
Crisis política en Suecia: Andersson renuncia a formar Gobierno pese a que el centroizquierda ganó las elecciones
Alejandro CabreraSuecia terminó las elecciones del 13 de septiembre con un resultado que parecía relativamente sencillo de interpretar: el bloque encabezado por los socialdemócratas de Magdalena Andersson había conseguido una ajustada mayoría parlamentaria de 176 diputados, mientras las fuerzas que habían sostenido al Gobierno conservador de Ulf Kristersson quedaban con 173. Diez días después, aquella victoria todavía no consiguió transformarse en un nuevo Ejecutivo.
Andersson anunció este lunes que renuncia, al menos por ahora, a continuar intentando formar Gobierno. La razón no está en una pérdida de escaños ni en que el bloque conservador haya pasado a tener mayoría, sino en las contradicciones internas de las propias fuerzas que permitieron al centroizquierda ganar la elección.
El episodio muestra una de las particularidades del sistema parlamentario sueco: no basta con tener más diputados que el adversario. Hace falta construir una combinación de partidos que pueda convivir, aprobar presupuestos y, sobre todo, evitar que una mayoría del Parlamento derribe al nuevo primer ministro.
Y ahí apareció el problema.
LAS CLAVES DEL BLOQUEO SUECO
- El bloque de centroizquierda obtuvo 176 diputados, contra 173 del espacio de centroderecha.
- Los Socialdemócratas de Andersson fueron nuevamente la primera fuerza.
- Andersson recibió el 18 de septiembre el encargo para explorar la formación de un Gobierno.
- Diez días después decidió devolverlo porque considera que actualmente no existe una fórmula viable.
- El Partido de la Izquierda quiere participar directamente del Gobierno y no limitarse a sostenerlo desde afuera.
- El Partido Centrista rechaza un Ejecutivo que incluya al Partido de la Izquierda.
- La decisión de la izquierda de respaldar al conservador Andreas Norlén para presidir el Parlamento agravó la crisis.
- Andersson podría volver a recibir el encargo más adelante si fracasan otras alternativas.
- Ulf Kristersson puede ser el próximo dirigente invitado a buscar una mayoría.
- Si cuatro candidatos a primer ministro son rechazados por el Parlamento, Suecia deberá convocar nuevas elecciones. Reuters
Qué pasó: Andersson ganó, pero no consiguió unir a quienes la llevaron a la mayoría
El problema central de Magdalena Andersson puede resumirse en una paradoja: tiene un bloque con mayoría numérica, pero no tiene una mayoría políticamente cohesionada.
Los socialdemócratas necesitan apoyarse en otras tres fuerzas para mantener los 176 escaños que permiten superar al bloque conservador. Sin embargo, algunos de esos partidos son incompatibles entre sí a la hora de definir cómo debería integrarse un futuro Gobierno.
El Partido de la Izquierda sostiene que ya no quiere limitarse a entregar sus votos parlamentarios para que otros gobiernen. Su posición es que, si resulta indispensable para construir una mayoría progresista, debe tener presencia dentro del Ejecutivo.
El Partido Centrista establece prácticamente el límite contrario. Puede contribuir a impedir un Gobierno dominado por la derecha nacionalista, pero rechaza integrarse o respaldar determinadas fórmulas en las que el Partido de la Izquierda tenga participación ministerial.
Por lo tanto, Andersson enfrenta una ecuación extremadamente difícil: necesita simultáneamente a dos partidos que no quieren formar parte del mismo Gobierno.
La victoria electoral, en ese contexto, resulta insuficiente.
La presidencia del Parlamento terminó detonando la crisis
El acontecimiento que precipitó la decisión de Andersson fue aparentemente secundario, pero políticamente resultó decisivo.
El Partido de la Izquierda anunció que respaldaría la continuidad de Andreas Norlén, dirigente conservador del Partido Moderado, como presidente del Parlamento. Argumentó que lo considera adecuado para conducir institucionalmente las negociaciones para formar Gobierno.
Al mismo tiempo, la izquierda reiteró que sigue considerando a Magdalena Andersson su candidata para primera ministra.
No existe necesariamente una contradicción jurídica entre ambas decisiones. En teoría, un partido puede respaldar a un presidente parlamentario conservador y luego votar a una primera ministra socialdemócrata.
Andersson, sin embargo, interpretó el movimiento como una señal política mucho más profunda: si los partidos de su bloque ni siquiera son capaces de coordinarse alrededor de la dirección de la Cámara, resulta extremadamente difícil presentar ante el país una coalición suficientemente cohesionada para gobernar.
Por eso devolvió el mandato antes de llegar a una votación que podía convertirse en una derrota.
No significa que Andersson haya quedado definitivamente afuera
La renuncia a formar Gobierno no supone que la dirigente socialdemócrata haya perdido automáticamente la posibilidad de ser primera ministra.
Suecia entra ahora en una nueva ronda de negociaciones.
El presidente del Parlamento deberá reunirse con los dirigentes políticos y decidir quién tiene mejores posibilidades de construir un Ejecutivo tolerado por la Cámara. Ulf Kristersson, primer ministro saliente y líder del Partido Moderado, aparece como una de las alternativas naturales para recibir el próximo encargo.
Pero Kristersson tiene exactamente el problema inverso.
Su bloque perdió las elecciones.
Las fuerzas que respaldaron su Gobierno cuentan con 173 diputados, dos menos que los necesarios para alcanzar la mitad del Parlamento y tres menos que la suma del centroizquierda.
Eso significa que para continuar necesitará que alguna fuerza opositora decida al menos tolerar su Gobierno.
Si fracasa, Andersson podría volver a aparecer.
Cómo puede gobernar alguien que no tiene mayoría en Suecia
Para entender lo que puede suceder hay que comprender una particularidad del parlamentarismo sueco.
En numerosos países, un candidato necesita reunir expresamente una mayoría de votos favorables para convertirse en primer ministro.
Suecia funciona de otra manera.
Su sistema se basa en lo que se conoce como parlamentarismo negativo. Un candidato no necesita que 175 diputados voten a favor. Lo que necesita es evitar que 175 o más voten explícitamente en contra.
En un Parlamento de 349 integrantes, si un candidato recibe, por ejemplo, 150 votos favorables, 174 negativos y 25 abstenciones, puede convertirse en primer ministro.
Lo determinante no es reunir una mayoría absoluta de apoyos.
Es no tener una mayoría absoluta en contra.
Esta regla hace posible la existencia de gobiernos minoritarios, algo relativamente habitual en la tradición política escandinava.
Y también explica por qué Kristersson puede todavía intentar formar Gobierno pese a que su bloque quedó segundo.
El verdadero poder estará en las abstenciones
A partir de ahora, la negociación sueca puede depender menos de quién consigue sumar aliados y más de quién logra convencer a determinados partidos para que no voten en su contra.
Este matiz puede decidir todo.
Un partido no necesita formar parte de un Gobierno ni firmar una alianza completa para permitir que exista. Puede simplemente abstenerse en la votación de investidura y negociar posteriormente determinadas leyes o presupuestos.
El problema es que la fragmentación política sueca vuelve esa estrategia cada vez más compleja.
Los Socialdemócratas necesitan compatibilizar a fuerzas progresistas con un Partido Centrista más liberal en economía.
Los conservadores, en cambio, necesitan encontrar una fórmula alrededor de la presencia de Demócratas de Suecia, una fuerza nacionalista y antiinmigración que durante décadas fue mantenida fuera de los gobiernos por los partidos tradicionales.
Los Demócratas de Suecia vuelven a estar en el centro de la discusión
Ulf Kristersson gobernó desde 2022 mediante un acuerdo en el que los Demócratas de Suecia funcionaron como apoyo parlamentario externo.
Para las elecciones de este año, Kristersson fue todavía más lejos y expresó su disposición a incorporarlos directamente a un futuro Ejecutivo.
Ese paso cambió el significado de la elección.
El debate dejó de ser solamente si Suecia tendría un Gobierno de izquierda o de derecha. También comenzó a decidirse si una fuerza que había sido mantenida históricamente fuera del gabinete nacional podía ingresar formalmente al Gobierno.
Los Demócratas de Suecia retrocedieron en las elecciones y perdieron su posición como segunda fuerza parlamentaria, mientras los Moderados recuperaron ese lugar. Sin embargo, continúan siendo indispensables para cualquier intento de Kristersson de construir una mayoría conservadora.
El Partido Centrista, por su parte, ha rechazado la posibilidad de colaborar con un Ejecutivo que incorpore a esa fuerza.
Eso cierra otra puerta.
El centro político sueco se encuentra así atrapado entre dos vetos: una parte rechaza gobernar con la izquierda más dura y otra rechaza facilitar un Gobierno integrado por la derecha nacionalista.
Un resultado electoral extraordinariamente ajustado
La elección dejó un Parlamento dividido prácticamente por la mitad.
El centroizquierda obtuvo 176 escaños.
El bloque que había respaldado al Gobierno saliente consiguió 173.
Solamente tres bancas separan a las dos grandes combinaciones políticas.
Los Socialdemócratas volvieron a ser claramente el principal partido del país con alrededor del 28% de los votos, aunque registraron su peor resultado en casi un siglo. Los Moderados terminaron segundos con aproximadamente 19,8%, mientras que los Demócratas de Suecia retrocedieron y pasaron al tercer lugar. El País
El resultado refleja una transformación profunda del sistema político sueco.
Durante buena parte del siglo XX, los socialdemócratas dominaron la política nacional y gobernaron durante períodos extraordinariamente prolongados. La fragmentación partidaria de las últimas décadas convirtió aquel esquema en un Parlamento donde formar mayorías requiere cada vez más negociaciones entre fuerzas ideológicamente alejadas.
Andersson ya sabe lo que significa gobernar en minoría
Magdalena Andersson conoce perfectamente estas dificultades.
En 2021 se convirtió en la primera mujer en ocupar la jefatura del Gobierno sueco, pero su llegada al poder produjo una de las jornadas políticas más extrañas de la historia reciente del país.
Fue elegida primera ministra y renunció apenas horas después, cuando uno de sus socios abandonó la coalición tras perder una votación presupuestaria. Posteriormente volvió a ser elegida y terminó gobernando durante aproximadamente diez meses.
En 2022 perdió las elecciones frente al bloque encabezado por Kristersson.
Cuatro años después consiguió revertir aquel resultado y colocar nuevamente al centroizquierda por delante.
Pero la experiencia demuestra algo característico de Suecia: ganar una elección es solamente el primer paso; conseguir que varios partidos acepten convivir parlamentariamente puede ser mucho más difícil.
La crisis no significa que Suecia esté sin Gobierno
Mientras continúan las negociaciones, Ulf Kristersson permanece al frente de un Ejecutivo interino.
El Estado continúa funcionando, los ministerios mantienen sus tareas y no existe un vacío institucional.
Lo que está suspendido es la formación del nuevo Gobierno político surgido de las elecciones.
Este tipo de transición puede extenderse.
Después de los comicios de 2018, Suecia necesitó 134 días para conseguir finalmente un nuevo Ejecutivo.
Por eso el fracaso de Andersson después de diez días es políticamente relevante, pero todavía está lejos de representar una crisis constitucional.
Suecia posee procedimientos específicamente diseñados para estos escenarios.
El presidente del Parlamento tiene cuatro oportunidades
El sistema establece una secuencia bastante precisa.
El presidente de la Cámara consulta con los partidos y propone un candidato a primer ministro. El Parlamento debe votar esa propuesta dentro de un plazo limitado.
Si al menos 175 diputados votan en contra, el candidato queda rechazado.
Entonces comienzan nuevas conversaciones y aparece una segunda propuesta.
El presidente puede realizar hasta cuatro intentos.
Solamente si los cuatro fracasan se activa una consecuencia extraordinaria: deben convocarse nuevas elecciones dentro de un plazo de tres meses.
Suecia todavía está muy lejos de ese punto.
Andersson ni siquiera llegó a convertirse en la primera candidata formal sometida a votación: decidió devolver la responsabilidad al comprobar que sus negociaciones no habían producido una fórmula suficientemente estable.
Kristersson tampoco tiene un camino sencillo
Que Andersson fracase no significa que su rival tenga automáticamente los votos necesarios.
El bloque conservador quedó con 173 escaños.
Además, su promesa de incluir en el Gobierno a los Demócratas de Suecia puede dificultar cualquier intento de atraer abstenciones desde el centro.
Kristersson necesita convencer a alguna fuerza situada fuera de su espacio de que permitir su continuidad es preferible a prolongar el bloqueo.
Puede intentarlo ofreciendo acuerdos concretos sobre presupuestos, economía, defensa o determinadas políticas nacionales.
Pero la negociación será especialmente delicada porque la elección fue interpretada en gran medida como una consulta sobre el futuro de su alianza con la derecha nacionalista.
Por eso cualquier partido opositor que le permita mantenerse deberá explicar esa decisión ante sus propios votantes.
La inmigración sigue atravesando la política sueca
Detrás de la discusión parlamentaria existe además una transformación social mucho más amplia.
Durante años Suecia mantuvo una de las políticas migratorias más abiertas de Europa. La llegada de numerosos refugiados durante la década pasada, los problemas de integración y el crecimiento de la violencia relacionada con organizaciones criminales transformaron progresivamente el debate.
Los Demócratas de Suecia construyeron una parte sustancial de su crecimiento alrededor de la inmigración.
Kristersson endureció durante su Gobierno las políticas migratorias y de seguridad, mientras la discusión sobre delincuencia, integración y fronteras pasó a ocupar un lugar mucho más central.
Los socialdemócratas también modificaron algunas de sus posiciones tradicionales en esa materia, mostrando hasta qué punto el debate impulsado inicialmente por la derecha terminó alterando al conjunto del sistema político.
Una anomalía frente al crecimiento de la derecha europea
Las elecciones suecas también fueron observadas desde el resto de Europa porque produjeron un resultado distinto al registrado en varios países durante los últimos años.
Las fuerzas nacionalistas y de derecha radical han crecido en Alemania, Francia, Países Bajos y otros puntos del continente.
En Suecia, los Demócratas de Suecia perdieron terreno respecto de la elección anterior.
Eso no significa que hayan dejado de ser relevantes: continúan siendo una de las principales fuerzas políticas y siguen resultando fundamentales para el bloque conservador.
Pero el retroceso contribuyó a que el centroizquierda alcanzara sus 176 diputados y desplazara a Kristersson.
El problema es que esa mayoría electoral todavía no logró transformarse en una mayoría capaz de gobernar. Reuters
Una investigación electoral agrega otra capa de incertidumbre
La formación de Gobierno se desarrolla además mientras las autoridades investigan distintas denuncias de posibles irregularidades electorales.
Existe una investigación relacionada con presuntos votos de preferencia premarcados en Borlänge y otras actuaciones sobre denuncias en la región de Estocolmo.
Por el momento, esas investigaciones no modifican el resultado nacional y no corresponde interpretar su apertura como prueba de un fraude generalizado.
Sin embargo, en el caso de Borlänge existe la posibilidad jurídica de que la autoridad electoral ordene repetir la votación en determinadas circunstancias, lo que podría afectar la distribución de algunos escaños de esa circunscripción.
El escenario agrega incertidumbre a un Parlamento donde solamente tres bancas separan a los dos bloques. Reuters
La gran paradoja: todos tienen poder de veto, pero pocos pueden construir
La situación sueca resume un problema cada vez más frecuente en los sistemas parlamentarios europeos.
La fragmentación permite que partidos relativamente pequeños posean una enorme capacidad para impedir determinadas coaliciones, pero no necesariamente suficiente fuerza para construir una alternativa propia.
La Izquierda puede dificultar una fórmula de Andersson si queda excluida.
El Centro puede bloquear una coalición que incluya a la Izquierda.
Los Demócratas de Suecia son indispensables para Kristersson.
El Centro rechaza un Gobierno en el que los Demócratas de Suecia tengan protagonismo.
Los Socialdemócratas no cooperarán con la fuerza nacionalista.
El resultado es un sistema con múltiples vetos cruzados.
El problema de Suecia no es que nadie haya ganado las elecciones. El problema es que la mayoría que ganó está formada por partidos que discrepan profundamente sobre cómo utilizar esa victoria.
Qué puede pasar ahora
El escenario inmediato pasa nuevamente por Andreas Norlén y por la conducción del Parlamento. Tras escuchar a las fuerzas políticas, deberá decidir quién recibe la próxima oportunidad para explorar una mayoría.
Kristersson aparece como una alternativa posible por ser el dirigente del segundo partido más votado y el actual primer ministro en funciones.
Si consigue suficientes apoyos o abstenciones, podría permanecer en el poder pese a que su bloque obtuvo menos escaños.
Si no lo consigue, la negociación puede volver hacia Andersson con nuevas condiciones.
También es posible que los partidos necesiten varias semanas para negociar compromisos que hoy parecen imposibles.
Lo importante es que la dimisión de Andersson del proceso no cierra la disputa; simplemente inaugura la siguiente fase.
Suecia votó por un cambio, pero todavía no sabe qué Gobierno puede construirlo
Las elecciones dieron una ventaja numérica clara, aunque mínima, al centroizquierda y terminaron con la mayoría parlamentaria que había permitido gobernar a Kristersson.
Eso es un hecho electoral.
Lo que las urnas no resolvieron fue la compatibilidad entre los cuatro partidos que suman esos 176 diputados.
Andersson descubrió durante diez días de conversaciones que una mayoría matemática puede convertirse en una minoría política cuando sus integrantes establecen condiciones incompatibles.
Ahora llega el turno de explorar la otra mitad del Parlamento.
Kristersson tendrá que demostrar si puede encontrar las abstenciones que necesita para gobernar sin mayoría. Andersson esperará probablemente una nueva oportunidad si el conservador tampoco consigue construir un Ejecutivo viable.
Suecia entra así en una etapa en la que la elección dejó de decidirse en las urnas y pasó a depender de las negociaciones entre partidos.
El centroizquierda ganó 176 a 173. Pero en el particular sistema parlamentario sueco esa diferencia de tres diputados no garantiza el Gobierno.
La verdadera pregunta ya no es quién ganó las elecciones. Es quién puede conseguir que menos de 175 legisladores decidan impedirle gobernar.


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