pueden recuperar ingresos antes de recuperar bienes, salud, oportunidades educativas y estabilidad.
La discusión central no es únicamente cuántas personas quedan a uno u otro lado de una línea estadística, sino qué condiciones concretas atraviesan los chicos. Medir vestimenta, aprendizaje, socialización y bienestar emocional permite identificar problemas que el ingreso familiar por sí solo no muestra.
La pobreza infantil deja consecuencias que pueden extenderse durante toda la vida: menor rendimiento educativo, inserción laboral más precaria, problemas de salud y una mayor dependencia de la asistencia pública. Intervenir temprano no es solamente una política social; también es una inversión económica, educativa y sanitaria de largo plazo.


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